JULIANA RAMÍREZ

Parte I

Una tarde de noviembre J.L. (2002) dejó una carta olvidada en un cafecito del barrio. Pasaron los días y una mañana su madre le dijo: -Recibiste una carta… sin remitente- A J.L se le hizo extraño, pues las únicas cartas que había recibido eran telegramas de su padre hace mucho tiempo y cartas de cumpleaños de su madre, y bueno una que otra carta dobladita en forma de triángulo en primaria.

La miró extrañada, abrió el sobre y en ese instante su estómago empezó a hacer ruidos como de líquidos a punto de convertirse en gelatina, no eran mariposas, era hambre. Así J.L decidió merendar primero. Aunque en realidad estaba aplazando leer la carta, pues según su instinto literario y de corta vida, la extraña circunstancia de que una carta extraña llegara a sus manos indicaba que se trataban de malas noticias, tal vez tenía que ver con el tamaño del sobre, era pequeño, medio arrugado, típicas respuestas de un No, que ya se había acostumbrado a recibir de editoriales. Su madre le decía que a los 14 era un lujo que le hayan dicho que no tantas editoriales, eso no convencía a J.L, y por eso quemó aquella obra, la siguiente será mejor decía su vocecita interna.

J.L merendó y empezó a hacer actividades que nunca hacía, ordena por colores libros que no había leído, de esa manera se convertían en otro tipo de obra de arte, finalmente no los leería. Después organizó el centenar de cartas de editoriales, las puso en un sobre de manila y escribió en el frente: “Yo decido publicar.” (Si a J.L le interesará evidenciar sus pequeñas victorias e Instagram existiera, una foto de ese sobre, se habría vuelto viral, pero esas cosas no le interesan a J.L) Su tarde-noche terminó limpiando un tocadiscos que estaba averiado.

No tuvo ninguna intención de abrir la carta hasta que a la madrugada se despertó de una pesadilla, una en la que el tal sobre se devoraba todos los versos en prosa de sus cuadernos, el manuscrito bien guardado en un cajón bajo llave se esfumaba, la memoria de sus diarios salían despavoridas. J.L. se levantó ofuscada y con el pelo revuelto, levantó los cinco volúmenes de la enciclopedia de historia natural y de allí sacó la carta. la había puesto allí porque es bien sabido que la enciclopedia sirve como grillete para que no se escapen cartas o papeles misteriosos.

Se sentó en el suelo y con un pequeña linterna que escondía debajo de la almohada, leyó la carta, su rostro sonrió y sus pecas saltaron, eso quería decir que las malas noticias no existían en esa carta, todo lo contrario era un milagro vuelto letras. Según los recuerdos de J.L la carta la había escrito una tal O, una chica del barrio que quería mantener su nombre en el anonimato. La carta iniciaba con un: “Querida J.L”, a J.L le hizo gracia la cursiva delicada que tenía un punto que parecía un mini asterisco, eso decía mucho del ingenio de la tal O. Seguido, O le confesaba que la conocía un poco, o por lo menos que la había visto varias veces en el café del barrio las noches de micrófono abierto donde J.L. leía sus poemas en prosa. J.L. pensó que si debería conocerla un poco, ya que su escritura revelaba matices sobre ella misma, eso la hizo sonreír de nuevo.

O le contó que esa tarde en el café la había observando un rato y se dió cuenta que J.L. había dejado algo en la mesa, no lo pensó ni dos segundos para escabullirse entre las mesas para ver lo que había dejado, en  un principio pensó que se trataba de sus apuntes de escritora, pero para su gran sorpresa se trataba de una carta dirigida a una: “Querida extraña, (a quién corresponda)” O se alegró que fuera una carta, que muy a pecho se tomó como si fuera para ella, una carta destinada pensó. Ni corta ni perezosa, decidió responder aquella carta que parecía más bien una carta para sí misma (como lo son la mayoría de las cartas según J.L y otras autoras epistolares) O repitió varias veces que el destino había jugado a su favor porque no había sido capaz de acercarse a hablarle en aquel café, aunque muchas veces lo imaginó en su mente. Al final le agradeció por esa oportunidad y firmó con una “O” con un trazo ligero, debía ser una chica muy divertida, pensó J.L.

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