PAULA SOLANO

—¿Me amas?— Volvió a preguntar ella, él titubeaba sin mirarla, pero Katia mantuvo sus ojos esmeralda en Ramiro.

—Acaso no te basta un sí— siguió él.

Luego su prometida contemplo el malecón limpiando sus mejillas mientras una fina garua caía, aquel recuerdo era de la última vez que se vieron y se transformaba en un pesado torbellino de emociones.

Frente al mar con neblina, gaviotas volando al atardecer, olas golpeando las rocas, una que otra persona echando piedras en la orilla; se sentó en una banca de madera acomodando su cabello negro rizado; todo era exactamente igual, excepto por él. Esa tarde tuvo fin su noviazgo de siete años.

Entre el murmullo del mar junto al viento oyó varias veces:

—Ayúdame— sin pensarlo, busco en la penumbra detrás de unas filudas rocas, se oyó más cerca —Ven, ayúdame— la voz era suave, aunque nada se distinguía.

La poca gente a su alrededor ni la miraba; en medio de sus nostalgias, aquella voz la perturbaba. Se levantó esforzándose por encontrar a quien pedía ayuda en la playa. Estaba casi oscuro, la presencia de los vagabundos la inquietaba, sin duda era el momento de irse a casa.

Cuando Katia cerraba su casaca, arreglaba su bufanda negra que traía en sus manos; sintió un delicado tirón en su espalda; giró, con sus manos tapo su boca para no gritar. Casi espantada vio una niña sonriendo con una mano extendida; entre sus dedos había un papel humedecido. Sin pensar mucho lo metió en su mochila de lona que colgaba en su espalda.

Después levanto a vista hacia la pequeña, no estaba; busco por debajo de la banca, luego sobre unas rocas. Extrañada, sin encontrar rastros de ella, otra vez miro a su alrededor; a unos metros la pequeña la observaba, traía puesto un roído abrigo azul, con cabellos rubios despeinados por el viento. Se aproximó para preguntar.

—¿Cuál es tu nombre?— ella continuaba sonriendo, con una mirada que había visto antes sin embargo no recordaba donde.

Era de noche, ya la brisa del mar obligaba a abrigarse, la temperatura descendía a cada momento, quiso sacar sus guantes de cuero del bolsillo de la casaca empero estaban vacíos.

—¿Tienes frio?— continuo inquiriendo Katia, la pequeña asintió con la cabeza, sus gestos la desconcertaban.

—¿Por qué estás en la playa?— pregunto la pequeña Sofía, un largo silencio tuvo por respuesta.

Sofía decía vivir cerca de allí, además paseaba con su madre todos los días por la playa, contemplar el mar a cualquier hora era uno de sus pasatiempos. En medio de estas confesiones le pregunto a Katia:

—¿Tienes amigos?— dijo Sofía moviendo hacia atrás su cabello.

—Muy pocos, hace tiempo que no hablo con nadie— respondió Katia mirando sus manos.

—Los frejoles, no me gustan— dijo la pequeña —¿Cuál es tu comida preferida?

—Como poco, casi nada— respondió Katia con una leve sonrisa.

—Te he visto muchas veces en la playa— recordó la pequeña.

—Tengo buenos recuerdos de esta playa— suspiro Katia.

Pasaron unos minutos más, la playa estaba totalmente oscura; en tanto llegó Marcela con las manos en los bolsillos de su abrigo, el ceño fruncido llamando a la pequeña por su nombre.

Ambas tenían mucho parecido, además del cabello rubio, Sofía contesto:

—Ya voy, mamá— Katia quiso presentarse pero la madre ni volteo a verla.

—No debes estar sola a estas horas— dijo la madre tomando de la mano a la niña, luego se alejaron de la playa.

Mientras se marchaban, Katia agitaba su mano mirando a la pequeña, al levantar su mochila cayó el papel que le entregara la niña, era una hoja de periódico descolorida, con su fotografía en un obituario. En tanto la pequeña se despedía con un beso al viento.

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