MARGARITA SOTO

La cerradura estaba abierta, pero nada llamaba la atención a excepción de la puerta que separaba el recibidor del parking. La madera astillada y las manchas rojas que la salpicaban hicieron que un escalofrío recorriera su cuerpo.

Lentamente se acercó mientras sospechaba lo que iba a encontrarse, tendido en el suelo rodeado de sangre estaba su perro. Al acercarse el vómito le subió a la boca, las tripas del animal estaban extendidas a su alrededor.

Un ruido hizo que se diera la vuelta y un hombre enmascarado con un hacha en las manos la observaba con unos fríos ojos azules que le resultaban demasiado familiares.

Intentó ir hacia atrás, pero tropezó con el animal cayendo a su lado, su olor hizo que le viniera una nueva arcada y mientras intentaba levantarse el hombre se quitó el pasamontañas confirmando sus sospechas. Él levantó el brazo armado y lo dejó caer sobre ella destrozando su joven rostro.

El asesino se sentó en el suelo disfrutando del trabajo que tanto tiempo llevaba esperando.

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