SILVIA ZALER

La fiesta

Paso por la oficina y me hago la mártir, dejándome ver en varios despachos y por la máquina de café y refrescos. Me invento varias reuniones con posibles autores y con una productora para negociar los derechos de imagen de una de nuestras novelas.

Eso es algo que ya he hecho durante el mes de agosto por teléfono y lo llevo muy avanzado. No me voy a reunir con nadie más que con algún chulazo que me ensarte bien esta noche. Me digo y vuelvo a reír para mí misma. Estoy cachonda a más no poder.

Porque soy muy seria en el trabajo, pero me dan ganas de meterme en el despacho de Damián, un chico nuevo de unos treinta años y que nos lleva las redes sociales. Está buenísimo y me mira disimuladamente siempre que aparezco en su campo de visión. Me lo imagino follándomelo y me entran ganas de hacerme un dedo yo sola.

Consigo serenarme pensando en lo que me espera esta noche en casa de Menchu. He tenido la prudencia de pasar por casa y la comida que he comprado —ni de coña me voy a poner a cocinar— la he metido en dos tápers para que parezca que he hecho algo cuando venga mi familia. He dejado varios mails temporizados para que se crean que he estado trabajando mañana por la mañana, y he desordenado algún cajón, armario y puesto una lavadora con ropa —limpia— para disimular.

Me miro el reloj. Son las seis de la tarde y me digo a mí misma que ya está bien. Que mi cuerpo pide marcha, sexo y algo de estímulo para pasar una de las mejores noches del año. Me despido con una sonrisa y me voy. Mientras conduzco intento hacerme una idea de quién estará en la casa. Si serán guapos o tan solo con buenos cuerpos. Menchu, en eso, no falla. Pensamos que los coge de las redes sociales y apps de citas, pero podría ser, y esto es de mi cosecha, que sean jóvenes de gimnasio —de hecho, el año pasado estuve con un monitor de cuerpo escultural—, de discotecas y noches largas —como uno de Marta hace un par de años que le confesó que apenas vivía por el día—, o amigos de esos que conoce en sus noches locas de sexo y drogas. Lo cierto, es que me da igual. Quiero follar mucho y bien esta noche. El resto, no me importa.

Paso de nuevo por casa y me arreglo. Veo que tengo un mensaje de Gabriela y otro de Marta. Ya están aquí. De inmediato les digo que se pasen por mi casa y nos tomamos una copa. O lo que sea. Empiezo a estar realmente salida.

Cuando llegan, yo estoy aún desnuda, a pesar de ser ya las ocho pasadas. Eso sí, recién duchada. Les abro así, en pelota picada. Marta se descojona y me da un beso en cada teta. Le pasa como a mí. Si hay una buena polla de por medio, y tengo el calentón oportuno, también le puedo dar un repaso a una mujer si es guapa o atractiva.

Gabriela viene un poco seria. Lo normal. Está aún en la fase de no debería hacer esto. Con el primer porro de maría —que es de la de Marcos—, se le olvida. Le pasa como a mí, que nos pone muy burras la hierba. A Marta, también, pero ella suele llevar las ganas siempre puestas.

—Qué verano… —nos dice la bióloga mientras le da una calada al porro y se descalza de unas sandalias de tacón de vértigo.

Gabriela, que ya está riéndose, coge el peta y le da un par de buenas chupadas. A todo esto, yo sigo desnuda y me encuentro estupenda. Con la piel bronceada, sin un gramo de grasa, las uñas perfectamente pintadas, unas ganas de follar enormes, peluquería de este mediodía, incluyendo repaso de pubis, que está totalmente depilado…

—¿Tú? —le preguntó a Gabriela cogiendo el porro y llevándomelo a la boca.

—¿Yo? Nada… si estoy allí en la casa de la familia de Ernesto. Rodeada de niños, sobrinos…

—Yo me he tirado a un tipo cojonudo —les digo—. El dueño de esta maría —añado dándole una nueva calada.

—Joder… eso sí que es un buen fichaje —añade Marta que ante la negativa de Gabriela, que teme desmadrarse muy pronto, lo deja pasar a la bióloga que fuma con avidez.

—Y ayer en casa de Menchu, estuve con Jaime…

—Cómo me pone ese tío… —comenta Marta con un cierre de ojos y un suspiro.

—Y menuda polla tiene… —me río recogiendo de nuevo el porro que me pasa Marta.

—¿Es grande? —pregunta Gabriela.

Por mucho que lo intente, mi amiga no puede evitar interesarse por los pollones, como la de aquel brasileño, monitor de zumba —Romeo— que se comió hace un tiempo y que le debió dejar marcada.

—Es una polla divina —le digo con una sonrisa y elevando mis cejas—. Vaya noche pasamos…

—La que me voy a dar yo hoy… Que vengo con ganas de meterme un par de clenchas y pegar tres o cuatro polvos.

A nuestra bióloga deportista le van los maratones, tanto de correr como de sexo y drogas a partes iguales. No llega a los estados de Menchu, pero le da a todo sin temor.

En unos minutos estamos riéndonos, yo contándoles los polvos con Marcos, mi nuevo ligue. Marta diciéndonos que se ha follado a un yogurín, tres o cuatro veces, en la zona de Asturias donde va a veranear, y que a eso hay que sumarle el par de fijos que allí tiene. Pero lo más sorprendente, es que nos dice que ha estado con un matrimonio en un club liberal de la zona y luego en su casa de Oviedo. Nos partimos de risa otra vez, cuando nos describe las escenas y situaciones.

—Yo no he tenido ningún misil en mi coño ni en mi boca, pero no he parado de follar, perras —Y nos guiña un ojo, tras decir eso.

Me termino el porro y les digo de subir a cambiarnos. Gabriela lo hace. Para eso lleva su maleta. Yo, sigo en pelotas. Subimos a mi dormitorio. Marta permanece descalza y Gabriela ahora está a mi lado desnuda. Ha salido de su casa con ropa cómoda y se está cambiando para ir a tono con el resto de nosotras. Se pone un vestido ajustado, que le queda como una segunda piel a la muy zorra. Ha perdido un par de kilos y está con un tipo de modelo. No sé cómo lo hace, pero todos los veranos le sientan de maravilla. Contemplo su figura mientras me abrocho el sujetador, aunque espero no tenerlo puesto mucho tiempo. Hace dos años, lo perdí. O el monitor, o un señor de unos cuarenta años, bien parecido y con más aguante que muchos de los de veinticinco, se lo llevaron. En el fondo me hace gracia, pero yo los llevo buenos, y nos son baratos. Me vuelvo a reír yo sola. La maría me hace efecto inmediatamente y ya estoy risueña y cachonda perdida. Vuelvo a mirar a Gabriela. Así vestida es un mujerón. Me fijo que también lleva un tacón muy alto.

Pues yo no voy a ser menos, me digo, y me calzo unas sandalias de doce centímetros y casi trescientos euros. Cambio de idea y me pongo también un short blanco, que me hace unas piernas de locura, y una camisa a la que dejo abiertos los botones justos hasta el sujetador. Menos mal que Gabriela no es tan loba como yo, porque si no, se llevaría de calle al primero que quisiera de la fiesta.

A eso de las nueve y media, salimos de casa por el garaje. Gabriela tiene coche con cristales tintados. Una chorrada, según su marido, pero muy útil para estas situaciones. Así, si algún vecino cotilla se ha fijado en el coche, solo sabe que alguien ha venido a casa. Ni cuántos, ni quiénes. Ni, por supuesto, que salimos vestidas como las zorras con hambre que somos.  

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