Hay cafeterías donde en una mesa se pueden sentar varias personas y crear un
ambiente donde reinen las diferentes historias de cada uno; compartiendo
recuerdos, anécdotas, terminando por hacerse alguna que otra confidencia…
El café bohemio de la calle 88 era uno de ellos; se le conocía como «Café Jazz
Bohemio». Era el lugar perfecto donde tomar un café a media tarde o una copa
cuando caía la noche, con una amplia y variada carta de cafés, batidos,
chocolates y cocktels. Y sobre todo, donde donde residía el aura de la música. El
«Café Jazz Bohemio» era conocido por su música en directo y la amplia variedad
musical que ofrecía a los clientes.
Aunque uno no tiene siempre la intención de acabar acodado en la mesa de
algún café; a veces leer la prensa, ver un partido, beber, quedar con alguien y
hasta los más perversos etcétera se quedan en un discreto detrás y uno llega
porque qué hacer si no. Tomar un café a veces es la segunda mejor cosa que
hacer, por delante de las primeras que siempre se acaban descartando por
imposibles.
El «Café Jazz Bohemio» tenía su encanto. Sofás aterciopelados en los costados y
sillas de madera, dispuestas alrededor de mesas de mármol. Con mesas de
madera, donde las lámparas no levantan medio palmo y las revistas suelen
marcar las esquinas.
La tarde del sábado se acercaba y Joana; la camarera iba y venía de un lado para
otro, organizando las cosas y a los artistas que también esa noche iban a tocar
en el Café.
-Tiene que estar todo organizado, hasta que las puertas se abran y el gentío de la
gente vaya ocupando sus lugares – comentaba Joana a Barry – quien la
escuchaba atentamente con una pequeña sonrisa en los labios.
-Tranquila, mujer – ni que fuera la primera, ni la última vez, que hemos preparado
el Café antes de abrir las puertas a los clientes. – le tranquilizó.
-Tienes razón, Barry – respondió Joana. – Será que con los años, más
perfeccionista me he vuelto.
Ambos rieron, con la alegría en el reflejo en sus rostros. Desde que entraron a
trabajar en el Café, aproximadamente al mismo tiempo de ser abierto, encajaron
muy bien, profesionalmente hablando. Podían considerarse veteranos de ese
local, que tan bien conocían y que gracias a su simpatía, se habían ganado la
confianza y amistad de algunos clientes habituales.
Barry vivía por y para la música, componía sus propias melodías con el piano,
que desde niño sus padres le hicieron aprender a tocar. A raíz de su niñez, la
música entró en el, como un imán. En sus venas llevaba la música consigo. Había
aprendido a amar y apreciar aquel instrumento como algo más.
Formaba parte de el, de su vida, desde el día en que sus yemas de sus dedos
empezaron a tocar aquellas teclas y comprobó que de ellas surgía el sonido.
Algunas notas eran más agudas, otras no tanto. Hasta que, durante los años, a
medida que crecía, había cogido más experiencia, hasta crear sus propias
melodías y convertirse en pianista. De allí su relación con el piano y el cómo
llegó a ser contratado en el Café Jazz Bohemio.
Por otro lado, Joana, había sido madre de muy joven y tuvo que dejar los
estudios. Había tenido siempre una voz muy hermosa, aunque su sueño era ser
cantante, tuvo que emprender otro camino. Más tarde, tuvo que buscar trabajo, el
padre de la niña que esperaba se había dado a la fuga, dejándola sola en un
vacío.
Vagaba por las calles, en busca de carteles que anunciasen algún trabajo y fue
en la calle 88, donde localizó que se necesitaba una camarera, para un reciente
Café Jazz Bohemio, que pronto estaría abierto. Desde entonces, Joana ha servido
a los clientes del Café y trabajado junto con Barry duramente.
En alguna otra ocasión Barry y Joana se habían sentido atraídos. Ella con su voz
y el tocando el piano, habían compuesto una canción que solo era suya. Habían
intentado ser pareja, pero no con mucho éxito. El miedo les paralizó y en ese
momento de sus vidas les importaba no perder el trabajo. Así, que para no
mezclar el trabajo con el placer, tuvieron que dejar lo que podría haber sido una
bonita y hermosa pareja.
Aunque el tiempo ha transcurrido. Nunca han olvidado esa pequeña relación que
mantuvieron en secreto y que muy a su pesar tuvieron que dejar para no perder
el trabajo.
-Barry – Los de de la banda de Jazz, pronto llegaran. – le avisó Joana
-Lo sé – respondió Barry con un brillo en los ojos
La banda de música empezó a entrar con sus instrumentos más comunes como
el clarinete, el saxofón, el piano, la guitarra, y la voz del cantante entre otros
instrumentos de la banda. Una vez preparados dieron el toque para empezar a
tocar y Joana abrió las puertas y el gentío empezó a entrar.
El local se llenó de gente. Algunos en los sofás, otras en la barra, observando,
mientras tomaban sus copas y cervezas y escuchaban al grupo. Había zonas
donde se formaron tertulias y el humo de los cigarrillos invadía la zona
Se oían risas, brindis, la gente animada. Parejas besándose y otros recogiendo
los pedazos de los amores rotos. Mientras había de otras parejas que se
prometían amor eterno, con nuevas promesas y retratando flores a a sus amadas
novias o prometidas.
Transcurrida la noche, los músicos abandonaron el Café, dando las gracias a
todos aquellos que les habían visto y oído tocar. Firmaron algún que otro
autógrafo y agradecidos, nos dieron las gracias.
El gentío también abandonó el Café. Era hora de cerrar. Joana fue recogiendo las
tazas vacías y demás copas que sobre la mesa habían dejado los clientes.
Entonces, creyendo que Barry se había marchado, empezó a cantar para sí
misma, como hacía cuando se sentía bien. Sin darse cuenta, el silencio inundó el
local y solo se oía el sonido celestial de su hermosa voz. Ya no cantaba para sí
misma, sino como si el local fuera el escenario y ella la cantante. Unos minutos
más tarde, la voz de Barry la hizo volver a la realidad.
-Sigues manteniendo la misma voz de antaño – le dijo, sentado en el taburete del
piano
-¡Barry! – Yo.. – Creía que estaba sola. – se ruborizó
-Joana, ¿recuerdas esta melodía? Y empezó a tocar la canción que hacía tiempo
había dejado a un lado, para evitar que los recuerdos de amor volvieran a la luz.
Joana cerró los puños y una lágrima surgió de sus pupilas, mientras una voz
celestial surgía de su más profundo ser. Empezó a cantar, como hipnotizada por
aquella melodía que Barry empezó a tocar, no más oír las primeras notas, supo
de que canción se trataba. De la de ellos dos.
Joana se fue acercando a Barry lentamente mientras seguía cantando a cada
acorde, a cada nota que las yemas de sus dedos hacía sonar. Barry la observaba
caminar hacia el, sin saber la respuesta a su plegaria. Joana quedó a su lado,
mientras, sentada en el regazo de él, fue acariciando el rostro del pianista, del
cual siempre había y seguía estando enamorada.
Finalizó la melodía y el la acercó a su lado, mientras sus labios se fueron
acercando y en un fugaz e intenso beso se fusionaron.
-Joana – Sé lo que me vas a decir. Dejamos claro no mezclar el trabajo con el
placer.
-Barry – yo… – titubeó.
-Joana – “andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para
encontrarnos”. – le dijo mientras la cogía de las manos.
-Tienes razón, Barry – “trabajamos duro, cuando otros se divierten, y eso es algo
que a veces olvidamos».
Hagamos de este «Ahora», el amor que aún conservamos y nunca olvidamos.
Que sea lo que Dios quiera. Pero nada, ni nadie va interrumpir nuestro amor.
Desde el umbral, el dueño del local aplaudió. – Ya era hora, chicos. Al final os
habéis dado cuenta. No dejéis que nada os lo impida.

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