GABRIEL B

4
“…Pero sé que no te aprovecharías al verme media desnuda, así que voy a estar tranquila” me había dicho Florencia antes de dormir.
El que no estaba tranquilo era yo. Sabía que mi hermanastra estaba dormida sobre el colchón que había puesto pegado a mi cama. Vestía solamente un conjunto de ropa interior blanca. La imagen de la pequeña tela metiéndose entre sus nalgas no salía de mi cabeza. Esa noche Florencia se había mostrado increíblemente sincera, e incluso amable. Y eso no ayudaba en nada. Mi amigo el cabezón se despertaba lentamente.
Contra la pared, bajo la ventana, estaba el baúl de madera donde escondía la tanga negra que le había robado hacía unos días. Me perturbaba que estuviese tan cerca de (como diría mamá) “la prueba del delito”. Aunque más me perturbaba la presencia misma de Florencia en mi habitación.
¿Qué pasaría ahora? ¿Seríamos amigos? Necesitaba mucho tiempo sólo para procesar esa idea. Ella seguía siendo la misma cabrona de siempre, eso seguro. No iba a cambiar de un día para otro. Pero a lo mejor, más allá de las discusiones, podíamos llevarnos bien.
¿Y yo qué ganaba con eso? ¿Iba a ser más fácil convivir con un minón como Florencia si nos llevábamos bien? Para nada. Más bien todo lo contrario. Preferiría odiarla.
Pensé en mis amigos “si yo la viera así, me la cogería ahí nomás” había dicho Manu, en una exagerada muestra de hombría. Pero la frase también me comía el bocho.
Pasaron horas. Me puse a leer algunos artículos aburridos en Internet, para que se me fuera la erección, pero no pasaba nada. Mi amigo seguía firme como soldado. Pero aún así, por suerte, empecé a sentirme cansado.
Pero cuando parecía que por fin iba a dormir, me agarraron tremendas ganas de mear. Me paré, en medio de la oscuridad. Sentí el calzoncillo apretado por la tremenda erección. Me tuve que sentar en el inodoro porque sino, iba a mear para cualquier parte. Por fin largué un extenso chorro de pis, mientras la dureza, de a poco, desaparecía.
Volví al cuarto. Escuché la profunda respiración de Florencia. Sentí el olor de su perfume, el cual había invadido la habitación. Recordé lo que habíamos hablado hacía unas horas, y aún me parecía extraño haber intimado tanto con alguien tan irritante como ella.
Encendí la luz.
Como de costumbre, Florencia, en su agitado sueño, había tirado las sábanas a un costado. Me la quedé viendo un rato. Ahora estaba quieta, boca abajo. Su pierna derecha flexionada. Su espalda arqueada y desnuda, sólo estaba cubierta por el elástico del corpiño. El increíble orto, ejercitado a diario, apenas tapado por la tela de la tanga que se metía entre esos cachetes macizos.
“…sé que no te aprovecharías al verme media desnuda…”
Me acerqué, a puntas de pie. Era peligroso, porque si se despertaba no podría justificar estar tan cerca. Si me la quedaba mirando desde la puerta, en cambio, podría fingir que recién entraba, apagaba la luz y listo. Pero estando tan cerca no. Igual preferí arriesgarme. Me puse muy cerquita de ella y me senté en cuclillas. Florencia ahogaba las exhalaciones en la almohada. Parecía dormir profundamente. Parecía que nada podría despertarla en ese momento.
“…Sé que no te aprovecharías…”
Estiré la mano. Toqué el elástico de la tanga. Florencia seguía inmóvil. Observé la curva que hacia su espalda y terminaba en los hombros musculosos. Del lado derecho tenía un tatuaje. La cintura era increíblemente fina. y las caderas anchas le daban ese rico aspecto “cimbreante”. Moví la mano. despacito, fui bajando. Rocé las nalgas. Eran suaves y duras. La erección volvió con todo. Al toque ya estaba recontra al palo.
“si yo la viera así, me la cogería ahí nomás”
Subí y bajé la mano encima del culo de Florencia. Se sentía demasiado bien. De repente me dieron unas tremendas ganas de besarlo. “…Sé que no te aprovecharías…” Acerqué mis labios y los apoyé en uno de los glúteos, con cautela, sin exagerar. Pero se sentía muy rico, así que tenía que seguir haciéndolo. Lo besé de nuevo, y de nuevo. Y cada vez con más intensidad. Al final lo lamí, dejando una marca húmeda en su trasero.
Estaba a la expectativa de que Florencia hiciera algún ruido. No tenía que asustarme si lo hacía. Ya sabía que era común que se mueva de acá para allá estando dormida. De hecho, resultaba extraño que estuviese en esa posición, tan quieta.
Metí la mano adentro del calzoncillo y empecé a pajearme a centímetros de mi hermanastra, sin quitar los ojos de su tremendo orto.
Y entonces ella habló.
-Sos un boludo -dijo.
Giró su rostro y me miró. Mis manos estaban aún adentro del bóxer. Rió y yo me sentí patético. La situación era irremontable. Florencia se mordió el labio inferior como diciendo “qué salame”. No parecía enojada, pero eso no mejoraba en nada mi situación. Lo más probable era que me gastaría toda la vida recordando esa situación.
Pero entonces sucedió lo más extraño de esa noche. Florencia agarró la parte trasera de su tanga, la sacó de entre sus nalgas y la corrió a un costado. Abrió más sus piernas. Su sexo quedó a la vista. Una hermosa argolla rosada que se abría frente a mis ojos.
-Dale, cogeme de una vez -dijo.
Apoyó la cabeza en la almohada, quedando boca abajo, como si siguiera durmiendo. Me quité el bóxer, apenas entendiendo lo que pasaba. Mi pija estaba más caliente que nunca. Me arrodillé en su colchón, Apoyé las manos en sus glúteos. Los masajeé. Eran tan increíbles como parecían serlo. Me hubiese quedado toda la noche manoseando ese orto perfecto. Pero la conchita húmeda de mi hermanastra atraía como imán a mi verga.
Me acomodé, apunté, y se la metí.
-Despacito -dijo, aunque yo apenas se la había metido-. La tenés muy grande.
Se la metí más adentro, con delicadeza. La cabeza avanzó hasta ser succionada por ese hueco cálido y húmedo. Florencia gimió como gata en celo. Penetré más. Las paredes vaginales apretaban mi verga. Pero el sexo parecía estar lubricado con sus fluidos, así que igual se resbalaba y se enterraba más y más. La abracé. Busqué con mis manos sus pechos, esos pechos que hacía poco había descubierto desnudos. Los masajeé , los estrujé, mientras se la metía una y otra vez. Florencia levantaba la cola y yo sentía sus perfectos glúteos chocando con mis muslos cada vez que la penetraba. Me sentía como en un sueño. Tenía miedo de despertarme.
Y entonces acabé.
Me rehusé a aceptar lo que estaba pasando. ¿Ya había eyaculado? La seguí penetrando, embistiéndola como si fuera un toro. Pero la verga se sentía cada vez más blanda. hasta que llegó el momento en que ya no podía metérsela.
-¿Qué pasó? – Preguntó Florencia. Giró y me miró con extrañeza. -¿ya acabaste?
-Sí -dije avergonzado.
Mi cuerpo desnudo estaba todavía apoyado sobre ella. Me aparté, como si no fuera digno de estar junto a ella.
-¡¿Cómo que ya acabaste?! -dijo Florencia, indignada- Encima acabaste adentro mío ¡Estás loco!
-Sí, perdón.
Hubo un silencio que se me antojó larguísimo, hasta que ella lo rompió.
– Bueno, supongo que eso me pasa por estar con alguien sin experiencia. Mañana me compraré la pastilla del día después. -Extendió su mano- Vení, acostate conmigo.
Aún con el ánimo por el piso, me coloqué a su lado. Me envolvió con sus brazos. Yo rodeé su cintura con el mío. Nos quedamos un rato así, sin decirnos nada. Florencia me acariciaba el pelo y el pecho, mientras yo magreaba sus tetas. De a poco el fracaso anterior dejó de pesarme tanto. Imaginé que fue sólo un accidente. Falta de experiencia, como dijo ella.
Mi pija se puso al palo de nuevo.
-¿Querés que te haga un favor? -Preguntó ella.
-¿Un favor?
Se inclinó y se llevó la verga a la boca. Me sorprendió, porque no sólo estaba pegoteada por mi semen, sino por sus propios fluidos que se impregnaron en mi sexo cuando la penetré. Pero a ella ese detalle le importó bien poco, y ahora saboreaba la pija condimentada con sus propios flujos.
La sensación de su lengua era enloquecedora. El viento frío que largaba el aire acondicionado chocaba contra mi pene mojado por la saliva de Florencia, y eso hacía que la sensación fuera aún más intensa. Quería cogerla de nuevo, para reivindicarme, pero la idea de retirar mi sexo de adentro de su boca, de dejar de sentir cómo Florencia me lo comía, era una locura.
Por suerte duré más que la primera vez, aunque tampoco fue tanto como me hubiese gustado. Mi hermanastra recibió, gustosa, la eyaculación en el pecho.
Fue al baño a limpiarse y volvió al cuarto enseguida.
-Bueno, va a ser mejor que duerma. Mañana tengo cosas que hacer.
Casi le digo que quería darle maza toda la noche. Pero el miedo de fallarle de nuevo me hizo callar. Fui a mi cama, temeroso de ser rechazado si le pedía que durmamos juntos. Florencia no dijo nada.
Y otra vez me costó dormir. Tenía a una mina que más que mina era una nave, ahí, durmiendo en tanguita, a centímetros de mí. Cuando la chota se me puso de nuevo dura no lo dudé ni un segundo. En medio de la oscuridad fui hasta donde estaba Florencia. Busqué su cuerpo en la penumbra. La encontré, esta vez durmiendo boca arriba. Al toque le bajé la tanguita. El corpiño no estaba. La pendeja dormía en tetas.
-¿Qué? -dijo medio asustada, cuando se despertó. -¿Mariano?
No respondí. Sólo me limité a montármela como la yegua que era. Tenía la conchita empapada. la había dejado calentita. Le di maza, ahora sin preocuparme tanto por metérsela con cuidado. Florencia se bancaba mi pija, y supuse que se bancaba instrumentos más grandes todavía.
Sentí cómo rodeaba mi cintura con sus musculosas piernas, al tiempo que gemía mientras le daba matraca. En un momento largó un grito que temí fuera escuchado por nuestros padres. Le tapé la boca con mi mano y seguí dándole duro.
Esta vez ella se vino antes que yo, lo que me dio un profundo alivio. Terminamos totalmente exhaustos, abrazados. Dormimos así, con mi pija adentro suyo.



Al otro día fue todo muy extraño, aunque lindo. No podía quitarle la vista de encima a Florencia, y ella también se daba vuelta a mirarme cada vez que nos cruzábamos por los distintos lugares de la casa. En un momento, como en un acuerdo tácito, fingimos una de nuestras clásicas discusiones frente a mamá, ya que no queríamos que sospeche que pasaba algo entre nosotros.
Para mi desgracia, ese día el técnico por fin había arreglado el aire acondicionado del cuarto de Florencia, por lo que no teníamos excusas para dormir juntos. Esa noche le insinué si quería que viéramos una película juntos, pero me dijo que no tenía ganas.
Terminé la noche algo decepcionado por no tenerla en mi cama de nuevo. Pero me dije que debía esperar a que ella tuviera ganas. Con los tres polvazos del día anterior debería conformarme por el momento.
Pero a la madrugada, entre sueños, sentí una potente erección. Me desperté, y cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue a Florencia masajeando mi pija con su lenguita de víbora. Vaya manera de amanecer.
Mi hermanastra tomó su desayuno. se tragó hasta la última gota de leche, sin dejar nada en el recipiente, como la nena buena que era.
Tuvimos dos o tres días de puro sexo desenfrenado. Días de felicidad donde los orgasmos se intercalaban con momentos que podrían llamarse románticos. Pero de repente Florencia se enfrió. Y no solo eso. La vieja Florencia volvía cada tanto con una frase denigrante.
Pasó un día, dos, tres, cuatro. Una semana, dos semanas. Florencia no volvía a mi cama y yo no entendía qué carajos estaba pasando. Una vez se lo pregunté.
-No somos novios. -Contestó.
-No, claro, ya lo sé, pero…
-No me rompas las bolas -dijo enojada. Y me dejó solo con la palabra en la boca.



El finde se empalmaba con un feriado nacional y otro feriado puente, así que mamá y Pedro aprovecharon y se fueron a pasarlo a la costa. Las ideas me revoloteaban por la cabeza, desde el momento que me enteré que estaría cuatro días a solas con Florencia. Durante la semana, ella hace sus cosas y no nos cruzamos mucho que digamos, y menos ahora que parecía esquivarme. Los fines de semana mamá y Pedro se la pasaban en casa, así que ahí tampoco teníamos tanto tiempo. Sólo cuando ella quería pasar la noche conmigo estábamos realmente juntos. Pero eso parecía haber quedado en el pasado.
Pero bueno, pensé que era una buena oportunidad para, por lo menos, averiguar qué carajos había pasado que me cortó el rostro de un día para otro.
Recién la pude enganchar a solas el primer feriado, cerquita de la noche. No le había querido mandar mensajes. No quería hacer un drama. Pretendía llevar la situación lo más naturalmente posible. Que no creyera que estaba desesperado.

Se había puesto un vestido blanco con el que se veía despampanante.
-Estás muy linda -dije, como al pasar.
-Voy a salir -dijo ella, sin prestar atención al piropo.
-Ah, vas a bailar con tus amigas.
-No, voy a salir con alguien. -Me contestó.
-¿Qué? ¿Con quién? -Pregunté, sintiendo cómo la tristeza me tiraba abajo.
-No tengo por qué decírtelo Mariano, pero para que estés al tanto… Voy a salir con el profesor del que te había hablado. – largó el disparo sin siquiera mirarme.
-¿Qué? ¿Con ese que sólo te quiere por tu cuerpo? ¿El que está casado y sólo contesta tus mensajes cuando quiere un polvo? ¡Estás loca! -dije indignado.
-No seas hipócrita ¿Y vos para qué me querés aparte de para cogerme? ¡No te metas en mi vida!
No supe qué responder ¿Qué sentía realmente por ella? Florencia salió de la casa dando un portazo.

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