SILVIA ZALER

Antes de la fiesta

Esta noche tenemos la fiesta en casa de Menchu, aunque no hay que entenderla como tal. Al menos lo que se tiene por un jolgorio de baile, copas y risas. Nos reunimos en su casa unas cincuenta personas como si fuera una reunión social de alto copete. Pero no. Ahí se esconde mucho sexo y vicio. Digamos que nosotras cuatro disfrutamos de total libertad para disponer de la casa —tenemos dormitorios asignados a cada una— para tirarnos a alguien, si se tercia. Que se suele terciar, ya os lo adelanto. La gente que va allí no es la habitual de una fiesta de la Moraleja de Madrid. Van chicos que ella elige, y que saca, generalmente, de todas las webs de citas a las que está apuntada. Rara es la semana que no folla una o un par de veces. Lleva cinco años de mucho vicio la cabrona y no para, la muy puta. Para decoración, también van cinco o seis chicas. Si se lo montan bien, también follan con alguno. Pero no tienen llave de los dormitorios. Nosotras, sí.

Generalmente, nos envía fotos y perfiles de los que ella piensa que nos pueden interesar. Siempre gente nueva, por eso ni Jaime, ni Julián o los más o menos estables, que tienen el resto de Las Guarris y yo, pueden ir. Si es posible, quedamos con ellos antes para conocerlos y no llevarnos un chasco. Yo lo tengo imposible porque estoy en Jávea y si ya encima me vengo más días a Madrid, mi marido puede sospechar. Así que, me fío de mis amigas y de Menchu en concreto.

Suele escoger unos doce o quince para que tengamos donde elegir, y debo decir que finalmente siempre acierta, la verdad. La zorra nos conoce y sabe nuestros gustos. Aunque, también pensamos que a más de uno se lo ha pasado por la piedra y le ha comentado de qué va el rollo, porque resulta extremadamente fácil para nosotras follar ese día. Las otras chicas que acuden, ya no sé lo que hacen, ni dónde. Me importa poco, la verdad.

Menchu también nos surte de todas las sustancias ilegales que necesitemos. No solemos drogarnos habitualmente, pero en estas ocasiones, sí. De hecho yo comencé con algún tirito en las reuniones que ella organizaba en su casa, y que cada vez se vuelven más alocadas. Los porros no me gustan, salvo los de maría, y porque me ponen cachondísima.

El hecho de vivir en un chaletazo que disfruta —y que no es suyo— con una parcela de una barbaridad de metros, hace que estemos a resguardo de miradas indiscretas. Tiene un camello, al que no nos presenta, que le suministra de todo y que —nos lo dice partiéndose de risa—, por una buena mamada, me hace rebaja. Y yo con esto del vicio, soy tacaña, cabronas.

En esas fiestas o reuniones, Menchu siempre pone coca o éxtasis a disposición de quien quiera. Es la que más consume de nosotras. En realidad, la única que incluso lo sigue haciendo, aun cuando la fiesta se desmadra o descontrola. El resto, lo hacemos de forma ocasional. Aunque debo decir que yo ayer con Jaime me puse fina de perico y maría. Me digo que debo controlarme, porque eso se me puede ir de las manos. Y follar está bien, con química y sin química, pero debo tener un poco más de tranquilidad.

Me he despertado a eso de las doce de la mañana. Al final Jaime me estuvo comiendo el coño y yo la polla, hasta casi las tres y media. Y conseguí que se corriera la cuarta vez, de nuevo en mis tetas. Follamos, pero el resultado lo conseguimos con las lenguas de cada uno en un portentoso sesenta y nueve que nos marcamos en el porche de la piscina. Una locura…

Miro a la mesilla y veo la bolsa con restos de coca. Al lado está también lo poco que queda de la maría que traje a la fiesta. La que me dio Marcos después de la última vez que follé con él en Jávea. En casa tengo más para mí, a buen resguardo y debidamente escondida.

No me apetece en este momento meterme nada. Noto algo de hambre. Me levanto y me desperezo. Me acerco a la cocina solo con una camiseta. La casa está en completo silencio. Cuando Jaime y yo terminamos a eso de las tres y media de la mañana, Menchu seguía follando con los dos que se trajo. Se oían risas quedas y pequeños gritos. A saber lo que estarían haciendo. Es tremenda. Me parto con ella, y con lo que aguanta. Aunque sea a base de rayas y pirulas.

La mañana y la tarde de antes de la fiesta no suelo propasarme en nada. Ni de bebida, ni de polvitos, ni de maría. Aparezco por la oficina, con cara triste, y me dejo ver por si alguien un día lo pone en duda o pregunta. Y ahí incluyo a mi marido.

Joder… Debería haberle llamado. Recuerdo mientras me estoy bebiendo un zumo de naranja recién exprimido, seguramente por Dimitri. Cojo el móvil, al que apenas le queda un diez por ciento de batería. Veo, en efecto, dos llamadas suyas y un par de mensajes en donde me pregunta qué tal en el trabajo. Sonrío de lado. Le contesto con una frase complaciente y de cierto aburrimiento. Es lo que se espera que una haga cuando le preguntan por esas cosas. En ese momento entra Jaime recién duchado, completamente desnudo y con la polla morcillona. Los buenos propósitos de mantenerme tranquila y moderada se me olvidan viendo como sonríe y a su pollón empezar a ponerse tenso apuntándome.

El recuerdo de mi marido se me evapora. En cuando se me acerca a la cama, sin decirle ni siquiera buenos días, me meto la polla en la boca y empiezo a chupársela. Él se sitúa debajo mío y empieza comerme el coño como el ultimo polvo de esta madrugada. A los dos nos gustan los sesenta y nueve, más que a un niño un rotulador.

Me vuelve loca notar como crece su pollón en mi interior. Mientras sigo con la mamada, pienso que en cuanto se corra Jaime, llamaré a mi marido. Dios, si supiera la cantidad de cuernos que tiene… Pienso mientras succiono con fuerza el pene de mi hombre en ese momento.

Alcanzo rápido el orgasmo y engullo aún más el pollón de Jaime que se muestra muy receptivo a mi lengua y caricias. Succiono otra vez con fuerza y me la meto hasta la garganta. Gimo con verdadero placer, mientras mi orgasmo me invade desde el pelo hasta la punta de mis dedos de los pies. Niñas, no dudéis de que es magnífico despertarse así.

Un minuto después, noto el estallido de su semen en mi boca. Tiene menos sabor que el de ayer. Y la fuerza de la descarga, es también menor. Lo miro con restos de su corrida en mi barbilla y me río.

—Me encanta tu polla…

—A mí me encantas tú, que eres una máquina de follar.

Me vuelvo a reír y le beso el glande. Su pene empieza a desinflarse y por un momento estoy tentada de darnos una mañana de sexo, pero recuerdo que tengo que pasar por la oficina y llamar a mi marido.

Soy un zorrón…

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