ANDER MAIS

Capítulo 6

Pasión Entre las Rocas

En el trayecto entre las rocas, estuve esperando a que ella me comentaba algo sobre su encuentro con Riqui y sus dos amigos. Pero nada… no soltó prenda; no sé si queriendo ocultármelo a propósito o por miedo a que me enfadase si me enteraba, pero no me contó nada de nada, ni mencionó el asunto.

El paseo entré aquellas rocas era precioso, aunque algo complicado de recorrer en su parte final. Era más largo de lo que parecía en un comienzo; de unos doscientos metros o así; todo rodeado de rocas, unas altas, otras mas bajas y algunas charcas donde chapotear los niños, sobre todo al principio. En la primera parte, sí que nos encontramos algo de gente, pero a medida que avanzábamos, ya no nos cruzamos casi con nadie. Parecía que nos adentrábamos en una zona muy distinta de la playa, mucho más solitaria y discreta, de no muy fácil acceso.

Al pasar totalmente las rocas, llegamos por fin a esa otra cala; la cual, como ya se intuía, estaba mucho más solitaria. Sólo se veía alguna gente en el agua y tres o cuatro grupitos pequeños por la arena, metidos más hacia el interior o junto a las rocas. Empecé a sospechar qué debía tratarse de una playa nudista. Decidimos entonces salir hacia el paseo exterior e ir observándola desde allí, mientras caminábamos en dirección al final de la misma. Al acercarnos a uno de aquellos grupos, nuestras sospechas se confirmaron; Natalia exclamó con voz sorprendida:

—Luis, ¡es una playa nudista! ¡Mira esos tíos ahí!

Efectivamente, nos encontramos con dos hombres completamente desnudos, que esperaban a otras dos mujeres que salían del agua. Seguimos caminando un poco más y, al llegar cerca de otro grupo, nos encontramos a tres hombres y una mujer que parecían recoger sus cosas para irse. Uno de ellos se nos quedó mirando fijamente…

Estaba a una cierta distancia, aunque nosotros, desde donde estábamos, lo podíamos ver perfectamente. Mi chica se quedó asombrada observándole; no sé, si sorprendida por que nos mirase así, de forma tan directa, o por lo que estaba viendo…

Descubrí que ése que nos miraba era Víctor. Estaba completamente desnudo y lucía sin pudor una polla de escándalo. Así, según la tenía, sin empalmar, ya la calcularía de al menos unos 18 centímetros y muy gorda. A Natalia, creo que, sin darse cuenta, se le fue la vista descaradamente hacia ella y la mantuvo fija ahí un rato.

—Luis… ese tío… es él que pasó antes junto a mí en la toalla y me estuvo hablando… —comentó ella con sorpresa.

—¿Sí?… ¡Ostras!… ¡Para!… ¡Pero, coño, si me suena! ¿Ese tío no estaba la otra noche en el restaurante? ¡Joder cómo calza!, ¿no? —añadí yo, poniendo una media sonrisa pícara.

—¡Ostras, pues sí!… Tienes razón. Es él… Ahora que lo dices, es verdad… Y luego en el pub. Ahora me acuerdo… Estaba con dos tíos más en la barra cuando fui a pedir sola. No le recordaba bien porque ayer iba algo chispada—respondió ella, sin poder dejar de mirar a ratos hacía ese pollón.

—¡Natalia, tía! A ver… ahora me ha entrado curiosidad, ¿qué te dijo este tío cuando se te acercó antes? —le pregunté, mientras le pasaba un brazo por sus hombros para hacer que dejase de mirar hacia Víctor y continuase el paseo.

—Nada del otro mundo, la verdad, sólo me saludó como fingiendo que me conocía de algo y hablándome del buen día que hacia y del ambiente de la playa… —empezó a contarme—. No sé, te lo digo con confianza, ¿eh, amor? Parecía el típico tío que sabe cómo entrar a las mujeres… No sé como explicarte; qué te entra sin conocerte de nada pero sabe como hablarte para no parecer pesado ni que te molesta así, en plan moscón. No sé… Parecía un tío muy sociable y tal… No parecía mal tipo. Eso sí, ¡me miraba las tetas descaradamente! —terminó de contestarme, explicándomelo de una manera rara en ella, como si no le hubiese molestado la presencia de ese hombre observándola; cosa que antes, pienso, no le hubiese hecho ninguna gracia.

Volví a girar mi cabeza para observarle otra vez, y vi cómo nos seguía con la mirada. Nosotros continuamos sin más nuestro paseo y llegamos hasta el final de esa playa. Allí, donde terminaba la parte nudista, había también un montón de rocas que creaban pequeñas zonas de arena entre ellas, haciendo aquel sitio muy tranquilo y discreto, ideal para tomar el sol en pareja y dar rienda suelta a una “repentina pasión veraniega”. No había nadie a nuestro alrededor, y nos colocamos ocultos en una de esas pequeñas zonas, posando nuestras cosas en unas piedras y quedándonos un ratito allí, solos, descansando y relajándonos un poco.

Indudablemente, al cabo de unos minutos allí y después de todo lo vivido hacía un instante, me empecé a poner muy cachondo de nuevo… Mi chica estaba tumbada, con ese bikini morado que llevaba y yo, ya caliente perdido, me puse a sobarle las tetas y todo su cuerpo mientras le comía el cuello y buscaba su boca para besarla. Estaba terriblemente excitado por todo lo que estábamos viviendo desde anteayer.

Mi chica, al principio, se hizo la remolona, pero pronto se comenzó a dejar llevar también, comenzándonos a besar como locos los dos…

—¡Para, Luis! ¡Estate quieto… por favor! No me pongas tan caliente… que aquí nos pueden pillar. ¡No!… ¡Para por favor!—reía de forma pícara mientras yo continuaba provocándola—. No sigas, ¡qué me pones a mil en seguida! —me iba diciendo ella, con voz excitada, a punto de ponerse también a tono.

—Tranquila, amor… ¡y disfruta! Qué estamos de vacaciones y no nos van a pillar. ¡No ves que no hay nadie por aquí! Ademas… ya viste que es una playa nudista. Seguro que se hacen cositas de estas. Disfruta y despreocúpate… ¡que a eso hemos venido! —le insistí, mientras le iba sacando una teta fuera del bikini.

—Ufff… ¡Pero qué tontito eres! —replicó mientras intentaba hacerse la inocente, fingiendo vergüenza.

Pero, al sentir mis manos acariciar y sacar fuera uno de sus pechos, Natalia fue cambiando rápido de semblante…

Ya totalmente entregada al morbo, se agachó hacia la mochila y sacó de allí un bote de aceite solar.

—¿Qué vas a hacer, cariño? —le pregunté, intrigado, acariciándola mientras estaba agachada, con las dos manos, desde el principio de su espalda hasta su culo.

—Ya verás amor… ¿No quieres excitarte? —dijo mientras se levantaba—. Pues quédate un momentito ahí sentado… Que te voy a hacer una cosa que te va a poner a cien, seguro. ¡Ya lo verás! —comentó, empujándome hacia abajo con una de sus manos y obligándome a quedarme sentado.

Entonces, se sentó también sobre otra roca, frente a mí, y comenzó a quitarse el bikini de forma sensual. Primero, y mirándome con una mirada lasciva que sólo en nuestros mejores polvos le había visto, se desató a su espalda lentamente la parte de arriba y fue descubriendo unicamente un poquito de sus pezones. Se la dejó así, a medio quitar, y se agachó hacia adelante dejándome a la vista todo el esplendor de sus tetas colgando, pero sin dejarme llegar a ver aún por completo sus grandes pezones. ¡Sabía perfectamente que eso me volvía loco!

Sin dejar de mirarme a los ojos, seguidamente, estiró hacia abajo con fuerza el sujetador y, sin soltarlo de la parte del cuello, descubrió por completo sus tetazas, que quedaron levantadas por la presión que la cuerda del bikini ejercía sobre ellas. Luego, las alzó, apoyándolas sobre un brazo, y con la otra mano cogió ese bote de aceite para empezar a derramar, despacio, una gran cantidad de líquido sobre sus tetas. Teniéndolas ya embadurnadas, se las miró, mordiéndose los labios, e hinchó el pecho hacia mí, aumentando aun más el bulto de sus “melones”.

—¡Qué tetazas tienes, mi amor! —exclamé excitado, al ver de qué forma se las sujetaba y apretaba.

Luego, eché un rápido vistazo alrededor, confirmando que nadie nos espiase, mientras Natalia comenzaba a frotarse los senos, restregándose bien todo ese aceite que había vertido sobre ellos.

Yo ya estaba que rompía las bermudas del empalme que llevaba. No pude aguantar más la excitación, y me las bajé lo justo para sacarme la polla, que ya tenía a punto de reventar…

Ella, al verme con el rabo en la mano, siguió frotándoselas de manera sensual, y al comprobar también cómo no parecía haber nadie cerca, me dijo mientras me miraba con morbo:

—Sí, eso… ¡hazte una paja! ¡Menéatela para mí mientras me froto las tetas! Eso me pone a mil: verte masturbarte mientras me ves desnuda…

Yo, haciéndole caso, me comencé a pajear cada vez con más fuerza. Tener a mi chica allí, frotándose las tetas llenas de aceite, y con el morbo y la incertidumbre de que en cualquier momento nos pudiese descubrir alguien, me estaba poniendo a tope; nunca había sentido hasta ese momento ese morbo tan intenso y excitante, ¡jamás! Durante estos dos días, cada cosa morbosa que nos iba sucediendo para mí superaba a la anterior…

—¡Ven, amor… por favor! ¡Ven y chúpamela! Estoy a tope. ¡Hazme una buena mamada de esas que tú sabes, cariño! —le pedí, ya totalmente fuera de mí, meneándomela como un loco mientras la miraba.

Ella volvió a mirar a ambos lados y, caminando un poco a gatas sobre la arena, se acercó hasta mí para comenzar al instante y sin recato alguno una espectacular mamada. Me puse de pie, con mi espalda apoyada sobre la roca, y ella continuó de cuclillas… Se la iba tragando toda, de arriba abajo y de forma lasciva; la manera en que lo hacía parecía increíble para cómo solía ser ella; no me podía creer que no le importase estar haciendo aquello al aire libre. Parecía también embrujada por el encanto de aquel recóndito y escondido paraje que habíamos encontrado.

Y así, primero, se centró en salivarme bien el capullo, haciendo esos ruiditos con la boca que siempre me vuelven loco. Luego, con fuertes chupetones, continuó comiéndomela de arriba a abajo mientras me acariciaba los huevos. ¡Estaba totalmente centrada en la mamada! Me miraba a los ojos con morbo, y yo no podía dejar de observar esas tetazas suyas colgando, mientras me lamia la polla y bajaba hacia mis huevos…. una y otra vez…

Pero, al momento, miré hacia el frente, y me pareció observar algo entre las rocas… Creí poder descubrir a una persona que nos espiaba. Sujeté a mi chica del pelo, para seguir así acompañándole la mamada, pero también para evitar que girase su cabeza y pudiese descubrir que alguien nos observaba. No me quería arriesgar a que, la posible vergüenza de mi novia, arruinase esa genial mamada que me estaba haciendo.

—UUUFFF…. ¡Oh, dios! Sigue, cariño… sigue. ¡Qué bien me la chupas!—la animaba, con estas palabras y gemidos, para distraerla mientras fijaba mi vista entre aquellas piedras.

Seguí observando entre las rocas, y así pude entrever la silueta de la sombra de un hombre… Al cabo de unos segundos, por fin se asomó. Aunque aún lo hacía tímidamente, pude distinguirle a la perfección: ¡era Víctor!

Al principio, parecía asomarse con recelo, pero, después de mirarme a la cara y de yo hacerle un gesto con la cabeza, mostrándole que no me importaba que nos mirase, se colocó ya sin pudor alguno a observar la escena, apoyado sobre aquellas rocas.

Estaría a unos seis o siete metros de nosotros. Yo no le perdí de vista, mientras mi chica aún seguía centrada en la felación, sin darse cuenta de nada.

Me fijé en él; el tío estaba como nos lo habíamos encontrado antes: totalmente desnudo; eso sí, ahora traía la polla ya bastante morcillona, aunque aún no la tenía empalmada completamente. ¡Aquello parecía un pollón tremendo!

Sin que mi chica pudiese darse cuenta, le hice un gesto con el pulgar hacia arriba, como dándole permiso para que nos espiase. Él, al ver ese gesto, se agarró la polla y comenzó a menearsela lentamente, mientras iba observando sin reparo alguno, cómo mi chica me continuaba la mamada de espaldas a él, de cuclillas, y teniendo una visión privilegiada de su culo.

Este tío parecía ser un súpervicioso, y se le veía con bastante experiencia en esto de espiar a parejas en la playa. Casi al instante, ya se le puso la polla totalmente durísima…

¡Aquella polla era ENORME! ¡Tremenda!… Sólo en vídeos porno había visto yo en mi vida algo parecido. Tranquilamente le debía medir 22 o 23 centímetros, y con unos huevos grandes y gordos que le colgaban con una vigorosidad enorme. Natalia seguía centrada en la mamada, de momento ajena a todo esto.

Al segundo, sacó mi polla de su boca y comenzó a pajearla con ímpetu, mientras me miraba con ojos de viciosa…

—¿Te está gustando lo que te hago, amor? —me dijo, mientras no cesaba de menearme la polla, mirándome fijamente a los ojos. —Ves como si no me agobiabas al final ibas a conseguir lo que querías.

—Sí, cariño… ¡no pares!… qué me estás poniendo a tope… ¡Me quiero correr!

—¡Noooo! No te corras aún. ¡Fóllame, Luis! Quiero que me folles, aquí… No me importa el sitio. ¡Estoy cachonda perdida! —exclamó, mientras se metía una mano dentro de la braguita del bikini, comenzando a acariciarse el coño con ella.

Me sorprendió gratamente lo “salida”y desinhibida que estaba. De seguido, retorno a por mi polla y yo le agarré de nuevo la cabeza para que no se diese la vuelta.

Comprobé cómo Víctor seguía divisando la escena sin perder detalle y, al mirar de nuevo hacia él, le vi hacerme un gesto con las manos como animándome a follarla.

No sabía qué hacer… Tenía unas ganas enormes de hacérmelo con mi chica allí, en frente de aquel tipo, pero no sabía cómo hacerlo sin que Natalia le descubriese. Me daba gran miedo la posible reacción que pudiese tener ella al descubrir que alguien nos espiaba. Quizás aquello estropease las morbosas vacaciones de las que estábamos disfrutando hasta ahora.

Entonces, le hice a Víctor un gesto con la mano, y él se ocultó entre las rocas. Luego, decidí alzarle la cabeza a mi novia, apartándola de mi polla, y acercándola hacia mis labios para darnos un lascivo y morboso morreo. Natalia se lanzó como loca a comerme la boca; se notaba que quería guerra… ¡Y se la iba a dar! Mejor momento y más morboso que aquel, quizá no iba a tener otro jamás en mi vida. O al menos, eso pensé en ese instante…

La levanté del todo, me puse tras ella, y de un pequeño empujón la apoyé contra una de aquellas rocas. De un solo tirón, le bajé la braguita del bikini hasta las rodillas, y dejé al descubierto su culo. Sin perder ni un segundo más, me pegué a su espalda y comencé a lamerle el cuello y a sobarle las tetas, desde atrás, aprisionándola contra la roca para impedirle darse la vuelta.

—¡Joder!, ¡a ver si nos va a pillar alguien! —ronroneó mi chica al sentirse desnuda contra aquella roca.

—Tranquila… —repliqué, rodeándola con mis brazos.

En aquel momento, no sabia dónde podría estar Víctor, si seguiría escondido o si no. Pero me daba igual… Yo estaba tan excitado, que decidí arriesgarme a que mi novia le pudiese llegar a descubrir. Sólo deseaba follarme a mi chica… y ella me lo estaba pidiendo a gritos…

—Luis, cariño… ¡Fóllame… fóllame! ¡Métemela rápido… por dios! No sé qué me pasa, pero me acaba de entrar un calentón terrible. Pero no quiero que nos vea nadie. ¡Fóllameeee de una vez!

Ella, con el movimiento de sus piernas, fue ayudando a que se le terminasen de bajar solas las bragas, que al momento cayeron libres en el suelo, sobre la arena. Entonces, la agarré con mis dos manos por sus caderas, y tiré hacia atrás de ella un poco, hasta dejarla casi en posición de cuatro patas, apoyando sus manos sobre aquellas piedras. Le dí un fuerte azote en una nalga, que resonó en las rocas, y comencé a penetrarla…

Mi novia, apoyada contra allí, en esa postura, sólo gemía de placer mientras intentaba aguantar con los brazos la fuerza de mis embestidas…

En ese momento, yo no podía ver a Víctor, pero intuía su presencia tras nuestro; podía sentir en mi espalda su mirada mientras me la follaba; seguro que no se estaría perdiendo detalle de cómo a Natalia le botaban las tetas mientras la penetraba…

Ella gemía de placer, sin voltear su cabeza, mirando solamente hacia abajo, sintiendo como mi miembro cogía cada vez más ritmo…

—Aaaahhhh….. Mmmmmmmm…. —sus gemidos y jadeos ya eran intensos, aunque ella intentaba ahogarlos todo lo que podía para que no nos oyese nadie—. ¡Joder, que me corroo!, ¡que me voy a correrrr!… ¡No te pares!…

Yo sentí que no iba a poder aguantar demasiado. Tenia unas ganas inmensas de correrme también, pero sentía un morbo irrefrenable por comprobar si Víctor seguía mirando o qué hacía. Mi chica seguía totalmente absorta, poseída por la follada, y no se percataba de nada. La agarré del pelo, obligándola a mirar así hacia adelante, contra la roca, y giré un poco mi cabeza hacia atrás para observar.

Vi que Víctor seguía ahí… Pero esta vez, estaba de pie, subido entre unas rocas, semi escondido. Decidí arriesgarme y saqué mi polla del coño de mi chica para intentar cambiar de postura; quería follarla y ver a la vez cómo Víctor se pajeaba mirándonos. Era una opción de locos que podría fastidiarlo todo, pero me arriesgué… el morbo que me invadía era gigantesco.

Levanté a Natalia, sujetándola por la cintura, y me senté en la misma roca de antes. Ella, de forma totalmente milagrosa, llevada seguro por la excitación embriagadora propia del momento, no llegó a mirar hacia donde Víctor se encontraba y no le vio. Se sentó sobre mis rodillas y, poco a poco, fue introduciendose de nuevo mi verga para cabalgarme… Esta vez, sí que tenía yo una visión directa y perfecta de Víctor.

Mi chica comenzó moverse sobre mi polla, con fuerza, saltando incesantemente sobre ella, con un morbo y una excitación tales que, la verdad, casi no me podía ni creer que fuese ella quien lo hacía, y menos en aquel lugar. Yo le agarraba, le sobaba y le chupaba sus tetazas, al son de la cabalgada que ella se estaba pegando… Era increíble verla hacer esto… Si hace unos días, antes de llegar a este pueblo de vacaciones, alguien me llegase a decir que esto sucedería, ni por asomo me lo creería.

Mientras todo ésto, Víctor se seguía pajeando, meneando tranquilo ese pedazo de mástil que tenía entre las piernas, como si de ver una película porno se tratase. De repente, caminó unos pocos pasos más, y se colocó en una posición ya peligrosamente cerca de nosotros.

Me entró un poco el miedo de repente… pero no podía parar… Natalia seguía sacudiéndose sobre mi polla como una enloquecida. Parecía en otro mundo, dejando perderse su mirada, de forma fija, sobre la roca que tenía frente suyo y, de vez en cuando, sólo la bajaba para mirar cómo mi polla entraba y salía de su interior.

Entonces, la volví a agarrar de las nalgas y comencé a acompañar sus movimientos, follándomela ahora todavía con más fuerza. Los dos estábamos a punto de corrernos de un instante a otro…

Víctor también parecía excitadísimo, e incluso con ganas de entrar en la fiesta. Sin duda alguna, me estaba enviando señales de que estaba deseando entrar en acción, follarse también a mi novia, pero parecía dudar de si era lo conveniente… En ese preciso segundo, me dio la impresión de estar esperando algún tipo de señal mía para abalanzarse sobre ella y unirse a nosotros, para que aquella follada terminase en trío.

Yo, en aquel momento, y con una excitación tal que me recorría todo el cuerpo, la verdad, podría ser, incluso, que no me importase lo más mínimo que ese hombre se acercase a Natalia y ésta comenzase a mamarle su pedazo de pollón, allí mismo. O incluso, que se la llegase a follar….

Pero, en aquel momento, todo eso no dependía sólo de lo que yo desease; no sabía cómo se lo podría tomar mi chica y qué podría pasar. Posiblemente, todo fuese un completo desastre si a él se le ocurriese acercarse más. Tenía que alejar esa alocada idea…

Entonces, en un momento de lucidez por mi parte, cuando Natalia comenzó a gemir aún más fuerte y parecía cerca del orgasmo, le hice un gesto a Víctor para que se alejase…

—Aaahhhh… mmmmmm… —Los jadeos de Natalia avisaban de la llegada un profundo orgasmo—. ¡Dios, qué delicia, cariño! ¡Me corroooo… dios!, ¡me corrroooo, amorrrr! —Esos gritos de ella resonaron entre las rocas mientras se corría.

Víctor, al oírlos, dio unos cuatro pasos hacia atrás y se volvió a ocultar tras aquellas rocas. Yo seguí con mis manos agitando el culo de Natalia contra mi polla y, en unas pocos “mete-sacas” más, noté que ya me corría también…

—Uffff… amor… ¡Me corro, dios… me corrooooo! ¡Me voy a correr, cariño! Ooohhh…. —intenté ahogar mis palabras y jadeos pero no pude… La excitación estaba siendo increíble, siempre había deseado hacer algo como esto.

Natalia, se levantó rápido, y observó como me corría derramando mi semen sobre la arena… ¡Qué corrida eché! Varias gotas llegaron a salpicar sus muslos…

Levanté la vista y vi que Víctor se había vuelto a asomar un poco, y que estaba a punto de correrse también; noté cómo empezaba a menear más fuerte su polla y, al instante, contemplé atónito cómo comenzaba a derramar también un gran torrente de semen. Incluso llegó a escapársele un pequeño grito grave de placer.

Rápidamente, al temerse él que mi chica le pudiese haber escuchado, se ocultó de nuevo entre las rocas, con la rapidez justa para escapar de la mirada de Natalia, que se había dado la vuelta instantáneamente al creer oír algo…

—Luis… ¡creo que había alguien ahí! ¿No oíste ese ruido? —me preguntó ella, nerviosa, mientras miraba a su alrededor, tapándose pudorosa los pechos.

—No, amor… Yo he estado de frente a las rocas todo el rato y no he visto a nadie, ¡estoy seguro! Si hubiese alguien, me habría dado cuenta —le contesté, también algo nervioso, por si ella podía llegar a descubrir lo que acababa de pasar.

—No sé… Yo estoy casi segura que escuché algo… como un gemido—volvió a murmurar, mientras rauda comenzaba a recoger del suelo su braguita y a colocársela toda apresurada.

Metimos todo en las mochilas y, sin decirnos nada, nos fuimos de allí. Yo no sabía por dónde andaría Víctor, pues no le veía, pero tampoco le había visto marcharse. Recorrí el trayecto para salir de entre aquellas rocas un tanto nervioso. Me había encantado la experiencia, pero no sabía cómo podría actuar Víctor si nos lo cruzásemos y, sobre todo, cómo respondería Natalia si nos lo topásemos por allí cerca, y llegase a descubrir que yo le permití espiarnos.

Al final, llegamos a la playa y ni rastro de Víctor. Parecía que de verdad se había marchado.

Continuamos caminando por el paseo de madera, paralelo a la arena y, cuando iríamos por la mitad del mismo, pude distinguir a lo lejos la figura de Víctor. Mi chica también le vio, comentándome al instante:

—¡Mira!, todavía sigue ahí el tío de antes. Aunque ahora está solo… Se deben haber ido sus amigos… Y parece venir de donde estábamos nosotros ahora. ¿Estás seguro que no nos habrá visto?

—¡No, cariño!… ¡Olvídalo! ¡Qué nos va haber visto! Y… si nos hubiese visto… ¡qué coño importará! No le conocemos de nada en absoluto.

Ella se calló de golpe, pero siguió observando a lo lejos a Víctor durante todo el resto del trayecto, hasta que le perdimos de vista.

Después, nos salimos de la playa, y nos acercamos a tomarnos algo al chiringuito.

La follada había estado genial. Allí, entre las rocas, el morbo fue intenso y las sensaciones que viví al follar a mi novia delante de aquel tipo me demostraron que estaba por el camino correcto. Era casi lo que más deseaba en el mundo: tener a un cómplice de mis morbos y que me siguiese en la aventura de exhibir morbosamente a mi chica. Y aquel tipo parecía de fiar, me lo demostró en la forma “respetuosa” en que nos espió hacía sólo unos instantes.

Durante casi todo el tiempo que llevábamos allí, tomándonos algo en ese chiringuito, Natalia parecía encontrarse como en una mezcla entre vergonzosa y excitada; como si le gustase pero a la vez se sintiese avergonzada por si alguien la había visto y qué pudiese pensar de ella. Siendo sincero, esa manera de ser que tenía a veces, de comportarse como la más “putita-viciosa” en algunos momentos, pero luego a la vez la de ser una tímida insegura, me volvía loco.

—Luis… cada uno de los tíos que pasan junto a la mesa que me mira… me da la sensación que lo hace por qué nos vio antes follar. ¡Pufff! —resopló incómoda—. Seguro que será cosa mía… pero me ponen nerviosa —Con esas palabras, Natalia rompió ese silencio que había adoptado desde que nos sentamos en una de las mesas de aquel chiringuito.

—Cariño, tranquila… ¡claro que es cosa tuya! No te han visto, ¡fijo! ¿Sabes por qué te miran?, ¿quieres qué te lo diga? —le dije, con tono intrigante pero enérgico.

—Sí, claro, ¿por qué?, dime…

—Te miran… porque no pueden evitar ojear tus tetas. ¡No ves que casi se te ven todas con este biquini que llevas! Además, no te lo colocaste bien antes por las prisas… y se te asoma casi entero un pezón —le confesé, mientras le daba un trago a la cerveza que había pedido.

—¡Ostras!…. ¡sí… dios! ¡Qué vergüenza! —exclamó, mientras se lo recolocaba rápido—. Y tú… ¿por qué no me habías dicho nada hasta ahora? —añadió con rostro medio enfadado…

—Creí que no te importaba… Es más, hasta hace un rato, te las estuvo viendo toda la playa y no parecía molestarte. Además, ¿crees que no me di cuenta cómo provocabas a los tíos mientras nos bañábamos antes?

—¡No!… —me cortó—. Eso lo hice porque a ti parecía gustarte. Y bueno… ahora ya no estamos en la playa, estamos fuera… en un chiringuito. ¡No es lo mismo!—volvió a comentar, aún enfadada.

—Bueno, cariño, tampoco te lo tomes así… que era sólo una simple broma. Estamos de vacaciones… Y si vieses el alegrón que le diste al camarero, hace un momento… cuando te vino a traer la cerveza y te vio medio pezón fuera. ¡Tendrías que ver la cara que puso! —Emití una leve carcajada.

—No, no me he fijado… pero me la puedo imaginar. ¡Cómo sois los tíos, de verdad! —masculló ella, con una sonrisa, tirando hacia arriba de los triángulos de su bikini, mientras observaba de reojo a ese camarero, que ahora estaba sirviendo en una mesa a nuestro lado.

Allí, en aquel chiringuito, seguimos un largo rato más, charlando y bebiéndonos unas cervezas, y luego comiéndonos unas tapas y bocadillos. Yo, ansioso, durante todo ese tiempo, estuve temiendo que en cualquier instante pudiese Víctor aparecer por allí. Aunque me daría morbo que eso ocurriese, no sabía muy bien cómo actuaría Natalia al verle…

Al final no fue así, no hubo ni rastro de él, y decidimos marcharnos de la playa y volver al hotel, para plantearnos qué hacer en esa ultima tarde-noche que nos quedaba de vacaciones en la localidad.

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