ANTONIO LÓPEZ VALLEJO

Una risa de mujer, fresca, envolvente y cautivadora, me despertó. La siesta se había alargado hasta esa hora en que la tarde empieza a caer y el viento fresco de septiembre entra por las ventanas abiertas, tonificando músculos y pensamientos.

La risa había entrado en mi sueño, apropiándose de él, hasta traerme suavemente, tirando del sedal con dulzura, de vuelta al mundo de los despiertos. Sobre la cama, con los ojos abiertos y con la risa en el sueño y en el cuarto, en la calle y en el balcón, la vida, perezosa, me pedía más sueño, y la risa, seductora, como flautista de Hamelin, me pedía despertar y seguirla.

Queriendo darle tiempo a la risa a esfumarse sin importunarla, abrí el balcón de par en par y me demoré en el baño, ayudándome del agua para traer de nuevo a mi cuerpo a la realidad de las últimas tardes de este verano que, día tras día, siesta tras siesta, camina a su fin, hacia el despeñadero donde van a parar todos los veranos pasados, amontonándose unos sobre otros, mezclándose y distorsionándose en algún lugar de la memoria.

Después del baño, la risa habíase tornado en palabras, y una voz de mujer, jovial y cantarina, conversaba con el mundo bajo mi balcón, y en cada palabra y en cada frase, que por lejanía y despreocupación yo no llegaba a comprender, había vida, promesa y futuro. Todo eso entendía yo sin comprender.

Y acodado sobre mi balcón abierto, parapetado tras la impunidad de las parras, que me permitían ver sin ser visto, seguí con los ojos la estela de la voz y de la risa que habían mecido mi sueño, y entre hojas de parra y racimos de uva a medio comer por las avispas, logré entreverla, abrazada al almencino cuya juventud ha corrido de la mano con la mía, que da sombra a la puerta y le regatea el sol a las parras. Era la misma mujer que había estado en mi sueño aquella tarde y que ya casi ni recordaba, pues siempre me sucede que los personajes de mis sueños desaparecen en el momento de despertar, dejando apenas un recuerdo brumoso por el que uno se pierde apenas empieza a buscar. Su risa y su voz habían dormido la siesta conmigo. Quise decirla algo, llamar su atención de algún modo, pero la dicha, tan fugaz, estaba en verla de lejos, sin ser visto. Si hubiese podido, hubiera parado el tiempo en aquel momento, y morir en su risa, dormir la eternidad en su risa, pero como nada es eterno salvo la eternidad, su voz clara, de miel y limón, se volvió hacia el balcón y hacia mí, y riendo y saludando con la mano, aquel ángel, tan onírico como real, se despidió y desapareció entre las hojas del parral. Y se fue, con su risa y su recuerdo, hacia el lugar donde habitan los sueños, y yo volví a la horizontalidad de mi cama frente al balcón abierto, y cerré los ojos buscando el sueño, la risa y la dicha que viven antes del despertar.

https://antoniolopezvallejo.wordpress.com

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