JUAN LUIS HENARES

Apuntó a la rapada cabeza, y con toda su fuerza lanzó la piedra; como el juez de línea corría a la par del delantero que llevaba la pelota, el proyectil cayó a varios metros de distancia. Al ver que había errado su tiro, gritó a viva voz:

—¡Pero si no fue orsai! ¿Qué cobrás animal?

Por supuesto, entre tanto bochinche el lineman ni se enteró del grito. El que lo escuchó fue otro hincha que estaba a su lado, quien tranquilamente le contestó:

—Ramírez estaba adelantado.

Andrés le devolvió una furibunda mirada, como si fuera su enemigo, a punto de golpearlo; el estruendo de miles de gargantas que gritaban ¡penal! lo hicieron olvidar instantáneamente su propósito. Dio vuelta la cabeza, miró la cancha y notó que el juego continuaba, ya que el referee no cobró la falta. Cinco minutos después, en medio de un concierto de insultos, el encargado de impartir justicia dio por finalizado el encuentro. Se quedó en la tribuna, embroncado por la derrota, tirando piedras y botellas a los integrantes de la hinchada visitante, quienes intentaban salir rápido del estadio. Ya afuera, junto a una veintena de fanáticos, se tomó a golpes con unos pocos simpatizantes del equipo ganador; no era cuestión de perder también en la calle. Luego, tomaron varias cervezas heladas en un bar cercano al estadio.

Cerca de la medianoche llegó a su casa, borracho y con restos de sangre en la cara; su mujer se enojó mucho. Tras una corta discusión ella le pidió:

—Por favor comé algo, bañate y acostate, que mañana tenés que ir temprano a trabajar —le recordó que el alquiler estaba vencido, y que habían recibido los avisos de corte por atraso en el pago de las facturas de cable, electricidad y teléfono.

Se levantó media hora tarde; en el tren insultó a un joven que llevaba puesta la camiseta del club rival. Al llegar al trabajo su patrón lo estaba esperando impaciente en la puerta del local; lo recibió con un tajante:

—Otra vez tarde.

No hubo respuesta, solo una mirada al piso. Ante su silencio, el dueño volvió a la carga:

—Me cansaste, no aguanto más tu irresponsabilidad, ¡estás despedido!

Andrés lo miró como un niño que acaba de cometer una travesura y no sabe de qué forma disculparse.

—Perdón jefe —atinó a murmurar tímido y asustado. No discutió, protestó ni intentó cambiar la situación; dio media vuelta y regresó, cabizbajo, por el mismo lugar que había llegado.

Pocas cuadras más adelante encontró a un viejo amigo.

—¿Cómo estás Andrés?

Ofuscado le contestó:

—¿Y cómo voy a estar? ¡Para la mierda! Perdimos, ¡nos robaron un penal!

Muy molesto, continuó por su camino.

https://juanluishenaresescritor.wordpress.com/

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