ISA HDEZ

Aquel era el mejor plan que habíamos ideado nunca, y deseábamos llegar al final, pero Laura no logró reunir los días que requeríamos para ello. Eso me contó. A pesar de la decepción, seguí esperando hasta el último día, con la esperanza de que la excusa que me daba mi hija fuera desechada e hiciera lo imposible por acompañarme. No sabía Laura, la necesidad que albergaba mi alma de estar con ella, ni siquiera se imaginaba que el plan era en el fondo para compartir lo que más ansiaba: gozar de su compañía en esos momentos tan duros de mi existencia. Sin embargo, hice como si no importara para que no se sintiera condicionada por mis desvelos, aspiraciones y sueños. No pretendía dar la sensación de victimista, detesto esa manipulación que usan muchas madres para condicionar a sus hijos, siempre la he criticado y si en alguna ocasión he dado esa impresión ha sido de manera inconsciente. Me propuse esperar y no perder la confianza y lo pedí con avidez a mis musas en lo más secreto de mis adentros, y me sentí como si en un instante fuera a recibir la llamada más importante de mi vida, pero todo en el plano de la quimera, sin vislumbrar la realidad. Debía estar soñando cuando sentí abrirse la puerta y, ni el despertar me hacía creer lo que había delante de mis ojos abiertos como un búho; allí de pie, junto a la puerta, estaba Laura con su maleta pequeña de color violeta, sonriente y mirando mi cara de extrañeza, como si lo que tuviera delante fuera un fantasma. ©

Un comentario sobre “El plan

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