SILVIA ZALER

Tengo los ojos cerrados, dejándome llevar por el dedo corazón que me lo mete hasta los intestinos, con lenta consistencia, acariciando mi clítoris y presionándolo con maestría.

—Dios… me pones a mil… —le susurro al oído, mientras le muerdo el lóbulo de la oreja—. Como dejes de hacerme esto, te mato, cabrón.

Con mi mano derecha agarro su polla, dura, firme. Se la acaricio y me detengo en sus huevos que ya están como pelotas de golf. Conozco las reacciones de Jaime y está preparado para la mamada que le pienso dar.

Pero decido correrme con el dedo que me está haciendo. Yo tengo muy buen aguante y si voy encocada, más. Puedo tener cinco o seis orgasmos en una noche sin problema ninguno. Yo sé que él, más de tres, va a ser complicado. Salvo que lleve varios días sin follar ni hacerse una paja. El chaval no es de darse amor propio, pero seguro que alguna extranjera se ha cepillado en Palma en estos últimos días. No tengo ninguna duda porque este, en cuanto ve la menor oportunidad, se tira a todo lo que se mueve.

Muevo la pelvis para notar más adentro su dedo. Estoy empapada, muy mojada, deseando que llegue ese primer orgasmo y me deje compuesta para darle la mamada que se ha merecido. Su dedo sigue presionando mi clítoris y ronroneo como una gata en celo. El cabrón lo va a conseguir en nada.

Por fin llega, lento, pero creciente. Llenándome de un bienestar compacto, eléctrico, que me deja estirada y con un murmullo de gusto en mi boca saliendo largo y agradecido. Lo vuelvo a besar mientras dejo que el orgasmo me llene y se extienda por todo mi cuerpo.

Besa muy bien el cabrón. Le aprieto por la nuca y noto su lengua enroscada en la mía. Sin dejar de juguetear con nuestras lenguas, ya por fuera de las bocas, me incorporo suavemente y le conduzco a los pies de la cama. Me arrodillo y le palpo el pedazo de polla que tiene y que me apunta directamente a la boca dispuesta a que me la trague. Gruesa, circuncidada, autoritaria, poderosa. Me encanta mirarla y lamerla. Hago un círculo con mi lengua en su glande. Lento, provocativo, mientras lo miro a los ojos y tengo una medio sonrisa pícara en la boca. Vuelvo a lamerlo despacio. Otra vez. Y entonces, cuando le noto con deseos ya irrefrenables de que me la meta entera en la boca, empiezo a engullirla con lentitud estudiada. 

Jaime tiene una tranca que impacta a la vista de lo gruesa que es. Tampoco está mal de longitud; dieciséis centímetros, que se la medí hace dos años. Bueno, como ya he dicho, se la mido a todos, la verdad. Es una especie de fetiche. Me encantan las buenas pollas, qué se le va a hacer… Y si la de Jaime te deja noqueada al mirarla, cuando te la metes en la boca, la sensación de enormidad es aún mayor, porque, al menos yo, debo abrirla mucho y me llena por completo.

Cuando se la chupo, procuro mantenerla siempre dentro. No me gusta sacarla en mitad de la mamada y llenarla de babas. Para mí, al menos, una buena mamada hay que hacerla con un sugerente movimiento de cuello, acompañar con las manos y mantener la lengua en permanente movimiento dentro de la boca. Y succionar, nenas. Chupar como si fuera el caramelo más dulce del mundo.

A Jaime le pone como una moto que se la chupe así. Es una delicia para él, que empieza a jadear y a resoplar como una locomotora de vapor. Mientras me la meto hasta la mitad, siempre suelo cogerla con mi mano derecha, abarcando casi todo el tronco. Con la izquierda le acaricio suavemente los testículos, que también lamo con complacencia cuando los notos muy prietos.

Pero nunca no le hago correrse con la boca en el primer polvo. Como he dicho, Jaime es un fantástico follador, pero tiene tres asaltos, cuatro, máximo. Y yo quiero que la noche se alargue todo lo que se pueda.

Ahora la tengo en la boca. Más de la mitad y me mantengo así, pasando la lengua por debajo, en el poco espacio que me deja el pollón del amigo. Es hora de que me folle, pienso para mí, que ya me he recuperado de mi primer orgasmo con el dedo.

Me la saco de la boca y le beso como si no hubiera mañana. Gimo como una zorra en celo, y gateo por la cama hasta quedarme tumbada con las piernas abiertas y deseando que me clave su polla. Con rapidez, se pone un condón. A mí no me gusta follar con el látex, y ni con Julián ni con Arturo los utilizo. Son de fiar y conozco con quien follan. Pero con Jaime sí lo hago, que es más promiscuo que yo. A saber en los coños que habrá estado metido su polla, pienso a veces. Luego, cuando me doy cuenta de que se la he chupado sin freno alguno, pienso en que ahí me ha podido pegar un herpes o algo así. Pero, y aunque sé que no es suficiente, siempre tengo colutorio y enjuagues bucales a mano o en el bolso, por si acaso.

Jaime se pone el condón con destreza. No es el primero, me digo con una sonrisa malévola. Se tumba encima de mí, apoyado en sus manos a la altura de mis hombros. Con la mano derecha, dirige la polla a la entrada de mi coño que está ansioso porque algo duro y potente entre en él.

Por fin siento toda la longitud de su pene introduciéndose en mi vagina hasta el fondo. Doy un suspiro de disfrute máximo y lo abrazo mientras me concentro en sentir cómo me invade una sensación tan placentera que no la dejaría nunca.

—Dios… que puto gusto —ronroneo justo antes de besarlo de nuevo.

Tener una polla introduciéndose lenta pero contundentemente en ti, es la sensación más grata que he tenido, salvando los orgasmos.

Jaime me da las primeras acometidas. Las iniciales son menos rudas, más profundas. Ambos miramos a la entrada de mi coño, en donde desaparece su polla cada vez que empuja con sus caderas. Siento morir de gusto y me alcanza una sacudida de placer inmenso, de dicha extraordinaria. De placer descomunal y de morbo exorbitante.

Si no habéis probado a follar así, chicas, os perdéis algo magnífico. Disfrutar de un pene como el de Jaime, es sentir la gloria dentro de ti. Así, sin tapujos ni medias verdades. Es, absolutamente espléndido. Si un día lo hacéis, entenderéis por qué me apasiona follar, sentir una polla penetrándome y que me taladre una y otra vez…

Así permanecemos unos cuantos minutos, él dándome y yo recibiendo. Los dos murmuramos, jadeamos, nos mordemos y besamos. Él, suspira con cada acometida, yo me muero de gusto.

—Sigue, sigue… ¡cabrón, que bien me follas! —llego a decir en un hilo de voz, pero que lo oye perfectamente.

—Eres una puta diosa…

Me encanta que me llame puta diosa. Me produce una idea de zorra máxima y me excita.

Jaime acelera y siento que estoy cerca de correrme de nuevo. A él lo noto todavía un poco alejado. No me importa porque en cuanto yo me corra, esta vez si se lo haré con la boca de tal forma que me la llene de semen. Pero aún no es el momento, me digo. Me queda follar a cuatro patas, mi postura preferida, junto con el sesenta y nueve. Me decido, y hago que me la saque, mientras me coloco con el culo en pompa en espera de que me la vuelva a meter. A él también le gusta mucho, porque yo, como ahora mismo empiezo a hacer, me lo follo, en vez de él a mí.

Jaime de rodillas, con las manos en mis caderas y yo moviéndome hacia delante y hacia atrás, haciendo que su polla desaparezca en mi interior. Él, en esta postura, apenas hace nada y me deja a mí que, al compás de mis gruñidos y jadeos, haga todo el trabajo y me lo folle sin compasión. Es excitante, morbosamente pervertida y alucinante la follada que nos estamos metiendo uno a otro.

Al poco de moverme así, me llega el segundo orgasmo, que es mayor que el anterior. Me recorre todo el vientre y me deja emitiendo una serie de jadeos de gusto que se deben oír hasta en mi casa de Jávea. Me acuerdo de mi marido durante un par de segundos y sonrío como una puta traviesa. Ni se imagina que, en vez de estar en mi casa durmiendo o viendo la televisión, acabo de alcanzar el segundo orgasmo con un tío de polla formidable. Y no será el último.

Cuando mi orgasmo se tranquiliza, hago que se incorpore y yo de rodillas en la cama, empiezo a chupársela de nuevo, pero esta vez con toda la intención para que acabe y me riegue de esperma. Me concentro en hacerle una mamada descomunal, succionando, engullendo y chupando sin descanso. A la vez lo pajeo y le acaricio los huevos que están a punto de explotar. Una y otra vez, con deseo ferviente de que alcance él su clímax.

Y en efecto, en una de las veces que me estoy tragando ese pedazo de polla que gasta, noto la primera descarga en mi paladar. Salado y con un punto casi de picante, sigo chupando y dejo que descargue de nuevo sin apartar ni mi boca ni mi lengua Me gusta saborear el semen de un tío como Jaime. Fuerte, de buen cuerpo y vicioso como yo. Su esperma me gotea hasta las tetas y dejo que resbale por mi canalillo alcanzando el ombligo y las sábanas. Me la vuelvo a meter en la boca y succiono hasta la última gota, mientras Jaime cierra los ojos y sonríe de gusto. Han sido unos polvos excelsos, tal y como me los imaginaba en el AVE cuando regresaba de Jávea a Madrid.

—Eres una puta diosa, joder… Qué bien follas y qué bien la chupas.

Dos horas y media después, tras un nuevo par de pequeños tiros de coca, un buen porro de maría, algunas risas y dos polvos más, me preparo para intentar quedarme dormida en esa cama tan amplia y que ahora está completamente deshecha. Pero estoy despejada. La coca, me digo.

Cambio las sábanas por pura higiene, y le digo a Jaime que las lleve al cuarto de la lavadora. No tengo ninguna duda de que las de Menchu están también ahí. Me río sola cuando desaparece Jaime por la puerta y me acuerdo otra vez de mi marido. Llevo follando más de cuatro horas, y a él me lo imagino durmiendo. Son las tres y poco de la mañana y todavía tengo los últimos destellos en mi cabeza del tiro que nos hemos metido Jaime y yo antes de que se corriera la última vez en mis tetas. Me empieza a entrar la risa del porro de maría que me acabo de encender por puro vicio.

Sé que aún no me dormiré. Así que, me pongo una camiseta y salgo al jardín a fumarme el peta tranquilamente. Estoy feliz, en la gloria, sin echar de menos ni acordarme ni de ni marido ni de nadie de Jávea. Me acabo de follar tres veces a un tío de campeonato. Me he comido en las tres folladas su fantástica polla y he disfrutado como si mañana se terminara el mundo. Y lo mejor es que en unas cuantas horas haré otro tanto.

Soy un zorrón. Y lo mejor, es que disfruto y no me arrepiento, me digo mientras echo la bocanada de humo al cielo y noto las manos de Jaime que me enlazan por detrás alrededor de mi vientre, quitándome el porro y dándole él a su vez, una larga calada. 

Le toco la entrepierna, pensando en una nueva follada. Quizás, me digo mientras le quito el porro de la boca y vuelvo a besarlo, todavía pueda sacarle una nueva corrida…

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