ANDER MAIS

Capítulo 5

Sorpresas en la Playa

A la mañana, temprano, preparamos todo y salimos a desayunar a la misma cafetería en la que había estado yo el día anterior. Fui con la única pretensión de ver si me encontraba allí con Víctor de nuevo; quería comprobar como actuaría con mi novia presente. Pero no hubo suerte, no le encontré desayunando. Así que, terminado lo que habíamos pedido, nos fuimos a hacer algunas pequeñas compras por el pueblo.

Hora y media después, decidimos partir en dirección a la playa. Poco antes de salir, entramos en un bar con la escusa de ir yo al baño. Allí, me dispuse a mandarle un whatsapp a Víctor…

—Vamos a salir hacia la playa que me dijiste… estaremos allí en un rato. Nos vemos si eso…

Al cabo de un segundo, ya saliendo del baño, me contestó:

—Pues genial. Por ahí andaré seguro.

Pasados unos minutos, llegamos a la zona de la playa… Me sorprendió su fácil acceso: tenía un buen aparcamiento, cerca de donde estaba el camping, y para llegar a la playa había que caminar, como unos doscientos metros, entre una bonita zona de arena y arboleda.

La playa era bastante grande: a un extremo, se veía unas serie de rocas altas que hacían como de separación de lo que se intuía otra playa más pequeñita, la cual, parecía que no se podría divisar completa hasta que no se cruzasen dichas rocas. Comunicando las dos zonas, por fuera de ambas playas, había una especie de largo camino abierto entre la vegetación y paralelo a ellas. En el centro de las dos, pero unos cuantos metros hacia atrás, al fondo y un poquito alejado, se veía un chiringuito o merendero de madera. Nos instalamos más bien hacia la parte izquierda, bastante alejados de las rocas altas.

El ambiente de la playa era completamente distinto al de la del otro día. Había todo tipo de gente, pero sobre todo jóvenes y parejas de nuestra edad y otras un poco más maduras. Había también varias tías haciendo topless. Yo, en un primer y rápido simple vistazo, pude contar unas cinco o seis…

Mismamente, a nuestro lado, sobre una tumbona, había una rubia madurita luciendo sus pechos alegremente y tomando el sol, delante de lo que parecían ser sus hijos adolescentes. La verdad, que para la edad que aparentaba tener, la mujer estaba tremenda. Mi chica, poco después de extender las toallas, viendo el ambiente, rápido se decidió a quedarse también en topless. Yo ni siquiera se lo tuve que pedir esta vez…

—¡¡Eso, eso!! —exclamé entusiasmado—. Así, Natalia, muy bien. ¡Ves como es normal lucir lo se tiene bonito! —añadí, con una gran sonrisa de satisfacción, y mirando a la vez hacía la mujer de nuestro lado.

—Sí, ya —rió—. Pero ahora tú no te aproveches de la situación y te pongas las botas mirando a otras, ¡eh!, que me tapo… ¡Te lo advierto! —me advirtió con cierto tono sarcástico.

Después de colocarnos en las toallas, ella se sacó un libro de la mochila y comenzó a leerlo mientras tomaba el sol. Yo fui observando un rato detenidamente el paisaje. La playa, sinceramente, parecía espectacular. Víctor no me engañaba; sin duda alguna era la mejor de las que habíamos visitado en estas vacaciones y probablemente también una de las mejores en las que había estado nunca. Me entraron grandes ganas de pasear un rato por ella, conocerla mejor.

Y así hice…. Cómo vi que Natalia estaba muy entretenida leyendo, me levanté solo…

—¿Qué haces? ¿A dónde vas? ─me preguntó, apartando un instante la vista del libro.

—Me apetece dar un paseo por la playa, para ver con más detalle el paisaje. ¿No es espectacular el sitio? —le dije.

—Sí, lo es… ¡Vale, vete anda! Pero no tardes. Luego ya nos bañamos si quieres. —Sus ojos volvieron al libro. Parecía muy interesada en la lectura.

La dejé allí sola y caminé hacía el mar. Al llegar, comencé a pasear por la orilla. La playa era bastante larga; echando un rápido calculo a ojo, tendría como unos 700 metros o así. Caminé toda la orilla hasta llegar al principio de las rocas que la separaban de la otra playa, y allí, me paré un momento a observarlas.

Entre aquellas rocas, se adivinaba aún un largo trayecto entre ellas hasta alcanzar la otra playa, por lo que me senté en una de aquellas primeras piedras. En ese instante, pasó por delante de mí una espectacular rubia en topless; por sus rasgos, parecía ser alemana o de algún país nórdico…

¡Menuda pinta tenía la chica! Sus tetas podrían rivalizar perfectamente en tamaño con las de mi novia. Estaba llamando la atención de muchos, paseándose así por entre las rocas, luciendo su voluptuosidad y una larga melena rubia platino. Me quedé unos instantes siguiéndola con la mirada, hasta que se perdió ya por entre las rocas…

” Menos mal que estoy solo. Si Natalia me llega a pillar mirando a esta pedazo de rubia… ¡menuda bronca me cae!”, pensé para mí, mientras esa exuberante mujer se perdía fuera de mi vista.

Al momento, cuando se esfumó totalmente el rastro de esa chica, creí distinguir a Víctor caminando por entre las rocas, con gesto tranquilo. Parecía también haberse dado la vuelta para seguir con la mirada el paso de aquella rubia. Yo, al verle, me escondí un poco más entre las rocas, intentando evitar que me descubriese. Antes de saludarle, quería ver qué hacia y a dónde se dirigía…

Y en mi misión de ocultarme tuve suerte, no me vio, aunque pasó a escasos metros de mí, continuando su marcha por el mismo trayecto que había traído yo pero en el sentido contrario. Me quedé un rato observándolo mientras caminaba…

Era un hombre que, aunque madurito, lucía un cuerpo muy cuidado; traía unas bermudas azules, estaba bastante bronceado, se le notaba que llevaba ya tiempo de vacaciones, y tenía un torso que parecían trabajado habitualmente en el gimnasio. No es que estuviese cachas, pero se notaba que se cuidaba. Su pelo era oscuro, sin ninguna cana que delatase su edad, y su rostro, aunque de facciones fuertes, albergaba una mirada sincera y amistosa que hacía que te pareciese un buen tipo. Se veía un hombre muy abierto y de mundo.

Al cabo de un rato, y guardando una cierta distancia con él para que no me descubriese aún, le seguí.

Él caminaba rápido, observando bien toda la playa; parecía ir observando a todas las chicas que hacían topless. En mi cabeza, por su puesto, me quise hacer a la idea de que estaría buscando a Natalia. Cuanto mas veía que se iba acercando a la zona donde estaba ella, más me iba subiendo la excitación.

Faltando unos sesenta metros para llegar donde yo había dejado a Natalia, se encontró a su paso un grupo de tres chicas caminado en topless. Se paró, miró hacia ellas disimuladamente, pero no parecían tener el perfil que buscaba; aunque estaban muy bien, tenían las tetas bastante más pequeñas que mi chica.

Siguió su marcha y, al rato, ya pude sospechar que su siguiente objetivo sería donde estaba Natalia. Se apartó totalmente de la orilla, y comenzó a caminar en dirección a mi novia…

Ella seguía leyendo el libro, totalmente distraída, y Víctor se iba acercando cada vez más. Yo me detuve para seguir la escena desde cierta distancia. Él caminaba decidido, pero discreto a la vez, como si ya tuviese localizado lo que quería y fuese directo a su “presa”.

Primero, pasó al lado de la madurita, pero no le prestó demasiada atención. Luego, llegó por fin al lado de mi chica y pasó junto a ella mirándola descaradamente, fijándose casi sin pudor alguno en sus tetas. Natalia seguía muy centrada en la lectura y no se percató o no reparó en su presencia en esa primera pasada. Él caminó varios pasos más y, al instante, lentamente, se dio la vuelta para dar una nueva pasada por su lado. Esta vez sí, mi novia le vio y se le quedó mirando…

Vi que Víctor se detenía junto a ella, la saludaba e incluso estuvieron hablando durante un instante muy breve. Él parecía comportarse amablemente con ella, pero eso sí, casi no apartaba la vista de sus pechos ni un segundo. Natalia parecía algo inquieta, incómoda, y no dejaba de mirar a los lados mientras hablaba con él, como buscando dónde estaría yo. Al momento, Víctor se despidió y se fue…

Esta vez, emprendió la marcha de vuelta hacia la otra playa por el paseo de madera que comunicaba a ambas por afuera. Pude ver, mientras mi visión me lo permitió, cómo llevaba una gran sonrisa de oreja a oreja. El morbo volvió a excitarme…

Retorné mis ojos hacia Natalia, descubriendo de nuevo que seguía buscándome con la mirada, de lado a lado. Sin perder más tiempo, emprendí la marchar hacia ella.

Cuando por fin me divisó, comenzó a hacerme ostensibles gestos con los brazos, llamándome. Aceleré el paso y llegué a su lado…

—¿Dónde coño te habías metido? Te he estado buscando con la mirada y no te veía… ¿Has ido tan lejos para tardar tanto? —me preguntó, queriendo demostrar enfado.

—He hecho lo que te dije: pasear hasta el otro extremo de la playa… Tendrías que verla, es preciosa. Y parece que hay otra playa pequeña al otro lado… —Intenté no darle importancia a la situación.

—No sé… No me gusta que me dejes aquí, tanto tiempo sola; me siento extraña a veces… ¿Tú crees que será buena idea esto de que haga topless? —me dijo, como preocupada.

—Sí, vida, no pasa nada… ¿Estas así otra vez? ¿No estaba todo bien? ¿Ha pasado algo? —la interrogué. Necesitaba saber qué le podía estar pasando por la cabeza. Seguro, que lo que le acababa de suceder con ese Víctor tenía algo que ver.

—Nada. No ha pasado nada —respondió, mirando hacía el suelo y luego hacia sus pechos—. Pero… a veces tengo miedo que te puedas llegar a enfadar o algo… y podamos tener problemas entre nosotros por cosas de estas. Es que… los tíos no paran de mirarme las tetas cuando pasan.

—No, mi amor… yo no me voy a enfadar. Además, te miraran como a todas, aquí hay muchas chicas en topless… —dije lanzando un vistazo todo alrededor.

—No, como a todas, no —añadió con tono enérgico—. Mismamente, hace un momento, un tío ha pasado a mi lado e incluso se ha parado un segundo a hablar conmigo. No me conocía de nada… Fue sólo para disimular y mirarme descaradamente las tetas. A la madurita esa de ahí… —continuó en tono bajo, refiriéndose a la mujer que hacía topless a su lado —, ni la ha mirado siquiera. Sólo a mí.

—Bueno, cariño… Pero, ¿te ha faltado al respeto o algo?, ¿o sólo te las ha mirado y punto?… —le pregunté, con voz preocupada.

—No… La verdad, que ha sido muy amable y me habló muy bien… Incluso me saludó como si me conociese de algo. Pero no sé… a las demás noto que no las miran tanto como a mí; será por mis tetas, que son enormes y llaman mucho la atención —me iba diciendo, mientras se tocaba y rascaba bajo sus pechos—. ¿Seguro que no te enfadará a ti esto de que me miren… si ocurre mucho? Si te soy sincera, me preocupa un poco eso —me insistió otra vez. Parecía un tanto inquieta por mis sentimientos sobre el asunto, pero a la vez, se la notaba hasta halagada por sentirse tan observada y deseada.

—¡Venga, anda, amor… olvida eso! No creo que vaya a pasar nada. Te habrá mirado y punto. Y claro, te vería sola aquí y se puso a saludarte para intentar conocerte, supongo… Aquí en la playa estamos todos de vacaciones y es habitual, que se intente conocer gente nueva. —Con todas estas explicaciones, intenté que viese la situación como algo completamente normal. Cada vez me daba más morbo todo esto.

—Bueno, te haré caso… Pero no entiendo esta obsesión que tenéis la mayoría de tíos con las tetas grandes —dijo ella, con tono reflexivo—. Es qué… veis unas, y os ponéis todos como tontos. ¡Parece que se os salen los ojos! Yo te pillo a ti, mirando a una tía como ese tío me acaba de mirar ahora a mí, y te mato de verdad. No sé si tendría pareja… ¿pero qué pensaría su mujer si le pillase mirándome?—remató la frase así, claramente haciéndose la interesante.

—Ya… No sé… —eché una leve carcajada por su comentario—. Pero lo que si sé es que a mí, haciendo eso, nunca me podrás pillar —le fui diciendo, cínicamente, acordándome de cómo hacía un rato había estado mirando a aquella rubia, junto a las rocas—. ¡Yo tengo en casa las mejores tetas que hay! Los que tienen necesidad de mirar otras son los demás… Míralo como un halago por lo buena que estas —le volví a decir, sentándome a su lado para acariciarle los pechos, mientras miraba a mi alrededor comprobando si alguien nos observaba. El morbo me invadía de nuevo.

—Te haré caso. Pero… ¡es que a veces los hombres sois!… —Su sonrisa delataba el marcado tono sarcástico de sus palabras.

Dicho esto, soltó el libro, lo guardo en la mochila, y se levantó conmigo:

—¡Venga! ¡Vamos un poco hasta el agua! Luego damos un paseo hasta esa otra playa… A ver si es todo tan bonito como dices —exclamó, ya de pie, pegando un largo vistazo a toda la playa.

Continuó en topless, pero también se llevó la parte de arriba del bikini, anudándosela a un lateral de su braguita…

—Pero… ¿para qué te llevas la parte de arriba, amor? —le pregunté, extrañado, creyendo que Víctor la habría avergonzado al mirarla tan descaradamente, y que ya iba a taparse sus pechos.

—Es para luego… Si vamos a pasear por la rocas, me lo voy a poner. No es plan de ir por fuera de la playa así. Ademas, luego igual me apetece acercarnos hasta el chiringuito, que tengo ganas de beber algo…

Fuimos caminando hacia la orilla, y yo no podía dejar de mirar a los lados durante el trayecto. No paraba de ver tíos fijándose en mi chica, e incluso vi a alguno darse la vuelta para observarla mejor. Hasta ese momento, no había sido de verdad consciente del monumento mamario que poseía mi novia. ¡Sus tetas eran perfectas! Y el sensual bamboleo que su forma de caminar generaba en ellas, era increíble.

“¡Joder!… ¡qué suerte tengo de que esté conmigo!”, pensaba para mí, orgulloso, mientras nos acercábamos cada vez más a la orilla.

Yo no entendía si era sin darse cuenta o si era para probarme y descubrir si en verdad me gustaba que hiciese aquello, pero Natalia parecía que incluso provocaba a propósito que la mirasen. Pues, al momento de llegar a la orilla, se agachó descaradamente con los brazos hacia el agua, de seguro con la intención de que un chico que nos llevaba siguiendo disimulado desde hacía ya un rato, le viese bien sus pechos colgando. Mi polla dio un respingo dentro de mis bermudas al ver esto.

Nos metimos en el agua y nos bañamos un largo tiempo. Sus tetas, iluminadas por el sol, Natalia las hacía botar más que el otro día, saltando descaradamente en cada ola. Hoy parecía con más gracia y no tan forzada y tímida como el día anterior. Se estaba soltando. Era mi sueño. Ya lucía sus dos preciosos pechos, totalmente consciente del poder que suscitaban y el morbo que en mí despertaba que lo hiciese.

—Cariño, se te ve genial… ¿Estas a gusto, no? Ves, te dije que te iba a encantar lo lucir estos preciosos pechos que tienes. ¡Te lo dije! —La provoqué así, y demostrándole lo excitado que me tenía.

—Bueno, ya… pero eres tú el que me produces estar así, mí amor. Todo lo que me dices… me pone como loca. Me haces muy feliz siendo así: tan bueno y cariñoso conmigo. Te lo mereces todo —Estas palabras las escuché entre susurros, mientras Natalia se abalanzaba sobre mí para darme un beso, restregando sus tetas contra mi pecho.

Yo iba sintiendo que mi miembro cada vez empezaba a cobrar más vida bajo el agua. Le propuse a Natalia salir fuera, antes de comenzar a dar mucho más el “cante” en aquel momento, rodeados de gente… Decidimos que era mejor salir y dar un paseo hasta la otra playa.

Dejamos el baño y, al salir, Natalia se desató la parte de arriba del bikini que llevaba anudada en su braguita y, aunque toda mojada, se la colocó. Con todo aquello empapado, las gotas de agua marina le chorreaban por todo su vientre y espalda. Era una visión divina.

Después de llevar unos metros caminando, acercándonos ya a las rocas, ella me comentó de forma nerviosa:

—¡Luis, con todo ésto, no nos dimos cuenta! Pero es mejor que volvamos a recoger nuestras cosas. Se van a quedar solas demasiado rato si vamos hasta el otro lado… ¡Nos las podrían robar! ¿No crees?

—¡Sííí, ostras… es verdad! Voy yo por ellas. No vaya a haber algún listillo que nos coja las mochilas —contesté yo, mirando a lo lejos hacia donde habíamos dejado todo—. Espérame ahí, donde esas piedras, que vuelvo corriendo. —Le indiqué, con la mano, una de aquellas rocas.

Salí en dirección a las toallas y, al cabo de unos metros, miré de nuevo atrás hacia ella y vi que se había sentado, más o menos, al lado de donde lo había hecho yo antes. Aunque ya no estaba en topless, el morbo de dejarla sola allí, a la vista de cualquiera, me volvió a excitar. Aquel bikini mojado que llevaba le quedaba de vicio.

Fui corriendo a las toallas y, cuando llegué, las recogí y las metí apresurado en las mochilas. Antes de salir de regreso, pensé en mirar un segundo mi móvil por si tuviese alguna llamada o mensaje nuevo. Al desbloquearlo, vi que tenía varios whatsapps. Los abrí, y descubrí que todos eran de Víctor. La sorpresa y el morbo me inundó al leerlos: eran seis, alguno incluso bastante largo, todos enviados de forma bastante seguida…

—Hola amigo enhorabuena. Unos pechos preciosos los de tu chica.

—Espero que no te moleste que sea tan directo, eh. Pero es que tu chica es un monumento…

—Estoy en la otra playa, con dos amigos y una amiga. Si quieres vente con tu chica y así os veo otra vez.

—Ah, y por cierto, Riqui está también por esa playa, le he dicho que andabais por ahí. Espero no te importe tampoco… podíamos hacer buenas migas los cuatro. Un saludo.

—Bueno amigo, oye, de verdad. Estoy pensando que igual me he pasado. Si te molesta lo que te puse, me lo dices. Es que te creí entenderte ayer que te gusta exhibir a tu chica, que la miren y tal.. y a mí eso me encanta.

—Pero si te molesta, yo dejo todo esto y te pido perdón, de verdad… Solo quiero que seamos amigos. Me caéis muy bien.

Después de leerlos me quede flipando… Una gran sensación de morbo me recorrió todo el cuerpo, de los pies a la cabeza, pero también, a la vez, un repentido miedo a que todo esto se me pudiese descontrolar e ir de las manos si no lo frenaba un poco. Si Natalia pudiese haber llegado a leerlos, ni me atrevía a imaginar qué podría haber pasado o pensado de mi. Borré de inmediato todos esos mensajes, y salí de vuelta con ella.

Por el trayecto, no paraba de darle vueltas a lo de esos mensajes. La idea de tener a ese tío de mirón de mi chica me estaba excitando y dando un morbo tremendo. Quizá fuese una oportunidad única para aprovechar una situación como esta.

Así qué, se me ocurrió, que como estábamos de vacaciones y en un sitio donde nadie nos conocía, y a donde posiblemente no volviésemos jamás, decidí seguirle un poco el rollo a ese tal Víctor. Era bastante probable que no le volviese a ver más en la vida. Pero eso sí, todo debería ser sin que mi chica se enterase de nada en absoluto. Esa idea, a parte de más discreta, me parecía mas morbosa. Aquel podría ser mi secreto de verano.

Viendo que aun me quedaban bastantes metros para llegar donde había dejado a Natalia esperándome, me detuve un momento y saqué de nuevo el móvil. Comencé a escribirle a Víctor un whatsapp de respuesta a sus mensajes:

—Ok. He leído tus mensajes, y me da morbo esa idea que propones, de que mires y me hables de mi chica. Pero eso sí, todo con discreción total. Ella no se puede enterar de nada.

Guardé el móvil, y seguí caminando con una gran incertidumbre en mi interior por cómo podía llegar a salir aquello. No sabía si este hombre, Víctor, que todavía no conocía prácticamente de nada, sería totalmente de fiar y me seguiría este juego morboso sólo como eso, como un juego.

Aún faltándome varios metros para llegar de vuelta, pude divisar ya donde estaba Natalia: ahora se había cambiado de sitio, y estaba apoyada en otras rocas, unos metros más hacia adentro. Pero eso sí, pude comprobar, al dar un par de pasos más, que eso no era todo: nuevamente, para mi sorpresa y morbo, vi que en frente suyo la acompañaba un chico que charlaba con ella. Lo miré bien, y me dio la sensación que era Riqui, el camarero ese del pub.

Me volví a detener; esta vez, sentándome en la arena para poder observarlos un rato desde la distancia sin ser visto. Parecía que tenían una conversación fluida; no entendía de qué podrían estar hablando; a mi chica siempre la había tenido por bastante tímida a entablar conversaciones con quien no tuviese ya bastante confianza de antes.

Al cabo de unos segundos, aparecieron junto a ellos dos chicos más, supuse amigos de Riqui. Éste les presentó a mi chica como si de una gran conocida suya se tratase. Los chicos se colocaron, uno a cada lado de Natalia, y le dieron dos besos de presentación cada uno.

Mi novia, supuse que consciente de que yo debería estar a punto de aparecer, comenzó a mover la cabeza visiblemente nerviosa, como buscándome sin cesar con la mirada. Pero no conseguía verme, tapado como estaba por varias sombrillas que me ocultaban de su vista.

Al momento, vi como esos dos chicos que acababan de llegar se despedían de Riqui, dándole una palmada en el hombro, y les dejaron de nuevo solos. No sin antes, saludar a mi chica con una sonrisa socarrona, pegándole claramente un buen último vistazo a sus tetas.

Yo continué un rato más divisando la escena, sin levantarme de la arena…

Vi que aquellos chicos se dirigían hacia donde yo estaba, por lo que decidí quedarme allí, disimulado, esperando a que pasasen por mi lado. Riqui seguía la charla con mi chica, a la que, por su forma de moverse, ya se la notaba algo inquieta, mirando sin parar a izquierda y derecha.

Yo seguí allí sentado, quieto, disimulando mientras observaba hacia el horizonte, esperando sobre la ardiente arena un poco más; ya los amigos de Riqui estaban casi a punto de llegar.

Unos breves segundos más tarde, pasaron por mi espalda, y les pude escuchar la conversación que traían:

—Ves… ya te dije, que el Riqui este anda siempre detrás de las turistas con tetazas. No sé cómo hace, pero siempre se liga unas tías con unos melones…. que pa qué…. bufff… —dijo uno de ellos.

—Bueno, a ésta, no sé si se la habrá ligado. No parecía que la tía tuviese nada con él aún. Más bien nos estaba vacilando un poco, je je je… —comentó el otro.

—Seguramente, pero siempre, por unas cosas o por otras, anda conociendo o hablando con tías así… ¿No me dirás que ésta no estaba bien buena? ¡Menudas tetonas tenía la jamona!

—¡Sí… dios, qué melones! ¡Quién pudiese meter la cabeza ahí… entre ellos! Además, tenía pinta de guarrilla, aunque se hacía la modosita. ¿Te fijaste bien cómo le gustaba que lemirásemos las tetas…? ¡Yo se las miré a lo descaradísimo, tío!, y no parecía inmutarse. Y eso que, esperando al novio decía que estaba, ja ja ja ja ja…

—Sí… ja ja ja ja… Menudos cuernazos le van a caer al tío, con esa tetona por ahí suelta y con éste tras ella. Seguro Riqui estaba intentando quedar con ella en el pub para intentar follársela… No sería la primera. ¡Menudo es!

—Ya…Ja ja ja ja ja……… —rieron los dos a la vez mientras se alejaban.

Entre visibles carcajadas, se fueron metiendo entre la gente de la playa y los perdí de vista. Al escuchar su conversación y sus risas, sentí de nuevo un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo.

Aunque aquellas risas de ellos podrían ser un poco humillantes para cualquier novio que las escuchase, a mí, me provocaron un enorme calentón repentino. Sólo eran unos simples desconocidos, fanfarroneando, y lo que más me llamó la atención, fue descubrir como se habían fijado en sus tetas. Incluso que Natalia les había parecido un poco “guarrilla”. Ese no era el concepto que yo tenía de ella.

Volví a mirar hacia mi novia, y esta vez ya sí, me la encontré sola y buscándome sin cesar con la mirada. Parecía ya estar bastante más nerviosa. Por un momento, temí que se hubiese enojado conmigo por tardar tanto. Me levanté, y fui acelerando el paso para llegar lo más rápido posible junto a ella…

Durante ese corto trayecto, no pude olvidar la conversación de esos dos chicos, ni a mi chica hablando a solas con Riqui. Aun así, decidí que no le iba a preguntar nada por lo sucedido. Iba a hacerme el no enterado, y así ver si ella me contaba algo sin yo pedírselo.

Llegué con Natalia y nos reencontramos con un beso…

—Amor, ¡ya estoy aquí! ¿He tardado un poco, eh?… Lo siento —dije aparentando venir exhausto—. Me retorcí un poco el tobillo al volver hacia aquí, corriendo por la arena… y he parado un momento. Pero ya estoy bien, no fue nada —añadí, mientras me agachaba para acariciarme el pie derecho, fingiendo cojear un poco.

—Vale, cariño… Sí, la verdad que estaba algo preocupada por que tardabas, pero no te preocupes, qué estuve bien —contestó ella, con tono raro, pues lo normal hubiese sido, conociéndola, que se sintiese molesta por haberse quedado sola un rato más largo de lo normal.

—¡Venga, vamos hasta la otra playa… a ver que tal es! —le dije al instante, mientras le entregaba su pequeña mochila para que la llevase.

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