GABRIEL B

2

En la cena la pendeja estuvo demasiado calladita por tratarse de ella. Sentía cómo de repente me clavaba los ojos. Yo comía, como si no hubiese pasado nada. Si la bardeaba por haberla visto en tetas, el que iba a terminar mal parado iba a ser yo. Así que me llamé a silencio y dejé que ella solita se hiciera la cabeza.
Florencia me había enganchado haciéndome una paja, era cierto. Pero ahora estábamos a mano. Ahora los dos nos habíamos visto en un momento de vulnerabilidad. Ella, ya sea por pura vanidad, o para agasajar a algún chongo, se había sacado una foto con una tanga diminuta y en tetas. El culo estaba apoyado sobre la pileta del baño. La había atrapado infraganti, con las manos en la maza, como dice mamá.
Terminamos de comer y me metí en mi habitación. Gonza me había dicho de ir a una joda, pero no tenia un mango encima, y no quería pedirle plata a Pedro, mi padrastro.
De todas formas prefería no ir. Las fiestas nunca me gustaron mucho. La música a todo volumen me incomoda, la gente borracha me desagrada, y con las chicas siempre me fue mal. Así que prefería pasar el día en casa, o en la casa de alguno de los pibes, jugando a la Play y tomando alguna birra.
El problema era que eso ya se estaba terminando. Mis amigos, de a poco, se iban convirtiendo en adultos. Ahora todos trabajaban. Y Juacito hasta esperaba una criatura. Ya casi no tenían tiempo para mí.
Esa noche me pintó el bajón, justamente pensando en eso. Puse un par de videos de “Te lo resumo Así nomás” para cagarme de risa, y después entré a Poringa, una página pornográfica a la que últimamente estaba entrando seguido.
Uno de los Users a los que sigo había subido un post con imágenes de las minas más sexys de la televisión.
Miré cada una de las fotos, y luego me detuve en mis favoritas: Sol Pérez, Gina Casinelli (la bañera del boludo de Marley), y Romina Malaspina, que estaba cada vez más tuneada, pero seguía siendo de mis putas favoritas.
Al toque me metí la mano adentro del calzoncillo. Sol Pérez me miraba desde la notebook con una terrible cara de zorra, El culo macizo estaba cubierto con una calza que, como dice mamá, no dejaba mucho lugar a la imaginación. Romina Malaspina tenía el top transparente por el que se había armado tanto quilombo los últimos días. Tenía una cara de pelotuda bárbara, pero eso me gustaba, que sea media boba. así daba la impresión de que podría ser una mina fácil (fantasear no cuesta nada). Y Gina, la menos trola de las tres, pero la más linda, tenía una diminuta pollerita. Al toque me puse al palo. Humedecí mi mano con saliva y luego me froté la cabeza de mi amigo. Estaba como loco pensando en ellas: Gina, Sol, Romina… Lo que daría por, al menos, rozar esos culos. Gina, Sol, Romina, Gina, Sol, Florencia…
¿Florencia?
Sí, Florencia también tenía tremendo culo, no me podía hacer el boludo con eso. Mi hermanastra era un camión. Hasta el momento venía sobrellevando bien el hecho de vivir con una mina como ella. Pero verla semidesnuda fue heavy. El culo escultural apoyado sobre la bacha del baño, sólo cubierto por una tanguita diminuta, que más que cubrirla, simplemente resaltaba su desnudez. Su torso desnudo, su cara de intelectual seductora. Sí, Florencia estaba buena. Pero la odiaba. Me trataba como un pelele. No se merecía estar en mi cabeza, no merecía que tenga una erección por ella, no merecía mi leche.
Recé a mis diosas para que fueran a salvarme. Enseguida las imágenes del culo de Sol Pérez, las tetas de Romina y las piernas de Gina fueron a mi rescate. Ya no daba más. iba a largar la eyaculación. Tenía que aguantar, tenía que serle fiel a ellas. Pero el recuerdo de Florencia, de su trasero perfecto, de la blancura, ahí, donde normalmente estaba cubierta, de sus tetas paradas, del olor de su cuerpo cuando estaba cerquita de mí, se colaron. Traté de aguantar, pero ya no pude. El semen salió con mucha potencia. Tuve que ahogar un grito. Mi odiosa hermanastra me había hecho acabar por primera vez desde que le conocí.


Me levanté al otro día a la hora del almuerzo. Sólo comimos mamá y yo. Pedro estaba en su oficina, y Florencia había salido. Se respiraba tranquilidad cuando ella no estaba en casa. No me tenía que preocupar por las frases ofensivas que tiraba en momentos inesperados. No me tenía que esforzar por buscar una respuesta igual de filosa, aunque casi nunca la encontraba.
—Acordate de poner tu ropa sucia en el canasto. —Me dijo mamá cuando terminamos de comer.
Fui hasta mi cuarto. Hacía como dos días que acumulaba ropa sobre una silla. Un colgado. Seguro mamá me va a cagar a pedos, pensé. Agarré el montón y lo llevé al lavadero. Cuando iba a poner la ropa en el canasto vi que adentro ya había ropa. Un pantalón de jean y una remerita blanca. Y encima de la remera, una pequeña tela negra.
Miré por encima de mis hombros, a ver si mamá no estaba detrás de mí. La vieja tenía la costumbre de hacer esas cosas. Me observaba mientras yo no me daba cuenta, como si estuviese a la expectativa de que me mande una macana. Ni que tuviera doce años.
Pero estaba solo. Solté mi ropa, tirándola al piso, y agarré la tela negra. Estaba enrollada, hecha un bollo. Las desenrollé. Como pensaba, era la tanga con la que Florencia se había sacado una foto el día anterior. ¿Para quién carajos era esa foto?
Me quedé observando la prenda íntima de mi hermanastra, parando la oreja, y mirando hacia la puerta a cada rato, atento a si aparecía mamá.
La tela que iba en la parte trasera no era más que una tirita. En la parte delantera era un triángulo muy angosto. Me imaginaba que Florencia debía estar completamente depilada para usar esa prenda. Hice un esfuerzo para recordar su pubis del día anterior, pero sólo había prestado atención a su trasero y sus tetas.
Me llevé la tanga a la nariz, y la olí, quizás esperando encontrar un olor desagradable en ella. La próxima vez que me molestara le diría “callate olor a culo”.
Pero no percibí nada más que un suave perfume. Ni siquiera olor a transpiración. Nada. Supuse que sólo la había usado un rato, se la habría puesto exclusivamente para hacerse esa foto. Con el calor que hacía esos días, si la había usado durante varias horas, debía tener olor.
Pensé en qué ropa interior estaría usando en ese momento. Ahora sí, con treinta y tres grados bajo el sol, su trasero y su entrepierna estarían bañadas en sudor, y la bombacha estaría empapada.
Hice un bollo con la tanguita negra. Era tan chica que cabía adentro del puño sin que se notara que tenía algo en él.
Entonces escuché unos pasos que se acercaban. Menos mal que había estado atento, porque al toque mamá abrió la puerta de la cocina que era la que daba al lavadero. Cerré el puño con más fuerza. Tuve miedo de que una tirita de la tanga sobresaliera sin que me diera cuenta, así que, con carpa, puse la mano en el bolsillo.
—¿Qué hace tu ropa en el piso? — Preguntó mamá.

Qué boludo, pensé para mí.Me había colgado morboseando con la tanga, y me olvidé de poner la ropa en el canasto.
—Emmm —balbuceé, sin encontrar una mentira convincente.

—Andá nomás Marianito, con vos no hay caso, las tareas domésticas no se te dan.
Mamá se puso a recoger la ropa. Yo esperaba la oportunidad de meter la tanga de Florencia en el canasto, pero mamá ya se disponía a lavar toda la ropa. Así que me fui a mi cuarto, con la tanga de mi hermanastra en el bolsillo.


Los días que siguieron fueron de mucho calor. Tanto que, con todo lo haragán que soy, me puse a limpiar la pileta y a llenarla. Recién para el atardecer terminé, y me di un buen baño durante un par de horas.
Fui a mi cuarto, fresquito.Me puse a ver una peli en Netflix. Ya era la medianoche cuando escuché que alguien golpeaba tímidamente mi puerta.
Sin esperar a que yo responda, la puerta se abrió. Era Florencia. Estaba vestida solo con una bombacha blanca y una camisa que usaba de pijama.
— Ya no aguanto más — dijo. tenía un gesto de angustia. Su pelo castaño estaba mojado y las gotitas de agua se resbalaban por su cara. Supuse que se acababa de dar una ducha de agua fría.

— ¿Qué te pasa? — le pregunté, confundido.

— Me muero de calor.Mi aire acondicionado no funciona. Esta noche voy a dormir acá.

— Deberías pedírmelo primero. ¿No?

— No te pongas en forro ahora, pendejo. Te digo que me muero de calor. ya aguanté dos días sin dormir casi. Papá me aseguró que el técnico viene mañana sin falta, pero hoy necesito dormir bien.

Salió al pasillo y volvió a entrar, arrastrando su colchón y unas sábanas.

Puso el colchón al lado de mi cama.
— Por hoy evitá hacerte la paja. Y en lo posible no te tires pedos. — Me dijo.
— Y vos tratá de no andar en bolas por mi cuarto. — retruqué.
— Callate Nini. — Respondió ella. Siempre que no sabía qué responder me echaba en cara el hecho de que yo ni estudiaba ni trabajaba.
Se tapó con la sábana. Enseguida se durmió. Se notaba que realmente necesitaba descansar.
Así, dormida, no parecía tan temible.
De repente recordé que tenía su tanga escondida en un baúl donde guardaba mis cómic y mis mangas japoneses. Era improbable que la descubriera, pero uno nunca sabía.
Me costó dormir. Me quedé un buen rato viendo cómo Florencia dormía. Los labios estaban semiabiertos, las piernas se escapaban de las sábanas y aparecían desnudas. En un momento, luego de que se removiera varias veces, pude ver su nalga, también desprotegida de las sábanas, cubierta por la linda bombacha blanca.
No lo podía negar, estaba hermosa.

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