JUAN LUIS HENARES

Todo comenzó con mi gusto por las máquinas; desde pequeño me apasionaron las que, provistas de un motor, tenían movimiento propio. Fuera en la calle, en las revistas o en la pantalla del televisor, mis ojos azorados se posaban en ellas: la imaginación volaba al ver autos, colectivos, camiones, motos, tranvías, trenes, lanchas y barcos. Rumbo a la casa de mis abuelos maternos en Santa Fe a fines de los sesenta, cruzábamos en balsa el río Paraná, y el trasladarnos en esa gigantesca embarcación llena de autos y camiones se convertía en la más fantástica aventura que podía vivir en esos años. Y qué decir de las visitas que hacíamos con mi abuelo paterno a la estación del Ferrocarril General Urquiza —a escasas tres cuadras de casa— a ver los trenes que llegaban o partían: Don Juan me hacía subir a los vagones y sentarme en sus asientos; el guarda, al darse cuenta de la situación, compinche le guiñaba un ojo para luego tocar presuroso el silbato y juntos reír a carcajadas al verme bajar la escalerilla a las corridas, con miedo a que el tren arranque y me lleve con él.

Sin embargo —llegado el caso de tener que elegir— mi preferencia estaba con los coches de carreras, los cuales había descubierto el día que papá me llevó al estreno del film Grand Prix: devoraba sus fotos en blanco y negro en las revistas El Gráfico y Goles, me entusiasmaba frente al televisor con la serie de animé japonesa Las aventuras de Meteoro —¡el Mach-5!— y corría, en pistas delineadas con bloques Rasti en el piso de mi habitación, emocionantes carreras con los autos ingleses Matchbox que me compraban en las jugueterías Davoli y Hobbylandia. No obstante, además de los autos, soñaba con toda clase de maquinarias e imaginaba decenas de aventuras con ellas.  

Pronto conocí otro tipo de aparatos; con exactitud puedo decir que el domingo 7 de diciembre de 1969 fue el día en que me enamoré de las máquinas voladoras. Esa mañana se inauguró el circuito asfaltado del Autódromo Ciudad de Paraná, y con mi padre allí nos dirigimos en su Chevrolet 400 Rally Sport. Se disputaron competencias de Sport Prototipo, Mecánica Argentina Fórmula Dos y Cuatro, en las que triunfaron Eduardo Copello con el Numa, Carlos Reutemann —un año antes de viajar a Europa— a bordo del BWA y Carlos Ragno en el Crespi. Recuerdo que, en la competencia final de los Sport Prototipo, mientras me deleitaba con el vertiginoso tránsito sobre la recta principal de los bólidos, me sorprendí al observar en el horizonte un objeto de color amarillo que pasaba veloz en las alturas: no era un coche, tampoco un pájaro común, pero si uno de metal. Sucede que a quinientos metros se encontraba el aeroclub, un lugar desconocido para un pibe de seis años como yo. Ese día algo cambió: a mis amados autos de carreras solo podía verlos en el autódromo —y con mucha suerte en algún taller de la ciudad—, en cambio a los aviones lograba divisarlos a diario, pues bastaba con escuchar el lejano sonido de sus motores, correr al patio de casa, con mis manos protegerme de los rayos del sol y deleitarme con sus vuelos. A partir de ese momento me fascinó mirar al cielo.

Años después descubrí la Segunda Brigada Aérea; al salir a dar un paseo en auto resultaba invariable que yo deseara tomar por esos rumbos. Recuerdo, en la segunda mitad de los años setenta, el amenazante cartel que recibía a los coches en la banquina de la Avenida Jorge Newbery:

No detenerse, el centinela abrirá fuego.

Cartel que burlábamos, ya que mi padre detenía el coche —un Torino Coupé TSX en esos años— en una calle lateral de tierra desde donde podíamos contemplar, en un acto de rebeldía contra la dictadura militar que gobernaba el país, los aviones que llegaban o levantaban vuelo. Luego vino la etapa de vigilar el espacio: durante el día en busca de la estela blanca que despedían los jets; en las noches, al rastrear sus intermitentes luces o los satélites que surcaban el cosmos. Nunca olvidaré las contadas oportunidades en que pude observar, a simple vista, algún cometa; el más famoso fue el Halley —última vez visible en 1986— que, en órbita alrededor del Sol, nos visita cada setenta y cinco años. Su próximo paso será en 2061; si logro vivir hasta los noventa y ocho podré verlo de nuevo.

No obstante, vaya paradoja, a pesar de mi pasión por los objetos que se trasladan en las alturas, jamás pude subir a una aeronave —menos conducir un coche de carreras— y disfrutar de la maravillosa sensación de volar.

En la actualidad continúo con la costumbre de examinar el firmamento; vivo en un pequeño pueblo que se encuentra a mitad de camino entre el aeropuerto y el aeroclub, lo que me deja apreciar los escasos aviones que lo surcan en estos tiempos. También a los pájaros, los que he descubierto en bandadas o en pequeños y ruidosos grupos: verdes loros con su ensordecedor bullicio, tordos, tacuaras, calandrias, urracas y los grandes teros. Caminar sus calles otorga estos placeres; como en cualquier poblado del interior del país, los días son demasiado tranquilos: en Colonia Avellaneda poco ocurre, sentencian los que vienen, al igual que yo, de la capital provincial. Panorama diferente al de las ciudades, en las cuales la violencia —producto de la pobreza y marginalidad que abundan en ellas— es la moneda cotidiana en la vida de sus habitantes. Aquí la realidad es distinta, solo hay que cuidarse de los perros que intentan morderte y de llevar una gorra que te proteja del sol.

Mis caminatas vespertinas son placenteras: gozo con el paisaje y además dispongo de la paz necesaria para poder pensar. Asimismo, admiro el vuelo de los teros que, tras sus piruetas, se posan en el campo y de repente levantan vuelo; sus acrobacias terminan en un pequeño bosque ubicado trecientos metros detrás de la vía del ferrocarril. Ahí danzan, giran y realizan picadas tal cual un ágil avión; ofrecen un espectáculo digno de un ballet. Es temprano, el sol todavía brilla; cruzo la vía, paso el alambrado que delimita el campo y sigiloso —evito que los teros se espanten— me acerco a presenciar sus bailes. El olor del pasto, las flores y la bosta de vaca permiten disfrutar de un aire más puro aún que el respirado en el pueblo, que de por sí lo es, puesto que no existen fábricas en la zona. Encima de los árboles me parece divisar pájaros de mayor tamaño, aunque el sol golpea mis ojos y no logro identificarlos. A medida que me acerco la vegetación se espesa; mis oídos escuchan el griterío de los loros, que se entremezcla con el de los teros. Al llegar estos últimos huyen; se asientan varios metros al costado, buscando engañarme así no descubro sus pequeñas crías.

De pronto algo distrae mi atención: escondidos entre las ramas descubro el brillo de objetos que no han sido traídos por las aves. Me acerco y distingo un televisor, un par de ruedas de moto, dos netbooks con sus estuches, teléfonos celulares y una gran caja de cartón que no me animo a tocar. ¿Qué tendrá adentro? Imposible quedar con la duda; esta especie de botín me intriga, es probable que alguien lo haya depositado en el lugar para que no lo encuentren en su casa. La curiosidad me vence, de manera que decido averiguar su contenido. En el preciso momento en que mi mano se posa en ella, un aterrador alarido me sobresalta: son dos grandes caranchos que se enfrentan en la profundidad del bosque. Dejo la caja y me dirijo a ellos; no se retiran, me ignoran, gritan y parecen a punto de enfrentarse en un combate a muerte por algún extraño trofeo. Tomo un trozo de madera mohosa, se los lanzo y raudos se elevan. Entretanto los controlo de reojo me acerco, a la vez que un olor putrefacto me invade y produce arcadas. Arribo y me detengo aterrorizado: en el piso, descompuestos, los restos de un cuerpo de mujer parecen pedir ayuda, ya que el dedo índice de una de sus manos señala hacia el pacífico y bello pueblo —en el que nunca pasa nada— donde transcurre mi apacible vida.

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