LOLA BARNON

—Esto se pone interesante… —dijo Tania, sonriendo abiertamente al ver el spray y el tubo de lubricante—. Mi niño es muy bueno, reina.

En su mirada no vi deseo sexual conmigo, más bien, diversión y travesura. ​Yo no sabía qué era aquel spray. Aunque empezaba a imaginármelo. Alargué la mano para cogerlo y Sergio me lo dio. No era otra cosa que otro tipo de lubricante para facilitar la dilatación del ano. Desde luego aquel grupo de policías estaba preparado para todo. Sonreí y meneé la cabeza.

​—Joder… —susurré divertida. ​

—Es muy bueno, de verdad. Yo lo uso a menudo. —Tania sonreía y asentía divertida.

​Sergio también esbozó una sonrisa. ​

—¿Quieres hacerlo? —me preguntó acariciándome una mejilla con suavidad ​Respiré y asentí recordando a Jorge. Estaba ciertamente excitada aquella noche, sin demasiado control en lo que estaba haciendo, y sin tampoco reparar en que mi novio hacía ya bastante tiempo que se había ido.

Me apetecía estar con Sergio, y la situación, casi cómica con Tania, con su sensual acento canario y la naturalidad con que asumía que íbamos a tener sexo anal, me parecía tremendamente morbosa. ​Sergio se acercó a mí y me incorporó acariciándome los pechos y lamiéndome las aureolas. ​

—¿Y Tania…? —le susurré. ​

—No te preocupes, mujer —sonrió ella—. Si no echo un polvete con Javier, se me enfada. Es muy suyo… —me dijo riendo—. ¿Cuánto lleva dormido? ​

—Pues… no sé… Unas dos horas o así. —Contesté a la vez que Sergio continuaba con el besuqueó en mis tetas y cuello.

​—Perfecto… Jugaré con ustedes un ratito, reina. En cuanto terminemos aquí, me voy a despertarlo. —Se metió en la boca un caramelo de menta y le sonrió, perversa y traviesa, a Sergio.

​No reaccioné a ese plural porque en ese momento, mi boca estaba llena de la lengua de Sergio que daba círculos despacio y sutiles con la mía. Cerré los ojos y me dejé llevar. Estiré el cuello, él se percató y bajó su lengua por él. Gemí encantada y dispuesta. Cuando abrí los ojos, Tania tenía media polla de Sergio en su boca. Me volví a fijar en ella. Era delgada, fibrosa, con algo de perfilación muscular, fuerte y sin un gramo de grasa. Más mona que guapa, de pelo corto rubio y ojos atigrados, verdes y muy intensos. Y me daba la sensación de que debía ser una fiera en la cama. Se sacó la polla y me miró divertida.

​—Solo estoy ayudándote… ¿Quieres? —y me la ofreció moviéndola ligeramente en mi dirección. ​

Fascinada, entregada y excitada al máximo, me agaché y le lamí el glande a Sergio. Despacio, a escasos tres o cuatro centímetros de la boca de Tania que miraba satisfecha lo que veía. Tenía un ligero sabor a saliva, nada fuerte, ni que me echara para atrás, y menos con el calentón que ya me dominaba.

En ese momento, sentí el dedo de Sergio masajeando con delicadeza mi ano. Me introduje su polla hasta más de la mitad en mi boca, con un profundo y largo gemido de placer. ​Me la saqué de la boca y se la ofrecí de nuevo a una sonriente y divertida Tania. Me estaba gustando aquel intercambio. Era excitante, morboso y me empujaba aún más a lo que estaba dispuesta a hacer.

Sergio seguía masajeando mi ano, ahora con algo de lubricante e introduciendo su dedo ligeramente en él. Gemí y me coloqué a gatas preparada para recibir su pene. Él se situó detrás de mí, mientras Tania se erguía y sonreía con deliciosa malicia. Se puso a mi lado apoyando su mano en mi espalda y dejando su bonito tatuaje a escasos centímetros de mi boca.

​—Relájate —me dijo suavemente, mientras notaba que Sergio se colocaba erguido en los pies de la cama, dispuesto a empezar.

​Tania seguía acariciándome la espalda, yo miraba por encima de mi hombro como Sergio cogía el spray y lo acercaba a mi orificio anal. Sentí una mezcla de calor y frío muy agradable y una especie de ligero adormecimiento en esa zona. ​

—Hay que esperar un poquito, mi niña —me susurró Tania en el oído, agachando su cabeza y dándome un ligero beso en la mejilla. ​

Escuché a Sergio romper el condón, colocárselo y abrir el tubo del lubricante. Me giré, y volví a observar por encima del hombro. Tania se acercó a él y con la mano le ayudó a extenderlo en el látex. ​

—¿Todo bien? —me preguntó Sergio acercándose también a mí y hablándome con dulzura al oído. ​

Yo asentí. Tenía ganas de que empezara. Mi respiración se aceleraba y estaba ligeramente nerviosa. Con Jorge todo había sido más sencillo y con menos preparativos. También era cierto que no llegó a culminar completamente, a pesar de haberme metido algo de su polla aquel día por mi culo. ​

Noté que la de Sergio se apoyaba justo en la entrada. Tania seguía acariciándome la espalda. Tras colocarle el condón a Sergio y besarlo, regresó junto a mí, impaciente como yo y apoyando el culo en sus talones, muy cerca de mi cabeza. Estaba también expectante. ​

Sergio empujó suavemente y para mi sorpresa, su polla se deslizó un poco dentro de mí con relativamente escaso esfuerzo. Emití un largo gemido de placer, cerré los ojos, arqueé la espalda e intenté relajarme al máximo. Un poco más y un nuevo pequeño bufido salió de mi boca.

Había un ligero dolor, poco perceptible y que era más a una sensación de tirantez que un estricto malestar o sufrimiento. A la vez, una oleada de placer, distinto al provocado por el orgasmo vaginal, se iba abriendo paso, despacio pero inexorablemente. Sergio se detuvo y me acaricio las caderas. ​

—¿Estás bien?

​—Sí… Sigue —rogué en voz baja.

​Y él empujo un poco más, sintiendo como su polla se introducía otro centímetro en mi ano. Gemí largamente y apoyé los codos y mi cabeza en la cama. Abrí instintivamente un poco más las rodillas elevé ligeramente el culo para hacérselo más fácil, si cabía, a Sergio.

​Tania seguía acariciándome despacio y con mucho mimo mi espalda y mis hombros. Sergio gimió también y se preparó a un nuevo empujón. Esta vez fue algo más profundo y continuado y tuve que dar un ligero respingo a la vez que soltaba un enorme y largo gemido de placer, acompañado por esa misma sensación de ensanchamiento de las paredes de mi ano, que rozaba el dolor pero que con el goce que estaba experimentado, empezaba a ser verdaderamente agradable. Tania redobló sus caricias, me elevó la cara y me besó en la mejilla. ​

—Eso es, mi niña… —me dijo con ese acento que hacía que un susurro suyo cualquiera, se convirtiera en algo extraordinariamente sexual. ​

Me volvió a besar la cara. Sergio ahora estaba quieto, respirando placenteramente y dejando que me acostumbrara a su polla allí metida. Le miré por encima del hombro y sonreí. Él me devolvió un guiño y se dispuso a terminar de acometer aquello.

Igual que la anterior vez, volvió a presionar con algo más de fuerza y sentí mi ano lleno ensanchándose con esa mezcla tan explosiva de placer y ligero dolor, gemí nuevamente de gusto y respiré con profundidad. Un nuevo empujón, y sus ingles rozaron la piel de mis glúteos. Con lo que ya debía tenerla entera dentro.

Sentí sus manos en mis caderas y empezó a bombear despacio, con suavidad, calculando mi placer e intentando que sus acometidas fueran dóciles y llevaderas. La mezcla de frío y calor del spray, y el gozoso movimiento de su polla abriéndose camino en mi ano, ensanchándolo, era una sensación tremendamente placentera.

Me entregué a él totalmente. Su polla se movía dentro de mi ano. Primero muy poco, unos segundos después, algo más. Tras un par de minutos así, calculó por mis gemidos que ya estaba totalmente entregado y abierto, y aceleró ligeramente sus acometidas. Redoblé los gemidos de placer. Se sucedían en mí las deliciosas sensaciones de goce pleno y sacudidas ligeramente punzantes.

Tania seguía a mi lado, susurrándome palabras suaves y de ánimo. La besé y lamí su tatuaje un par de veces. Tenía una piel suave, morena, cálida… Nunca me había ido el rollo lésbico y tampoco ahora iba a ponerme a cambiar de bando, pero me salió como una manera de agradecerla su apoyo y sus palabras.

Redobló sus caricias y uno de sus dedos me rozó el pezón izquierdo, tieso y puntiagudo de excitación. Se lamió aquel dedo, y volvió a acariciarme la aureola con la yema mojada. Me inundó otra pequeña fuente de placer que agradecí con un nuevo gruñido de frenesí.

Sergio continuaba con sus embates, ya regulares y de la misma intensidad. Yo estaba disfrutando mucho, aun lejana del orgasmo pero sintiendo una ola de placer que se adentraba, intensa y fortísima dentro de mí. ​Sergio aumentó el ritmo y yo ya supe que en breve alcanzaríamos ambos el orgasmo.

Mis gemidos eran fuertes, guturales, que acompañaban cada entrada de su polla en mi ano. Ya se movía con mayor facilidad que al principio. Mis suspiros fueron en aumento a medida que él empujaba más profundo. Seguía penetrándome con suavidad, pero firme y con potencia. A la octava o novena vez que lo hizo, me corrí.

Fue un orgasmo más interior, eléctrico y largo. Intenso, sin explosión, pero muy sentido. Él se detuvo y yo lo miré por encima de mi hombro. ​

—Fóllame y córrete… —le dije, con un susurro ronco, y sintiéndome tremendamente sexual en ese momento. ​

—Madre de Dios… —susurró Tania—, qué buena eres, mi niña. —Había dejado de tocarme el pezón pero seguía con su mano rozándome la espalda con ligeros movimientos sutiles de sus dedos.

Me besó la mejilla suavemente una vez más. Yo a ella también. Me sentía cómoda, sabiendo que era una mujer eléctrica, de un erotismo arrollador y, con toda seguridad, vorazmente sexual. ​Sergio no lo pensó más, se deshizo del condón con rapidez, soltándolo y tirándolo en cualquier parte y de una fuerte acometida, me introdujo toda la polla en mi coño.

Me cogió de la cintura y empezó directamente con firmes embates, escuchándose sin ninguna dificultad lo mojada que yo estaba. Le noté muy excitado y a Tania moverse cerca de él. No tardó también en correrse, sacó su polla, y apuntando a la canaria, la disparó su semen a la cara y a sus tetas. Yo me giré para verlo. Era atrozmente sexual. Yo recién corrida por el culo, Sergio descargando su semen encima de Tania tras follarme a mí, y ella, con una sonrisa, recibiendo su esperma de rodillas en los pies de la cama y sujetándose las tetas para hacérselo más fácil. ​Cuando él terminó, respiró con profundidad y se mesó el cabello, descolocado.

Su pecho se hinchaba de aire, amplio y ancho, mientras él resoplaba de gusto. Me miró y sonrió ampliamente. Hizo un gesto para que me acercara y me abrazó casi tiernamente, acariciándome la espalda con sus manos. Me beso en el cuello repetidas veces.  

​—Eres fascinante —me dijo. ​Lo besé en los labios con suavidad y muy complacida por la atención que Sergio me dispensaba. ​

—Me van a poner celosa ustedes —dijo Tania con una media sonrisa picaresca, pasando por nuestro lado camino del baño para limpiarse la corrida de Sergio. ​

Ambos sonreímos y volvió a rodearme la espalda, abarcándola toda con sus manos y brazos. ​

—¿Te ha gustado? —me preguntó en voz baja, muy cerca de mi oído. ​

—Claro que sí, cielo. —Y apreté más mi abrazo en su cuello. ​

—Gracias por quedarte. ​

—Bobo…

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