JESÚS FUENTES

Mi abuelo, profesor jubilado, refugiado en el campo: “para disfrutar de la naturaleza y vivir a plenitud”, expresaba. Vivía solo en compañía de un muchacho que estaba a su servicio. Alrededor de su casa, toda especie de flores y árboles frutales. Él amaba tanto las flores como a su vida.

Anoche, flores y árboles lucían en todo su esplendor;  un viento fresco acaricia y una luna clara resplandece. El abuelo sentado tomaba un vaso de vino de la región, disfrutaba de la vida.

A través de la refulgencia de la luna, vio unas jóvenes: hermosas de cara, esbeltas y finura de cuerpo, venir hacía él. Una de ellas, vestida de verde, lo saludo y dijo: “Yo soy flor de geranio” y, así fue presentando una a una. Al final, a una vestida de rojo: “Ella flor de granado, somos hermanas”, concluyo.

Mi abuelo imagino que algo bueno le esperaba; les invito a sentarse y ordenó a su sirviente traer frutas y más vino.

Al momento, un vino aromático llenaba las copas y la mesa lucia variedad de frutas.  Empezaron a bailar, parecían mariposas volando de flor en flor.

Entrada la noche, dispersas por el jardín, desaparecieron. El abuelo quedo ahí.

Hoy, al llegar muy de mañana de visita, lo encontré en un sueño… el lugar desprendía perfumes deliciosos.

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