ANDER MAIS

Capítulo 4

Encuentro en la cafetería

No conseguía dormir bien y me desperté varias veces durante esa noche. En cambio, Natalia, sí que dormía plácidamente.

En una de las veces en que me desperté, noté que ya entraba luz por la ventana. Busqué en la mesita mi móvil y vi que aún eran las 8:30 de la mañana. Decidí intentar dormir un rato más… Pero no pude, no paraba de darle vueltas a lo ocurrido en la tarde-noche anterior, y más, después de levantar la sabana para mirar a mi chica y encontrarla allí, tan tranquila durmiendo, casi desnuda y sólo con las braguitas tanga que llevaba.

Pasé otro rato sin conseguir dormir y, de nuevo, comprobé la hora en el teléfono: eran las 9:20. Cogí mi móvil y decidí levantarme al baño.

Al entrar, en principio, pensé en darme una ducha, pero cómo no quería despertar aún a Natalia, por si estaba cansada; preferí solamente lavarme la cara con agua fría y cepillarme los dientes. Mientras me miraba en el espejo del lavabo, seguí recreando en mi mente las escenas vividas la noche anterior, y mi miembro comenzó a despertar, indicándome que volvía a estar cachondo imaginando lo mismo de ayer: cómo otros la miraban y la deseaban.

Me senté sobre la tapa del inodoro y abrí Internet en el móvil. En el buscador de una pagina de Vídeos Xque solía mirar a menudo introduje: Morena tetona follando. Entre varios vídeos que me salieron, elegí uno que me pareció el más morboso para una rápida paja. En él, aparecía una chica de grandes pechos, similares a los de mi chica, tomando el sol en biquini. En el transcurso del vídeo, se veía cómo se quitaba la parte de arriba y, después, cómo un hombre que la observaba acababa llevándosela a la habitación de un hotel cercano para follarla…

La escena me dio un morbo especial. Mientras la veía, me comencé a masturbar rememorando en mi mente lo de ayer, como si la protagonista fuese mi chica y, el hombre del vídeo, fuese alguno de los desconocido que la vieron en la playa, exhibiendo sus pechos. Otra vez volvía a mi mente el mismo morbo: ella deseada por otros.

Ya estaba apunto de correrme, cuando de repente escuché:

—Cariño, ¿estas ahí… en el baño? —Oí llamarme a Natalia, con voz adormilada.

Eso me cortó en seco la paja. Rápido, apagué el vídeo y le respondí con un tono de voz visiblemente nervioso:

—¡Sí, amor! Me iba a dar una ducha… Me acabo de levantar. No podía dormir más.

Raudo, salí del baño y fui junto a ella a la cama.

—Cariño, qué… ¿te he despertado? Te vi muy dormida cuando me levanté, por eso no te dije nada —le comenté, dándole un beso en una mejilla.

—Sí… me desperté por tu ruido en el baño —replicó ella, retorciéndose y con un visible semblante de sueño.

—Tienes cara de muy cansada. ¿Estas bien…? Si quieres, sigue durmiendo otro rato más, mi vida —le sugerí.

—¡Ufff!… Tengo una resaca tremenda. No puedo beber tanto como bebí ayer… me hace daño. —Quejosa, se tapó la cara con las dos manos.

—Venga, intenta dormir otro ratito… Yo me voy a duchar, y si eso, salgo yo solo a desayunar y te traigo algo para ti. Luego te lo tomas cuando te despiertes. ¿Te parece?

—Vale… como veas —respondió, con voz conformista, dándose nuevamente la vuelta en la cama hasta dejarme una vez más su culito en tanga a la vista.

Retorné de nuevo hasta el baño, y esta vez sí, me metí en la ducha. No continué la paja que había dejado a medias, pero volví a recrear en mi mente el vídeo que no logré terminar de ver; mientras me enjabonaba, todo aquel morbo en mi cabeza hizo que mi excitación volviese a despertarse…

Terminé rápido la ducha y salí a la habitación a vestirme. Natalia parecía que se había vuelto a dormir profundamente, por lo que rápido me puse un pantalón corto, una camiseta y salí del hotel en busca de alguna de las cafeterías que había por la zona.

Anduve un rato y, al final, decidí entrar en una de las que aún no habíamos probado en los días que llevábamos en ese sitio. Para desayunar, le pedí al camarero un café, un zumo y un croissant, y me senté en una de la mesas de la pequeña terraza-reservado que tenían al fondo. En aquel momento, yo era el único cliente que había en esa parte.

Cuando ya llevaba un rato allí, vi aparecer a un hombre que traía su café en una mano y en la otra la prensa. Se sentó en una mesa, casi al lado de la mía y, mientras parecía que leía las noticias, noté cómo a ratos se iba fijando en mí, sutilmente…

No me lo podía creer, pero creí apreciar que era uno de los tipos que estaban anoche en el restaurante y en el pub. Disimuladamente, le eché un par de vistazos más, y pude comprobar que, en efecto, sí que era él, era el tío que había guiñado el ojo a Natalia en el restaurante. Era un hombre maduro, de unos 45 años, quizás alguno más, pero de cuerpo fuerte, muy cuidado, un poco más alto que yo y de aspecto elegante y muy varonil. Parecía también haberme reconocido y me observaba de reojo, hasta que, unos instantes después, sin dejar de mirarme, me sonrió y se levantó decidido hacía mi mesa…

—Hola, perdona… Creo que te he visto ayer. ¿Eres amigo de Riqui, no? —me preguntó, muy educadamente y con un tono de voz grave.

Yo, desconcertado y algo nervioso, respondí de forma titubeante:

—No sé a quién se refiere… ¿Quién es Riqui? Yo no soy de aquí. Estoy de vacaciones con mi novia…

—¡Ah! Perdona… Espero no estar confundiéndome entonces. —Parecía querer disculparse por ser tan directo─. Riqui es el camarero del New Age. ¿No habéis estado allí anoche? Él nos contó que os conocía —prosiguió aquel tipo, mientras ocupaba una silla de mi lado.

—Ya… sí… pero… bueno… él… a la que conoce, más o menos… es sólo a mi novia —le contesté, con la voz muy temblorosa, sin saber muy bien qué decir.

—Ok… vale, ya, ya… Ahora entiendo. Yo creí que era amigo de los dos —prosiguió, con una sonrisa dibujada en su rostro, de una forma que insinuaba saber más de lo que decía.

—Bueno… ellos… o sea, mi novia y ese tal Riqui, se conocieron ayer, creo… de forma casual. En la playa, mientras se bañaban. Yo no estaba con ella en ese momento. Luego, pues… nos encontramos con él anoche en ese pub, creo que también por casualidad… Eso es todo. O… bueno, eso creo —seguí comentándole, de modo entrecortado y con unos nervios enormes, pero por otro lado, intrigado y sorprendido.

—Bueno —sonrió—, algo así tengo entendido más o menos —y murmuró de nuevo con otra sonrisa.

A mí, esta conversación me estaba poniendo nervioso y excitando a partes iguales. No sabía si haría mejor cortándola ya, o dándole un poco más de charla y coba a aquel tipo, para así conocer las verdaderas intenciones que tendría al contarme aquello.

—¿Es la primera vez que venís de vacaciones por aquí, por Rocablanca del Mar?, ¿o habíais estado ya antes? —me preguntó él ahora, intentando empatizar más la conversación.

—Sí, es la primera vez, pero nos esta gustando mucho. ¿Tú eres de aquí? —Ahora fui yo el que pregunté, haciendo así más cercana la charla.

—No, yo soy turista como vosotros. Pero llevo viniendo por aquí todos los Agostos, desde hace unos diez años. Lo paso genial en este sitio. Este sitio es genial para ligar… —dijo él, con tono amistoso, y cómo queriendo me soltase a contarle más cosas de nosotros.

—Sí, la verdad, que aquí hay buenas playas y restaurantes, sí…

—Sí, playas, de las mejores, te lo puedo asegurar… —me interpeló al instante—, y eso que conozco bastante mundo. Las hay de todo tipo: muy masificadas, salvajes, familiares, para parejas, nudistas… Yo posiblemente me las he recorrido todas.

Y así, me fue contando detalles de varias playas. Yo le escuché atento, preguntándome a qué respondería tan inusitado interés. Seguro que alguna razón tendría aquel tipo para profundizar en el tema. Y empezaba a sospechar cuál era…

—Nosotros hemos estado sólo en tres. Llevamos aquí cuatro días, y nos quedaremos ya sólo hoy y mañana… La verdad, nos gustaría conocer alguna otra playa antes de irnos —le seguí el rollo, totalmente decidido a entran en el tema, me interesaba.

—Si a tu chica le gusta lo de hacer topless, sinceramente, la playa a la que fuisteis ayer no es buena para eso…

Así, disimuladamente y de sopetón, me acababa de soltar que sabía que mi chica había hecho topless, demostrando que, claramente, se lo había tenido que contar el chico del pub, el tal Riqui ese. Yo, absorto y metido de nuevo de lleno en el morbo, continué con la charla:

—Pues a nosotros nos pareció tranquila. Además, mi chica ayer era la primera vez que lo hacía… Yo, la verdad, levaba ya un tiempo animándola para que hiciese topless pero no se decidía… Y en esta por fin se atrevió. ¿Por qué crees que es mala para eso? —pregunté, abierto al deseo de que me contase más detalles.

—Hombre, pues por eso mismo que comentas: porque suele ir muy poca gente. Es una calita de nada. Además, suelen ir sólo familias y es muy ventosa… Si quiere lucir sus pechos de verdad, anímala a ir a otras que hay, donde va mucha más más gente. Son mejores, créeme…

—Sí, claro… ¿Y cual me recomiendas? —Aquel tipo ya me hablaba sin pudor alguno de los pechos de mi chica, e insinuándome de forma clara que la siguiese animando a enseñarlos; seguro me estaba invitando a llevarla a donde me dijese, para poder así vérselos él también. La verdad, que aquello me estaba dando bastante morbo.

—Mira… a cinco kilómetros de donde estuvisteis ayer, tenéis otra playa ideal: Blanca Arena; está justo al lado del camping donde yo estoy. Es facilísimo llegar… Sólo tienes que seguir la misma carretera que os llevó a esa playa de ayer, y luego desviarte en el cartel que indica el camping… No tiene perdida alguna.

Nada más decirme esto, se levantó hacia la barra y le pidió al camarero un bolígrafo. Sacó una tarjeta de su cartera, apuntó algo en ella, y luego volvió a la mesa para entregármela.

—Toma, es una tarjeta del camping donde estoy. Busca el desvío como te dije, y llegarás sin problemas a la playa. También te apunto aquí mi numero de móvil, por si te surge algún problema para encontrarla. O bueno… también, por si te apetece que quedemos y tal. Me puedes llamar o mandarme un whatsapp, sin problema alguno. No te cortes, ¿ok? —me comentó, con tono amable e interesado.

—Sí, perfecto… se lo comentaré a mi chica. A ver si vamos mañana…. Hoy parece que el día no está mucho para playa, y ella ademas se quedó en el hotel muy cansada y con algo de resaca. No creo que le apeteciese ir hoy de todas formas —le fui contando, mientras ojeaba esa tarjeta y la guardaba en mi cartera.

—Vale, de acuerdo. A ver si os animáis mañana entonces… Así podéis ir conociendo más cosas de ese pueblo y de la zona. Que de verdad, ¡merece la pena! Si queréis y os apetece, yo os podría guiar un poco para que vayáis conociendo más lugares… Hay parajes preciosos para perderse en pareja —me siguió diciendo, hasta que de repente se levantó─. Bueno, ha sido un placer conocerte, pero ahora me tengo que ir… que me están esperando. Y ya sabes, si te apetece, ahí te apunté mi móvil.

—Gracias, gracias… Vale, hasta luego —me despedí.

Se dio la vuelta para irse pero, no llegó a dar ni tres pasos, cuando se volteó de nuevo para decirme:

—¡Ah!…, y por cierto, no te había comentado nada, pero… ¡qué suerte que la hayas conseguido animar en lo de hacer topless! Es preciosa y perfecta tu chica para eso… ¡Menudos pechos!

Sin decir nada más y sin darme tiempo siquiera a responderle, siguió caminando y se fue. A mí me dejó totalmente intrigado y con un morbo brutal. ¡Tenía que conseguir llevar a mi chica hasta esa playa que me había dicho!

Instintivamente, volví a sacar la tarjeta y la miré. Aquel hombre se llamaba Víctor. Guardé su número camuflado en la memoria de mi teléfono, me aprendí el nombre del camping: Camping Blanca Arena, y tiré la tarjeta. No quería que Natalia me la pudiese pillar.

Al rato, me levanté hacia la barra y pedí dos sándwiches y unos refrescos para llevarme al hotel. Al regresar a la habitación, vi que Natalia se acababa de despertar…

—¿Qué tal amor?… ¿has podido dormir algo más? —le dije nada más entrar.

—Sí… pero, ¡ufff…! , aún estoy cansadísima. Fuera hoy está lloviendo, ¿no?

—Sí, un poco. Hoy me temo que no va a estar mucho para ir a la playa. Te he traído un sándwich… ¿Tienes hambre? —le dije, sentándome junto a ella en la cama y enseñándole la bolsa que traía.

Al verla, Natalia se levantó, se sentó a mi lado y comenzó a comérselo…

En ese instante, allí estaba ella, ante mis ojos, en tanga, con sus tetas desnudas y comiéndose aquel sándwich. Podría parecer un tanto surrealista, pero esa escena, después de la charla que había tenido con aquel tipo, que hasta hacía unos escasos minutos era para mí un completo extraño, me volvió a poner cachondo. Inmediatamente, comencé a sobarle las tetas y a darle besitos por el cuello…

—¿Qué haces?… ¡Para tonto! Estoy muy cansada… —se quejó ella, entre risitas, mientras iba apurando lo ultimo de aquel sándwich.

Intenté meterle la mano bajo las bragas para acariciarle el coño, pero me detuvo diciendo:

—No cariño… no sigas… Estoy agotada y algo malita. No me apetece. ¿No tuviste bastante con lo de ayer?

—Sí, pero… el recuerdo de lo que pasó y verte así ahora, me han vuelto a poner cachondo —le susurré al oído, para seguir luego besándola, bajando despacito por su cuello.

Ella se retorcía, como intentando librarse de mí, pero ante mi insistencia comenzó a acariciarme la polla por encima del pantalón…

—Veo que no te vas a quedar tranquilo hasta que no te haga algo… ¿A que no? —exclamó ella, notando el gran empalme que tenía.

Le hice un gesto de negación con la cabeza y me recosté hacia atrás en la cama. Ella comenzó a desabrocharme el pantalón, mientras iba metiendo yo mi mano bajo su tanga, buscando su sexo. Cuando ya tenía mis pantalones por las rodillas, agarró fuerte mi polla y se la metió en la boca casi toda del tirón. Por la manera en que me la comía, se notaba que pretendía que me corriese rápido; me daba fuertes chupetones en ella y me la succionaba de forma morbosa…

La agarré por el pelo, acompañando la mamada, y cuando comencé a notar que me faltaba poco para correrme, ella sacó mi polla de su boca, pajeándola ahora con fuerza…

Inmediatamente, comencé a descargar toda mi corrida, dirigiendo Natalia mi verga para que me corriese sobre el parqué de la habitación. Al terminar, sin decirme nada, se levantó y se marchó al baño.

Mientras ella continuaba dentro, yo estuve limpiando el semen del suelo. Desde ahí, podía escuchar cómo se duchaba; podía sentir el agua cómo caía sobre su cuerpo, y la visioné de nuevo en topless, bajo el brillante sol de esa playa. Cada vez era más intenso en mí el deseo de verla lucir sus pechos libremente, a la vista de todo desconocido que pasase cerca de ella. Esta vez, quizás ese tal Víctor la llegase a ver…

Al final, ese día, como no estaba muy bueno para la playa pero dejó a ratos de llover, al llegar el mediodía decidimos ir a dar un paseo por varias rutas turísticas y ver monumentos de la zona.

Natalia, para la ocasión, se había puesto un conjunto de pantalones cortos con sandalias y una blusa ajustada con escote palabra de honor, que le marcaba las tetas espectacularmente. Le saqué una foto para el recuerdo…

A la hora de comer, decidimos ir a un restaurante de los que vimos en una guía del hotel. Aproveché la espera por la comida para buscar en esa misma guía la playa que me había dicho antes Víctor. Cuando creí encontrarla, le comenté a Natalia:

—Estoy mirando aquí las playas, y sale que hay una a siete kilómetros de aquí que parece estar muy bien: Playa Blanca Arena, se llama. Aquí pone que son como dos playas casi juntas, pero separadas por unas cuantas rocas… También tiene un pequeño paseo… ponen que salvaje… Y hasta hay chiringuito. ¿Qué te parece? ¿La visitamos mañana?

—Sí, tiene buena pinta… Vamos mañana, si quieres —me respondió ella, sin hacerme demasiado caso y mirando distraída su móvil.

—Vale. Pues de puta madre… Después de lo de ayer, me muero de ganas por que repitas lo del topless. ¿Te animarás, no?

Natalia levantó la vista de su smartphone para contestarme como un resorte:

—¡Ufff!… Espero que sí, pero ya sabes… según vea el ambiente. No te prometo nada… por lo que pueda pasar. ¡Que luego te pones muy pesado!

—Mujer, ¿qué va a pasar? Será como ayer… Ya viste que no ocurrió nada grave. Si te gustó, y además lo sabes… —le dije, mientras miraba con deseo hacía su escote.

—¡Joder, tío! ¡Menuda obsesión que te ha entrado ahora porque enseñe las tetas a todo el mundo! —me replicó ella, tocándoselas y colocándoselas un poco, como haciéndose la interesante.

—No, a todo el mundo no… Pero en la playa, a todo desconocido que pueda verte, sí… ¡Ayer me dio un morbazo! —exclamé, acariciando con un pies sus muslos por debajo de la mesa. Ella me devolvió ese gesto con una risita.

Llegó la noche, y al final decidimos no salir; preferimos mejor descansar para el día siguiente. Habíamos hablado de madrugar e irnos temprano a conocer esa playa.

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