JUAN ANTONIO GONZÁLEZ DÍAZ

Tocó a la puerta, esperó unos segundos y Susana lo recibió con una sonrisa, en cuanto cerraron Armando comenzó a besar el cuello de la mujer mientras se frotaba contra su cuerpo.

—Espera, te llamé para algo importante. Confío en ti y prefiero no entrar en el terreno sexual — dijo Susana al mismo tiempo que se alejaba de Armando.

— ¿Qué pasa? —respondió él con la resignación de quien acababa de recibir un cubetazo de agua helada.

— ¿Quieres ganarte 1, 000, 000 de pesos?

— ¿Qué dices? —Armando observó a Susana con desconfianza.

—Me encargaron un trabajo, si todo sale bien ganaré buen dinero. Necesito que me ayudes.

— ¿De qué se trata? —el tono de voz de Armando era serio, había olvidado que hace unos minutos sólo tenía el sexo en la cabeza.

— Debemos crear a un escritor —espetó la mujer sin miramientos.

El esposo de Susana era diputado, estaba por cumplir con su gestión e iba a continuar su carrera política como la mano derecha del secretario de cultura del nuevo gobierno. En sus manos se encontraría cierto presupuesto para premios literarios, becas dirigidas a jóvenes talentos y apoyos económicos para escritores emergentes. La mitad del dinero ya estaba contemplado en pagos de nóminas de las instituciones que dependían directamente del área de cultura y para la mayoría de certámenes literarios ya existentes. La otra mitad estaría dirigida al subsidio de iniciativas culturales como el premio Helen Keller que repartiría un incentivo por $100, 000 pesos en las categorías de cuento y poesía; dirigido a escritores con alguna discapacidad diagnosticada. Iniciativas que jamás pasarían del escritorio del marido de Susana.

—Uy, qué mala onda para los discapacitados — dijo Armando.

—Parte de ese dinero será para ti. ¿Ellos o tú? —contestó Susana con ironía. —También habrá subsidios para áreas como la investigación, vamos a justificar una designación al rescate de escritores desconocidos. Imagina que te encuentras un libro, lo lees, te gusta, buscas información sobre el autor y no encuentras nada.

—No pasaría de ser una anécdota curiosa —respondió Armando.

—Muy bien, ¿y si no sólo tú, sino varias personas compartieran la misma anécdota?, ¿y si esas personas son gente que “sabe” de letras, que van a lecturas, que forman grupos literarios, que presentan libros, que crean revistas, que trabajan en editoriales consagradas o independientes?

—La cosa sería distinta. Se comenzaría a hablar del autor. Hasta cierto punto, al nunca haberlo oído ni conocido, éste se convertiría en una especie de figura de culto. Aunque ya que hablas del medio literario, es más fácil que se piense en un escritor fantasma.

— ¡Por eso te dije que vamos a crearlo! —Susana volvió a sonreír y al percibir el escepticismo de Armando le susurró que con ese dinero podría tener una estabilidad, escribir la novela de la que tanto hablaba y nunca iniciaba, que así dejaría de pegar anuncios en casas de cultura y universidades donde ofrecía sus servicios como corrector de estilo. —No tienes que responder ahora, piénsalo. Lo que sí te voy a pedir es absoluta discreción —la mujer besó en los labios a Armando, él estaba por calentarse otra vez cuando ella dijo: “¿cuándo te he fallado en algo?”

Susana y Armando se conocieron en la preparatoria. Se hicieron novios rápidamente por la química sexual que compartían. Ambos eran promiscuos. A cada rato rompían al enterarse de algún engaño, sin embargo—al ir mal la relación con sus otras parejas—se buscaban para consolarse. Profesionalmente sus caminos se bifurcaron. Armando estudió filosofía y letras mientras Susana lo hizo en administración de empresas. Ella se había casado dos veces, lo que nunca fue un obstáculo para seguir acostándose con Armando, éste siempre recurría a Susana cuando necesitaba dinero, ella jamás le fallaba aun sabiendo que no volvería a ver los préstamos.

Armando aceptó con la condición de estar enterado, de forma exacta, qué era eso de crear a un escritor. A la semana siguiente quedaron de verse en una imprenta clandestina en la colonia Guerrero propiedad de un familiar del marido de Susana.

—Buscamos un perfil concreto: una mujer de aproximados 20 años cumplidos en la década de los setenta del siglo pasado, es decir, que haya nacido por los cincuentas. Queremos una figura que retrate en sus versos—será poeta—un antes, un durante y un después en el sentir colectivo de 1968 en México. Es verdad que el estereotipo es demasiado evidente, por eso lo utilizaremos. En estos tiempos de inclusión pocos se cuestionarán una voz que defendiera la libertad.

—Hay que irnos con cuidado, por lo que representó, el 68 es una de las épocas más documentadas; el régimen sabía quién era quién hasta en la más pequeña organización estudiantil o literaria —comentó Armando.

—Es verdad, como no existe la poeta Nereida Córdoba.

— ¿Así se va a llamar? —interrumpió Armando. —El nombre y el apellido resaltan demasiado, bastaría rastrear las actas de nacimiento, seguramente pocas con ese nombre en los cincuentas, entrevistarse con las familias y darse cuenta del timo.

— ¡Por eso te necesito!, para atar cabos sobre la marcha. Tienes razón, ya lo tenía contemplado. Nereida Córdoba será el seudónimo de María Trinidad López.

—Muy bien, esa identidad es más complicada de localizar —dijo Armando con entusiasmo.

—Ya que nos entendemos —sentenció Susana mientras ponía delante de Armando el poemario de María Trinidad López titulado: Animal sin huellas—. Los poemas serán temáticos, el eje obvio será el hombre como animal citadino y la impunidad; la obra desglosará tópicos sociológicos (en forma de versos) donde existe la barbarie en personajes como el ya extinto cuerpo de granaderos, la corrupción a nivel institucional y el miedo de los ciudadanos. Sin perder cierta estética poética. Analizamos la forma de escribir de los principales intelectuales de la época y ajustamos los versos conforme a panfletos que en ese tiempo publicaban literatura de protesta. Quiero que revises el material y hagas correcciones que creas pertinentes, guárdalo bien, te acabo de depositar $20.000 pesos, llámame por cualquier cosa y quedamos para vernos. No vamos a tratar el tema por teléfono o internet, si todo sale bien imprimimos en un mes, con el libro en físico comenzaremos con la segunda fase del plan—señaló Susana mientras le entregaba el libro-muestra a Armando.

— ¿De cuántos ejemplares estamos hablando? —preguntó Armando.

—De quinientos. El libro no será una edición bien cuidada, me refiero a que visualmente será mediocre, sin demasiado diseño, el fuerte se encontrará en la calidad de las letras; un estilo aparte de contestatario, adelantado a su tiempo—tanto que lo estamos escribiendo cincuenta años después—, lo haremos como una edición de autor para levantar menos sospechas, dentro de los poemas se podrá analizar el carácter de la autora: huraño pero a la vez apasionado, progresista con toques de misantropía; el objetivo es justificar que no se tratase de una persona que fácilmente mostrara su trabajo o que tuviera relaciones con personas del medio literario en aquel tiempo. Vamos a aprovechar que, aunque fuerte, el movimiento estudiantil del 68 fue breve.

Armando corrigió la obra que ya estaba adaptada a su tiempo. Se preguntaba quiénes o quién había escrito ese libro, era bueno así que tampoco estaba seguro si sus correcciones eran necesarias. Susana fue muy enfática en que la obra no sería trabajada en computadoras. El trabajo de Armando era más estructural que creativo; el libro constaba de quince poemas de extensión moderada.

Luego de cuatro semanas el tiraje de quinientas unidades de Animal sin huellas estaba listo. Se fabricó con materiales de época. La página legal apenas tenía el seudónimo de la autora y constaba como año de impresión: 1972. Se dejaron los libros en un cuarto lleno de humedad para que las hojas se achicharraran, también para esparcir moho y así justificar el paso de los años.

—Vamos a comenzar con la segunda fase del proyecto. Es la más importante, de ella depende el éxito de este desmadre —señaló Susana.

— ¿En qué consiste? —respondió un Armando concentrado.

—Tenemos que mover todos los ejemplares por la ciudad de México y su extrarradio, también en estados como Querétaro, Morelos, Guanajuato, Jalisco, Monterrey, Tijuana, Guerrero. La movilización de la obra debe de ser clandestina.

—Es demasiado, cómo lo haremos —expresó Armando con voz quebradiza.

—No te preocupes ya tengo un plan. Me gustaría ayudarte en este punto, pero como mi esposo es una figura pública y por añadidura también yo, hay muchos ojos sobre mí por lo que ahora mismo tú serás el músculo de la operación —Susana le entregó una carpeta de un volumen exagerado y siguió con las explicaciones: —Aquí hay nombres y direcciones de librerías de viejo, de exposiciones y remates de libros, también de tiendas de barrio donde venden revistas y libros descontinuados. Revisa tu cuenta bancaria, te deposité $200.000 pesos. Puedes moverte con libertad y llegar a los sitios de destino, trata de usar transporte público para mantener un perfil bajo.

— ¿Y qué voy a hacer? —preguntó Armando mientras se rascaba la cabeza.

—Vas a colocar uno de nuestros libros en cada establecimiento de la carpeta. Tranquilo, no harás ningún tipo de labor de ventas, todo lo contrario. Te presentarás fingiendo buscar algún título y sin que nadie se dé cuenta, en su sección de poesía, vas a dejar uno de nuestros libros. Cuando corramos sutilmente la voz de esta nueva autora necesitamos que exista obra tangible en las calles. ¿Entiendes? 

—Por supuesto, pero… ¿Será suficiente? Los libreros tienen un inventario y saben qué libros son suyos y cuáles no —comentó Armando con preocupación.

— ¡Exacto! La mayoría de las librerías en la lista también compran libros usados. Son unos ojetes a la hora de pagarlos, por cada ejemplar te dan $1 peso o menos, así que vas a llevar un par de libros que valgan la pena (que servirán de anzuelo) y otros dos—entre ellos el nuestro—, para cuando te compren el paquete pongan dentro de su inventario la obra de Nereida Córdoba. Tendrás que viajar mucho, cómo ves —dijo una Susana satisfecha de su plan.

—Son demasiados lugares —respondió Armando un poco más convencido del artilugio.

—Estamos en marzo, si te pones las pilas y colocas el 90% del tiraje antes de fin de año te hago otro depósito de $100.000 pesitos, te tomas un descanso y le das un rato a tus proyectos personales.

Aquellas palabras reanimaron a Armando. Terminó el año y los libros estaban posicionados. Los ejemplares restantes, Armando los movió en mercados de pulgas alrededor de la república mexicana. Los informantes de Susana estaban encomendados a seguir a varias personas con influencia dentro del medio poético nacional. Al recabar información supo que tres de ellos tenían el hábito de ir todos los domingos al tianguis de su localidad para buscar libros, por lo tanto, plantaron ejemplares de Animal sin huellas; todos lo compraron.

Al siguiente año la logística dio su primer fruto. Un escritor leyó el libro e hizo una reseña favorable en una revista electrónica de alcance conservador. Susana se dio a la tarea de viralizar esa crítica que en un mes alcanzó las treinta mil visitas. A esto se añadió un ensayo en el suplemento cultural de uno de los periódicos de mayor circulación en México, realizado por un escritor de renombre, es decir, uno al servicio del Estado. Toda esa promoción tenía tras bambalinas a Susana.

Nereida Córdoba ya no era una “autora” del todo desconocida. La tercera fase del proyecto comenzaba. Con ambas críticas circulando por internet, Susana organizó charlas sobre la enigmática escritora mexicana en las principales ferias del libro en el país. Luego de una campaña secreta en redes sociales que consistía en trascribir poemas de Animal sin huellas para luego compartirlos a través de bots, poco a poco las personas interesadas en el tema peinaron las librerías y hallaron los libros colocados por Armando.

Susana tenía que blindarse ante las posibles investigaciones extranjeras o nacionales, por lo que plantó información falsa sobre su escritora. Le consiguió un pasado, padres, lugar de origen y hasta una tumba en Veracruz, todo a nombre de María Trinidad López. En esos días se aprobó, por parte de la Secretaría de Cultura, el subsidio para la investigación y difusión de escritores desconocidos. El esposo de Susana ya tenía listo el trabajo ganador, era de otro escritor convocado por dedazo.

En el documento oficial se publicó que Nereida Córdoba era el seudónimo de María Trinidad López, nacida en Orizaba Veracruz, hija de un matrimonio de comerciantes, su padre tenía un peculiar apodo: el Espía. Mote que se ganó en Fortaleza, municipio de Perote en 1942. En ese tiempo el sitio servía como una especie de campo de concentración donde personas de origen japonés, italiano y alemán eran vigiladas por el gobierno mexicano, ya que éste era aliado de Estados Unidos, Inglaterra y Rusia en contra de los países del Eje.

El padre de María Trinidad contrabandeaba cigarros para las personas aglutinadas en Fortaleza, que si bien no estaban presas vivían limitadas de movilidad; se consideraban potenciales fugas de información en plena Segunda Guerra Mundial. Con la reventa de tabaco y otros negocios ilegales, el Espía juntó un capital, así en 1951 nació María Trinidad López. Ésta a los 16 años migró a la ciudad de México para estudiar.

No logró ingresar a ninguna escuela por lo que se dedicó a trabajar en varias cocinas económicas por el rumbo de Santa María la Ribera. Ocupaba sus ratos libres para leer cuentos y poemas, su formación en las letras fue autodidacta, su carácter introvertido la mantuvo lejos de los grupos literarios de su época. Un año más tarde, al explotar el movimiento estudiantil, comenzó a crear los primeros versos de Animal sin huellas, el cual sería terminado y editado por ella 4 años más tarde.

Viendo truncados sus esfuerzos por estudiar regresó a Orizaba, luego se mudó a Guerrero para trabajar en la casa de un terrateniente de Chilpancingo donde permaneció gran parte de su vida; regresó a su tierra natal y murió a los 50 años, no se supo si continuó escribiendo. Justificación que siempre motivaba las carcajadas de Susana y Armando.

Varios movimientos en pro de reivindicar y empoderar a la mujer tomaron la obra de Nereida Córdoba como estandarte de protesta. Se hicieron mesas de debate en torno a la escritora en universidades mexicanas. La gente iba ilusionada a las librerías para encontrar un ejemplar de Animal sin huellas. Muchos acaparadores que hallaron los libros distribuidos por Armando los ofrecían hasta en $700 pesos, un precio ridículo, considerando que el tiraje inicial le costó a Susana $5000 pesos, es decir, $10 pesos por unidad.

En su último año dentro de la Secretaría de Educación el marido de Susana lanzó una edición conmemorativa que constó de 75,000 ejemplares del libro, para festejar el 55 aniversario de la obra de la poeta mexicana. $1, 000,000 de pesos costó dicho tiraje, al menos así constaba en los registros; la realidad es que su precio fue diez veces mayor. Con ese dinero se finiquitó a Armando, lo demás fue para Susana previo acuerdo con su esposo que estaba a punto de abandonarla.

La novela de Armando no tuvo ninguna clase de impacto en el mundo literario; se inició en el mundo de las apuestas y Susana no supo más de él, ella se casó con un juez de la Suprema Corte de Justicia Federal y siguió realizando este tipo de negocios, pero en otros rubros. Una generación de jóvenes comenzó a escribir por influencia de Nereida Córdoba; quizá alguno de ellos destacaría como escritor…quizá.

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