ANDER MAIS

Capítulo 3

Noche de Verano

Cuando llegamos a la recepción, nos encontramos con dos matrimonios mayores, de seguro más de sesenta años, que se fijaron descaradamente en Natalia mientras pasábamos.

—Luis… ¿te has fijado en esas señoras? Me han mirado como si fuese una puta —me susurró Natalia, según salíamos, algo nerviosa y mirando al suelo.

—Sí, ya… Pero tú no te preocupes, amor… Son mayores y seguro unas reprimidas. Tú vete tranquila… que vas estupenda. —Intenté tranquilizarla de nuevo, dándole un beso en la mejilla y cogiéndola de la mano.

Durante el paseo que dimos buscando restaurante, las miradas a mi chica se sucedían casi con cada persona que pasaba por nuestro lado. Pero yo notaba, que la mayoría eran miradas más de alabanza al buen cuerpo que lucía, que miradas lascivas en sí. Eso creo que tranquilizó y liberó un poco a Natalia, y la hizo sentirse más cómoda durante todo el resto de aquella noche.

En la cena, fuimos notando pícaramente cómo el camarero se ponía nervioso cada vez que tenía que preguntarle algo a ella, cómo intentando disimular no mirarle a las tetas;cosa que era bastante complicada, la verdad. Nos pasamos toda la cena riéndonos de la situación, y ella cada vez mas tranquila y suelta ayudada seguro por el vino.

Fuimos terminando de cenar, pasándolo bien a costa del camarero y sus tímidas miraditas, y pedimos la cuenta. El alcohol del Moscato parecía que estaba notándose en mi chica, pues, normalmente, ya con sólo dos copas se pone algo tontorrona.

Mientras el camarero iba a por la nota, mi chica me dijo:

—Cariño, voy a levantarme al baño a refrescarme un poco, que el vino ya me está empezando a hacer efecto…

—Vale, mi amor —le respondí, con una sonrisa simpática y guiñándole un ojo.

Se levantó, y la fui siguiendo con la mirada durante su recorrido hacia los lavabos. Se la veía imponente con aquella ropa, y no pasó desapercibida durante el trayecto. Sobre todo, en una mesa donde cenaban tres hombres maduros, de unos cuarenta y tantos… Noté cómo se fijaban descaradamente en ella, y vi las sonrisas que se marcaron al pasar junto a su mesa, poniéndose luego a murmurar algo entre ellos.

Aunque no pude escuchar lo que decían, al estar un poco alejados de mí, me quedé mirándoles disimuladamente un rato, esperando a que ella saliese de nuevo. Cuando lo hizo, y volvió a pasar frente a ellos, sus miradas fueron aún más descaradas si cabe; incluso uno, le guiñó sutilmente un ojo cómo si intentase llamar así su atención. Aquello no pasó seguro inadvertido para Natalia, que se hizo la tonta mientras disimulaba sonriendo camino de vuelta a la mesa.

—Hola, amor… ¿Ya estas aquí? Estas más guapa que antes, incluso. El vino te esta sentando bien —le dije, viéndola acomodarse despacio de nuevo en su silla, mirando de reojo hacia atrás. La noté un tanto nerviosa, pero aun así, parecía halagada.

—¡Ufff,vida…! No puedo ni probar el vino, me pongo chispaditacon dos copitas de nada —comentó, subiéndose con una mano el escote, como dándose cuenta de cómo se lo acababan de mirar aquellos hombres.

Llegó la cuenta y le di la tarjeta al camarero. Mientras esperábamos nos cobrase, me volví a fijar en aquellos tíos de la mesa. Por su imagen y comportamiento, me dieron la impresión de el típico grupo de amigos que salen a cenar, luego se van de marcha a ver si “cazan” algo, y si no, pues a terminar la noche en algún puticlub. La pinta la tenían de bastante salidos en apariencia, o eso me pareció a mí en esa primera y rápida impresión.

Pero, a la vez, eran elegantes y, sobre todo uno, el que guiñó el ojo a Natalia, incluso bastante atractivo: era alto, de algo más de 1.80, y de aspecto y facciones muy varoniles.

Regresó ya el camarero y nos levantamos. Nada más ponernos de pie, volví a mirar de reojo hacia aquellos tíos, y vi que seguían sin perder de vista a mi chica. Entonces, al que le había guiñado antes un ojo le dirigí una sonrisa. Y así, mientras nos íbamos, le guié a mi chica con mi mano el camino, dándole un cachetitoen el trasero, y agarrándoselo de forma descarada, para que aquel tipo me viese hacerlo. Él, al instante, me devolvió mi sonrisa de forma cómplice con otra suya.

Ya en la calle, nos fuimos caminando y disfrutando del paisaje del paseo marítimo, en dirección a una zona de copas que nos habían recomendado en el hotel.

Yo me sentía genial llevando a mi chica de la mano, orgulloso de lucirla conmigo, y más, sabiendo las miradas que aquella noche estaba suscitando. Aunque, a decir verdad, en aquel momento, ni por asomo aún podría siquiera ni imaginar hasta qué punto esas miradas llegarían a darme morbo, ni hasta qué cotas llegaría más adelante con todo aquello que estaba comenzado a sentir ese día.

Nos detuvimos un instante, y tuvimos un momento romántico divisando el mar… Nos besamos apasionadamente…

Cuando llevábamos un rato allí, abrazados, miré a un lado y vi pasar cerca de nosotros nuevamente a los tres tipos del restaurante. Uno de ellos nos vio, y les indicó a sus otros dos compañeros que mirasen hacia donde estábamos. Yo, al verlos, comencé a magrear con más ímpetu a mi chica, agarrándole el culo y sobando sus tetas violentamente, mientras ahora la besaba con más efusividad todavía. Ellos sólo sonrieron y continuaron su paso.

Yo esperé un instante, les seguí con la mirada y, al momento, sin prisa, continuamos nosotros también el paseo. Quería ir disimuladamente tras de ellos y ver a dónde se dirigían, para entrar en el mismo sitio.

Al rato, al aproximarnos a la zona de copas, vi que entraban en un bar. Disimulé un poco con mi chica y, unos minutos después, le propuse entrar a tomarnos algo allí.

Al cruzar la puerta, me fijé en el ambiente: había bastante gente, pero no estaba lleno del todo. Era un pub de tamaño medio. Tenía una gran barra, una parte de asientos y una pequeña zona de baile. Nos acercamos a pedir una copa, colocándonos al lado de otra pareja que también esperaban ser atendidos. Miré alrededor, y pude encontrar a aquellos tres tíos maduros en el otro extremo de la barra; distraídos, hablando con una de las camareras: una rubia bastante atractiva. Parecían ser clientes habituales, pues la chica cachondeaba bastante con ellos. Había otra camarera, también rubia, y un camarero.

—¿Qué pedimos? —me preguntó Natalia, casi chillándome al oído por culpa de la música.

—Cariño, para ti pide lo que te apetezca, yo ya sabes lo que suelo beber —le contesté, mientras seguía fijándome en el ambiente del sitio, de espaldas a la barra.

Cuando me di la vuelta, vi al camarero acercarse apurado para preguntarle a mi chica lo que queríamos tomar, con un semblante amable en su rostro. Ella le respondió con otra sonrisa cómplice mientras le pedía:

—¿Nos pones dos gin tonics de Bombay Sapphire, por favor?… —dijo ella, con voz melosa, aunque casi gritándole en la oreja del camarero.

Creo que, sin darse cuenta, Natalia se había colocado apoyada contra la barra, dejando todo su escote a la vista de aquel chico. Pude ver cómo éste se lo miró descaradamente, sin reparos; ni siquiera parecía importarle que yo estuviese allí, a escasos centímetros de ella.

Mientras nos iba poniendo las copas, las miradas cómplices y las sonrisas entre ambos me llamaron la atención. Me estaba sorprendiendo lo abierta que se había vuelto de repente mi chica. Lo atribuí al efecto del vino en la cena.

Al momento, ya con las copas en la mano, nos acercamos hasta la zona de asientos y nos las fuimos tomando allí.

Al poco rato, yo aún con mi copa mediada, Natalia me sugirió:

—¿Pido otras dos?

—¿Yaaa?… —Me sorprendió la tomase tan rápido, solía beber muy poco, casi siempre era yo quien se las terminaba antes—. Vale… Pero ve tú y pídelas. Yo te espero aquí sentado —contesté.

Decidida, se levantó y se acercó a la barra. Casualmente, se colocó al lado de los tres tíos de antes, los del restaurante, que aún estaban allí. Ellos, al descubrirla allí, junto a ellos, comenzaron a mirarla descaradamente, sin querer perderse detalle de su escote ni de todo su cuerpo. Se iba confirmando que eran un poco salidos.

Ella se dio cuenta y, al instante, miró hacia mí, cómo esperando que fuese en su búsqueda… Pero yo no me levanté. Al momento, llegó por fin el camarero y vi un gesto de alivio en ella al verse acompañada por él.

Pidió los cubatas y, ese chico, con una gran sonrisa, comenzó a ponérselos colocando el hielo dentro de las copas, de una forma, como si intentase tardar lo máximo posible; como si lo que pretendiese fuese tener a mi chica allí, frente a él, el mayor tiempo posible. Siendo del todo sincero, la situación para mí era algo incómoda, pero excitante a partes iguales… Si no estuviésemos en un pueblo a muchos kilómetros de casa, quizás me molestase, pero allí, entre completos desconocidos, era morboso.

El camarero, cuando al fin se las terminó de servir y antes de cobrarle, se agachó levemente sobre la barra para hablarle al oído a mi chica. Estuvieron así como unos cinco o seis minutos… quizá algo más.

Yo no entendía nada…

Natalia se comportaba súper simpática y sonriente con él. A mí eso me causó una extraña sensación de excitación. Podía notar cómo mi polla se iba despertando bajo mi pantalón, del calentón que me empezaba a provocar encontrarla hablando con aquel chico y, a su vez, ver a tres maduritos a su lado casi babeando por ella.

Finalmente, se dieron dos besos y ella se volvió. Nada más llegar de vuelta a mi lado, con una sonrisa, a la vez pícara pero a la vez terriblemente avergonzada, me dio un gran beso en los labios…

—¿Qué pasó, amor? Te quedaste un rato hablando con el camarero… ¿Qué te decía? —le pregunté, decidido, nada más separar nuestros labios.

Ella se quedó un rato muda, cómo pensando qué responder o con miedo a que me enfadase por aquello, pero me contestó al instante:

—Cariño… pero… ¿no te has dado cuenta quién era?

—No, amor… ¡Qué le voy a conocer! ¿Quién es? —le pregunté un tanto mosqueado, pero también excitado a la vez.

—Es el chico con el que coincidí antes en la playa… cuando me dejaste sola… ¿Creí que te habías dado cuenta? Yo ya le reconocí antes, cuando nos puso la primera copa…

—No… Para nada… —dije mirando hacia ese chico—. Por la tarde, desde la toalla donde yo estaba, no distinguí su cara. Ademas, antes, allí en la playa, estaba con bañador y aquí vestido. Cómo me iba a imaginar que éste era el mismo tío. Menuda coincidencia —añadí.

—Sí… ya… bueno… En la playa, aquel momentito que habló conmigo, me contó que trabajaba por las noches en un pub. Tienes razón. Vaya coincidencia que viniésemos precisamente aquí. Ni que lo hubiésemos hecho adrede —me contó ella, con una risa floja y un tanto nerviosa, mientras comenzaba a tomarse su nuevo gin tonic y entre tanto pegaba pequeñas miraditas de soslayo hacia la barra.

Llevé la vista de nuevo hacia ese camarero, y vi cómo hablaba con los tres tipos de antes. A buen seguro estaban hablando de mi chica. Aquel chaval, seguramente se habría creído que ella de verdad había venido por verle, y les estaría contando a aquellos tres cuarentones, cómo la conoció esa misma tarde en la playa y cómo allí había visto, en todo su esplendor, los dos grandes atributos que esa noche lucía en forma de tremendo escote.

Sin darme cuenta, la excitación para mí fue en aumento. Natalia, viendo lo tranquila y fiestera que estaba, parecía también a gusto con la situación y se lo estaba pasando bien. Decidí seguir un poco el juego:

—Natalia, ese camarero…. para mí que se ha creído que has venido por verle, no para de mirar hacia aquí —le dije con una sonrisa.

—¿Tú crees…? ¿Qué vergüenza, no? ¡No había caído en eso! Y encima contigo aquí. Igual puede pensarse que soy una buscona.Pero es simpático… y parece majo. No creo que sea mal tipo —contestó, mientras continuaba a ratos mirando hacia la barra, comprobando si era verdad lo de esas miradas que yo le decía.

Después de unos cuantos besos, abrazos, y una pequeña charla sobre lo bien que habíamos hecho en elegir aquel sitio para las vacaciones, fuimos poco a poco terminándonos la copa.

—Por esta noche creo que ya ha estado bien, ¿no? ¿Pedimos la última y nos vamos ya para el hotel?, ¿te parece…? —le sugerí.

—Vale… Pero ahora te vienes tú conmigo a por la copa —me contestó, y nos fuimos juntos a pedirlas.

Esta vez nos atendió una de las chicas. Pedimos sólo una única copa para compartir y nos la tomamos allí, en la barra. El tío, al verme a mí, esta vez quizás se cortó un poco y no se acercó.

Antes de irnos, le pedí a mi chica que se despidiese de su “amigo”. Ella le saludó, y él, entonces sí, se acercó de forma amable para darle dos besos y luego darme a mí la mano. Al momento, salimos de allí y llegamos apresurados al hotel.

No nos fuimos diciendo nada por el camino, pero se notaba en el ambiente que los dos llevábamos un calentón importante.

Entramos en la habitación, y rápidamente nos comenzamos a besar como locos. Yo le fui quitando lentamente la blusa, y enseguida descubrí sus tetas que ansioso comencé a lamer. Era ya mucho el morbo acumulado durante ese día.

Mi chica, a su vez, me fue bajando los pantalones hasta descubrir mi polla que traía ya completamente empalmada. Se agachó y me la comenzó a mamar al instante.

Yo estaba excitadísimo por lo vivido en el pub, por lo que le pedí que parase, no me quería correr tan rápido.

Entonces ella, sin mediar palabra, se colocó a cuatro patas sobre la cama meneando su culo, todavía con los leggins puestos. Yo me puse tras ella, de pie, al borde del colchón, y comencé a bajárselos despacito, de forma lenta, descubriendo el fino tanga de hilo que llevaba…

—Ummm… Cariño… ¡Venga, fóllame ya! —me pidió con voz sensual.

La despojé por completo aquellas ajustadas mallas, le azoté una de sus nalgas con fuerza, y comencé a deslizarle hacia abajo el tanga. Se lo bajé por completo, dejando totalmente al descubierto su precioso culo, el cual ya me ofrecía como “putita en celo”. Seguidamente, cogí mi polla, ya dura por completo e hinchadísima por la calentura, y la acerqué a su sexo. Noté su humedad en mi glande. ¡Estaba totalmente mojada!

Así pues, sin perder ni un instante, puse mis manos en su trasero, una en cada nalga, y se lo abrí por completo; quería disfrutar de la visión de su ojete y de su coño empapados. Le di nuevamente un par de azotes… y la penetré decidido, de un solo golpe. Sin más, me dispuse a follarla con fuerza…

Ella, nada más sentir mi miembro en su interior, follándola salvajemente, comenzó a gemir como loca. Sus jadeos pronto llegaron casi a convertirse en gritos ahogados:

—¡Fóllame, tío! ¡Fóllate a tu putita! ¡Dame! Mmmmm…

¡Estaba cachonda como una “perra”! Y yo lo sabía, porque ese tipo de palabras tan guarras sólo salían de su boca cuando estaba tremendamente excitada. Movía su culo contra mi polla sin cesar, como buscando ser follada más y más duro. ¡Aquello era tremendo! Estaba claro que, aquel día de morbo, a ella también le había afectado para bien.

Yo, con una excitación latente que cada vez me devoraba más y más las entrañas, la envestía tan fuerte, que podía sentir como mis pelotas rebotaban contra sus nalgas…

—¡¡Dios, tío… así… no pares!! ¡¡Dame fuerte!! ¡¡Así, fuerte!! ¡Con tus huevos en mi culito, dios! ¡¡Así, dios…!! ¡Quiero sentir bien dentro esa polla! —Su excitación se tornaba en jadeos que ponto se convertían casi en gritos de placer desesperado.

Cada vez gemía más y más fuerte… Seguro nos tendrían que estar oyendo algunos de los huéspedes de las habitaciones aledañas. Yo seguí así, sin detenerme, penetrándola sin descanso. Me incliné sobre su espalda hasta agarrarle sus pechos desde atrás. Continué en esa postura un rato, mientras podía sentir su sudor, su calor, sentir cómo disfrutaba a cada nuevo empellón que le arremetía… Hasta que yo, totalmente cachondo y poseído por la lujuria , le susurré al oído:

—Seguro que follarte así era lo que estaría desando el camarero del pub. ¿A qué sí?… ¿No viste cómo te miraba? ¿Cómo te comía las tetas con los ojos? ¡El muy cabrón desearía seguro estar en mi lugar ahora! Seguro. Tenerte para él a cuatro patas. Cómo te tengo yo ahora.

Tras decirle esto, me levanté, la agarré por las nalgas y la continué follando con más fuerza, si cabe. Después de darle otro pequeño azote, ella inclinó su cabeza hacia atrás y se retorció para mirarme, como demostrando lo excitada que estaba por el morboso comentario que le acababa de lanzar.

Yo notaba que no podría aguantar mucho más; el morbo de la situación y el pedazo de polvo que me estaba pegando iban hacer que me corriese de un segundo a otro. Entonces, ella, dobló un poco su cuerpo hacia atrás y puso una de sus manos sobre su culo. Yo la agarré del pelo, y en una de las siguientes embestidas, noté que me corría…

¡No podía aguantar más! Saqué mi polla de su coño y bañé toda su espalda con un abundante reguero de semen.

—¡Me corroooo, jodeeerr! ¡¡Me corrooooo!!

Rendida, Natalia se tiró de golpe sobre la cama y pude ver perfectamente cómo tenía toda la espalda llena de mi lefa.

—Ufff, cariño… cómo te he puesto. ¡Qué corrida, dios! —le dije exhausto.

—Sí, joder… Qué polvazo. Yo también me he corrido bien. ¡Uffffsss! —asintió ella, mientras se acariciaba el culo y buscaba con la otra mano hasta dónde le habría llegado mi “lechada”.

Al momento, se levantó y se fue hasta el baño. Yo, mientras estaba dentro, comencé a darle vueltas a la situación… Acababa de tener, probablemente, uno de los mejores y más lascivos polvos con mi chica, y había sido gracias a la excitación que me provocó el morbo de sentirla deseada por otros hombres. Tuve una sensación contradictoria. Una sensación de satisfacción pero de culpa a la vez; aunque seguro sería provocada por el bajón de después de aquella genial corrida.

Ella, al salir del baño, se metió directamente a la cama…

—Cariño, voy a acostarme, que ahora sí que estoy agotada del todo—me comentó, con un resoplido y una sonrisa de sofoco.

Nos dimos un romántico beso y, después de ir yo también al baño a lavarme un poco, me acosté a su lado.

Esa noche la pasé dándole vueltas a la situación, en parte contento por lo ocurrido. Aunque, en aquel momento, aún no podía ni imaginar lo que se había despertado en mí ese día, y hacía dónde me llevaría luego todo esto con el tiempo…

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