GABRIEL B

Joaquín
Hacía dos horas que había dejado Catán, pero recién cuando el colectivo se acercó a la terminal de Retiro empecé a sentir nostalgia. Solo había vivido algunos meses ahí, pero pasaron tantas cosas que parecía que habían transcurrido años.
Le costó mucho a mamá convencerme de que me vaya un tiempo a lo de mis tíos en Rosario. No quería dejarla sola. Pero ella me obligó a irme de “Vacaciones” hasta estar segura de que todo se haya calmado.
Estuve días sin dormir, esperando que la policía toque mi puerta. Pero ni siquiera me interrogaron por lo que le pasó a Pitu. Según Leo y Brian, todos habían declarado que la pelea solo fue entre Pitu y el tipo que lo apuñaló. A mí ni siquiera me nombraron, pero el hecho de tener una apariencia tan diferente al resto me jugaba en contra. Por lo que sabía, ninguno de los tres había muerto, pero les hicimos mucho daño.
Me bajé del colectivo y fui caminando hasta la terminal. Era temprano. Me metí en un locutorio y llamé a mamá para asegurarme de que estuviera todo bien. Me preocupaba mucho que se venguen de mí a través de ella, pero mamá me prometió que su jefe la ayudaría a buscar otro lugar durante un tiempo.
Me senté en uno de los bancos, aguardando la llegada de mi micro. Hacía mucho calor. De un parlante salía una voz monótona anunciando la llegada y salida de los ómnibus. Traté de leer el libro que me habían regalado Ramoncito y Fabricio de despedida, pero no me pude concentrar. Era raro, pero parecía que yo no era el único que creía que jamás iba a volver. Cuando me entregaron el libro, los noté realmente tristes. Les agradecí en silencio el hecho de no notar expresión de lástima en sus rostros. Sólo eran dos amigos que me iban a extrañar.
El micro llegó. Cargué mi equipaje y subí al primer piso. Descubrí que un hombre mayor estaba sentado en mi lugar.
—¿No preferís sentarte en la ventanilla pibe? —Me dijo.
—Sí, no hay problema.
Traté otra vez de leer el libro. Pero era imposible. Recordé el semblante triste de papá durante sus últimos meses de vida. El abrazo de mamá cuando me dijo lo que le había pasado. Recordé a Agustina. Su llanto, sus contradicciones, su impotencia y su abandono. Ni siquiera sabía dónde estaba. Recordé a mi viejo enemigo Pitu, tirado sobre la calle, chorreando sangre. Y por milésima vez me vino la imagen del rostro de mamá cuando volví a casa después de la pelea. Estaba completamente exaltada cuando me vio con la cara lastimada y la ropa desgarrada. Me puso hielo en donde tenía hinchado, me insistió en que vaya al hospital. La convencí de que no era necesario, y le dije que eso sí, después quería ir a visitar a Pitu, que estaba preocupado porque no sabía qué tan grave era su herida. Y entonces mamá abrió grande los ojos, y un montón de lágrimas bañaron sus mejillas.
—Tranquilo pibe, ya va a pasar. —me dijo el viejo que se sentaba a mi lado, dándome una palmada.
Me di cuenta de que yo mismo estaba llorando. Me sequé con el puño.
—Sí, gracias.
Los últimos pasajeros se acomodaron en sus asientos. El micro salió despacio de la terminal.
Aprender a soltar, pensaba para mí, sin poder convencerme del todo de las palabras que me repetía.
El micro agarró la avenida y empezó a tomar velocidad. La noche caía sobre Buenos Aires. Miré la ventanilla, y aunque González Catán ya había quedado varios kilómetros atrás, me despedí de mi barrio con una sonrisa risueña.
Fin

Epílogo
Diciembre del 2012

El auto avanzaba de manera tan armoniosa que adentro del vehículo no se sentía la velocidad a la que iba. La ruta tres aparecía extrañamente desierta. Incluso considerando que aún no era hora pico, resultaba extraño ver tan pocos vehículos circulando.
Esto, que para cualquiera sería un alivio, a Joaquín lo incordiaba. Llegaría muy temprano a la cita. Como si no estuviera ya lo suficientemente nervioso y ansioso, debería esperar a que aquella persona llegara.
Subió el volumen del estéreo. Sonaba una canción de Black eyed Peas que ya había pasado de moda hace tiempo. Pero le sirvió para distraerse, al menos por unos minutos.
Cuando el semáforo se puso rojo, aprovechó para revisar el celular. No había ningún mensaje, y no tenía por qué haberlo, pero de todas formas ese detalle lo frustró.
A quinientos metros la ruta se curvaba pronunciadamente, y se unía con otra ruta. Estaba llegando a la legendaria rotonda del kilómetro veintinueve. Diez minutos más y llegaría a su destino.
González catán no había cambiado mucho después de una década. Una oleada de nostalgia sacudió su corazón. Ahí estaban los negocios y las casas humildes al costado de la ruta. El tren tocaba bocina y avanzaba en paralelo al auto de Joaquín. A medida que se internaba en el barrio, se veían más y más perros caminando por las veredas, con una libertad incluso mayor de las que gozaban las personas.
Llegó al centro de Catán. Pasó por la estación de tren, el supermercado “Delbanco”, el hospital, el cual parecía que en cualquier momento se vendría abajo, y finalmente estacionó frente a la plaza.
Su vieja casa, aquella en la que había vivido poco menos que medio año, estaba muy cerca. Le tentaba ir a ver cómo se encontraba, y quizás saber quiénes vivían ahí, pero de momento decidió no hacerlo.
Se cruzó de vereda. El lugar acordado era la heladería “Calculín”. Se sentó en una mesa para dos. Miró la hora en su celular. Faltaba más de media hora. Resopló, fastidiado. Aprovechó para ver su aspecto, usando la cámara del celular. Si había heredado algo de su madre, eso era la vanidad, y la capacidad de lucir bien en cualquier momento. El pelo rubio estaba muy corto, las cejas depiladas, la cara totalmente afeitada. Llevaba una remera blanca con un dibujo de los Beatles. Estaba delgado, y debajo de sus prendas se adivinaba un cuerpo ejercitado.
—Joaco. —dijo alguien.
Joaquín la miró. Era una chica rubia, de pelo largo, con un rostro bello y un tanto aniñado. Su cara estaba repleta de pecas, principalmente en su nariz y mejillas.
—Agus. —balbuceó él.
Muchas veces había pensado en qué sería lo primero en decirle. Quizá debiera empezar con un comentario amable. “Estás igual” le diría. Sin embargo, esa frase le resultaba muy trillada y poco natural. Tal vez fuera mejor largar un chiste, pensó otras veces. Pero no era una persona muy ocurrente que digamos, así que era mejor pensar en otra cosa.
Se puso de pie. Cuando acordaron verse, se le ocurrió la absurda idea de que, quizás, al haber pasado tanto tiempo, no sentiría en ese encuentro más que una alegre curiosidad. Pero ahora el corazón se aceleraba y las palabras se amontonaban en su boca, sin poder pronunciar ninguna.
Ella tampoco dijo nada. Pero a diferencia de él, no buscaba ninguna frase en concreto. Simplemente lo abrazó. Él sintió la calidez de los brazos de la chica envolviendo su cuello. Quedaron así durante largos segundos. Se besaron en los labios.
Hacía ya un par de años que había encontrado el perfil de agustina en Facebook. Pero siempre buscaba una excusa para no enviarle la solicitud de amistad. Ya sea por respeto a quien en ese momento era su pareja, o diciéndose a sí mismo que seguramente Agustina apenas lo recordaría como un noviecito fugaz que tuvo hace mil años. Siempre terminaba desistiendo de ponerse en contacto con ella.
Pero un día, dos meses atrás, vio que la que le había enviado la solicitud fue ella, y entonces ya no tuvo razón para negarse.
La primera conversación empezó llena de banalidades, pero de a poco, se fueron soltando. Él le aseguró que todavía la recordaba con cariño. Ella le dijo que haberlo dejado fue una de las cosas más difíciles que tuvo que hacer en su vida. Joaquín no pudo contenerse “Entonces, ¿Po qué me dejaste?”, le preguntó. Y un resentimiento que creía muerto resurgió de sus entrañas.
Y entonces ella se lo contó todo: Las visitas nocturnas de su padre; la ceguera de su madre; la culpa; la lealtad hacia esa persona que decía quererla como nadie la querría jamás, y la promesa de destruirla si abría la boca más de la cuenta; la eterna lucha entre el cariño hacia su progenitor y la repulsión hacia su violador; el miedo a que otro toque su cuerpo y su dueño se de cuenta de ello.
Cuando comenzó su relación con Joaquín, y teniendo en cuenta que ya contaba con dieciocho años, su rebelión sólo era cuestión de tiempo. Una noche esperó a que su padre se desvistiera y entrara en ella. Entonces comenzó a gritar. La mamá fue corriendo a la habitación de Agustina y ya no pudo negar lo que sucedía. “le hicimos la denuncia y me fui a vivir a lo de mis abuelos. Ya no podía estar más en esa casa”, le había contado agustina.
Joaquín se había lamentado por no haberse percatado de lo que sucedía. Ella le dijo que no sea tonto, que era imposible que se diera cuenta. Sin embargo, siempre tuvo la sensación de que había algo podrido en la familia de su primera novia, sólo que no se había animado a correr el velo que cubría la verdad.
Pidieron dos helados. No era momento de recordar tragedias ni rompimientos. Así que pasaron toda la tarde, hasta que el sol comenzó a ocultarse, hablando de sus momentos en la escuela, y de su primera salida al cine de Morón. Intercambiaron la información que tenían de sus ex compañeros de clase. Ramoncito era un abogado exitoso que hasta había salido en televisión. Débora se había casado con Leo y tenían tres hijos, aunque se habían separado. Fabricio aún vivía con sus padres…
—Qué locura lo de esa pelea de Pitu con ese tipo. —dijo Agustina. Vio que el semblante de Joaquín había cambiado. —Perdón, no querés hablar de Pitu ¿No?
—No, todo bien. Me costó perdonarlo. A él y principalmente a mamá. Pero después de años de terapia, digamos que lo legré.
—¿Y cómo te enteraste de lo que pasaba entre ellos?
—Cuando el conté a mamá que habían apuñalado a Pitu… No sabés cómo se puso.
—Me imagino.
—Pero supongo que lo sabía de antes, pero no lo quería ver.
Joaquín, con mucho esfuerzo había comprendido que fue su padre el que primero había abandonado a su madre, y por eso no debía guardarle rencor a ella. Sin embargo, cada vez que recordaba eso, se sentía envenenado. Agustina se dio cuenta de ello y cambió de tema.
—¿Damos una vuelta por donde está la escuela? —Propuso.
Subieron al auto. Pasaron por la vieja escuela, y dieron vueltas en los alrededores.
—¿Por qué quisiste que nos veamos acá en Catán? Ninguno de los dos vive acá. —Inquirió él.
—No sé. Necesitaba venir. Desde que me fui hace diez años no puse un pie acá. Pero, aunque tengo muchos recuerdos traumáticos, también tengo bellos recuerdos.
—Igual que yo. —dijo él.
—¿Me llevás a tu departamento?
—Sí, dale. Podemos ver una peli y tomar algo. —dijo Joaquín, un tanto nervioso.
—Prefiero que hagamos el amor.
Viajaron casi todo el trayecto en silencio. No tenían mucho que decirse en ese momento. Ya habían hablado las últimas semanas, tratando de compensar diez años de distancia, y ahora parecían no tener más temas.
Subieron a su departamento. En el ascensor se abrazaron y se besaron. Joaquín ya estaba excitado. Su sexo erecto se frotaba con las caderas de Agustina. Entraron, tomados de la mano.
Ella pegó un salto y se montó sobre él, rodeando su cintura con las piernas. Él la agarró de las nalgas y la llevó hasta la habitación. La tiró, con cuidado, sobre la cama. Se quitó la remera. Ella se sacó el pantalón. Él la imitó, y enseguida quedaron completamente desnudos.
—Ojalá me hubiese animado antes. Pero en ese momento no te hubiese podido dar todo. Hoy somo solos vos y yo. —Dijo ella.
Joaquín la besó en los labios, luego en el cuello, el pecho, el ombligo. El sexo de la chica quedó frente a su rostro. Lamió los labios vaginales, mientras le hacía masajes en la zona pélvica, la cual tenía una pequeña mata de vello. Y luego lamió el clítoris. Ella gimió y apretó sus manos.
Joaquín saboreó los fluidos que largaba la chica. Luego frenó su tarea oral. Se puso el preservativo. Se abrazaron, sintiendo sus respiraciones. Él empujó y la penetró. ¿había valido la pena la espera?
No le cabía duda de que sí lo valió.

Se despertó con un fuerte dolor de cintura. No pudo evitar pensar en la misma frase que la venía acechando desde hacía meses. “los años no vienen solos”. Corrió a un costado el cubrecama. Se paró y se miró en el espejo, desde cierta distancia, como para observarse el cuerpo entero. El pelo azabache estaba mezclado con algunas canas. Había decidido no teñirse. Le gustaba verse como una madura sensual. Pero en ese momento, con ojeras, sin maquillaje, no le gustó le que veía. Su piel ya no era tan suave como supo serlo en sus mejores días. Las patas de gallo (que parecían multiplicarse cada día), les quitaban belleza a sus intensos ojos azules. Se dio vuelta para mirar su trasero. A fuerza de gimnasio, se mantenían en buena forma, aunque ni de lejos tenían la firmeza de hacía diez años. Se pellizcó un glúteo. Lo sintió flácido. Todavía hay montones de hombres que se dan vuelta a mirarla, pero las apariencias son engañosas. El tacto, en cambio, es incuestionable.
Sabia que aún se ve deslumbrante si se la compara con las mujeres de su edad. Pero de todas formas sentía el peso del tiempo imprimiéndose en su cuerpo.
Escuchó que alguien había entrado en la casa. Alguien que entraba silbando con alegría.
—Traje masitas para desayunar.
La puerta de la habitación se abrió.
—Apa, que linda estás. —dijo el hombre que había entrado, viendo que sólo llevaba ropa interior.
La agarró, con cierta brusquedad, de la cintura, y la atrajo hacía él.
—No Pitu, ahora no, recién me levanto. — dijo ella, sintiendo cómo el hombre, petiso y musculoso, le tironeaba el elástico de la bombacha, para luego bajársela.
—Si estás divina. —dijo él.
La tumbó sobre la cama. Andrea no dejaba de sorprenderse de la vitalidad del hombre. La noche anterior no la había dejado dormir hasta pasada las dos de la madrugada, y ahora quería otro polvo.
Se rindió, como siempre lo hacía. Igual que se había rendido diez años atrás, fascinada por el descaro y la sensualidad del muchacho.
Él se desnudó. Le quitó el corpiño. La penetró. Andrea se aferró a sus hombros. Cerró los ojos y recibió el sexo erecto de Pitu. En ese momento, como siempre que era poseída por él, se sintió joven.
—¿En qué estás pensando? —le preguntó él.
Habían acabado, y estaban abrazados sobre la cama. No solía entrometerse en la vida de los demás, pero Andrea se mostraba muy ensimismada.
—¿Será que va a venir? —preguntó ella.
Él le corrió el pelo y acarició su rostro. No necesitaba preguntarle de quién hablaba.
—Seguro que sí. —le dijo.
Andrea había invitado a su hijo Joaquín a festejar navidad. Pero el muchacho se había mostrado contrariado cuando supo que Pitu también estaba invitado.
La relación de Andrea con Pitu fue siempre muy volátil. Ya sea por la inseguridad de ella, por la personalidad nómade de él, o porque simplemente no podía terminar de creer que podían ser felices juntos, durante la última década se separaron y se reencontraron incontables veces.
Pitu llevó la mano a las nalgas de Andrea.
—¿Todavía te gustan? —Preguntó ella.
—Siempre me van a gustar. —contestó él, apretándolas con mayor fuerza.
—Cuando envejezca y se caigan, no te van a gustar.
—Eso me lo decís hace años, y mirá cómo estás.
Pitu le dio un mordisco a la nalga.
—¿No íbamos a desayunar?
—Acá tengo lo que quiero comer. —dijo él. Le dio un beso negro. Su sexo se estaba empinando de nuevo.
—Sos insaciable. —dijo ella, con una sonrisa en la boca.

La mesa estaba todavía repleta de comida. Ya se escuchaban los estallidos de los juegos pirotécnicos. Pitu sirvió la sidra en cuatro copas. Andrea le había dicho que mejor brindaran con champagne, pero él le contestó que eso era para los chetos.
La casa era amplia, y un enorme árbol de navidad decoraba la entrada. Mientras Joaquín pasaba sus primeros años de adultez entre Rosario y buenos Aires, Andrea había hecho un curso de asesoría de seguros. Nunca volvería a gozar de la holgura económica de los años noventa, pero no le iba nada mal.
Chocaron las copas. Andrea abrazó a Agustina. Algo le decía que ella era diferente a las chicas que habían sabido ser novias de su hija. Le daba buena espina, aunque también notaba que había algo extraño en ella. Como si tuviese un gran secreto.
Pitu saludó con un efusivo beso en la mejilla a Joaquín.
—Cómo pasa el tiempo ¡la puta madre! —gritó.
Estaba algo borracho, y se sentía eufórico por volver a ver a su amigo. Cada vez que Joaquín se enteraba de que su mamá estaba con Pitu, evitaba visitarla. Esta era la primera vez que se reencontraban.
—Así como lo ven, cuando se enoja es capaz de romperle la cabeza a cualquiera. —dijo Pitu, abrazando con fuerza a Joaquín.
—Vayamos a ver los cohetes. —propuso Agustina, viendo que Joaquín se sentía incómodo, aunque no molesto.
Salieron al patio delantero. El cielo estaba repleto de estallidos luminosos. La gente había sacado los parlantes afuera, y algunos andaban por las calles, borrachos, yendo a la casa de los vecinos a saludar.
Andrea y agustina conversaban animadas, cerca de la entrada. Pitu y Joaquín se habían adelantado para ver con mayor claridad los fuegos artificiales.
—¿Viste Espartacus? —preguntó Pitu.
—¿Qué? —Joaquín no entendía de qué le hablaba.
—La serie Espartacus. ¿la viste?
—Ah, sí. Está buena.
—Sí, se la pasan cogiendo y peleando. —dijo Pitu.
—Sí, es cierto. Pero también tiene un buen argumento.
—Hay un capítulo… —comentó Pitu, y se detuvo, como si tuviese que buscar las palabras adecuadas—. Hay un capítulo en el que Crixo le dice a Espartaco, que si se hubiesen conocido en otra vida, seguro serían hermanos. —Agachó la cabeza, porque no pudo evitar sentir vergüenza. Pero aún así, siguió—. Sabés que cuando vi ese capítulo me acordé de vos. Creo que eso era lo que sentía por vos Joaco. Sos un buen pibe. Y nunca voy a olvidar cómo me salvaste el culo ese día.
Joaquín lo miró. Pitu tenía los ojos brillosos.
—Lástima que te tuviste que coger a mi mamá. —dijo Joaquín. Pitu lo miró, con culpa—. Ahora más que mi hermano sos mi papá.—Agregó.
Estallaron en carcajadas. Las mujeres los miraron, intrigadas.
—¿Y cuánto pensás que van a durar ahora? —Le preguntó Joaquín, señalando con la mirada a su madre.
—Lo nuestro no se termina nunca. Cuando estamos separados, lo único que hacemos es juntar ganas de volver.
Los cuatro se quedaron hasta la madrugada, viendo películas y charlando. Joaquín recordó a su papá, y decidió que ya era hora de terminar con el duelo.

Fin

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