AURORA MADARIAGA

Capítulo 27
A más de dos semanas de la reunión con los líderes humanos, el Príncipe todavía no
obtenía noticias sobre su decisión. La espera lo estaba matando. No estaba hecho para
sentarse a esperar. Las amplias inmediaciones de estériles líneas y colores sin vida que
conformaban la agencia estaban selladas del piso al techo para no dejar entrar ni un
solo halo de luz solar y tal diseño no se debía necesariamente a su presencia ni a la de
su hermana como huéspedes. Por lo que había aprendido luego de semanas viviendo
entre los agentes humanos y especiales, esta agencia era un servicio secreto para la
investigación y defensa paranormal que funcionaba a sabiendas y con financiamiento
del gobierno de los EE.UU. mas en completa confidencialidad e incógnito. Si bien la
existencia de los agentes Hellboy, Sapien, Sherman y Krauss ya parecía ser de
conocimiento público en contra del criterio y mejor juicio del director, el humano Tom
Manning, los medios de comunicación humanos en su insaciable sed morbosa de
inmiscuirse en todo y todos habían fotografiado a los agentes especiales suficientes
veces como para corroborar a la comunidad su existencia como seres de poderes
especiales. Al parecer, el aprecio y aceptación hacia los agentes especiales por parte de
los humanos era directamente proporcional al nivel de ayuda que ellos podían
proporcionar a la sociedad. Y en ocasiones, como ocurrió la vez que el demonio
Hellboy mató al Elemental, ni siquiera el mejor desempeño más arraigado a las
ordenes para proteger a la ciudadanía podía asegurarles el agradecimiento y
reconocimiento de los humanos. Muy por el contrario. ¿Qué futuro esperaba a
Bethmoora una vez salieran a la luz?
Cuando el Príncipe se imaginó volviendo a la cámara real de Bethmoora nunca ni en
sus pesadillas más inquietantes lo hizo en el contexto de la visita que hace semanas
atrás habían hecho a su tierra natal junto a Nuala, los druidas y los agentes Hellboy y
Sherman. Muchas veces soñó con retornar a Antrim llevando la corona completa de
Bethmoora sobre su cabeza. «Soy el Príncipe Nuada, Silverlance, líder del Ejército
Dorado, ¿hay alguien aquí que dispute mi derecho?». Nunca podría decir aquella frase
que por derecho de nacimiento era solo suya para pronunciar. Los soldados dorados
dormían latentes en su estado pasivo como inmensos huevos mecánicos de oro. Al
pasar por sus costados no pudo evitar acariciar la superficie roñosa y marcada por las
espadas inofensivas de los humanos. Aquella había sido la última batalla de los
soberbios soldados, la gran guerra contra los humanos hace miles de años atrás. La que
terminó cubriendo los campos de Bethmoora con ríos de sangre humana. El maestro
ingeniero duende reclutó a los suyos y en cosa de pocos días, más de dos tercios de la
cámara real habían sido liberados de los soldados para hacer espacio al trasplante de
los descendientes del Elemental. Allí donde por milenios durmió el arma capaz de
exterminar a la raza humana, echaban raíces hoy los semidioses del bosque cuyo icor
podía sanar el cáncer, una de las enfermedades más amenazadoras para los humanos.
Loreto era otra de las huéspedes de la agencia. Los meses desde que aceptó ser el cebo
para capturarle contaban ya casi cuatro. Sus pensamientos rebotaban en todas
direcciones. Su corazón estaba con sus padres a sabiendas del sufrimiento que su
desaparición les producía. A veces la sentía divagar en su mente acerca de sus
elecciones de vida. Pensaba en su música como quien extraña a un ser querido a la
distancia, sin embargo aborrecía el negocio que la exprimía como un producto más. El
único lujo que se había permitido fue la petición de un piano vertical en sus aposentos.
Al pasar por el pasillo fuera de su puerta cerrada a veces la escuchaba tocar el
instrumento mas su voz permanecía muda. Llevaba meses sin cantar. Se topaban en la
gran biblioteca que servía como centro de esparcimiento y reunión para los agentes
especiales. A la par que el Príncipe observaba con sorpresa y creciente incertidumbre
la profunda conexión entre el agente Sapien y su hermana la Princesa, notaba a Loreto
distante en espíritu. Su vida estaba en pausa, a la espera. Al igual que la suya. Los
agentes Hellboy y Sherman se convertirían en padres en cosa de unos meses más, el
embarazo de la humana piroquinésica avanzaba sin altibajos y el demonio rojo se
desvivía por ella en atenciones y mimos. Le causaba curiosidad cómo podían construir
una relación siendo tan distintos. Nuala y el agente anfibio pasaban horas en la
compañía del otro. Conversaban sobre música, historia, poesía, literatura, viajes. Se
daban la mano y permanecían largos minutos en silencio y profunda conexión
telepática. Loreto apenas cruzaba palabras, la mayoría del tiempo se acercaba a la
biblioteca para explorar la rica colección de tomos y pedir prestados algunos para
llevar de vuelta a su recámara privada. Evadía su presencia y mirada mas Nuada estaba
en su mente y corazón. Lo sabía. Las pocas veces que en esas semanas había tenido la
oportunidad de conectar con ella, su mensaje había sido claro: lo quería pero su
completa incertidumbre sobre el futuro le impedía demostrarlo. Dolía su cercanía a un
universo entero de distancia.
Nuada pasaba los días entrenando en el apartado subterráneo de la agencia. Allí no
solo contaba con el espacio para hacerlo, sino también había un conjunto de máquinas
diseñadas por los humanos para levantar peso y fortalecer el cuerpo. Rara vez avistaba
a algunos de los agentes humanos bajar allí y ejercitarse. Cuando no entrenaba, el
Príncipe se paseaba por los interminables pasillos del lugar ensimismado en sus
cavilaciones. A veces se adentraba en alguna de las muchas oficinas y laboratorios para
observar. En uno de ellos encontró un día una estructura que le pareció familiar.
Necesitó unos pocos segundos para reconocer la mecánica duende de una caja fuerte.
Le recordó de la suya incrustada en la pared de piedra en sus aposentos bajo Nueva
York y en cuánto había resguardado sus dos partes de la corona lejos del alcance de los
humanos seguro que obtendría la tercera y última parte de Nuala. Todo había sido en
vano. Esta que yacía todavía sellada sobre la mesa de trabajo era una que habían
extraído desde la cámara real de Bethmoora en Antrim siguiendo el consejo de los
sabios druidas. Al llegar a Nueva York los humanos habían pedido su permiso para
analizar la tecnología duende y poder emular el diseño en sus propios inventos. Nuada
no le dio mucha importancia y estuvo de acuerdo. Como todo en el reino, en su
interior eran de encontrarse tesoros milenarios destinados para él o Nuala cuando uno
de los dos ascendiera al trono. No solo él y su hermana aguardaban ahora con su
destino en las manos a la espera de la respuesta de los líderes humanos, toda
Bethmoora polvorienta y ajada también lo hacía.
El humano Tom Manning y el agente alemán Krauss se acercaron un día a la biblioteca
con buenas nuevas. Los agentes Hellboy, Sherman, Sapien, su hermana Nuala, Loreto
y él prestaron atención.
—Hemos recibido noticias de Washington—dijo el agente alemán y gesticuló las
manos con solemnidad—. Las autoridades que formaron parte de la reunión junto a
Sus Altezas han comunicado su decisión al presidente de los EE.UU.
—¿Quieres hablar de una vez, cabeza de pecera?—balbuceó el demonio rojo con la
boca llena de barra de chocolate y cereales.
El agente Krauss exhaló fuerte por las branquias mecánicas y negó con la cabeza.
—Han aceptado el trato—dijo al fin.
Nuala agarró la mano de Nuada y se miraron a los ojos. La ilusión en sus pupilas
doradas se desbordaba de lágrimas. Sonrió a todo lo ancho de su boca y lo abrazó
fuerte contra sí. El Príncipe batalló contra las lágrimas y la sonrisa que insistía en
formarse en sus labios. Al separarse, Loreto sentada en frente suyo estiró sus manos
hacia él. Las tomó y entrelazó sus dedos con los suyos. Se quedaron mirando y por un
instante todo alrededor desapareció.
«Yo te llevaría conmigo y viviríamos en las sombras por el resto de lavida, no me
importaría».
«Y yo te haría mi reina, Loreto».
—Hay un solo detalle—el humano Tom Manning dijo y rompió el hechizo entre
ambos—. La directora de la OMS ha comisionado un estudio exhaustivo de la savia de
los semidioses del bosque a un selecto grupo de científicos y médicos bajo contrato de
confidencialidad para corroborar que su poder curativo se aplica a todos los grados y
tipos de cáncer humano y animal. También deben establecer con seguridad que sus
propiedades puedan ser sintetizadas exitosamente. Solo entonces dará su voto para
comenzar la elección del territorio que será el futuro dominio de Bethmoora. Llegarán
en los próximos días.
—Estoy seguro que sus resultados serán igual de positivos que los nuestros—el agente
Sapien dijo con entusiasmo y giró a encarar a la Princesa Nuala.
Nuada los vio tomarse de la mano. Su hermana parecía feliz a su lado.
La respuesta positiva de las autoridades humanas no consiguió apaciguar su
inquietud. ¿Tendrían acaso voz y voto en la elección de cuál esquina del mundo
destinarían para ellos? La noche ya había caído y todos los agentes humanos y
especiales se habían retirado a sus moradas dentro del complejo. No podía dormir. La
noche no era momento de descanso. La noche llamaba a la acción. Así venía siendo
por milenios y ya era demasiado tarde para cambiar hábitos. Nuala, por el contrario,
parecía haberse adaptado sin problemas a los horarios de los humanos. El Príncipe se
paseó por los pasillos incapaz de aquietar sus pensamientos. El carácter
condescendiente de las negociaciones, la caridad de apiadarse de ellos y permitirles
volver a la superficie, la bajeza de tener que aceptar migajas de un pueblo inferior a los
elfos… Ya no quería pensar así, Loreto era humana y de alguna forma había logrado
calar profundo en su corazón hasta embrujarlo por completo.
Los acordes de piano que de pronto escuchó detuvieron sus pasos en seco. Conocía la
melodía. Se acercó a la puerta. Al otro lado estaba Loreto. Tocaba al piano. «Misty» de
Ella Fitzgerald. Una noche de primavera de 1942 había escuchado a la dama del Jazz
cantar esa canción en vivo encaramado en el ático del Gran Teatro de Nueva York.
Loreto seguía muda, el piano acompañó la letra que se quedó a la espera de su voz que
no llegó. Nuada apoyó la frente y las manos abiertas contra su puerta cerrada. Exhaló
agotado. El piano cesó. Golpeó tres veces y se apartó. Loreto abrió sorprendida de verlo
allí. Lo hizo pasar.
—Tócala de nuevo, por favor—dijo y quedó mirando el instrumento contra la pared
frente a su cama. La encaró frente suyo—. Canta para mí.
Loreto lo miró hacia arriba con el ceño apretado y la cabeza ladeada. Fue al escritorio y
sacó su silla para dejarla junto al taburete del piano. Gesticuló para que tomara asiento
a su lado. El Príncipe se sentó a su izquierda a centímetros de las teclas y sus pequeñas
manos expertas recorriéndolas. Emanaba un perfume suave floral que se coló en sus
fosas nasales como un hechizo. La melodía volvió a la vida, las notas retumbaron
atrapadas en el cuerpo de madera del piano y se escabullieron hasta llenar el lugar de
su dulce color. Su voz tembló al principio, su labio inferior también. Había una
añoranza desgarradora que sutil se colaba entre las palabras como un mensaje entre
líneas. Loreto cerró los ojos. Luego de meses volvía por fin a cantar. Sus párpados
tiritaban, su voz se sumía en un hilo delgado pero firme que ligaba las palabras como
un solo sentir. Un solo torrente.
Las notas resonaron por el techo y el piso hasta desvanecerse en el silencio. Nuada la
observó embelesado. Loreto elevó las manos del teclado y las descansó sobre su
regazo. Giró hacia su izquierda y lo encaró. Una lágrima traicionera se escapó de la
comisura de sus ojos apenas dejándola en evidencia. Nuada la atrapó con su pulgar.
Acarició su mejilla. Cálida, suave. Ella cerró los ojos y se arrimó a su mano. Se apartó y
removió un par de pelusas de sus pantalones por los muslos.
—Quería incluir esta canción en alguno de los conciertos de mi residencia en el teatro
como un pequeño tributo a doña Ella—dijo como una anécdota agridulce y recorrió un
par de teclas con los dedos—. Quería tocar un par de clásicos favoritos como un lujo
personal.
—Extrañaba tu voz.
Loreto lo miró a los ojos. Trazó su perfil con la yema de su dedo medio rozando apenas
desde su frente, bajando por el puente de la nariz, sus labios hasta terminar en su
mentón. Sonrió leve. Nuada tomó su rostro en ambas manos y besó su boca con los
ojos cerrados. Ambos suspiraron y se fundieron en un beso lento como una caricia
tímida. Se separaron hasta chocar las puntas de las narices. Loreto meneó la cabeza y
rozó su nariz con la suya. Sonreía de oreja a oreja. Nuada rió. Duró un segundo. Dejó
caer la cabeza y exhaló hasta desinflar sus hombros. Loreto elevó su rostro y le
preguntó sin palabras qué pasaba.
—¿Hago bien en poner el destino de mi gente en las manos de líderes humanos? ¿Y si
nos entregan una tierra que ya pertenece a una comunidad y entramos en conflicto con
ellos? ¿Qué migaja nos cederán?
Nuada se puso de pie y caminó toda la longitud de la recámara. Luego la recorrió de
vuelta una y otra vez como león enjaulado.
—Mi experiencia me dice que no confíe, que nos traicionarán. Los conozco, una vez
los humanos obtienen demasiado poder se olvidan de sus tratados, valores y principios
y venden al mejor postor.
Su tono de voz se elevó. Loreto se levantó del taburete y fue a su lado. Se puso en su
camino hasta obligarlo a encararla.
—¿Sabes dónde encontré la pieza de la corona de Bethmoora que mi padre
erróneamente entregó a los humanos? En una casa de remate.
Loreto no supo cómo responder. Bajó la mirada al piso. Nuada se apartó de ella y volteó
cabreado contra la pared. Giró hacia Loreto.
—Para ellos no era más que un pedazo de oro arcaico pero para mí…—se restregó la
cara brusco—¡Esa era mi corona! ¡Mi derecho de nacimiento!
—La Princesa Nuala dijo que ustedes son los Hijos de la Tierra, creados para proteger
la vida, ¿cierto?—Loreto preguntó y buscó su mirada con ahínco.
El Príncipe se frunció y asintió en silencio.
—Ese es tu llamado original entonces, ¿no es así?
Nuada asintió y la observó con detención.
—Estás entregando a la humanidad la cura para una de las enfermedades que más
gente mata en el mundo. Nos estás protegiendo. Porque nosotros no somos poderosos
como ustedes. No sabemos qué hacer con tanto poder si alguna vez llegamos a tenerlo
en las manos. Nos hace falta cien vidas para llegar al nivel de sabiduría necesario para
ejercer el poder con criterio. No todos somos así, no todos queremos poder. Pero
algunos humanos sí lo desean y son capaces de matar, engañar, mentir y robar para
obtenerlo. Su paso por la Tierra son apenas unas cuantas décadas de vida comparado
con ustedes, sin embargo ¡cuánto daño hacen esos malparidos!
El Príncipe caminó hacia ella y la invadió con su presencia. La miró hacia abajo tan
pequeña y gigante al mismo tiempo.
—Si en algo sirve, te pido perdón en nombre de todos los de mi raza que algún día te
hirieron a ti y a tu gente—Loreto lo miró a los ojos y tomó sus grandes manos en las
suyas—. Perdona a cada uno que te hizo daño, a quienes algún día te capturaron,
maltrataron, torturaron pues no sabían qué hacían. En su infinita ignorancia y
pequeñez muchos quizás nunca se percataron que lo que hacían estaba mal.
Lo abrazó por la cintura y enterró su cara contra su pecho. Nuada la abrazó hasta
envolverla con su cuerpo.
—Debes saber perdonar, mi amor, para que tu corazón sane, para que pueda volver a
amar, para que haga espacio a las cosas lindas. Perdona para volver a empezar—
susurró contra su pecho y lo abrazó fuerte.
El Príncipe dejó las lágrimas rodar libres por sus mejillas y sollozó en silencio. Su
pecho se trizó cuan roca víctima de la sequía de milenios. El llanto le robó de a poco el
aire, se agolpó contra su garganta el grito desgarrador que nunca supo salir. Apretó a
Loreto en sus brazos y quiso fundirse con ella. Soltó la presión y se separó lo suficiente
para encararla. También lloraba, sus ojos pardos lo miraban largos y ahogados de
lágrimas. Tomó su rostro en las manos.
—Hablas como la futura reina de Bethmoora. Te amo, Loreto.
—Y yo a ti, Nuada.

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