Mª DEL CARMEN MÚRTULA

—Cada ser humano adulto es responsable de su destino actual y futuro. El hombre, y por supuesto la mujer, son seres inmortales; estamos hechos para la eternidad, por eso nuestro afán de liberarnos de las limitaciones físicas y temporales, pues en nuestro fuero interno luchamos por conquistar la libertad metafísica. Pero eso sólo se alcanza en plenitud con la muerte física.

 —Esto quiere decir que para ti la muerte es la liberación de las limitaciones humanas. ¿Entendido bien?

 —Perfectamente. Yo creo que estamos aquí de paso. Vamos haciendo el camino personal que nos ha sido encomendado a cada uno, para llegar a alcanzar la libertad plena al término de nuestro recorrido terreno. Sólo luego, al final de esta etapa existencial, seremos capaces de poseer en plenitud eso que tanto anhelamos en esta vida. Será entonces cuando, libres de toda atadura y limitación, veremos colmadas nuestras ansias de perfección.

—Y, ¿cómo saber dónde es el camino recto?

—Esto es una tarea personal de búsqueda. En el fondo, como te digo, nadie puede hacerlo por ti; se te puede ayudar, puedes ir cogiendo ideas de unos y otros, pero eres libre, y ese es el riesgo humano más interesante y a la vez más peligroso. Sólo la persona que se ejercita en profundizar en su existencia buceando hasta las raíces más profundas de su ser, da con ello. No se trata de hacer grandes indagaciones, son muchas las personas sencillas e ignorantes a los ojos de los sabios e intelectuales que descubren esta ciencia con simplicidad, porque esto no lo da la sabiduría humana, sino que es un don del corazón.

—Y, ¿cómo se llega a eso?

—Se trata de ponerte a mirar por dentro. Es una semilla que tenemos cada uno en nuestro interior y que sólo en el auténtico silencio puedes descubrirlo. Ya, el hecho de que tengas esas inquietudes y te interese hablar del tema, muestras que estás empezando a despertar esa semilla. Esto quiere decir que estás empezando a unir las piezas de tu vida interior. Pero debes tener constancia y paciencia. Es un programa para toda la vida, hasta llegar a donde quieres.

 —¿Sí? … Y ¿dónde dices que quiero ir?

 —Allí donde encontrarás el potencial de tu existencia, el potencial de esta vida espiritual que estás empezando a sentir, como si comenzaras a engendrar en tu interior un nuevo ser. ¿No intuyes que estás transformándote, que estás descubriendo en ti sensaciones hasta ahora desconocidas?

—Pues… La verdad… Nunca me pensé así la vida.

—Pero no me puedes negar que algo nuevo está brotando en ti. Que empiezas a preguntarte cosas que hasta ahora no se te habían ocurrido. Algo que te hace ver la vida con unas categorías nuevas, hasta ahora ignorabas.

—Esto es mirar la vida con otro sentido.

—Pues sí. Ya te he dicho que para nosotros esta vida no tiene la última palabra, es un caminar, más o menos acertados, más o menos convencidos, hacia una meta final. La auténtica vida, por la que vale la pena jugarse todo, está en la otra orilla, al final, después de la muerte.

—Todo esto tengo que estudiarlo. Nunca yo pienso así.

—Tal vez no estás tan lejos de entender como crees, pero si nunca te has parado a pensar en este tema, te sugiero que no lo dejes ignorado en tu interior, pues ahí está el sentido auténtico de la existencia humana.

—Yo pensé que con la muerte todo se acaba.

—¡Pobre de nosotros si no vivimos con la mirada más allá de la vida terrena!

—¿Por qué tienes esa certeza?

—Mira, aunque no creyera por la fe en la revelación, si te paras a pensar en el instinto de conservación, en los sueños de eternidad, si piensas que en este mundo es difícil la justicia… todo esto te hace vivir con la esperanza de un más allá donde celebremos eternamente nuestros anhelos.

—Entonces, ¿con la muerte todo no acaba?

—Si te refieres a la experiencia material, a este cuerpo de carne, tal cual es, sí que se acaba. Nuestro cuerpo nos permite movernos en esta vida, pero llegado al final de esta etapa habremos de dejarlo. La materia es necesaria para la existencia en este mundo de las formas, pero fuera de este entorno ya no sirve, por eso se transforma, como el gusano que se convierte en mariposa, deja su crisálida, pero es ella misma. La vida fluye como una sucesión de misteriosas transformaciones. Y en el fondo la vida y la muerte no son más que un proceso de mutación.

—Me parece que me estoy enterando.

—Me alegro de que vayas cogiendo la idea. Pues hemos de vivir con intensidad cada momento de nuestra existencia terrena, amando y disfrutando de todo lo que la vida nos pone en el camino sin temor de concluirlo, porque al final nos espera otra dimensión donde habremos transcendido las fronteras de nuestras limitaciones. Pero para los creyentes en el Señor, en ese nuevo estado nos convertimos en ciudadanos de pleno derecho de su Reino.

 —Sí, ya he oído sobre ese Reino. Dime ¿de qué reino habláis?

—Bueno esta lección te la contaré otro día.

Relato sacado de la novela “S.H. El Señor de la Historia”

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