ANDER MAIS

Capítulo 2

Todo Comenzó Con Un Topless

—Sí, la verdad es que lo estamos pasando muy bien. El pueblo es precioso y las playas una gozada. Ha sido todo un acierto elegir este sitio… Rocablanca del Mar es como un paraíso.

Natalia conversaba con su madre por teléfono, apoyada en el balcón de nuestra habitación de hotel, que daba a una zona con terrazas, en ese momento abarrotadas de gente. Acabábamos de llegar de la playa. Natalia, al entrar, se había quitado el pareo y el top que llevaba, y ahora estaba asomada a la ventana en bikini. Una escena terriblemente morbosa para mí. Me acerqué a ella y me coloqué a su espalda mientras continuaba hablando. Comencé a acariciar su espalda con deseo, mientras mis manos amenazaban con sobrepasarla y llegar a sus tetas, enfundadas en ese bikini negro. Mis labios se lanzaron a su cuello y luego a lamer la oreja que tenía libre, antes de descender una de mis manos a sobar su culo y a tantear morbosamente el bajarle la braguita del bikini.

—Venga, mamá… te dejo, que vamos a bajar a comer. Es… estoy famélica —se despidió Natalia de su madre, algo apurada, y retirándome la mano que ahora tenía agarrando una de sus tetas.

Colgó y se dio inmediatamente la vuelta, mirándome a los ojos y sonriendo pícaramente.

—¡Te quieres estar quieto!… Joder… ni hablando con mi madre me dejas un segundo en paz… —Natalia me abrazó, empujándome levemente hasta separarse un paso de la barandilla de la ventana.

Yo la empujé de nuevo, volviendo a pegarla al balcón, con su culo pegado a la barandilla. Desde la calle, cualquiera podría vernos. Y eso me ponía a cien.

—Me tienes cachondo perdido todos estos días. ¿Por qué hoy tampoco te atreviste a quedarte en topless? —le dije mientras sobaba su trasero y lanzaba ligeras miradas hacia las terrazas, comprobando si alguien estuviese mirando hacia nosotros.

—Joder, Luis… ya te dije que me muero de vergüenza. Con estas tetas que tengo se me van a quedar todos mirando.

—Claro, esa es la idea… —Separé las manos de su culo, las llevé a sus pechos y, raudo, sin darle tiempo a reaccionar, liberé sus tetas de la tela del bikini.

Natalia pegó un respingo y giró rápidamente su cabeza hacia la calle, para comprobar si alguien podría haberla visto con sus tetas al aire.

—¡Para… para… Luis! que me muero de vergüenza… Nos van a ver.

—De momento, no, que estas de espaldas, pero… ¿y si te giro?… —Amenacé con darle la vuelta y girarla de cara al balcón.

—NO, NO, NO… ¡para, estás loco! —replicó Natalia, separándose de mí, al ver que yo ahora amenazaba también con bajarle las braguitas y dejarla con el culo al descubierto.

—Je, je, je, je… —reí al verla apurada volviendo a guardarse los pechos y recolocarse la braguita—. ¿No te ha dado un morbo tremendo? A mí sí, buffff —le dije mientras le mostraba el bulto que deformaba mis bermudas, aun algo mojadas al venir directamente de la playa.

—Estás fatal… —dijo ella.

—Venga, prométeme que mañana por fin lo vas hacer —insistí yo.

—¿El qué? —preguntó ella con sarcasmo en su voz.

—El topless… Llevamos ya tres días aquí y aun no lo has hecho. Y me lo prometiste antes de venir, ¿recuerdas?

—Sí, cariño, a ver mañana —asintió mientras caminaba en dirección al baño.

—¡Júramelo!

—Venga, pesado… mañana ya veremos. Si no me agobias, a lo mejor podemos hacer más cosillas de las que hablamos…

—Vale… —asentí.

Natalia cerró la puerta del lavabo y encendió la ducha. Yo me asomé de nuevo al balcón y divisé como un grupo de tres hombres no perdían ojo de nuestra ventana. Seguro que algo habían visto. Sonreí para mí sin hacerles aprecio y me metí en la habitación.

Salimos a comer y luego nos pasamos la tarde haciendo una agotadora ruta turística que bordeaba la costa. A la noche, cansados, nos fuimos a la cama, esperanzado yo de que al día siguiente por fin se dignase a darme ese capricho que tanto anhelaba: que hiciese topless en la playa.

Entonces, al día siguiente, me levanté decidido a que aquel día tendría que cumplir sí o sí mi deseo. No podía irme de aquel pueblo de vacaciones sin probar el morbo de ver a mi chica luciendo sus enormes y preciosos pechos bajo el sol.

Pensando que quizás en una playa más pequeña y no muy concurrida tuviese hoy más suerte. Le propuse a Natalia irnos hacia una pequeña cala que habíamos visto el día anterior realizando la ruta costera. Llegamos, y plantamos nuestras cosas situándonos a un extremo de esa playita.

Allí, a nuestro lado, como a unos cinco o seis metros, se encontraba otra pareja; eran un poco mayores que nosotros, de unos cuarenta y pico años. A su vez, por la cala, paseaba más gente de vez en cuando junto a nosotros y, también, en frente nuestro pero algo más alejados, había un grupo de varios jóvenes jugando con un balón y bañándose. El sitio me pareció ideal, era tranquilo y discreto, pero a la vez, había la suficiente gente como para que los pechos de mi novia no pasasen desapercibidos.

Cuando llevábamos ya un rato en la toalla, empecé a mirar a Natalia fijamente, como esperando que por fin se atreviese a quitarse esa ansiada parte de arriba del biquini.

Ella, al notar claramente que de nuevo ese era mi deseo, me comentó con timidez:

—Bufff… es qué… ¿No sé, Luis? Aún me da algo de vergüenza. No me atrevo… Puff, qué va.

—¡Venga, cariño! que no pasa nada. Ya verás… te sentirás mejor, de verdad… ¡Prueba, hazme caso! —insistí.

Viendo que no se decidía, entendí que tenía que tomar yo la iniciativa de una vez por todas: me levanté y me puse de rodillas tras ella.

—Cariño, voy a echarte crema —le dije mientras sacaba un bote del interior de su mochila.

Acto seguido, se la empecé a untar por los hombros despacio, con delicadeza, sin dejar de mirar con disimulo a todo alrededor. Luego, le desaté el sujetador del biquini para continuar por toda su espalda.

Ella, al verme hacerle eso, instintivamente se colocó rápido sus dos manos sobre los pechos, evitando así que el biquini se le cayese y dejarlos a la vista. Yo, al ver cómo aún se resistía a enseñarlos, decidí meter mis manos bajo las suyas para intentar untarle sus pezones con la crema…. A ver si de una vez conseguía liberarlos.

Pero aún no había forma, ella continúo reacia a querer retirar sus manos.

Volví a observar a los lados, y vi cómo el hombre de al lado miraba hacia nosotros de reojo, mientras su mujer tomaba el sol distraída; parecía darle morbo observar cómo yo le frotaba las tetas a mi chica. Seguro estaría aguardando ansioso el momento en que ella se quedase por fin en topless. Podía sentir en sus ojos la intriga por ver cómo serían aquellas tetas libres, fuera del sujetador…

Entonces, decidí que ese era el momento ideal. Con mis manos, hice un intento de apartar las suyas y liberar de una vez por todas sus pechos. Y ella, por fin, no ofreció resistencia. Sus grandes y preciosos pechosquedaron al descubierto completamente.

Miré de nuevo a mi izquierda, hacia ese tío, y vi cómo no había perdido detalle de toda la situación. Al poder divisar por fin libres los “melones” de mi chica, noté claramente su cara de asombro, y vi cómo apartaba su cabeza al instante, disimulando. ¡Le había pillado!

Sentí una enorme y repentina excitación con esto. Por fin tenía a mi chica allí, con sus tetas luciendo libres, como hacía meses que me había propuesto conseguir. El morbo del momento para mí era increíble. Era la primera vez que veía a alguien, ante mis ojos, observar las tetas desnudas de mi novia.

Con expectación, me tumbé tranquilo en la toalla a disfrutar de esta nueva escena que se me planteaba: el tío de al lado no paraba de pegar miraditas de reojo en cuanto notaba que su mujer estaba despistada; los chicos que teníamos jugando en frente, tampoco tardaron mucho en descubrir el panorama; vi como uno de ellos le decía a otro que mirase hacia donde nosotros, y luego vi la sonrisa de éste al observar a mi chica en topless.

Después de unos cuantos minutos más así, y al poder comprobar cómo ya casi todos aquellos chicos se fijaban en mi novia, e incluso que se lo comentaban entre ellos casi de forma descarada, decidí dar un paso más y sugerirle a mi chica:

—Natalia, ¿vamos un poco hasta el agua? Me apetece un baño.

—A mí también, pero… ¿asííí?… ¡¡Ufff!! Es qué… así, aún me da algo de corte —respondió miedosa.

—¡Venga tonta!, que no va a pasar nada —insistí, guiñándole un ojo.

Entonces, ella miró a ambos lados, y también se dio cuenta cómo el hombre que teníamos a nuestra izquierda la miraba de forma bastante descarada. Ahora estaba solo, supuse que su mujer se habría levantado en busca de algo.

—Oye, ese tío me anda mirando mucho… —me susurró al oído, con disimulo, mientras nos íbamos ya levantando—. No me quita ojo. Mira con qué cara de salido me mira…

—Claro… le molaran tus tetas. Es normal… Tú tranquila. Tómatelo con naturalidad. ¡Estamos en una playa, cariño! —contesté, queriendo restarle importancia a aquello y tranquilizándola un poco.

—Ya… bueno.

Al caminar cinco o seis pasos más hacia el agua, miré hacia atrás, como haciendo una pequeña comprobación de si quedarían seguras nuestras cosas, y pude ver otra vez la cara del tío observándola. Su mirada la noté de lujuria, como si dijese con sus ojos: “¡Qué tetazas tiene esa!”, y vi que parecía ojear cómo al caminar se le metía el biquini entre las nalgas. Al instante, se lo aparté un poco con mis manos para que pudiese comprobar que le había pillado mirándola.

¡Qué morbazo me estaba dando todo aquello!

El paseo hasta el agua fue genial. Ver sus tetas moviéndose al sol, a la vista de todos, me excitó como nunca. Mi polla iba dando cuenta de ello y amenazaba con despertarse del todo. Tenía que meterme pronto al agua.

Para exhibir mejor a mi novia, intenté llevarla a que pasase por delante de donde estaban jugando aquellos chicos, pero ella, vivamente, fue caminando hacia el lado opuesto esquivándolos.

Ya en la orilla, entre los dos, esos típicos amagos de: “¡Ay, qué fría está el agua!”, y todo eso… Y así, nos fuimos metiendo en el mar poco a poco…

Ya dentro, comencé a cachondear un poco con ella para provocarla y hacer que se soltase un poco:

—¡Mira cómo se te van a mojar las tetas!… ¡Vas a poner cachondo a media playa! —le dije con maldad.

Con mis bromas pareció ir encontrándose algo más cómoda; puso una tímida sonrisa y se abrazó a mí dándome un morreo. Entre risa y risa, seguimos un rato allí: que si besitos, abrazos, jugando a salpicarnos con el agua… Esto último lo hacía sobretodo para ver sus tetas botar al saltar.

Me lo estaba pasando genial. Tener a mi chica allí, en el agua, con sus tetazas al aire frente a aquellos desconocidos, me hacía morirme del morbo de que todos los presentes pudiesen llegar a vérselas. Eso para mí era algo que en aquel instante no podía explicar… pero me superaba; no lo podía evitar; era una sensación nueva y excitante que empezaba a descubrir que me encantaba.

En esto, me fui dando cuenta cómo dos de los chicos que jugaban con aquel balón se iban acercando disimuladamente hacia nosotros. Natalia, al quedar de espaldas a ellos, en un principio no se percató de su presencia. Así, que eso yo lo aproveché para hacerme un poco el despistado y ver lo qué podrían llegar a hacer o a decir ellos.

Poco a poco, fueron avanzando discretos, y casi llegaron a nuestro lado. En ese preciso instante, repentinamente, Natalia se tuvo que girar en una ola y, por unos leves segundos, se quedó frente a ellos, casi pegada al más alto de los dos. Pude ver perfectamente los ojos de aquellos dos chavales clavados en sus tetas…

Natalia, al notar su presencia, se giró hacia mí de un pequeño salto, hasta darme un fuerte abrazo, aplastando sus pechos contra mi torso, ocultándolos así de sus miradas.

Yo seguí haciéndome el despistado con esos chicos, que aún seguían cerca, y así pude notar como el más alto hacía un gesto con las manos y una mueca con su cara, como diciéndole al otro: “¡Bufff, qué tetorras tiene ésa!”.Su amigo, a su vez, hizo otro gesto, como si recrease agarrárselas con sus manos, mientras entendí que decía: “¡Qué pena que esté su novio ahí!”.

A mí, oír y ver esto, lejos de enfadarme, imbuido en el ambiente de agitación del momento, me dio un morbazo brutal. Ver a aquellos dos completos desconocidos hacer todos esos gestos al contemplar los pechos desnudos de mi chica, provocó en mí un nivel de excitación y morbo hasta ahora no conocido por mí. Sentí un enorme cosquilleo en mi vientre y en mi polla. Era algo indescriptible y novedoso a la vez. Decidí que tenía que intentar que mi chica se quedase sola en el agua, aunque fuese un pequeño ratito, unos breves instantes; necesitaba descubrir qué más harían aquellos chicos, hasta dónde se atreverían estando ella sola. ¿Serían capaces de entrarle?

Me alejé con ella un poco, hasta quedar unos metros separados de ellos. Allí nos volvimos a besar, y aproveché ese momento a solas para decirle cuanto la quería y lo feliz que me hacia verla así, tan preciosa y suelta luciendo sus pechos sin pudor alguno. Ella me sonrió, me dio otro abrazo, y así volví a provechar para comentarle:

—Cariño, voy a salir de vuelta a la toalla. Tú quédate aquí un rato más, porfa.

—¡¡Nooo!! ¿Cómo voy a quedarme ahora sola aquí?… ¿así? ¡¡No!! Si tú te vas… vuelvo contigo —exclamó con vergüenza, mirando hacia sus pechos desnudos, y girando la cabeza para comprobar por dónde se encontrarían ahora aquellos chicos, que seguían mirándola de reojo, aunque desde mayor distancia que antes.

—No va a pasar nada, amor… Ya lo verás. Sólo tengo la pequeña ilusión de verte desde la toalla, cómo sales del agua y te acercas hacia mí así, en topless. ¡Venga… dame este caprichito! Estamos de vacaciones y aquí nadie nos conoce. Va a ser divertido, ya verás —la animé de nuevo, poniendo esa cara de chico bueno que tanto éxito me solía dar casi siempre con ella.

Ella, aunque con dudas, accedió. Miró a ambos lados, y al ver que en ese momento los chicos no andaban demasiado cerca, comenzó a nadar mientras yo iba saliendo del agua.

Durante el trayecto por la arena, de vuelta hacia la toalla, no miré atrás para comprobar qué hacía.

Al llegar, descubrí que la pareja que antes teníamos al lado ya no estaba. Ahora, en el sitio que éstos ocupaban, había otro grupo de tres parejas mucho más mayores que nosotros: les echaría en torno a los sesenta años. Me senté en la toalla y miré hacia donde se había quedado mi chica…

Seguía bañándose y, cómo me imaginaba, aquellos dos chicos de antes estaban nuevamente cerca de ella. Sólo que, ahora, estaban acompañados de un tercero: un chaval moreno y con buen cuerpo de más o menos mi edad. Desde la distancia en que me encontraba no distinguía bien sus rostros, pero estaba claro que habían aprovechado que mi novia se había quedado sola para mirarla con más descaro aun. El morbo volvió a excitarme…

El chico éste, se acercó ya descaradamente al lado de mi novia, y comenzó a nadar junto a ella, haciendo ostentosos gestos, como intentando así llamar su atención y la de sus propios amigos. Yo ahí, creí que Natalia se vendría ya, incomodada por aquello. Pero, ante mi asombro, no lo hizo, sino que siguió bañándose un rato más, hasta que, en un momento dado, cuando ya parecía que se preparaba para salir del agua, vi como ese chico se dirigía a ella y comenzaba así una pequeña charla entre ellos.

Para mi sorpresa, Natalia le siguió la conversación. Yo siempre la había tenido por una chica muy cortada y poco abierta con desconocidos. Después de unos instantes de diálogo, justo antes de regresar, la vi hacer gestos con el brazo señalando hacia donde yo estaba. Seguidamente, se dieron una ligera palmadita en el hombro, de despedida, y ella se fue saliendo.

El trayecto que hizo hasta llegar a mí fue genial. ¡Qué fabuloso fue ver su pelo y tetas mojadas saliendo del agua y botando al caminar hacia mí!

Nada más llegar, le pregunté:

—¿Qué tal cariño? ¿Te gustó el baño?

—Sí, pero me has dejado sola ─respondió de forma tímida y cohibida.

—Bueno… viste que no pasó nada.

—Ya… Pero se me quedan los tíos mirando y me ponen muy nerviosa.

—Ya, sí… lo he visto. ¿Qué te comentaba el chico con el que hablabas? —pregunté con intriga.

Se puso de nuevo un poco cortada, y con una media sonrisa, aunque algo pícara, me contestó:

—Nada… Me dijo que me parecía a una amiga suya, y que me había confundido con ella. Después, me preguntó si veraneaba por aquí y con quién estaba… Eso simplemente.

—Ya… —dije con pillería—. Qué forma más sutil para entrarte directamente, ¿no? Seguro que le gustaste y querría ligar contigo. ¿A que sí?

—No sé… Qué va… Le dije que estaba aquí con mi novio —comentó, al segundo, como queriendo restarle importancia a la conversación que acababa de tener con aquel desconocido—. Si te ibas a poner celoso con todo esto, ¿para qué coño me pides que me quede sola y en topless?

—No, no me pongo celoso… Para nada —intercedí sonriente—. Era sólo un comentario. Me está gustando verte así. Ya te dije que iba a estar bien esto del topless. Me divierto mucho mirando cómo los tíos no pueden evitar mirarte hacia estas tetas que tienes —añadí, mientras la veía cómo se secaba sus pesados pechos, y cómo estos se bamboleaban sensualmente hacia ambos lados. Luego, estiró su toalla de nuevo en la arena y se volvió a sentar a mi lado.

Seguimos allí un rato más… Era genial ver cómo le brillaban sus tetas bajo el sol, y lo preciosa que estaba con su pelo mojado cayendo sobre sus hombros. Por momentos, podía notar cómo la miraban también los hombres del nuevo grupo que teníamos al lado y, por veces, incluso con bastante descaro.

Aún no era muy tarde, pero al cabo de un rato más, decidimos regresar ya al hotel. Notábamos, por sus tensas miradas, cómo a las mujeres de aquellos hombres no les hacia mucha gracia que a éstos se les fuese a cada poco la vista hacia los pechos de mi chica.

Llegamos al hotel, y cuando subimos a la habitación, nada mas entrar, Natalia se comenzó a desnudar para darse una ducha. Habíamos planeado salir a dar una vuelta, cenar, y luego tomarnos unas copas por ahí. Mientras se desnudaba, no pude evitar volver a recordar lo vivido hacía un rato en la playa. Al verla otra vez sin ropa, volví a recordar cómo la miraban allí los tíos y un enorme calentón me inundó. Decidí entrar tras ella al baño para observarla mientras se duchaba. Era algo que hacía muchas veces. Era siempre un placer verla frotarse sus tetas con el jabón, y recrearse en cómo descendía el agua por todo su cuerpo.

Mientras lo hacía, me la imaginé de nuevo en el mar, con todos mirándola y admirando su cuerpo. Así, con todo ésto aún metido en mi cabeza, no lo pude evitar, y me saqué la polla para masturbarme frente a ella.

Natalia al verme con mi pene casi erecto en la mano, me miró con picardía y comenzó a provocarme, frotándose sensualmente sus dos tetas con el jabón mientras observaba mi polla y se mordía los labios.

Yo sabía que, con esta forma de actuar, me estaba insinuando que estaba cachonda… Me acerqué hacia ella.

Rápido, se agachó para comenzar a mamármela…

Yo estaba ya cómouna moto y tenía mi polla durísima. Comenzó a chupar con unas ansias como pocas veces la había visto hasta aquel día. Aunque, abiertamente ella no lo dijese, viéndola de ese modo tan lanzado, empecé a pensar que, lo de notar cómo la miraban en la playa, a ella también la había excitado. Quizás habíamos descubierto un libido mutuo en todo aquello.

Yo, en ese momento, y cada vez más y más excitado, mientras sentía mi pene deslizarse suavemente entre sus labios, su lengua y su saliva, la comencé a visualizar de nuevo en la playa, entre las rocas, así agachada como estaba y con las tetas colgando… Pero esta vez me imaginé que, en vez de a mí, pudiese estar mamándosela a algún chico de aquellos con los que coincidió en la playa… o a todos a la vez. Una fantasía nueva y extraña, pero que me excitó hasta el extremo.

Al segundo, con esa idea rondando mi mente, no pude evitar correrme como un loco, echándole toda mi leche sobre las tetas.

Nunca me había ocurrido hasta ahora, al menos, de aquella forma tan clara, pero me excitó de una forma tremenda imaginarla chupándosela a otro. ¿Qué coño me estaba pasando? ¿Me estaba convirtiendo en un degenerado? ¿Acaso ya no amaba a Natalia como al principio?… Tampoco que le quise dar mayor importancia. Aquello sería fruto de un momentáneo calentón tonto de verano, seguro provocado por haberla visto rodeada de tíos que la devoraban con la mirada.

—Ufff… Sí que estabas cachondo, ¿eh? —comentó ella, sacándome de mis pensamientos, mientras se intentaba quitar los restos de corrida de sus pechos.

—Sí, cariño… Es que, verte hoy haciendo topless en la playa, me ha excitado que… ¡buffff! —bufé dándole muestra de mi calentura—, no te lo puedes ni imaginar. ¿A ti te gustó? —añadí, observándola cómo se limpiaba.

—Bueno… de primeras, creí que me daría mucho más corte. Pero al final no fue para tanto, no… No estuvo tan mal. Supongo que al notar que a ti te gustaba verme así, enseguida me solté y se me fue yendo la vergüenza… un poquillo —respondió, mientras salía de la ducha y cogía otra toalla para enroscarse en ella.

Seguidamente, y sin dejar de mirar fijamente cómo se secaba, le comenté:

—Mi amor… ahora, para salir a cenar, ¿podrías ponerte la blusa morada esa tan escotada y los leggings negros que te has traído? Me encantaría verte con ese conjunto hoy.

—¡Ufff!… No sé, cariño. ¿No será demasiado para salir de cana? ¿No pareceré un zorrón? Mira que esa blusa tiene un escote tremendo —replicó ella, con cara dubitativa.

—No, cariño… ¡Qué dices! No pasa nada. Además, estamos en verano y nadie se escandaliza por ver un buen escote. Ademas, me prometiste que en estas vacaciones te lo ibas a poner —le recordé, poniendo de nuevo una entrañable cara de niño bueno.

—Vale… Joder —sonrío alegre—. Al final siempre consigues de mí lo que te propones, ¿eh? —dijo mientras sacaba un tanga de un pequeño neceser.

Salió del baño a por la ropa y volvió a entrar al instante a prepararse. Yo la esperé fuera a que terminase; quería llevarme la sorpresa de verla aparecer ya completamente arreglada.

Como quince minutos después, se abrió la puerta del baño y salió… Al contemplarla, me quedé alucinado; estaba imponente con aquel modelito; que junto al maquillaje; el peinado y los zapatos de tacón que llevaba, parecía que salía en busca de “acción” descaradamente.

—¿Voy bien, vida? ¿Qué te parece? —me preguntó, mientras se recolocaba la blusa intentando infructuosamente subirse un poco más su vertiginoso escote.

—Sí, amor, no te preocupes, que no enseñas tanto —le dije, mintiéndole para tranquilizarla un poco, pues llevaba un escote que no mucho dejaba a la imaginación. Mostraba casi la mitad de sus pechos y, en cada movimiento que hacía, el peso de éstos hacía que se bamboleasen de una forma tremenda. Las miradas que iba a atraer aquella noche no iban a ser pocas.

—Me veo guapa, pero… ¡pufffs!…—resopló mientras daba pequeñas vueltas mirándose al espejo—, espero no sentirme muy incomoda si me miran demasiado con este escotazo.

Al rato, salimos…

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