GAMBITO DANÉS

MAILS

Carlos se levantó con el pie entumecido. Hacía solo diez días de la operación y aún sentía la hinchazón y los molestos puntos. Renqueante, llegó a la cocina y se tomó el protector gástrico. Se preparó un bol con leche y cereales, agarró un par de calmantes y se instaló como pudo en su despacho frente al ordenador. No tenía pensado trabajar, iba a apurar la baja laboral hasta el último momento. Entró en la cuenta de correo que tenía vinculada a su álter ego, la que usaba para publicar relatos eróticos en una conocida web.

Recibidos

  • Ferrereta—–Soy Melisa en La Red.
  • Yolanda—–Hola, soy usuaria de RedDerelatos, me encanta lo que…
  • FollaMadres—–Tío, adoro tus relatos. Son tan oscuros. Una aut…

ü  MeEmpalmo—–Eres la polla amigo, menudas pajas me hago co…

ü  Amanda—–Hola cielo, ¿te cansaste ya de mí?

Examinando el buzón de entrada vio que tenía, junto a los del día anterior, tres mails nuevos. Normalmente con leerse el pequeño resumen que salía al lado del Nick ya sabía por dónde iban los tiros, pero esa mañana se sorprendió al ver que tenía un mensaje de una de sus autoras favoritas de la página. Melisa no era solo una escritora excepcional, sino también todo un misterio, con los datos de su perfil ocultos para todo el mundo. Lo abrió emocionado:

De: Ferrereta@Ferrereta.net

Para: GambitoDeRey@RedDeRelatos.net

Asunto: Soy Melisa en La Red.

Querido Gambito,

Después de pensármelo mucho me he decidido a escribirte. Es algo que no suelo hacer, nunca tengo contacto con nadie que tenga que ver con la página, pero en este caso algo me decía que debía escribirte. Lo cierto es que me siento completamente atrapada por tus escritos. Tan oscuros. Tan profundos y verosímiles. Eres capaz de excitar con las tramas más depravadas, y eso me gusta a la vez que me asusta. No he podido resistirme a decírtelo, necesitaba saber quién se esconde detrás de ellos.

Espero que no te moleste.

Carlos se sintió emocionado. No pasaba por una buera racha, pero aquellas líneas, directas y concisas, le habían animado el día. Estaba acostumbrado a recibir mails. La mayoría obscenos, raros o simplemente aburridos. Pero ella era diferente. Era un misterio. Su misterio. Le contestó casi por instinto:

De: GambitoDeRey@RedDeRelatos.net

Para: Ferrereta@Ferrereta.net

Asunto: Soy Carlos.

Querida Melisa,

Nunca pensé que recibiría un mail tuyo. Son muchas las veces que me he intentado imaginar quién eres. Por supuesto te imagino atractiva, de unos treinta años, sensual e inteligente. Lo último, leyéndote, queda más que demostrado. De mí, pocas cosas emocionantes te puedo contar. Abogado mediocre, vulgar escritor aficionado y notable jugador de ajedrez. Tengo treinta y siete años, vivo en Barcelona y me acabo de separar hace algunos meses. Mis relatos son oscuros porque intento no reprimirme. Soy de los que opina que cada ser humano es complejo, único y lleno de secretos interiores. Escribir me libera de mis demonios, le pese a quien le pese.

¿Qué más te gustaría saber? Por cierto, a mí también me gustaría conocerte un poquito mejor.

Sin otro particular, espero tu respuesta.

PD: No le temas a la oscuridad.

En cuanto le dio a enviar se arrepintió. Qué mail tan vacío, tan simple. ¿Sin otro particular? Tantos años en el bufete lo habían convertido en un robot, en un aburrido vendedor de enciclopedias a domicilio. Se sintió insignificante, absurdo, un auténtico perdedor. El resto del día se lo pasó descansando, tomando pastillas para el dolor, vagueando y, por supuesto, actualizando el correo compulsivamente para ver si Melisa contestaba. No lo hizo hasta pasada las once de la noche:

De: Ferrereta@Ferrereta.net

Para: GambitoDeRey@RedDeRelatos.net

Asunto: Soy Melisa en La Red.

Querido Gambito,

No me siento muy cómoda hablando de mí, pero soy consciente de que si pido, algo debo dar. Empezaré por decirte que soy mucho mayor que tú, siento decepcionarte. Nueve años mayor, para ser exactos. Estoy casada, sin hijos, y de momento prefiero no decirte dónde vivo. Trabajo en…en fin, en ningún sitio interesante, puedes creerme. Yo escribo para fantasear con todo lo que no me atrevo a hacer en mi vida normal, que son muchas cosas. Espero que tengas suficiente con esta información. Ya que me invitas a preguntarte más, me gustaría saber si todas tus historias son ficción o se basan en algo real.

Un saludo.

Carlos no quería contestar al momento. Pensó en dejarlo para mañana, así se haría el interesante. O quizás tardar un par de días, como si no tuviera todo el tiempo del mundo. Pero no se pudo reprimir:

De: GambitoDeRey@RedDeRelatos.net

Para: Ferrereta@Ferrereta.net

Asunto: Soy Carlos.

Querida Melisa,

Todas las historias son inventadas. De hecho, verás que la mayoría son de amor filial, de madres e hijos, hermanos y hermanas…pues bien. Lo cierto es que soy huérfano de madre y no tengo hermanas. Sí es cierto que tuve, digamos, algo con una prima hermana, pero eso ya sería mucho contar. No creo que sea el momento, y menos después de la poca información con la que me has obsequiado.

Do ut des querida, que sería la manera correcta de expresar el mal llamado quid pro quo.

Después de enviar este segundo mail se sintió algo más satisfecho. Había comenzado un juego en tiempo record y, aunque era posible que su interlocutora no recogiera el guante, por lo menos se iba a la cama con cierta ilusión.

CHAT

En la semana siguiente Melisa y Carlos se cogieron algo de confianza. Intercambiaron más de una docena de mails. Hablaron de la web, de escribir, de sus aficiones, de todo y de nada. El abogado empezaba a impacientarse y, envalentonado y harto de las esperas la citó en un chat de ajedrez. No pensaban medir sus intelectos en el tablero, pero sí aprovecharían la intimidad del chat para conversar de manera más fluida, sin las molestas esperas entre un correo y otro. Contra todo pronóstico, Melisa aceptó. Carlos fue puntual a la cita. Frente al PC, creyó que le darían plantón, pero ella solo se retrasó diez minutos.

Melisa: Perdona la espera, justo mi ordenador ha decidido actualizarse esta mañana L

Carlos: No pasa nada, acabo de llegar.

Melisa: ¿Y bien? No me veía capaz de hacer algo así.

Carlos: Jajajajaja, pero si es un sitio totalmente anónimo.

Melisa: Sí…

Melisa tardaba en responder, lo que inquietó a Carlos. No quería que se sintiera incómoda. Con ella sentía que debía ir siempre con pies de plomo. Un paso hacia adelante y dos para atrás.

Carlos: Me alegro de que hayas venido.

Melisa: J

Carlos: ¿De dónde eres, Melisa?

Melisa: Adivina.

Carlos: ¿Si lo adivino juras decirme la verdad?

Otra espera incómoda.

Melisa: Juro decirte siempre la verdad si tú haces lo mismo.

Carlos: ¡Hecho! ¿Cuántas oportunidades me das?

Melisa: Una.

Carlos: Buff, ¿una? Ni siquiera estoy seguro del continente…

Melisa: Va, dos.

Carlos: De acuerdo, ¿alguna pista?

Carlos: No, da igual, la verdad es que he estado pensándolo mucho. Leyendo tus relatos, tu conocimiento del mar, alguna que otra expresión, y tu mail…a ver…tu mail ha sido clave. Ferrereta no existe, pero el ferreret es un anfibio de Mallorca por lo visto. Así que diré, en primera opción, Mallorca. ¡Mallorca!

Melisa: ¡Jo-der! Pues sí. Me tienes con los ojos bien abiertos pequeño Holmes.

Carlos: Jajajaja. ¡Mini-punto y punto para el equipo de los chicos!

Melisa: Me toca. ¿Dijiste que estás separado? Cuéntame un poco.

Carlos: Nada muy original, nueve años de noviazgo, sin casarnos, sin hijos, sin ilusión, sin aguantarnos y, por supuesto, sin sexo. Al final cualquier cosa me ponía más que ella y a ella creo que nunca le gusté, directamente. Era una frígida.

Melisa: Noto resentimiento, pequeño saltamontes.

Carlos: Ni te imaginas. ¿Y tú? ¿Qué tal con tu marido?

Melisa: Un buen hombre.

Carlos: Suena aburrido.

Melisa: Suena a una vida normal, que es lo que es.

Carlos: Lo normal es aburrido

Melisa: Lo emocionante es ficción, a no ser que seas Lord Byron.

Carlos: Eso es una decisión nuestra, la vida puede tener mucho picante.

Melisa: ¿Sí? Cuéntame un poco de tu picante.

Carlos: Ya te dije que estaba recién operado, ahora mismo llevo una vida monacal. Soy un Cartujo casi. No siempre fui así.

Carlos: ¿Melisa?

Melisa: Cuéntame la historia con tu prima.

Carlos: ¡Ja! Lo llevas claro. Te saco las palabras con calzador y pretendes que te relate la historia más perversa de mi vida. No es no, señorita Melisa.

Melisa: Sí, y un plato es un plato y… ¿cómo era? En fin, pues no me lo cuentes.

Carlos: ¡Sucia! Es como si te conociera de toda la vida. Te lo cambio.

Melisa: ¿Qué quieres a cambio? Solo tienes una posibilidad, o acepto o me voy.

A Carlos le pareció que empezaba a estar juguetona.

Carlos: Una foto. Una foto normal, nada erótico ni sugerente. Una foto y te contaré, a modo de relato, toda la historia con mi prima. Escribiré solo para ti.

Melisa: De acuerdo, ya puedes empezar a escribir, la recibirás en breve.

Carlos: No vale engañar.

Melisa: Te he dicho que siempre será la verdad, tan cierto como que me tengo que ir ya. Que pases un buen día, Colombo. Auf widersehen.

FOTO y RELATO

Fue una mala noche. Llevaba días descansando menos de lo recomendado y el maltrecho pie se había resentido, convirtiéndose en un singular pez globo. Carlos maldijo sus pequeñas aventuras caseras, las carreras de la cama al ordenador por culpa de su nueva amiga. Se levantó pronto, cansado y con el estómago revuelto. El protector gástrico ya no le hacía efecto y los calmantes comenzaban a destrozarle el estómago. Abrió el correo electrónico y vio que tenía un mail de Melisa, el clip al lado del asunto, indicando un archivo agregado, le aceleró el corazón.

«No me digas que me has enviado por fin la foto…», pensó Carlos.

La abrió con la ansiedad de un niño la mañana de Reyes. Por un momento el habitual reloj de arena le puso el corazón en un puño, temiendo que no la pudiera ver. Finalmente, en un acto heroico de su arcaico portátil, se abrió a pantalla completa.

Se encontró con una mujer rubia, con la cara algo tapada por la larga melena y el viento, asomando lo que parecían ser unos ojos azul oceánicos. De rasgos fuertes, con carácter, vikingos, atractivos. Parecía ser muy alta, aunque era difícil de saber sin tener un referente. Estaba en la playa, vestida con una camiseta corta de color turquesa y un pantalón corto de fina tela. Piernas largas, trabajadas, rotundas y probablemente poco pecho. Proporcionada sin ser especialmente delgada.

Le gustó lo que vio y así se lo hizo saber la congoja de su entrepierna, que reaccionó casi al momento a pesar del cansancio, la medicación y los dolores. La estudió como si se tratara de un examen de selectividad.

«Melisa, Melisa…así que esta eres tú».

Decidió que no había mejor contestación que pagar con su parte del trato y abrió un Word dispuesto a relatar. Era un escritor impulsivo. Poco reflexivo y nada amigo de revisar sus escritos. Vomitaba palabra tras palabra como si se tratase de un exorcismo.

Verano con mi prima

Mi prima Cecilia y yo éramos más que primos. Ella es la hija de mi tía por parte materna. Nació tan solo seis meses antes que yo, pero con algo más de suerte, ya que mi madre murió en mi parto. Después de la tragedia, sus padres, se unieron aún más a mi padre. Ayudándole siempre en todo lo que necesitase. Podemos decir que, prácticamente, nos criamos juntos. Nos quisimos desde el primer día que tengo uso de razón hasta el mismísimo día de hoy. Como primos, como hermanos, como amigos, confidentes, familia…

Todo iba bien, o por lo menos lo mejor que le podía ir a un medio huérfano, hasta que las hormonas envenenaron nuestras mentes. O quizás debería decir MÍ mente.

Veraneábamos siempre en la Costa Brava, alquilando durante muchos años la misma casa en un precioso pueblo llamado Llafranc. Mis tíos, mi padre, a veces alguna de sus fugaces parejas y ella, Cecilia. Dicen que cuando creces con un familiar despierta en ti una especie de protección. Algo que hace que no lo puedas ver como un mero pedazo de carne, que inhibe lo sexual. Así fue durante muchos años, hasta que ambos cumplimos diecisiete.

Cecilia creció tarde. Tardó en hacerse mujer. Mis tíos la llevaron a varios especialistas, pero nunca encontraban nada congénito que fuera preocupante. Paciencia, era la palabra que más escuchábamos. Menstruó con dieciséis años, y con la sangre vino un cambio físico radical, extremo. De niña a mujer. De plana a voluptuosa. Lo infantil dejaba paso a un cuerpo adulto y generoso, de curvas vertiginosas que acompañaban a su siempre preciosa cara. El verano siguiente lo cambió todo.

Las rutinas eran las mismas de cada año. Buceo, playa, sol, excursiones, paellas…lo que había cambiado era mi mirada. ¡Dios! No podía alejar mis ojos de su nuevo cuerpo. Con sus enormes pechos y sus nalgas libidinosamente redondeadas. Es morena de piel, incluso antes de tomar el sol. De cabello rizado azabache. No sé la talla de sujetador, pero puedo afirmar que todos los bikinis parecían irle pequeños. Fueron muchos los momentos en los que me excitaba con tan solo verla pasar, disimulando como podía la erección bajo el bañador.

Una mañana nos fuimos todos a una cala de Begur. Mientras los mayores tomaban el sol, Cecilia y yo fuimos bordeando la costa a nado. Descansando en otras calas y buceando a pulmón por las abundantes rocas. A ella le encantaba, pero nunca le había perdido el respeto al mar. Solía estar siempre muy cerca de mí, teniendo incluso que animarla en algunas ocasiones a seguir con nuestra improvisada ruta. Le agarraba de la mano para que se sintiera segura, le empujaba suavemente de las lumbares o la sujetaba por la cintura. Pronto apareció en escena una aleta, pero no era la de una tintorera, sino el tremendo bulto en erupción de mi bañador. Recuerdo como si fuera ayer aquel bikini naranja, ceñido, donde el frío marcaba sus pezones como pinchos. Jugueteando en el agua, ayudándole a sumergirse, mis manos fueron eligiendo nuevas partes de su anatomía. Ya no la empujaba de la espalda o la pierna, sino que incrustaba mi mano, disimuladamente, en sus glúteos. Buceando juntos en vez de agarrarle de la mano cruzaba mi brazo su espalda y la agarraba del lateral del pecho. Estaba a punto de explotar.

Flotando en una parte algo profunda, la vi tiritar de frío. La llevé hasta una parte menos profunda y, de pie sobre una roca, la abracé para que entrara en calor, rodeándola con mis brazos desde detrás. Mi miembro se empotró contra su respingón trasero por debajo del agua, separados solo por la tela de los trajes de baño. Parecía estar vivo, como una anguila que se siente descubierta e intenta alejarse escabulléndose entre las rocas. Su cuerpo frío contrastaba con el mío cada vez más caliente. Puse mis labios sobre su hombro, sin llegar a besarla, mientras mi erección seguía restregándose contra sus glúteos de acero. Mis manos, traviesas, habían ido ganando centímetros de la cintura a sus pechos y ahora los magreaban con cada vez menos disimulo.

—Mmm —gemí contenido.

A esas alturas Cecilia sabía perfectamente lo que estaba pasando, pero, aunque incómoda, logró contenerse. Al contrario que yo, que comencé a besuquearle el cuello mientras podía notar mi glande intentando traspasar la ropa para colarse entre sus carnes. Mientras una mano le agarró, ahora ya sin disimulo, uno de sus impresionantes senos, la otra volvió a desandar el camino hasta llegar a su sexo, llegando incluso a acariciárselo por encima del bikini.

—Carlos…

—Cecilia, mmm, has cambiado tanto.

Aguantó estoicamente, sobrepasada por la situación. Probablemente había notado mis impúdicas miradas días anteriores, pero estoy seguro que nunca imaginó que llegaría tan lejos. Presioné mis dedos sobre su entrepierna, sintiéndola por encima de la ropa, restregando las yemas como si frotara una lámpara mágica, sin dejar ni por un momento de sobarle sus nuevas y deseables tetas. Como pude, logré bajarme un poco el bañador y liberé la anaconda, dura, tiesa y completamente dispuesta. Apretujé mi sable contra sus lumbares diciéndole:

—Mira como me has puesto primita.

—Carlos, tenemos que irnos —contestó casi en un susurro.

Pero yo seguía cegado por el deseo, haciendo equilibrios sobre esa roca. Le di un par de besos en los labios, pero me sentí amablemente rechazado. Era todo dulzura por dentro y sexo por fuera, sabía que me quería con locura y la parte más oscura de mí se estaba aprovechando de ello. Entre más tocamientos acabó por escurrirse entre mis brazos, flotando en el agua después de trastabillar. Caí yo también de la roca, comprobando que los alrededores seguían siendo aguas más profundas y casi ahogándome por llevar el bañador por encima de las rodillas. Conseguí desnudarme en el agua y vi que mi prima nadaba, con brazadas lentas y elegantes, hasta la cala más cercana. Cuando salimos del agua una pareja joven, de poco más de veinte años, se nos quedó mirando entre pícaros e intimidados.

Mi prima salió del agua adecentándose el bikini, pero yo salí con el bañador en la mano y la bayoneta armada para atacar. La seguí un par de pasos por detrás, alejándose de los jóvenes que, siendo los únicos integrantes de la cala, probablemente estaban igual de calientes que yo en busca de algo de intimidad. Nos encaramamos por unas rocas hasta llegar a las habituales pinedas de la Costa Brava. Desnudo, persiguiendo aquel culo perfecto y pecaminoso, mi erección no perdió ni un milímetro su tamaño. Cuando por fin Cecilia se detuvo entre unos solitarios pinos yo, sin perder un segundo, me abalancé sobre ella apoyándole la espalda sobre uno de los troncos, intentando besarla mientras que mis manos volvían a atacar, desesperadas, su cuerpo.

—Carlos, Carlos…por favor —dijo ella mirando hacia arriba, violentada y esquivando mis impetuosos labios.

Ella se movía incómoda mientras yo le manoseaba los pechos y el culo y restregaba mi polla contra su vientre, muslos y la entrepierna.

—No puedo más, lo necesito. Te juro que estoy a punto de estallar —supliqué.

Sabiéndose acorralada, me apartó un segundo y se sentó sobre la hierba y pinaza, haciendo yo lo mismo a su lado, como esperando órdenes. Sin mediar palabra, me agarró el pene con su mano y comenzó a moverla, arriba y abajo, subiendo y bajando la piel de manera absolutamente deliciosa. Supe entonces que eso era lo máximo a lo que aspiraba y me dejé hacer. Intenté reprimir mis gemidos, pero el placer era demasiado intenso. Ella miraba en todas direcciones, temiendo ser descubiertos, pero sin dejar ni un momento de masturbarme, con movimientos lentos y profundos. Fue subiendo el ritmo y con él la satisfacción. Con el cuerpo contorsionado por el placer, logré alargar un brazo hasta alcanzar una de sus sensacionales mamas, consiguiendo bajarle lo suficiente la parte superior del bikini para poder magrearla sin impedimentos, pellizcándole incluso el pezón que parecía la punta de una flecha mientras ella seguía dándome placer. Finalmente, entre gemidos y espasmos, eyaculé. Mandando algunos chorros de mi sagrada leche al cielo y otros, los últimos y menos potentes, cayendo sobre su delicada y celestial mano.

Nos quedamos allí varios minutos recuperando el aliento. Sin comentar nada, en silencio, oyendo tan solo nuestras respiraciones. Mi falo, aun satisfecho, parecía costale recuperar un tamaño menos bochornoso, así que lo tapé con el bañador por encima algo avergonzado.

No fue la última vez que pasó algo así. Nunca hemos hablado del tema. Nos queríamos y nos queremos. De vez en cuando mi cuerpo no soportaba estar en su presencia sin aliviarse y ella me hacía lo que yo denomino una paja caritativa. Nunca pasó de una masturbación y tocamientos por mi parte. Me habría encantado que me hiciera una felación, o penetrarla salvajemente, pero siempre acepté sus límites. Todo paró, hará unos doce años, cuando ella tuvo un novio formal que actualmente es su marido.

Cuando Carlos terminó de escribir el relato se sorprendió excitado. Con el pantalón a mitad de los muslos y el pene apuntando hacia arriba.

«Ay hermanita, como te echo de menos».

AUDIO

Melisa vio que tenía contestación de su nuevo amigo virtual, y esta vez venía con un Word adjunto de regalo. Salió al jardín y se instaló con el portátil en su mesa favorita, encendiendo un cigarrillo dispuesta a disfrutar de la perversa confesión. Empezó a leer y a imaginar, a imaginar más que leer. Acunada por los rayos de sol e inhalando el humo. Casi instintivamente, notó como se separaban sus piernas, levantando la pequeña falda hasta las ingles.

«Siempre has sabido escribir, cabrón».

Según avanzaba la lectura se agitaba su respiración. Aniquiló el cigarrillo en el cenicero sin que se hubiera consumido ni la mitad. Tenía las mejillas ardiendo, conocía perfectamente esa sensación. Reverberó en su interior una inquietud, un cosquilleo juguetón. Aún no había comenzado la acción del relato que sintió humedecerse la entrepierna. Juntó de nuevo las piernas, frotando los muslos, excitada. Era una mujer gritona, comenzó reprimiendo los gemidos, intentando no ruborizar a los vecinos, pero luego tuvo una idea mejor. Agarró el móvil y lo puso a grabar, dando rienda suelta sus pasiones. Con el teléfono convertido en un micrófono voyeur, coló una de sus manos entre sus muslos, acariciándose al principio por encima de la fina tela de las braguitas.

Siguió leyendo, imaginando, acariciándose y grabando. Y gimiendo, sobre todo gimiendo. Primero sensualmente, luego de manera más desatada mientras colaba la yema de los dedos por dentro de la ropa interior y satisfacía su clítoris sin impedimentos. Se frotaba, cada vez más rápido y fuerte, circularmente y de lado a lado. Aprisionando con fuerza la mano entre sus piernas como si se intentara defender de sí misma, así le gustaba a ella. Los suspiros y ruidos de placer empezaban a ser tan altos que le pareció que el jardinero de la casa de al lado detenía el soplador de hojas abochornado por el escándalo.

«Sí joder, fóllate ya a la primita».

Cuando llegó al orgasmo casi volcó la silla. Era gritona, pero también rápida. Nadie la conocía mejor que ella misma. Se dio cuenta de que ni siquiera había terminado el relato. Detuvo la grabación y se la envió a su propio mail, dispuesta a contestar Carlos como se merecía.

De: Ferrereta@Ferrereta.net

Para: GambitoDeRey@RedDeRelatos.net

Asunto: La primita y mis manos.

Querido y obsceno Carlos,

Al relato recibido por tu parte no voy a comentar nada, he preferido enviarte un audio sobre mi valoración.

ARCHIVO-AUDIO

REVELACIÓN

Cuando Carlos terminó de escuchar el audio se dio cuenta de dos cosas, estaba excitado y enamorado, no sabía exactamente el orden. Aquella escritora misteriosa no había sido, en absoluto, una decepción. Le dolía el pie, pero le daba completamente igual. Inundado por el misterio tuvo entonces una idea. Descargó la foto de Melisa en el ordenador y la cargó en el Buscador por imágenes de su buscador habitual, a ver si sonaba la flauta por casualidad. Pensó que quizás encontraría su nombre completo o su cuenta en alguna red social, pero lo que descubrió fue mucho más aterrador. Una noticia antigua en un periódico digital que decía:

Turista alemán muere devorado por los caníbales

Hasta ahora nadie daba crédito a la historia que contaba su novia, Melisa Dorsch, que fue atada a un árbol y violada cuando intentó llegar hasta el fondo de lo ocurrido en la remota isla tropical de Nuku Hiva, en la Polinesia. Pero el hallazgo de unos restos calcinados confirma su versión y apunta a que se trata de un ritual caníbal.

Varios huesos y dientes, junto a un amasijo de pelo y ropas han sido enviados a un laboratorio de París para establecer con análisis genéticos su pertenencia a Derek Ramin, un consejero ejecutivo de Hamburgo (Alemania) de 40 años y desaparecido hace semanas mientras seguía las huellas de Taipi, un edén caníbal.

El autor de esta novela, Herman Melville, que también escribió Moby Dick, describe un paraíso virgen en el que todo aquel que consigue poner un pie, procedente de la civilización, termina en la cazuela de los aborígenes. Y ese parece haber sido el destino de este turista alemán.

La pareja emprendió este viaje en 2008, después de largos preparativos, y siguió su ruta hasta el pasado 16 de septiembre, cuando llegaron en catamarán a la Polinesia francesa, donde pensaban pasar varios meses.

Hace tres semanas, Derek Ramin se despidió de su novia antes de emprender, ya en solitario, la expedición rumbo a las islas Marquesas junto a un guía local, Henri Haití.

Al parecer, Haití le había ofrecido asistir a una cacería de cabras salvajes —una tradición ancestral— en la zona más montañosa de Nuku Hiva, pero terminó cayendo en la trampa de una cacería humana, en la que él mismo resultó ser la víctima.

Derek no regresó, pero sí lo hizo el guía, que le dijo a la joven que su novio había sufrido un accidente y necesitaba ayuda. Sin embargo, según declaró Melisa, antes de que llegaran al bosque, Haití la encadenó al tronco y abusó sexualmente de ella.

Tras unas horas, consiguió escapar y alertar a las autoridades, que iniciaron una búsqueda intensiva, pero no obtuvieron ningún resultado.

Hace unos días, las gestiones diplomáticas alemanas consiguieron implicar en la búsqueda al ejército, que rastreó la zona más montañosa y descubrió el macabro hallazgo.

Varios expertos locales han confirmado que el cadáver encontrado ha sido víctima de un ritual caníbal que se creía erradicado en la isla desde el siglo pasado.

No podía creer que “su Melisa” fuera la Melisa de la noticia. ¿Quizás le había enviado una foto falsa? ¿Era entonces alemana? Conociendo, ahora sí, su nombre completo, decidió seguir investigando. Con la piel de gallina aún por su hallazgo. Encontró que tenía incluso página de Wikipeda:

Biografía

Dorsch se mudó junto a sus padres a Mallorca cuando tenía tres años. Completó su formación con un título en administración de empresas y trabajó como directora de producto en Hamburgo hasta abril de 2008 . A los veinte años conoció a Derek Ramin. Juntos se embarcaron en una circunnavegación del mundo en 2008 .

El 9 de octubre de 2011, su compañero fue baleado, descuartizado y quemado en la isla de Nuku Hiva en el Pacífico por el local Arihano Haití. La pareja había conocido al hombre el día anterior en un pequeño pueblo. El caso causó revuelo en todo el mundo como un asesinato caníbal. El perpetrador fue condenado a 28 años de prisión el 16 de mayo de 2014.

En otoño de 2012, Dorsch publicó el libro Blauwasserleben , en el que informa sobre el viaje de aventuras y la pérdida de su pareja. Llegó a la lista de bestsellers de Spiegel . La ZDF filmó una película con el mismo título, el estreno televisivo tuvo lugar el 15 de marzo de 2015. Melisa Dorsch vive de nuevo en Mallorca.

¿Era Melisa famosa? ¿Libro? ¿Película? ¿Violación? ¿Ritual caníbal? ¿Era la tal Melisa la señora Dorsch? La cabeza le iba a mil por hora y por alguna razón se sentía profundamente traicionado. O Le había engañado con la foto o no había tenido la confianza con él para contarle algo tan relevante. Sea como fuere Carlos se sintió tan mal que creyó haber enfermado. En un impulso irrefrenable, abrió el correó electrónico y regurgitó todo lo que sentía. Le dijo que le había engañado, de una u otra manera. Que juró decirle siempre la verdad, que se sentía como un auténtico subnormal en manos de vete a saber quién. Lo envió como una puñalada voladora al ciberespacio. Normalmente Melisa tardaba en responder. A veces hasta lo hacía al día siguiente. Pero en esta ocasión lo hizo casi al momento añadiendo una sola cosa: su número de teléfono.

Abrumado por la situación, Carlos tragó saliva y la llamó:

—Si —respondió una voz tranquila al otro lado.

—¿Melisa?

—Sí, soy yo. Y tú eres Carlos, supongo.

—Sí, soy Carlos.

—Bien. Y dime, ¿qué te enfada tanto? No suelo contar que soy la viuda alemana en la primera cita.

Carlos no supo que contestar, el corazón le palpitaba tan fuerte que pensó que iba a tener un problema.

—¿Eres tú de verdad?

—Sí, soy yo. ¿Es que te da morbo?

—Joder ¡¿Cómo me va a dar morbo?! Es un tema de confianza, no sé…

—¿Con un escritor con el que me escribo de vez en cuando del que no sé ni su aspecto ni su apellido?

—Te he contado lo de mi prima.

—Ya. Es lo mismo, sí. A ti tu prima te hacía pajas. A mi pareja se la comieron y a mí me violaron atada a un tronco.

Aquella voz impasible y fría calmó al escritor en tiempo record, que se sintió incluso algo avergonzado.

—¿Cómo estás? —preguntó él, titubeante.

—Carlos, por favor. Hace mucho tiempo. ¿Eso es lo que me quieres preguntar?

—No, bueno… ¿lo has superado?

—¿Eso me quieres preguntar? —insistió ella.

—¡Joder! No sé. No sé qué se pregunta en esas circunstancias.

—Normalmente estupideces —afirmó Melisa— de ti esperaba algo más interesante.

—¡Es que no sé qué preguntarte!

—Piénsalo. Seguro que hay algo que quieres saber.

—¿Estás bien ahora? Entonces no estás casada, ¿no? Eres viuda…

—Carlos, creo que tengo que irme.

Viendo que la perdía se lanzó al vacío:

—¿Te gustó?

Hubo un silencio.

—Que si me gustó, ¿qué?

—Lo que te hicieron. Ya sabes…atada en aquel tronco.

—No, claro que no me gustó —dijo con un tono tranquilo—. Estaba demasiado preocupada por mi pareja y asustada. Pero ahora, no sé. Ahora lo recuerdo y me excito. Me jodieron la vida en esa isla, y la mente. Ya no me pongo cachonda con cosas normales, necesito más. Necesito tener miedo, que esté prohibido, que sea algo oscuro.

—Te entiendo —afirmó Carlos.

—¿Me entiendes? Pues me alegro, porque no vamos a volver a hablar nunca más. Creía que eras diferente.

Melisa colgó. Acción a la que le acompañó una nueva llamada de él. Y otra. Y otra. Y otra más. Parecía haberle bloqueado. Le escribió un Whatsapp que tampoco recibió respuesta. Mails, mensajes en sus relatos de RedDerelatos. Lo intentó todo desesperadamente, pero no fue capaz de localizarla de nuevo.

EL JUEGO SIGUE

—Muy bien, veo que el pie está bien, ya puedes vestirte —dijo el médico—. Ahora, sin puntos, ya puedes hacer vida normal. Pero sin grandes esfuerzos eh.

—Gracias doctor.

—¿Algún plan para el fin de semana? Hay que aprovechar que se te acaba la baja.

—Sí, me voy a Mallorca.

Sabiendo su nombre completo a Carlos solo le costó un par de días encontrar su dirección. Para entonces, montado en el avión, lo sabía todo de ella. Se había leído el libro, visto la película, cualquier cosa que oliera a Melisa Dorsch. Se sentía humillado y necesitaba una explicación, pero fue con mucha información, pero sin ningún plan. Una vez en la isla cogió un taxi y fue hasta su urbanización de lujo, situada en una de las mejores zonas. Delante de la puerta principal, se quedó inmóvil. ¿Qué iba a decirle? Lo más probable es que ni le abriera. No pasaron ni cinco minutos cuando un coche de seguridad privada paró junto a él.

—Buenos días, ¿le puedo ayudar en algo? —dijo el guarda desde la ventanilla.

—No, gracias. Soy amigo de Melisa, vengo desde Barcelona.

El guarda de seguridad pareció estudiarlo unos segundos, pero finalmente le saludó con la gorra y siguió su camino. Rodeó el jardín hasta encontrar un punto débil. Un seto con la valla baja que parecía ser demasiado fácil de saltar. Y en realidad lo era, pero su pie lesionado se lo puso un poco más difícil. Estaba en el jardín, allí de pie sin saber exactamente por qué. Le entró el miedo, pero no podía echarse para atrás. Anduvo pasito a pasito hasta que la vio de espaldas, sentada frente a una mesa donde tenía el portátil. La pudo observar durante dos largos minutos sin que ella se diera cuenta.

El día era perfecto, ni frío ni demasiado calor. Soleado. Llevaba puesta una diminuta falda vaquera, luciendo sus larguísimas piernas y los pies descalzos sobre el césped y arriba una simple camiseta de tirantes. Carlos se excitó al momento, una perversa imagen de ella atada a un tronco, forzada por un aborigen, le vino a la mente. Se acercó un poco más y fue cuando ella se dio la vuelta de un sobresalto.

—Tranquila, soy yo, Carlos.

Pero Melisa no se tranquilizó en absoluto. Se puso de pie enseguida gritándole:

—¡¿Qué haces en mi casa?! ¡Largo de aquí!

Enfadada se le notaba el acento alemán. El escritor insistió:

—Solo quería hablar contigo, aclarar las cosas.

—¡¿Cómo demonios has entrado?!

—Pues ha sido fácil, la verdad. Mucho más de lo esperado.

Se fue acercando a ella poco a poco, con las manos en alto, y ella pareció no huir.

—Vete de aquí Carlos, o la cosa se pondrá mal.

—No puedo Melisa, joder…te juro que no puedo. No dejo de pensar en ti.

—Ese es tu problema, ya encontrarás a otra con la que fantasear.

—Melisa, por favor…

Estando a medio metro se abalanzó sobre ella, haciéndola casi caer. Abrazándola mientras le decía:

—Te quiero, ¡te lo juro!

—Eres un puto loco —dijo seria y apartándolo con contundencia.

A él le sorprendió su sangre fría, incluso en una situación tan extrema como esa. Pensó si se habría fijado en él, si le parecería atractivo. Al fin y al cabo, tenía casi diez años menos y, a parte de la masa muscular perdida por la lesión, era un hombre alto y apuesto. Insistió. Atacó de nuevo pero esta vez además de abrazarla le agarró el firme trasero. Ella reaccionó serenamente violenta. Con un empujón seguido de un bofetón.

—¿Te vas ya?

—¡Joder Melisa! —se quejó arrojándose de nuevo, intentando besarla mientras le magreaba los muslos y las nalgas.

—¡Para Arschloch! ¡Yo no soy tu puta prima, no pienso hacerte una paja por compasión! —se defendió Melisa pisándole con fuerza el pie que sabía que tenía mal.

—¡Argh! ¡Mierda! Joder Melisa… ¡Mierda!

La alemana salió corriendo, mucho más rápido que el cojo y renqueante de su agresor, pero al llegar a la puerta de cristal para entrar en casa esta se atrancó, lo justo para que el catalán le diera caza. Se lanzó sobre ella y ambos cayeron al césped, amortiguando este el golpe.

—¡¿No es esto lo suficiente oscuro para excitarte?! ¡¿Eh?! ¿No te pone? ¡¿Tengo que atarte para que goces, puta?!

Carlos estaba sobre ella, abriéndole las piernas para hacerle notar su erección sobre el sexo. Ella tenía la falda convertida en un cinturón y podía notar el bulto contra sus bragas mientras le sujetaba las manos para que no se resistiera. Era una mujer fuerte, pero sorprendentemente él también. Lejos estaba el gordo pajillero que se había imaginado las últimas semanas.

—¡Suéltame Hurensohn!

—¡Estate quieta coño! ¿Creías que podías humillarme? ¡¿Eh?! ¡¿Es eso?! Que podías jugar conmigo…

Cuanto más se resistía más excitado estaba, restregándole el erecto falo por sus partes y aprovechando los momentos en los que ella se cansaba y dejaba de luchar para sobarle los pequeños pero deseables pechos.

—Me encantan tus tetitas, ¡¿sabes?! He pensado mucho en ellas.

—Creía que las preferías gordas como las de tu prima, maricón.

—¿Maricón? ¿Eso crees que soy? Vamos a verlo —dijo él bajándose los pantalones y el calzoncillo.

—Solo un marica estaría años dejándose hacer pajas por su prima sin intentar nada más. ¡Sopla nucas!

Melisa hizo un esfuerzo final por defenderse, pero Carlos era demasiado fuerte y pesado. Se las ingenió para romperle las bragas y deshacerse de ellas, colocó el glande en la entrada de su cueva y la penetró de un fortísimo empujón. Ambos gimieron exageradamente.

—¡¿Te parezco gay?! ¿Qué dices ahora? ¿Eh?

El escritor sentía más placer que con cualquiera de sus anteriores y fáciles amantes, arremetiendo con fuerza contra la alemana, sacudiéndole con profundas y duras embestidas. Melisa ya no luchaba, solo disfrutaba al ser forzada por él.

—¿Te gusta? ¿Te gusta putita? Te noto demasiado mojada como para que no guste.

—Me imagino que eres alguien interesante, y no un simple pajillero —respondió ella.

Los gemidos siguieron con el aumento de las embestidas. Carlos le quitó la camiseta y el sujetador para enseguida mordisquearle los alocados senos. Ella se movía también, las caderas y la pelvis acompañando la danza sexual.

—No te imagines a nadie más, fuiste tú la que me escribió a mi mail. Por algo sería, ¿no? ¿Te tocabas mientras me leías? Leyendo lo de mi prima bien que lo hiciste.

Melisa se quedó completamente quieta. Inmóvil.  Parecía estar muerta.

—¿Qué haces ahora? —se quejó él sin dejar de embestirla contra el suelo.

Ella no contestó, cerrando incluso los ojos. Desconcertado, Carlos fue perdiendo la erección, notando como flaqueaba dentro de aquel ansiado conducto.

—¡¿Qué coño haces?! ¿De qué va esto?

Siguió penetrándola como a una muñeca hinchable, pero no podía concentrarse.

—¿Lo ves? Mente pequeña, controlable —dijo ella sin moverse, sonriente. Continuando con el juego sicológico.

Él le magreó las tetas y el culo exasperado, intentando recuperar el vigor. Pero no había manera. No era capaz de excitarse follándose a una “muerta”. Salió de su interior y comenzó a masturbarse, pero lo que el cuerpo de la alemana no había conseguido tampoco lo logró su mano.

—Al final habré acertado con lo de maricón —añadió ella que seguía excitada, pero disimulaba. Prefiriendo atormentarle a tener un orgasmo.

Carlos la miró con odio.

—Eres una puta. ¿Pues sabes qué? ¿Sabes que les gusta a los maricas? —respondió él dándole la vuelta y volviendo a colocarse encima—. Les gustan los culos.

Le agarró la cadera con una mano y la otra la puso en sus lumbares y sin más demora, colocó el miembro que volvía a recobrar fuerza en la entrada de su ano y empujó con todas sus fuerzas.

—¡Ah! Carlos. ¡Carlos! ¡Espera!

—De eso nada puta listilla —dijo mientras le adentraba el sable un par de centímetros más con dolor y resistencia.

—¡Au! ¡Au! ¡Arg!

Melisa no quería luchar, tan solo acomodarse. Adaptarse a la nueva situación. Pero no tuvo tiempo. Notó como aquel pedazo de carne se adentraba en la nueva cavidad a empujones. Hasta el fondo, chocando los testículos contra sus glúteos.

—Ahora no te estás tan quieta, ¡eh perra! —dijo al ver que se retorcía por el dolor y la incomodidad.

Poco a poco el nuevo agujero fue cediendo y el escritor lo pudo castigar, metiendo y sacando su polla sin piedad, gimiendo ante aquel nuevo placer. Melisa se dejó utilizar, pero el sexo anal no le había gustado nunca. El dolor nunca disminuía lo suficiente para disfrutar. Le gustaba, eso sí, sentirse sometida, y aprovechó la situación para masturbarse, acariciándose el clítoris y penetrándose con los dedos. Los gritos se asemejaban más a los de una tortura medieval que a los de un coito, resultado del ímpetu y el sexo aberrante.

Carlos aulló de placer antes de correrse, descargando toda su simiente en su interior. Ella aceleró los tocamientos al sentirse impregnada, alcanzando el orgasmo casi al mismo tiempo. Quedaron los dos tirados sobre la hierba, exhaustos, sucios y sudorosos. A medida que los cuerpos se enfriaron notó él un profundo dolor en el pie. Melisa, se deshizo de la falda que es lo único que le quedaba y desnuda volvió a la mesilla del jardín para fumarse un cigarrillo.

—¿Te ha gustado? —preguntó Carlos.

—No se trata de eso. He dejado que me tengas, ahora tendrás que compensarme.

NOTAS DEL AUTOR:

*Melisa Dorsch está inspirada en un personaje real, Heike Dorsch. La historia de los caníbales es absolutamente cierta.

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