ANTONIO LÓPEZ VALLEJO

Hoy el viento sopla fuerte, quizás porque en la cueva donde nace hay alguien enfafado, que resopla enrabietado, deseando, desde su ofuscación, tumbarlo todo con su hálito. Y yo, encerrado en mi cuarto, pienso que tal enfado sólo puede ser causado por el amor.

Las ramas del árbol que crece frente a mi ventana, aún desnudas de hojas, se ven zarandeadas de un lado a otro, como las primeras flores de mi jardín que, adelantándose a la primavera, se abrieron prematuramente a un cielo aún tibio, soñando con enormes soles y suaves brisas, y a las que este aire salvaje ha arrancado de su tallo y desparramado por la tierra, desmembrándolas, negándoles su propio aroma.

A mí, encerrado en mi cuarto, este viento también me zarandea, aún desde detrás de la ventana. Me remueve por dentro y azuza melancólicos recuerdos de unos tiempos que nunca volverán y de otros que nunca fueron, que sólo existieron en mi deseo y en mis ganas.

Para engañar al corazón trato de esconderme del viento y, buscando distraerme, paso los dedos por los lomos de los libros que esconden las paredes de mi cuarto, y todos los títulos hablan de mi, de mi pasado, de lo que pudo ser, de lo que debió haber sido y de lo que fue en realidad. Bajando las persianas trato de negar al viento y renegar del pasado y los recuerdos, pero cuando la melancolía entra en el pecho es como un veneno, que una vez clava su aguijón empieza a expandirse por el cuerpo sin más freno que el tiempo.

Por eso, para darle tiempo a saciarse, decido salir a la calle, a pesar del viento, a pesar del mundo. Con un abrigo gordo y un sombrero ajustado me lanzo a caminar las calles, sabiendo que los pasos son la mejor medicina, que andar acolcha el pensamiento.

Pero el viento, que hoy parece querer vengar en todos su propia desdicha, se cuela por mis oídos, confunde mi mente, y me lleva, sin dejar de soplar, con la cabeza inclinada y los ojos achinados, por caminos distintos, extraños. Huyendo de él me adentro por callejones estrechos, que huelen a orina y marginación, y esquivando cristales rotos y montones de cartones, llego a uno de los suburbios de las afueras, donde largas hileras de bloques iguales, deslucidos, agrietados y sembrados de grafitis en los costados, parecen invitar a dar la vuelta y desandar el camino.

El viento ha parado de repente y un olor dulzón, que más que olor es un recuerdo, se apodera de mí y vuelve mi caminar más sosegado. Todo a mi alrededor se ha vuelto familiar, y es que mis pies, andando en libertad, me han traído hasta el barrio de donde salí hace ya tanto tiempo que casi lo había olvidado.

La curiosidad de los años de ausencia me obliga a pararme en cada esquina, y el pensamiento, excitado, escarba en la memoria y remueve de nuevo, como antes lo hiciera el viento, un interior repleto de luces encendidas.

Zarandeado por vientos y recuerdos me siento en un banco de la plaza, donde hace años los niños jugaban a ser adolescentes y los adolescentes fingíamos ser hombres. Todo sigue igual, sin niños ni adolescentes, pero igual. Enfrente mía está la fuente donde, en verano, llenábamos los globos con agua; allá está la terraza por donde Damián, el viejo zapatero, atendía los encargos; y desde aquella ventana del segundo piso la madre de Laura vigilaba siempre que su hija, para la que tenía grandes planes, no se liara con ningún chico del barrio. De repente recuerdo algo, me levanto excitado y me topo con un tierno recuerdo de juventud: sobre el respaldo del banco de madera donde había estado sentado, grabado a cuchillo, sigue estando el corazón que, con su nombre y el mío, dejaba entonces, para la posteridad, testimonio de nuestro eterno amor, cuando el amor era lo más importante, cuando no había excusas y todo era urgente. Suspiré y cerré los ojos. De nuevo la melancolía entró, pero no ya como ponzoñoso veneno, sino como un tónico elixir que se abría camino en mi pecho, abriendo mis ojos y mi sonrisa.

¡Qué impredecible el destino! Jamás hubiera pensado, desde la exultante juventud de mis quince años, que hubiera habido para mí una vida sin Laura. Y sin embargo, hasta hacía un rato, ni siquiera me acordaba de ella. En esta plaza se quedó nuestra vida compartida, los litros que bebimos a medias, las confesiones, las promesas, el humo de los primeros cigarrillos, las bravuconadas, los besos y las caricias a escondidas, la prisa por llegar a casa, la urgencia por volver a vernos. Todo tan real y tan lejano…

¿Dónde estará ella? ¿Qué caminos habrá andado? ¿Habrá encontrado amor en su caminar? Quiero creer que el destino ha sido generoso con ella y que vive feliz y ajena al viento, a la melancolía y a este banco.

Encaro el camino de vuelta a casa absorbido por mis pensamientos, que son añoranza y son esperanza. El viento, convertido en suspiros, ha dejado de soplar, y como recuerdo de su paso sólo queda ya un reguero de hojas secas y pequeñas ramas esparcidas por la acera.

Ya en casa paso de largo junto al cajón que guarda las infusiones y, frente al mueble bar, dudo entre whisky o ron. Al final me decanto por el ron, que le cae mejor a los recuerdos, y me siento junto a la ventana, a esperar caer la tarde, pensando que debo recorrer más a menudo caminos como los de hoy, hijos del viento.

https://antoniolopezvallejo.wordpress.com

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