AURORA MADARIAGA

Capítulo 25
El aire se respiraba denso y no era producto de los metros bajo tierra. El espacio entre
Loreto y el Príncipe, unos pocos centímetros sentada a su derecha cenando en su
morada, parecía una tregua invisible cargada de anticipación. De reojo a su izquierda
lo vio comer con toda calma y concentración los deliciosos guisos y salteados de
verduras, semillas, frutos secos y cereales que la elfa Arasne había cocinado. Loreto
trató de enfocarse en su plato. Tenía el estómago suspendido en ascuas, un mareo
visceral allí donde comienzan las cosquillas. El aura que Nuada emanaba llegaba a ella
como una comunicación más allá del lenguaje. Su intención flotaba evidente a su
alrededor y la envolvía completa en su halo. No había escapatoria y tampoco la
deseaba. El recuerdo de sus besos asaltó de pronto su memoria a traición y dejó un
tinte de rubor y bochorno adornarle las mejillas y el pecho. Exhaló discreta y bebió un
sorbo del brebaje de uvas. Apenas habían cruzado palabras desde la vuelta del paseo a
las alturas del mercado Troll. Sin embargo, el hilo conector de sus pensamientos había
encontrado la forma de mantenerlos en sintonía sin comunicación verbal. Loreto no
sabía si le agradaba la idea que el Príncipe pudiera tan fácilmente leer su mente.
Normalmente necesitaría años de intimidad con un hombre para sentirse cómoda con
ese nivel de exposición pero estando en su compañía parecía natural desnudarse por
completo y dejarlo entrar. Lo escuchaba respirar controlado, siquiera había dirigido la
mirada hacia ella durante la comida. No obstante, en todo momento, en cada segundo,
Nuada no la había abandonado. Estaba ya allí en su cabeza como un sueño difícil de
recordar y en su corazón, como la ilusión ingenua de un nuevo comienzo.
Luego de la cena se sentaron frente a la chimenea. Arasne sirvió un licor espeso de
color acaramelado a cada uno y se retiró. Loreto olió el contenido y de inmediato
saboreó la dulce fragancia que evaporó la preparación. Nuada chocó su copa con la
suya y la bebió de un solo sorbo. Inhaló fuerte por los dientes y fue a por la botella.
Loreto besó la copa lo suficiente para beber un sorbo. La explosión de sabor se abrió
camino por su boca quemando de especias azucaradas cada rincón hasta abrigar su
garganta y paladar. Exhaló sorprendida y enseguida su cuerpo se remeció de una ola de
calor tan pronto sentir el pequeño sorbo de licor llegar a su estómago. Bebió un poco
más y sacudió la cabeza al temblor de alcohol que la abrasó. Al preguntar qué era, el
Príncipe explicó que se trataba de una preparación especial para la familia real de
Bethmoora. Tomó la botella en las manos y la presentó frente a ambos. El recipiente en
sí era una joya. Tenía forma de gota de agua y el cristal estaba trabajado con cientos de
tallados simétricos con formas circulares que parecían los brazos de enredaderas desde
la base hasta el gollete.
—No conozco bien la receta—dijo Nuada sin importancia mirando a la botella en sus
manos—, pero sé que incluye decenas de esencias de flores y hierbas añejadas por
siglos. Esta botella debe tener medio milenio. Como todo en Bethmoora, ha estado en
una esquina guardando polvo esperando el día que vuelva a la gloria.
Su voz se oscureció. Vertió un poco más de licor en su copa y dejó la botella sobre la
mesa que separaba la silla y el sillón frente a la chimenea. Concentró la mirada en las
llamas crepitando y apretó los labios. Loreto deseó poseer su poder telepático y
averiguar qué pasaba en ese momento por su mente. Se había retraído a una esquina
sombría de su psique, o al menos eso dejaba entrever sus facciones endurecidas. Era
un ser único, Loreto pensó y concluyó que estar allí en su compañía y tan cerca de este
mundo milenario secreto era una suerte y un privilegio sin paralelo en la vida. Bebió
otro sorbo del exquisito elixir alcohólico y cerró los ojos al sentir su avance lento y
ardiente por la laringe y el esófago.
—Mientras Bethmoora siga bajo tierra y esto—gesticuló a su alrededor con apatía—,
sea todo el dominio de nuestro reino, no ascenderé al trono—Nuada dijo en voz baja
pero categórica—. Nuala espera que jure mi vida por Bethmoora sobre una corona
incompleta. Si ese será el caso, el consejo real deberá aceptar un heredero al trono de
sangre mixta. Las tradiciones ya no cuentan, el reino se desmorona y no sé si sea capaz
de restaurar su gloria y honor de otrora.
Le tomó un par de segundos a Loreto descifrar el significado de su discurso. Lo miró
con el ceño fruncido y ladeó la cabeza.
—Ahora que mi padre ya no está, mi hermana y yo podemos comenzar nuestras
familias. Yo soy el heredero al trono por lo que tengo prioridad. Una vez asuma la
corona de Bethmoora, mi primer deber será proveer un heredero de pura sangre que
me suceda. Solamente entonces, Nuala podrá comenzar la suya. Sus descendientes
serán segundos herederos al trono después de los míos—. El Príncipe exhaló cabreado
y se restregó la cara y masajeó el mentón ensimismado—. Nada de esto tiene
importancia ahora que la corona está para siempre incompleta—dijo en un suspiro
cargado de frustración—. Como si Bethmoora no tuviera ya suficientes heridas…
Loreto pestañeó varias veces y se acomodó en el sillón hasta quedar cara a cara con el
Príncipe sentado a su izquierda.
—Has vivido una vida excepcionalmente larga, ¿me estás diciendo que nunca te has
casado ni tenido hijos?—dijo y fue incapaz de controlar el tono de incredulidad que
agudizó su voz.
Nuada la miró penetrante a los ojos. Negó con la cabeza y bebió un sorbo de licor de su
copa.
—¿Nunca te has enamorado?
—Eso es distinto—dijo seco y bajó la mirada.
—¿Por qué no tendrías un heredero de pura sangre entonces? ¿No hay alguna elfa de
tu reino que quiera ser tu reina?
Nuada rezongó una risa gutural que dejó un sabor amargo en el aire.
—Me vieron asesinar a mi propio padre con una estocada en el abdomen. Para mi
gente soy un monstruo. Quizás ni siquiera se dejen reinar por mí en cuyo caso Nuala
deberá sucederme. De cualquier modo, estamos en una situación en la que nos es
imposible seguir las tradiciones.
Su semblante se quebró mas el Príncipe apretó fuerte la mandíbula y concentró la
mirada fija en las llamas de la chimenea. Detrás de su careta autoritaria y orgullosa, se
trizó algo que Loreto intuyó, era de suma importancia para él. Tenía las manos atadas.
Era un Príncipe sin reino, palacio ni corona. Toda una vida de miles de años esperando
la oportunidad de liderar a su gente para encontrarse contra una puerta cerrada.
Loreto miró los alrededores. Las entrañas de las cloacas de Nueva York no eran lugar
digno de un Príncipe de su talla. Ni el más grande y alto palacio del mundo haría
justicia al honor de su reino. Por primera vez Loreto comprendió porqué Nuada había
hecho justicia con sus propias manos. Este lugar, y todas las urbes subterráneas de
Bethmoora en el mundo, no eran nada más que cárceles para un pueblo destinado a
reinar sobre la Tierra. Llevaba una eternidad tragando la ira amarga de una condena
desmerecida. Su aura maltrecha rugía de dolor y se expandió por todo el lugar como
un grito desgarrador bajo el agua. Loreto sintió su garganta apretarse y los ojos
rebalsarse de lágrimas. Inhaló profundo y bebió un sorbo largo del exquisito licor. Lo
miró impotente a su sufrimiento. Era tan pequeña e insignificante frente a su
encrucijada.
—¿Príncipe?—llamó con un hilo de voz temblorosa.
Nuada elevó la mirada y la encaró en un solo movimiento brusco. Loreto tragó saliva.
—Si los resultados de los experimentos entre la savia de los descendientes del
Elemental y el tejido cancerígeno humano son positivos, ¿aceptarías negociar con los
humanos el retorno de Bethmoora a la superficie de la Tierra?
Nuada esbozó una mueca de sonrisa por la comisura de su boca. Su expresión de
completa desesperanza la desarmó de dolor por él.
—¿Acaso tengo otra opción?—respondió seco—. Estiró su mano abierta hacia ella.
Loreto la tomó—. Eres noble, Loreto Helena María Cranwell—dijo y dibujó difusa la
insinuación de una sonrisa en su rostro—. Deberías volver a tu vida normal. No tengo
cosa alguna que ofrecerte que no sea incertidumbre y precariedad—recorrió los
alrededores con la mirada despectiva—. Estás sana ahora, tienes la vida por delante.
Loreto se quebró sin más. Tragó las lágrimas en silencio y apretó su mano en la suya
pequeña. El calor de su piel, el roce de su palma áspera y porosa, el abrazo de sus largos
dedos. Era demasiado tarde. ¿Cuál vida normal? ¿Jugarse la salud por cumplir con una
agenda de eventos para seguir asegurando a la disquera su generoso trozo de
comisiones por su música? Miró su propia elección de vida y la comparó con la del
Príncipe. Lo único que quería era seguir haciendo música y llevándola a su público,
mas se avergonzó de haber formado parte del engranaje de la industria musical por
quince años. ¿Qué quedaba más que los breves momentos sobre el escenario en real
contacto con las personas? No obstante, todo lo demás, las entrevistas, las sesiones de
fotos, las participaciones en programas de televisión sonriendo como un simio en
exhibición… Se encorvó y depositó un beso mudo sobre el dorso de su mano. Nuada se
remeció y la interrogó insistente con la mirada ámbar.
—Yo te llevaría conmigo y viviríamos en las sombras por el resto de la vida, no me
importaría—Loreto susurró contra su piel, elevó la mirada y se encontró con el
Príncipe desarmado de incredulidad encarándola—. No abandonarás a tu gente y no
esperaría que lo hicieras por mí. Primero que todo te debes a ellos. La elección es mía,
entonces, si me quieres a tu lado.
—Y yo te haría mi reina, Loreto—Nuada dijo y besó su dorso contadas veces—. Pero
este no es lugar para comenzar una familia ni digno de ti.
Se puso de pie y frente a ella bajó una rodilla al suelo todavía sujetando su mano. La
miró profundo a los ojos.
—Si logro que Bethmoora retorne con dignidad a la superficie y, contra todo
pronóstico y mi más grande escepticismo, logramos un entendimiento con los
humanos para convivir en paz, ¿me harías el honor de convertirte en mi reina y darme
un heredero?
«Si ese será el caso, el consejo real deberá aceptar un heredero al trono de sangre
mixta». Loreto entendió entonces sus palabras de hace minutos atrás. Siempre lo quiso
así. Nuada no solo podía leer su mente, sino también su corazón. Su corazón saltó de
alegría y se encogió de aprensión al unísono.
—¿Por qué querrías una esposa humana? Solo tengo un par de décadas para darte y
luego moriré como todos los de mi raza—Loreto esbozó con voz entrecortada a través
del nudo de su garganta—. No podré acompañarte toda tu vida, y un día me olvidarás
cuando ya me haya convertido en polvo.
Nuada besó sus manos una y otra vez.
—Por la misma razón que no pude predecir que Nuala destruiría su pieza de la corona.
El destino no está escrito y ni miles de años de una vida inmortal pueden preparar para
sus disyuntivas—. El Príncipe secó las lágrimas de Loreto rodando por sus mejillas y
rozó sus labios temblorosos con su pulgar, la miró con bondad y devoción escritos en
sus ojos—. El oro se derrite al fuego, el sol quema la piel, la música ilumina toda
oscuridad, el amor sana la sed de venganza y regala una nueva oportunidad y el
corazón se enamora de quien no debe.

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