JUAN LUIS HENARES

—Disculpame Roque, pero no te puedo dar más fiado, ya me debés mucha plata hermano.

Las palabras de Roberto, el almacenero del barrio, lo dejaron atónito: con solo un billete de diez pesos y otro de cinco en el bolsillo, no sabía cómo podía arreglársela para llevar la comida ese día a su casa. Deambuló durante algunos minutos sin rumbo fijo, con los pensamientos puestos en su pequeña hija y en Romina, su mujer, quienes no tenían nada con qué alimentarse. Pensó que al menos necesitaba llevar un sachet de leche y un paquete de fideos, pero era casi imposible conseguirlos con quince pesos. De pronto se lo ocurrió una idea: en los supermercados solían hacer publicidad de nuevos productos, para lo cual llevaban jóvenes promotoras que invitaban a los clientes a degustarlos. Podría ir, tratar de conseguir alguno de estos alimentos y llevarlos a su casa.

Caminó varias cuadras hasta el supermercado más cercano; entró, lo recorrió durante veinte minutos, y lo más cercano a una promoción que encontró fue el litro de leche de una marca desconocida que se ofertaba a dieciséis pesos. Tomó un litro, y mientras pensaba la manera de lograr que en la caja se lo dejen a quince pesos —por ejemplo, decirle al cajero “joven, perdí un billete, tenía veinte”—, se le ocurrió mirar la fecha de vencimiento: la leche había vencido el día anterior, los muy tramposos la ofertaban por ese motivo. Descartó el sachet con mucha bronca y se dirigió a la puerta, en busca del siguiente supermercado. Debió caminar bastante para llegar a él, ya que en el barrio no abundaban. Al entrar divisó en el fondo de un pasillo, casi escondida entre góndolas, una promotora vestida de rojo y amarillo parada frente a una pequeña mesa. Se le iluminó el rostro, pensó que al fin podría conseguir algo para llevar a su casa; pero la alegría le duró poco, ya que la promotora entregaba solo un pequeño envase de quince gramos de una nueva mayonesa con gusto a limón. Luego de repetir la caminata —con tres sachecitos de mayonesa en los bolsillos— Roque se dirigió al siguiente supermercado, en el cuál solo consiguió degustar unos sorbos de un nuevo vino torrontés riojano que una rubia promotora, vestida de color marrón claro, ofertaba en pequeños vasos plásticos.

Cansado ante la inviabilidad de su idea, en un último autoservicio se dirigió a la góndola que se encontraba al fondo, colmada de sachets de leche, yogures, manteca, flanes, postres y demás variedades de lácteos. Abatido apoyó su mentón en el borde, e imaginó la manera en que su pequeña Marianita disfrutaría no solo de tomar un buen vaso de leche, sino principalmente de comer esos postrecitos de dulce de leche y chocolate que las ilustraciones de sus envases hacían irresistibles. Los miró, cerró los ojos, y deseó con todas sus fuerzas poder encontrar una solución a la situación de desempleo que padecía, para así alimentar debidamente a su mujer e hija. Luego dio media vuelta y se topó con el sector de las carnes, rebosante de cortes de lomo, cuadril y demás pulpas, además de las tiras de asado, chorizos y achuras varias. Su mente realizó automáticamente el ejercicio de pensar cuánto tiempo hacía que no comían un buen asado, y se imagino sentado a la mesa con un vaso de vino tinto en la mano, mientras cortaba unas costillitas para Romina y preparaba un sándwich de chorizo con tomate y lechuga para la nena.

Con el dinero que tenía solo pudo comprar un paquete de fideos para guiso muy económico, pero nada de leche o algún otro alimento. Luego de pagar, resignado salió apurado del local, ya que quería llegar a su casa antes que su mujer; ella se había ido temprano a trabajar —limpiaba la casa de un matrimonio de empleados en un barrio cercano— y al terminar con sus tareas pasaría a buscar a Marianita por la escuela. Roque quería evitar que ellas lleguen antes y esperen ilusionadas su arribo con la comida. Llegó, y ya sentado en el comedor buscó la manera de explicarle a su hija que no había podido conseguir leche, ya que si la hubiese comprado no tendrían los fideos para comer en el almuerzo y la cena. Inserto en sus pensamientos se sorprendió al abrirse la puerta y ver la carita soñadora de Marianita, la que se abalanzó sobre él para abrazarlo con todas sus fuerzas. Romina lo miró y notó la preocupación en su rostro; como no quiso interrumpir ese hermoso momento de idilio entre padre e hija, fue a la heladera en busca de la botella de agua para refrescarse luego de la larga caminata. Roque evitó mirar la cara que pondría al darse cuenta que no estaba la leche en el refrigerador, así que abrazó con todas sus fuerzas a su hija, mientras una lágrima comenzaba a brotar de sus ojos. De pronto, la exclamación de Romina lo confundió: parecía de alegría, no de tristeza o desconsuelo.

—Vení Marianita, mirá lo que te trajo papi.

Roque, desconcertado, se acercó de la mano de la niña al refrigerador, y debió refregarse los ojos para creer lo que tenía frente a él: la heladera estaba repleta de yogures, postres, flanes, litros de leche y diferentes variedades de cortes de carne. Debió sentarse en una silla, porque sintió que todo comenzaba a girar a su alrededor.

—No importa como lo conseguiste, no me digas que debiste hacer; te comprendo amor, así que no pienso preguntarte nada.

Fueron las palabras de Romina que escuchó Roque al recuperar sus sentidos, luego de estar unos interminables minutos en un estado de conmoción, una combinación de alegría con incertidumbre por no saber cómo habían llegado los alimentos a la heladera. Pero no pudo aclarar sus pensamientos, ya que su cabeza parecía girar y no poder detenerse.

Meses después, al llegar el cumpleaños de Marianita y sin haber podido aún solucionar los problemas por la falta de trabajo, fue por la mañana con unos pocos pesos en el bolsillo —producto de una changa de albañilería que había hecho el fin de semana anterior— a una juguetería cercana a su casa. Hermosos juguetes abarrotaban el local; estaban allí presentes los muñecos de todos los personajes de la televisión con los que tanto disfrutaba su hija: Rayo McQueen, Peppa Pig, la Princesita Sofía, Masha —sin el oso—, Buzz Lightyear y Woody, la Doctora Juguetes, Barbie, Donald, Mickey, las pequeñas Pony y otros más a los que reconocía a la vista pero no recordaba el nombre. Se sintió como un niño al verlos, pero su alegría duró muy poco, tanto como ver el cartel con el precio de cada uno: carísimos, valores exorbitantes para su billetera. Resignado, solo compró un juego plástico de cocina con diversos utensilios, algo que odiaba hacer ya que no deseaba verla jugar a ser una simple ama de casa. Para su pequeña hija guardaba sus mejores sueños, en los que la imaginaba como médica en un gran hospital con una larga cola de pacientes que esperaban ser atendidos por ella, o en su tablero de dibujo diseñando veloces coches o futuristas edificios. Llegó a su casa, dejó el pequeño envoltorio con el regalo en su mesa de luz, y se durmió debido al cansancio que pronto lo venció.

El bochinche lo despertó: Marianita gritaba, así que asustado se levantó de un brinco y fue hacia su habitación. Se tranquilizó al notar que no eran gritos de dolor, sino que se parecían a alegres alaridos. Al ingresar la encontró, aún con su guardapolvo escolar, a los saltos contenta abrazada a un enorme muñeco de Masha y a una media docena más que pasaban de una mano a la otra. Su hija lo abrazó, y mientras lo besaba le agradeció todo lo que le había regalado. Se quedó sin palabras, solo atinó a apretarla y darle un beso grande en la mejilla; únicamente pudo devolver un guiño de ojo a la mirada complacida de su mujer, quien no comprendía pero igual estaba muy contenta al ver a su hija en su alegre festejo.

De esa forma transcurrieron los meses: casi sin un peso, solo los pocos que traía Romina del trabajo, que alcanzaban a duras penas para pagar las cuentas. Pero al menos con suficientes alimentos para poder sobrevivir, ya que Roque solo debía ir al supermercado y desear lo que se necesitaba; “hacer las compras” lo llamaba para sus adentros. Además, visitas a diferentes comercios de venta de artefactos domésticos hicieron que sus anhelos ante necesidades de la vida diaria se vean recompensados; por consiguiente, la casa pasó a contar con heladera, cocina, lavarropas, aire acondicionado, televisor, computadora y hasta una moderna tablet para la niña. Lo que no resultó posible fue tener un coche: luego de mirar algún último modelo con ojos soñadores a través de la vidriera de una concesionaria —mientras imaginaba los diversos viajes que harían en él— se iba rápido a su casa, pero al abrir la puerta del garaje siempre lo encontraba vacío. Tampoco funcionó el intento de obtener dinero en efectivo: desde la cola de una caja en un banco, miró y deseó con todos sus fuerzas esos billetes que el empleado contaba antes de entregárselos a una clienta. Pero éstos nunca se materializaron, ni en el cajón de la mesa de luz ni en la lata de galletitas donde los escondían dentro del aparador. Al menos, pensaba conformándose, ningún vecino sospecharía nada raro al ver a un desocupado con un último modelo o al notar que realizaba opulentas compras con el efectivo. No todo se puede tener en la vida.

Cierta mañana de camino al mercado pasó por los alrededores de la estación terminal de ómnibus; desde el prostíbulo que se encontraba en una de las callecitas laterales, una morocha con sus grandes pechos casi al descubierto lo invitaba a pasar. La tentación fue mayor a su cordura: aunque no tenía un centavo, se acercó y le preguntó el precio. Mientras ella respondía, Roque observó las curvas de su cuerpo, las que pudo apreciar gracias al diminuto short que llevaba puesto. Contestó que no tenía ese dinero, la miró libidinosamente y mientras se retiraba lleno de fantasías, ella lo despidió arrojando besos al aire. Media hora después, luego de mirar en las góndolas algunos productos, llegó aún excitado a su casa. Susto mayúsculo se dio al sentir ruido en su habitación; por un momento pensó que a su mujer le había sucedido algo que la hizo regresar del trabajo, pero al abrir la puerta su sorpresa fue mayor: lo esperaba en la cama, ya desnuda, la morocha del prostíbulo. Sin mediar preguntas, las palabras sobraban, se dispuso a dar rienda suelta a su imaginación y deseos. Se sintió en la gloria: ahora no solo disponía de comida y confort en la casa, sino que también podía tener todas las mujeres que deseara. Como disfrutaba muy entretenido de estos placeres, no escuchó la puerta de calle al abrirse, y recién notó que Romina llegó más temprano que de costumbre cuando ésta ingresó a la habitación: en realidad no la vio ni sintió el sonido de sus pasos, sino que lo espantó su grito al verlo en la cama acostado con otra mujer. A pesar de su mala suerte, agradeció que ella llegó anticipadamente, ya que de otra manera lo hubiera sorprendido acompañada de Marianita; al menos pudo resguardar el amor que la niña tenía por él.

Luego de este incidente, la relación de pareja estaba a punto de estallar. Roque sentía que se encontraba en un callejón sin salida. ¿Cómo explicar que no trajo a la chica, sino que ella apareció solo porque él la deseó? La situación se mantuvo durante meses: Romina era una mujer de ideas firmes, coherente con sus principios, y resultaba improbable que llegara a perdonar semejante traición. Intentó regalarle ropa, carteras, botas… Ella se probaba los presentes, los lucía en varias ocasiones, pero se mantenía impasible y lo trataba de manera cortante. Solo para guardar en parte las apariencias ante la niña seguían compartiendo la misma cama. Por lo tanto Roque, que la quería mucho, se abocó a encontrar la manera de que su esposa lo perdonara, y así luego juntos poder disfrutar de esta nueva vida: una vida casi sin dinero pero enamorados y, algo muy importante, con la mayoría de sus necesidades básicas cubiertas. Cueste lo que cueste debía conseguirlo.

Un día, casi agotados todos los recursos, se le ocurrió una última —aunque para él dolorosa— idea. Por ser el cumpleaños de Romina, en el trabajo sus patrones le dieron la mañana libre. Roque se levantó temprano e insistió en que al ser su aniversario se quedara en el cama mientras él llevaba la niña a la escuela. Tras dejarla en el colegio, y asegurarse que la maestra estaba presente, fue hasta la feria de artesanos que funcionaba en la plaza mayor de la ciudad. Luego de observar detenidamente durante algunos minutos, se dirigió a la mesa en la que unos jóvenes africanos trenzaban pulseras. Intercambió escasas palabras y les compró una muy bonita, hecha con piolines multicolores. La pagó, guardó la bolsita de papel con la pulsera en el bolsillo de su campera, y lentamente se dirigió al mercado para conseguir el almuerzo. Recorrió diferentes puestos y regresó a su casa una hora más tarde. Entró, preparó el café, encendió el televisor y se sentó en una silla junto a la mesa en el comedor; entretanto, hizo caso omiso a los sonidos que llegaban a sus oídos. Al rato se abrió la puerta de su habitación y sin darse vuelta oyó la voz de Romina que, agitada, le dijo:

—Muchas gracias amor, ¡vos si que sabés hacer regalos!

Roque volteó, observó el cuerpo transpirado y los pelos revueltos de su mujer, y señaló el baño a los aún desnudos jóvenes nigerianos que necesitaban asearse para volver a la feria.

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