LOLA BARNON

Vuelta a Madrid

Cuando Nico salió por la puerta del apartamento, todavía tardé unos minutos en darme cuenta de la situación. O de lo extraño de la situación, para ser más exacta. Estaba impactada, sin saber muy bien cómo reaccionar. Me sentía rara, a la vez culpable y traicionada. Una mezcla complicada, muy difícil de digerir. Por una parte, Nico dejaba en suspenso, por así decirlo, nuestra relación. Por otra, era obvio que le había molestado lo de ayer. Y también estaba claro que ambos nos queríamos. Así, en principio, todo parecía confuso y enrevesado. ​

Me senté en la terraza todavía con lágrimas en las mejillas. En buena medida desconsoladamente triste, pero también enojada y molesta a medida que pasaban los minutos. Durante el año y medio que Nico y yo llevábamos viviendo juntos, habíamos tenido pocas discusiones. Y las que surgieron, nunca rebasaban las tres o cuatro horas de enfado. Yo lo conocía y sabía que si había decidido irse, era por algo muy problemático. ¿Pero era yo? ¿O era él quien debía tener las cosas claras y no confundirme con sus fantasías? ¿Era yo culpable de todo?

Respiré para intentar ver las cosas con calma. No me resultaba nada fácil. Él era el incitador a que yo tuviera sexo con otros, se excitaba y disfrutaba con ello. Pero, de alguna manera, intuía que desde aquel viernes en casa de Javier, justo antes de venirnos a Ibiza, algo se había roto. Allí estaba la respuesta a sus pensamientos. ¿Era él el único culpable? Yo sabía que no… ​Pensé en mí, y supe que también tenía culpa. No podía negarlo, aunque delante de él me escudara en que solo había hecho lo que él deseaba y me incitaba. No, no era así. Al menos, totalmente. Yo, no podía engañarme. ​Y además, no había sido totalmente sincera con él.

Seguramente, me dije a mí misma ensimismada en la inmensidad de aquel mar tan azul, porque en el fondo sabía que estaba actuando mal. O no muy bien. Nico se había mostrado, hasta ayer, de una forma tranquila. Sin preocuparse, y mucho menos de enfadarse. Con Jorge había sido, incluso, animoso a que me viera con él. Lo mismo que con Javier. Bien es cierto que con este último, yo notaba que había una mayor dosis de morbo.

Supuse, y lo sigo haciendo, que era por la vecindad. Nico, sin duda, podía pasar por alto el polvo con Javier, incluso los dos que él pensaba, aunque al final fuese solo uno. Pero lo de Sergio fue excesivo. Y peor hubiera sido de conocer Nico que esa noche, habíamos follado dos veces. Y con ciertos detalles y hechos que, sin dudarlo, hubieran molestado a mi novio. Y posiblemente, mucho. ¿Por qué no se lo había contado a Nico? ¿Era cierto que solo me acostaba con otros por excitarlo? ¿Había empezado a decidir por mí misma con quién me apetecía y cuándo? Me contesté mentalmente: porque la respuesta no le iba a gustar a Nico, sí, y sí. Ese era el orden de las tres respuestas.

Se me saltaron de nuevo las lágrimas y me arrepentí de lo de Javier, de aquella noche desenfrenada, y lo sucedido con Adrián, el chico de ayer en la discoteca. De un plumazo borraría todo. Y también le pegaría un puñetazo a Nico por insistir tanto en que me acostara con otros. Si esa noche de aquel viernes, nos hubiéramos ido a casa en vez de subir a tomar una copa al piso de Javier, esto no estaría sucediendo. De eso estaba segura. Y se lo había pedido… Hasta en tres ocasiones. Sí, empezaba a estar también furiosa con él, enfadada con el mundo, conmigo misma y con quien en ese momento se me acercara.

1

Pero si de algo estaba convencida, era que aquella noche de viernes, había sido el detonante. ​

—Una copa —le había dicho yo en el portal antes de subir a casa de Javier ante un gesto suyo inequívoco. ​

Y ya cuando las cosas se precipitaron, también le había rogado que nos fuéramos antes de meternos todos en el dormitorio con Javier. Se lo pedí tres veces… No quiso y prefirió verme follar con él. ¿Eso era suficiente para culpar a Nico de todo esto? ¿Y aunque no fuera el único culpable, cuánta cantidad de responsabilidad tenía en esta situación? En lo que a mí respecto, podía llegar a entender que se me había ido el tema de las manos. Pero ¿y a Nico?

Volviendo a esa noche de julio, justo antes de venirnos a Ibiza, recordé todo lo que había sucedido mientras mi novio estaba en casa, justo después de recoger su ropa e irse en silencio de allí. Javier follaba bien, de eso no había duda. Metódico, concentrado, calculando sus acometidas e introduciendo el pene con el ritmo adecuado. Pero tenía cuarenta y algo de años. No sabía exactamente cuántos. Y eso, aunque no fuera determinante, sí se notaba. ​

Cuando regresé del baño, tras limpiarme las corridas de Nico y de Javier, me tumbé en la cama, con la cabeza en su pie. Yo seguía excitada, pensando en que a mi novio le había tenido que gustar participar. No estaba tan segura de que Javier opinara igual, porque no me había dicho nada. Aunque de verdad que me daba igual. Javier no era nada más que un vecino a quien las continuas insinuaciones, maquinaciones e incitaciones de Nico, me había hecho dejarme llevar y optar por tener sexo con él. Pero ni me gustaba en exceso, ni me parecía el tipo de hombre con el que una puede repetir. Era muy distinto a Jorge, todo hay que decirlo.

Tras corrernos todos, Nico, él y yo, y en cuanto nos quedamos un rato solos en el dormitorio, Javier empezó a tocarme y a excitarme de nuevo. A mí, que me pongo enseguida a cien, me gustó y me dejé llevar. Suponía que Nico había ido a la cocina, porque escuché sus pasos, la puerta del frigorífico y el sonido de una lata de refresco al abrirse. En ese momento, tumbada en la cama y con Javier en el baño, me sentí afortunada por tener la libertad completa para follar con terceros sin que mi novio pudiera el más mínimo impedimento. Más bien, todo lo contrario. ¿por qué negarme si todo podía ser fácil? ​Había sido tonta en resistirme a ello. Nico disfrutaba con ello, y a mí, porque no podía mentirme, también. Era algo morboso, excitante y adictivo.

Sin expresarlo directamente, estaba decidiendo que en lo sucesivo, me dejaría llevar y no me resistiría a disfrutar con otro chico. A fin de cuentas, Nico me lo permitía. ​

Regresó Javier del baño. Se había refrescado y lavado su polla. Le sonreí.

​—Eres un madurito muy atractivo…

​—Tú sí que estás buena. ​

Me reí halagada. Pasó por mi lado rodeando la cama, y yo lo detuve. Quería seguir follando; sentir su polla en mi boca, el sabor de su semen, fuertemente salado y con un punto ácido, me había puesto cachonda. Sí, me había corrido y no habían pasado ni veinte minutos de eso. Pero volvía a querer sexo. ​

Con una sonrisa atrevida y lasciva le hice colocarse con las piernas ligeramente abiertas y sus huevos rasurados encima de mi boca. Lentamente, con la punta de mi lengua, los humedecí mientras que con la mano le acariciaba el pene que empezaba a volver a endurecerse. ​Debieron pasar algunos minutos, cuando sentí que la puerta se abría y vi la cara de Nico.

No me importaba que se quedara, pero yo sé que le cuesta recuperarse. Por lo que lo miré un instante y continué lamiendo los huevos y la polla de Javier. Cerré los ojos y me dejé llevar. Cuando los abrí, Nico ya no estaba, pero no lo di importancia. No era la primera vez que me veía, así que continué. Arqueando mi cuello, me tragué la polla de Javier hasta la mitad. ​Hicimos un sesenta y nueve, pero yo supe que Javier, no iba a correrse. No notaba el mismo hinchazón de su miembro, ni la excitación que le había embargado cuando me la metía y yo se la chupaba a Nico. Yo, aunque estaba caliente y deseosa de una nueva follada, sentía que su trabajo en mi clítoris iba a tardar. Seguramente su necesidad de reponerse le hacía ser menos incisivo y contundente.

Fingí que me corría, porque no deseaba hacerle trabajar en exceso. Si esperaba, pensé, tendría mi recompensa. Él, ufano y contento, me sonrió y yo le acaricié la cara. ¡Qué fácil es engañar a los hombres!, reí para mí.

​Diez minutos más tarde, estábamos sonriendo porque escuchábamos la televisión del otro cuarto. Sergio y Tania, después de follar, estaba viendo una película o una serie. Minutos después, Javier se quedó dormido y yo, cachonda y despierta, me fui al salón completamente desnuda buscando a Nico para ver si podía follarme. No lo vi; ni rastro de él. Volví al dormitorio y me puse una camiseta. Tenía algo de hambre. Pensé en irme a casa, pero la perspectiva de un segundo polvo, si conseguía despertar y excitar a Javier, me atraía mucho.

​Cuando llegué a la cocina, me encontré con Sergio totalmente desnudo bebiendo zumo de naranja directamente de la botella de cristal. ​

—Perdón —le dije—. Pensé que estaba sola… Quiero decir, la única despierta. ​

—Me he desvelado… —No hizo nada por taparse.

​Sergio tenía un cuerpo bonito. Atlético, delgado, tonificado sin llegar a ser musculado, como era el de Javier. Sus apenas treinta le daban un aspecto viril e interesante. Me fijé en su culo cuando se volvió un instante. Magnífico.

​—¿Tania? —pregunté.

​—Dormida… ​

—Había escuchado la televisión…

​—No, era mi móvil. Estaba intentando ver un capítulo de «Madmen»… No tengo aquí los auriculares me explicó con un ligero y simpático encogimiento de hombros—. ¿Javier? ​

—También… —Y le hice un gesto inequívoco de que estaba dormido. ​

—¿Quieres? —Me ofreció el zumo. ​

—Sí, por favor… ​Me alcanzó un vaso y lo llenó hasta un poco después de la mitad. Me miró sonriente. ​

—¿Ese chico con el que estabas, es tu novio? —Su gesto mezclaba extrañeza y curiosidad. ​Asentí pero no de manera firme. No quería que Nico fuera el blanco de alguna crítica o broma. ​

—Sí… somos pareja, pero tenemos libertad. Más bien, follamigos con compromiso. –Él se rio. ​

—Buena definición…

​—¿Tú con Tania… estás…?

​—¿Con Tania? No… —casi exclamó—. Está casada con un profesor de facultad en Las Palmas. ​

—¿Casada? ​

—Sí… pero bueno, ya ves. Nos vemos y eso… Nada serio ni comprometido.

​—¿Y su marido sabe…?

 ​—Pues no sé bien qué relación tienen. Aunque creo que sí es consciente de que Tania se acuesta con otros… O al menos, eso me ha dicho, pero sin mucho detalle —volvió a sonreír.

​—¿Contigo?

​—Conmigo, con Benja, con Javier… Pero bueno, yo soy su niño. ​

—¿Su niño? ​

—Creo que los canarios lo dicen mucho… Ella, en concreto de mí. —Volvió a sonreír.

Tenía una dentadura cuidada y blanca, seguramente de ortodoncia. ​Abrí los ojos con sorpresa. No me lo imaginaba. Tania tenía una imagen de mujer sexy, segura. De acostarse con quien quisiera, cuando ella decidiese y de la forma que le apeteciera. Pero por nada del mundo me imaginaba una mujer casada. ​

Nos quedamos en silencio, él desnudo y yo con una simple camiseta. Yo seguía cachonda, él, no sé, pero me daba la sensación de que no rehuía mis miradas. Miré su entrepierna. No era como la de Jorge, pero de buen tamaño. En ese momento estaba morcillona, tensa, dudando si erguirse o no. Y me decidí. Fue un instante de pura lujuria y de deseo. De apetito y excitación.

Dejé con tranquilidad el vaso con el zumo casi terminado y me acerqué a él despacio, y sonriente, me quité la camiseta dejándola caer. Acaricié su polla con mi mano derecha y nos besamos.

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