ROSA LIÑARES
Aquel fin de semana los padres de mi amiga Sofía me habían invitado a ir con ellos a su pueblo. Tenían algún tipo de celebración y querían que yo acompañase a su hija. Eran como mi familia.
El sábado, después de comer, mientras los adultos echaban una partida a las cartas, decidimos salir a dar una vuelta por el pueblo. Pero no os acerquéis a la estación, nos había dicho la madre de Sofía.
A esas horas el sol pegaba con fuerza y no parecía haber un alma por los alrededores. Ni siquiera los pájaros cantaban. Todo parecía muerto.
Junto con sus primos comenzamos a caminar rumbo a la estación de tren. Era inevitable. ¿Qué es lo que más le apetece hacer a unos críos que adentrarse en el peligro desobedeciendo a sus padres?
En realidad, no era una estación de tren, era un apeadero, pero hacía ya años que había dejado de pasar por allí ningún tren. Estaba abandonada. Era una edificación de piedra, de planta baja y primer piso. Antiguamente, cuando aún había trabajo, allí vivía el supervisor.
Las ventanas estaban tapiadas con tablones de madera, algunos ya en un estado muy deplorable. La puerta principal también estaba atrancada para evitar actos vandálicos en el interior.
Caminamos entre las vías, rodeadas de maleza. No estábamos muy animados, hasta que Nacho, el primo de Sofía descubrió una llave tirada entre los raíles. Era una de esas llaves enormes de hierro que parecía encajar perfectamente en el hueco de la puerta. No nos lo podíamos creer. Nos dirigimos corriendo a la entrada pero la llave no era de allí. No podíamos tener tanta suerte.
Completamente desanimados decidimos volver a casa. Pero, sorprendentemente, al bordear la edificación, nos topamos con que la puerta trasera estaba entreabierta. Nos invadió la euforia y sin dudarlo nos adentramos en el lugar. Dentro estaba oscuro y tuvimos que esperar unos minutos a que nuestros ojos se adaptasen a aquella oscuridad. Entraba luz a través de los huecos que había entre los tablones de las ventanas.
Una vez que nuestra vista se acostumbró a la penumbra, descubrimos una estancia diáfana, donde lo único que había eran telarañas. A la derecha unas escaleras subían al piso de arriba. Me dirigí a ellas sin dudarlo. Nacho no se atrevía a subir; estaba muerto de miedo.
Sofía y yo nos acercamos despacio a los escalones. Eran de madera y no sabíamos en qué estado estaban. Podía ser peligroso. Comenzamos a subir y en el tercer escalón nos paramos a observar una mancha de lo que parecía ser sangre. Y parecía reciente. Había una enorme gota rojo oscuro cada dos escalones. Nuestros corazones empezaron a latir con más fuerza. Nos miramos un poco asustadas pero continuamos ascendiendo despacio.
Nuestra imaginación ya se había disparado. Pensamos que quizá allí arriba se escondía un forajido que huía, herido, de la policía. O quizá allí se había cometido un crimen. Nuestros corazones iban a cien por hora. Nacho y su hermano pequeño, Daniel, nos observaban desde abajo, medio lloriqueando y pidiéndonos que bajásemos.
A medida que subíamos, la oscuridad se iba haciendo más grande. Las ventanas de arriba estaban mejor tapadas y no había tantas rendijas por las que se colase la luz exterior.
Cuando casi habíamos llegado, oímos un crujido en el suelo de madera. Nos quedamos paralizadas. Volvimos a oírlo, más fuerte, y entonces sí salimos corriendo. Bajamos corriendo las escaleras y no paramos de correr hasta llegar a la casa de los tíos de Sofía. Llegamos sofocados y sus padres nos preguntaron dónde habíamos estado. Por supuesto, nadie dijo nada. Nadie había estado en la estación del tren.
A la mañana siguiente, después de desayunar, Sofía y yo salimos a dar un paseo. Inevitablemente, sin hablarlo siquiera, nos dirigimos a la estación. Teníamos que descubrir el misterio. Nos sentíamos cual detectives buscando pistas. Pero al llegar descubrimos que la puerta por la que habíamos accedido el día anterior estaba cerrada con llave. A cal y canto. Bordeamos todo el edificio, buscando una forma de entrar, pero no quedaba un solo hueco por el que acceder.
Por la tarde volvimos a la ciudad apesadumbradas. No nos atrevimos a decirle a nadie que allí podía haber algún hombre malherido.
Unos años más tarde, comiendo en su casa, salió en la conversación la antigua estación de tren. Su madre nos contó que desde que había dejado de pasar por allí el tren, la estación había pasado a ser un bien común de los habitantes del pueblo. Solían utilizar la parte de arriba cuando había matanza, para hacer chorizos y demás manjares con las partes del cerdo. Entonces comprendimos. Aquellas gotas de sangre tenían su explicación. Y nosotras nunca llegaríamos a ser Sherlock Holmes.
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Un comentario sobre “Estación abandonada

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