AURORA MADARIAGA

Capítulo 24
Loreto quedó anonadada. El seco de su garganta se robó las palabras. Miró a Nuada a
los ojos tan cerca en cuclillas frente a ella. No había dónde esconderse. En cualquier
otra situación hubiera pensado rápido alguna pachotada sarcástica para salir airosa del
paso, pero ahora las ideas la abandonaron. Sus iris expandidos dentro de las pupilas de
oro la miraban calando profundo dentro de su alma. Tragó saliva. Quizás ella no
pudiera leer la mente como él, tal vez las heridas del corazón nublaban demasiado su
visión con gafas cínicas a la mera insinuación de amor, pero en algún lugar dentro de
sus ojos ámbar, Loreto creyó hallar verdad. Con esfuerzo aclaró la garganta y se lamió
los labios. Tiritaron al intentar hablar.
—No sé cómo responderte, perdóname—balbuceó y agachó la cabeza.
El Príncipe besó suave el dorso de su mano y se puso de pie.
—Demos un paseo—dijo y se dirigió hacia la salida de su morada.
Dubitativa, Loreto lo acompañó.
Nuada guió el camino entre pasadizos y recovecos. Los cimientos de antaño de la
ciudad lucían oscuros y carcomidos allí abajo víctimas de la humedad y frío. El hedor
de agua estancada se entremezclaba con el de hongos y basura. La oscuridad era casi
total. Loreto se tropezó y casi aterriza de cara al suelo. Veloz, el Príncipe la atajó en sus
brazos y ofreció su mano por el resto del trayecto. Él parecía saber cada ruta de
memoria. Sus ojos reflejaban la poca luz proveniente desde algunas claraboyas en las
alturas. Destellaban como la mirada alerta y audaz de los búhos en la noche. Llegaron
a una escalera que miraba por encima del mercado Troll. Tomaron asiento en los
peldaños. El concurrido bazar subterráneo no conocía la palabra descanso. Por sus
callejuelas pululaban criaturas estudiando las ofertas de los locatarios mientras otros
acortaban camino directamente hacia alguno de los puestos. Como la primera vez que
había entrado allí herida de bala en los brazos de Nuada, el aire olía a una mezcolanza
entre incienso, frituras y cloacas y la lenta y constante melodía de un organillero daba
un extraño aire festivo y bizarro al panorama desde las alturas. Tres criaturas pequeñas
de dos cabezas corrieron escalera arriba y se acercaron chirriando al Príncipe. Él estiró
su mano y sonriente los acarició por sus caritas. Los pequeños se acercaron a Loreto y
chirriaron entre sí mirándose confundidos. Luego retomaron su camino peldaños
arriba.
—¿Por qué especulan los otros humanos sobre ti?—Nuada preguntó de repente.
Loreto sacudió la cabeza embelesada observando el mercado y debió hacer un esfuerzo
por enfocarse. Sacó su teléfono móvil y volvió a revisar las fotos y artículos sobre ella.
Algunos periodistas se atrevían incluso a conectar la aparición de Loreto con Nuada en
la madrugada pasada con su desaparición de un mes. Otros achacaban un perfil
sectario al misterioso hombre alto de pálida piel y blancos cabellos con el que había
sido vista. Loreto exhaló agotada y se frotó la cara con la mano.
—Porque la gente cree que, por ser famosa, tienen derecho a saber todo de mí en todo
momento—dijo cabreada—. Al principio disfruté todo eso de ser reconocida en la
calle, obtener favores y trato preferencial pero con el tiempo se ha convertido en una
cárcel. No hay lugar donde vaya sin que no me encuentre con Paparazzi apuntando las
cámaras hacia mí—exhaló cansada y se encorvó sobre sus rodillas—. Yo solo quiero
hacer mi música tranquila.
—¿Qué es un Paparazzi?—el Príncipe preguntó y la encaró con el ceño apretado.
Loreto sonrió a su expresión de completo despiste. Quiso borrar el leve surco entre sus
cejas inexistentes con un beso. Se retractó de la idea.
—Paparazzo singular, Paparazzi plural. Es italiano para «despreciable hijo de la gran
puta carente de toda ética y moral que lucra sacando fotos de la vida privada de los
famosos y vendiéndolas al mejor postor». En estos momentos mi casa está en la mira
de ese tipo de sabandija, quizás hasta hayan rodeado la de mis padres—masculló con
rabia y suspiró con frustración—. Son como aves carroñeras. La fama te eleva a un
estatus de semidiós hasta el punto que nadie se atreve a contradecirte o negarte cosa
alguna, pero si llegas a cometer un error, ¡ay de ti! Harán leña del árbol caído como los
buitres que son… Serían capaces de fotografiar tu propio cuerpo agonizante si hay un
buen botín a pagar—. Loreto se restregó la cara contadas veces y se rascó el cuero
cabelludo con insistencia. Dejó caer la cabeza y soltó el suspiro con sabor a derrota que
se agolpaba contra la garganta—. Te pediría que usaras aquel conjuro tan útil para
camuflar mi verdadero aspecto y así poder tomar un taxi hasta Upper East Side pero
no solucionaría el problema de fondo y de todas formas quedaría prisionera en mi
propio departamento.
—Puedes quedarte aquí todo el tiempo que haga falta—el Príncipe dijo.
Lo miró a los ojos. Acarició su mejillas apenas levitando la mano por su piel y susurró
un «gracias». Nuada cerró los ojos y se arrimó a su mano como un felino carente de
cariño. Loreto rozó sus labios oscuros con su pulgar y se percató que no podía dejar de
mirarlos. El Príncipe abrió los ojos lo suficiente y disminuyó la distancia entre ambos.
Imitó su gesto y encajó su rostro en su gran mano por la mandíbula y cuello. Tan solo
sentir su toque sobre la piel la remeció de delicioso escalofríos que se anidó en su
vientre bajo. La atrajo hacia sí con fuerza dosificada y se fundieron en un beso dulce,
inocente, casi adolescente. Su calor la envolvió por completo. El Príncipe lamió sus
labios hasta besarla profundo y lento como aquella madrugada en su departamento. El
corazón dentro de su pecho se aceleró agolpándose contra las cuerdas vocales.
Enredaron sus dedos en las melenas completamente abandonados. De pronto no
estaban bajo tierra sino flotando más allá de la estratosfera. Su sabor era intoxicante.
El perfume de su piel emanaba una fuerza cruda natural que le voló los sesos. Loreto
tiró suave de sus cabellos, Nuada respondió aventurando una mano debajo de su
polerón hasta alcanzar sus senos. Gimió gutural a su contacto y sin más quedó en
evidencia. Estaba derritiéndose de calor por él. Rompieron el beso. Ambos jadearon
por aire todavía rozando sus labios irritados. Nuada esbozó una sonrisa malévola y la
clavó con la mirada. Sus ojos brillaban oscuros de deseo. El chirriar agudo de las
pequeñas criaturas bajando las escaleras a su lado los sacó del embrujo de lujuria y los
trajo de vuelta bajo tierra. Ambos rieron. El Príncipe dijo algo en su idioma nativo, las
criaturas hicieron una dramática reverencia y siguieron su camino hacia el mercado.
—Bogarts—dijo con voz ronca y se peinó el cabello detrás de las orejas levemente
puntiagudas—, así se llaman—y apuntó a los pequeños seres que ahora se
encaramaban a la criatura organillero.
Loreto los observó. Parecían el equivalente mágico a un cachorrito o conejo. Eran
juguetones y parecían comunicarse con sonidos agudos como suaves chillidos.
—¿Qué les dijiste?—atinó a preguntar y se tocó las mejillas con el dorso de sus manos.
Todavía ardían.
—Que no subieran más acá arriba, que su Príncipe deseaba estar a solas con su
invitada.
Se quedaron mirando. Nuada tomó su mano y la besó por la muñeca, luego la
posicionó sobre su mejilla. Loreto tragó saliva totalmente enternecida a la imagen
frente a sus ojos. Desde su pecho nació un calor expansivo que invadió cada esquina de
su ser. Fue una sensación abrumadora que agolpó sus ojos de lágrimas. Se lazó a sus
brazos y lo estrechó fuerte contra ella. Si su idea de negociar el retorno de Bethmoora a
la superficie iba a significar un riesgo para su gente pero sobre todo para él, Loreto no
sería capaz en la vida de perdonarse. La sola idea de perderlo le apretó el pecho de
pavor. Nuada la rodeó por la espalda y cintura hasta apegarla a su pecho. Enterró la
nariz en sus cabellos e inhaló profundo. Llegó a su oído.
—Estaré bien, nada me pasará—susurró y besó su lóbulo.
Las cosquillas fueron esta vez telúricas y erizaron cada poro de su piel. Loreto
entrelazó sus dedos en sus largos cabellos y de a poco se separaron hasta encararse.
Besó su boca oscura con los ojos sellados. Estaba acabada. No había vuelta atrás. No
supo cómo ni cuándo había nacido en ella aquel sentimiento pero lo asimiló como
cierto y real. Existía. Era una realidad. Lo amaba. La lógica le dijo que estaba drogada
de dopamina y endorfina, su cerebro insistió en convencerla que no podía querer a un
ser de otra especie tan distinta a la suya y que conocía hace tan corto tiempo. Cada
cicatriz en su corazón se encogió de miedo al recordar el dolor de la traición y la
desilusión. No sabía si le quedaban fuerzas para amar como si fuera la primera vez.
Había desperdiciado sus mejores años en hombres que nunca supieron apreciarla.
Había derrochado tanto cariño en los brazos equivocados. Cada decepción, cada
engaño, mentira, traición pasada punzaba todavía en la herida abierta y le advertía a
gritos que corriera lejos de él. No pudo. Por primera vez en su vida adulta sentía que
había llegado al hogar. Y su hogar era Nuada.

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