ANDER MAIS

Capítulo 1

Cómo la conocí

El siguiente viernes, a las cuatro de la tarde, estuve allí puntual en la gestoría Alvez; en el primer piso del portal que me había dicho Alex. En la puerta vi un letrero de: Pase sin llamar, y entré silencioso hasta encontrarme tras una mesa-mostrador con una chica de larga y lisa melena negra. Se encontraba atendiendo a otro cliente, y esperé un segundo.

Al momento, por fin se dirigió a mí:

—Hola… ¿Eres Luis? —Me sorprendió que me llamase por el nombre.

—Sí —le respondí al instante.

—Alejandro ya nos avisó que vendrías. Tenemos ya todo listo… Déjanos el DNI y sólo falta que venga él a terminar de firmarlo todo. Espera ahí a ver si llega.

Aquella chica me pidió amablemente que me sentará en una de las sillas que tenían junto a la entrada, a modo de rincón de espera, y se levantó para llevar mi DNI a hacerle una fotocopia. Me fijé un poco en ella tímidamente mientras permanecía de pie frente a la impresora: era de media estatura, sobre 1,65 o así, de cabello negro y piel más bien blanquita, o al menos no bronceada. Me pareció muy guapa. Vestía un largo jersey gris de lana, con botones, que en aquel momento le tapaba por completo el trasero. Aquella prenda tan holgada impidió mi curiosidad morbosa por descubrir qué tal tendría el culo… Sí me fijé en que, bajo aquel jersey, no podía ocultar del todo el bulto de dos pechos bastante prominentes. Se los miré de reojo al devolverme el carnet de identidad.

Durante el rato que esperé por Alex, no me fijé más en ella de forma directa. Siguió a lo suyo: colocando papeles y, a ratos, atendiendo alguna que otra llamada de teléfono con consultas varias.

Casi media hora después, por fin, llegó mi amigo; tan poco puntual como acostumbraba, pero tomándoselo todo a broma… como siempre.

—¿Qué pasa?, ¿te pensaste que me fugaría con tu dinero y te dejaría sin el coche, ahora que ya me llegó la transferencia al banco? —dijo él, de cachondeo, nada más entrar por la puerta y dándome luego una palmada en el hombro.

Yo respondí con una sarcástica recriminación por su tardanza, en forma de gesto apuntando al reloj de mi muñeca. Miré de nuevo hacia aquella secretaria, y vi cómo esbozaba una simpática risita ante la graciosa conversación que nos traíamos mi colega y yo. Esa fue la primera y única sonrisa que le vi durante todo el rato que estuve allí. Hasta hacía un segundo, tenía un semblante serio y algo distante.

Terminamos los tramites, firmamos todos los papeles, y ella me dio un resguardo provisional para utilizar hasta que me llegase la transferencia completa.

—En cuanto tengamos la documentación oficial a tu nombre, te llamamos y te pasas a recogerla. ¡Dame tu teléfono! —me pidió ella, con un tono serio y profesional.

Mientras apuntaba mi numero, la volví a mirar apoyado ahora sobre el mostrador. De este modo, ella sentada y yo de pie en frente suyo, pude entrever mejor sus pechos; parecía que se había abierto algo el escote, desabotonando algún botón más, y ahora se le llegaba a intuir el principio de su canalillo. Sin duda alguna, bajo aquel jersey, aquella chica escondía unas firmes y generosas tetas. Pero, además de en sus pechos, me fijé en la sutil mirada que me regaló al despedirnos: una mirada tímida, pero alegre y jovial a la vez. Me hubiese gustado, ya en aquel momento, haber tenido más tiempo para charlar con ella, conocerla mejor. Algo de ella me decía que ya nos habíamos visto alguna vez en el pasado, que nos conocíamos de antes. Pero ahora me tenía que ir…

—De acuerdo… Adiós —me despedí, nada mas terminar todo.

Mientras salíamos de allí, bajando las escaleras, le pregunté a Alex por ella:

—Oye… ¿cómo me dijiste que se llamaba esta chica?, la que nos acaba de atender…

—Natalia, creo. ¿Por?

—No sé… Por alguna razón creo que me suena su cara. Pero no sé… será cosa mía. Igual la confundo —le comenté, aunque queriendo aparentar no darle demasiada importancia.

—Yo la he visto por primera vez aquí hará unos tres meses, cuando vine por otro asunto. Pero no la conozco de nada más…

Solo sé que se llama Natalia y que no lleva mucho trabajando aquí —me contestó de una forma un tanto indiferente.

—Ya… bueno… déjalo. —Quise zanjarlo ahí.

—¿Qué pasa?, ¿te gustó o qué? No sé… no la veo de tu estilo. A ti te van más, así… ¡guarronas! Como la vecinita esa tuya. Ésta parece mucho más modosita. Pero bueno, unas buenas tetas sí que tiene sí… Y no es para nada fea —me dijo.

—Sí… —respondí seco y sin entrarle más al trapo. No me apetecía nada que intensase volver a sacarme el tema de mi, ya, ex vecina.

Durante los siguientes días, no me volví a acordar para nada de aquella chica, de esa tal Natalia. Aunque me había llamado mucho la atención nada más verla, para mí, había quedado como una simple anécdota y nada más; como tantas y tantas veces con otras tías con las que me pude tropezar en la vida y la cosa no había pasado de ahí.

Hasta qué, una semana y pico después, una llamada al móvil me la volvió a traer a la mente. Al descolgar, una dulce y tímida voz femenina me habló:

—Hola, soy Natalia, te llamo de la gestoría Alvez… ¿Eres Luis, verdad?

—Sí, sí, soy yo —respondí sorprendido, pero contento. En aquel instante, mi alegría era más por recibir ya la documentación oficial de mi nuevo coche, que porque aquella chica me hablase.

—Vale… Mira… Ya tenemos aquí toda la documentación del vehículo. Cuando quieras te puedes pasar a recogerla…. O te la podemos enviar a tu casa. Como prefieras…

—No, no… mejor voy yo por ahí y la recojo mañana. Hoy quizá ya no me de tiempo, pero mañana me paso sin falta. —No podía perder la ocasión de volverla a ver, aunque sólo fuese durante el corto ratito que tardaría en recoger esos papeles.

—Ok… chao —dijo de forma seca antes de colgarme.

Al día siguiente, me fui raudo hasta allí en un hueco que tuve libre en el curro, y aparqué frente a una cafetería, unos metros antes del portal de aquella oficina.

Justo cuando iba a salir del coche, y mientras miraba despistado algo en mi móvil, levanté la vista y la vi, a Natalia, a la chica de la gestoría; la vi cómo entraba en ese bar de enfrente, sola. Hoy vestía una cazadora oscura y unos vaqueros con los que marcaba un nada despreciable trasero; un culo redondo, grande, firme… como los que me gustan a mí.

Entonces, decidí que tenía también que entrar en esa cafetería y verla de cerca. Algo me decía, dentro de mí, que no podía perder la ocasión de acercarme a ella.

Nada más cruzar la puerta, la vi pidiendo un café en la barra, y observé cómo luego se sentaba en una mesa con otra chica. Avancé disimulado y me situé en el mostrador, justo a unos metros de ellas, dándoles las espalda. Me pasé los minutos que me duró el café escuchando la conversación que tenía con aquella otra chica, que, como pude entenderles, trabajaba por allí cerca en una tienda de ropa.

Durante todo ese rato parecieron estar hablando de una relación tormentosa que habría tenido Natalia. Daban la impresión de estar hablando de su ex. Gracias a esa conversación, descubrí que parecía haberse dejado con su novio no hacía mucho.

La verdad, que mi intención al escucharlas, en un principio, no era saber si Natalia estaría libre o si no, sino poder descubrir de qué me sonaba su cara. Estaba seguro que de algo la conocía de antes, pero no caía, y aquella conversación de ellas tampoco me aclaró nada sobre ello. Pero sí que ahora estaba sin novio. En parte, me alegraba saberlo. Decidí dejar el asunto y le pedí al camarero que me cobrase.

Por suerte, la casualidad hizo que aquella chica, Natalia, se levantase y se colocase junto a mí para hacer lo mismo. Por un instante, nuestras miradas se cruzaron, y yo, sin darme cuenta, me vi rompiendo el hielo para hablarle:

—Hola… ¿Me llamaste tú ayer, no? —le dije.

—Sí… tienes todo listo arriba. Ahora subo y te lo doy —respondió de forma tímida.

—Vale.

Nuestras miradas se apartaron de forma fría para seguir a lo nuestro. Ella se despidió de su amiga, y yo me quedé disimulando para ver qué haría luego. Deseaba con enormes ganas poder subir juntos a su oficina, pero tampoco me atrevía a ser tan directo y pedírselo directamente.

Pero, al segundo, ella fue la que me habló a mí, nada más irse su amiga:

—Ven… sube conmigo. Menos mal que no subiste todavía. Ahora está sola Víctoria, la jefa, y fijo te iba a tener allí esperando hasta que volviese yo de tomarme el café. Suele hacer mucho eso —dijo, de una forma un tanto tímida y agachando la mirada.

Decidido, fui caminando tras ella.

Mientras cruzábamos la puerta, saliendo ya del bar, no pude reprimir mis instintos y bajé la vista con disimulo para admirar de cerca su culo. Los vaqueros grises y los botines de tacón que llevaba esa mañana ajustaban y realzaban su trasero, haciéndolo muy apetecible; sus nalgas eran redondas y carnosas, de esas que cuando las ves sientes que desearías poder tocarlas y acariciarlas hasta morirte del gusto. Aquella chica, aunque vestía de forma bastante informal, estaba muy buena.

Fuimos caminando pareados por la calle y no intercambiamos ni palabra en todo el trayecto hasta llegar al portal de su oficina. Allí, justo al comenzar a subir las escaleras, esta vez fue ella la que rompió el hielo:

—Oye… ¿Te puedo hacer una pregunta?

—Sí, dime… —contesté. Por un instante, aquella tímida chica parecía perder poco a poco la vergüenza.

—El otro día que viniste… ya me lo pareció, pero no estoy segura… —comentó mirándome a los ojos—. ¿Tú antes… eras algo amigo de mi prima Erika, no?.

Me quedé por un segundo pensando en quién se refería; no recordaba conocer a ninguna tía llamada así. Pero, con aquella pregunta, empezaba a intuir que ella me iba a dar la respuesta a por qué me sonaba tanto su cara.

—¿Erika… Erika…? Lo siento pero ahora no caigo… —le dije, intentando al mismo tiempo recordar algo—. Pero, si te digo la verdad, el otro día que estuve aquí, a mí también me sonó bastante tu cara, aunque no sé de qué… —añadí, sin dejar de darle vueltas a quién podría ser esa tal Erika.

—Bueno… de todo esto debe de hacer al menos ya cinco o seis años… quizá más, cuando mi prima venía mucho por mi casa a pasar las navidades y tal… —me intentaba concretar ella—. Pero déjalo. Seguro que no te acuerdas… o me estoy confundiendo yo.

No podía dejar de darle vueltas al asunto: ¿quién sería esa tal Erika?

Al instante, ya dentro de la oficina, mientras ella me buscaba la documentación de mi coche, como en un flashazo, se me vino a la mente el recuerdo de una chica que igual podría ser ésa que me decía: una chica que venía de vez en cuando por la ciudad y que era amiga de Pablo, un íntimo colega mio de por aquel entonces. Quizás esa tal Erika fuese una chica de larga melena rubia “de bote” y culazo tremendo, con la que alguna vez tomé junto con Pablo algunas copas años atrás. Medio recordaba ahora, que más de una vez le intenté tirar los trastos. La verdad que, sobre todo, sinceramente, lo único que recordaba en si de ella era aquel trasero imponente que tenía. Recuerdo que siempre enfundado en mallas o vaqueros súper ajustados. Igual podría ser ésa…

—Espera… —le dije, haciéndole ver que me estaba acordando de algo—, esa prima Erika que dices, ¿es rubia…? ¿Así teñida y más o menos de tu estatura? Y bueno… supongo que unos años mayor que tú. De mi edad más o menos…

Natalia levantó la vista para mirarme, con una leve sonrisa y, mientras la bajaba de nuevo a la carpeta donde buscaba mis documentos, me respondió:

—Sí, creo que te refieres a la misma… Bueno, quizás alguna que otra vez de las que yo salí con ella, tal vez puede que coincidiésemos por ahí contigo y tus amigos las dos… De ahí que nos sonasen nuestra caras. Pero de eso hace mucho. Es normal que no te acordases.

Yo, la verdad, que no recordaba haberme tomado nada con ella. Sólo me sonaba de algo su cara, pero nada más. Sí creí recordar, que aquella Erika salía a veces con otra chica, pero no la visionaba con el aspecto de esta Natalia. Tal vez podría haber cambiado mucho. Supuse que, de aquella, sería aún muy joven. Yo a esta chica hoy no le echaba más de 25 años.

Me fui de allí, y aquella conversación habría quedado en una pura y simple anécdota, si no fuese porque no conseguí quitarme a Natalia de la cabeza todo el resto de la semana. Algo le había visto que la hacía especial para mí. Tenía que intentar volver a verla. Creí ver en ella a la chica ideal que tanto tiempo llevaba esperando.

El lunes siguiente, pedí libres unos días de vacaciones pendientes que me debían en la empresa, y no resistí la tentación de volver a la cafetería de al lado de su oficina para ver si me la encontraba de nuevo.

Ese día no tuve suerte, pero volví el miércoles… Y me la encontré. Natalia y yo tomamos juntos un café y charlamos un rato. Aquella chica cada vez me resultaba más simpática y encantadora. Debajo de aquella apariencia recatada y tímida del principio, había una persona con la que parecía congeniar de forma rápida y sincera. Parecía que los dos estuviésemos buscando y necesitando lo mismo el uno del otro.

Sin darnos cuenta, fuimos quedando para tomar café allí todos los días del resto de aquella semana. Siempre encontrábamos la más mínima excusa para volver a vernos al día siguiente…

¡Era algo mágico!

Y ya, al segundo fin de semana de conocernos, quedamos por primera vez para ir al cine. ¡En mi vida olvidaré la noche de ese sábado! Lo que en un principio para mí sólo pretendía ser una cita para conocernos un poco más, terminó derivando en una noche de pasión desenfrenada en mi piso.

Sin saber muy bien cómo, terminamos la noche allí, haciendo el amor. Aún tengo grabado en mi mente lo que sentí al poder llegar a desabrocharle por vez primera los botones de su camisa, y descubrir lo que escondía bajo ella: los mejores pechos que había visto en mi vida.

Unas tetas grandes, redondas, firmes; con unos impresionantes pezones cuya circunferencia de areola me recordaba a unas apetitosas galletas María. ¡Eran perfectas! ¡Deliciosas! Me las tiré a lamer como un loco nada más verlas….

Esa noche descubrí, que tras la apariencia de una chica tímida y un tanto recatada, se escondía una mujer muy ardiente y sensual. Desde ese primer encuentro carnal, descubrí que no querría tener otra mujer a mi lado. Para mí, era la chica perfecta.

Tras ese sábado y aquella primera cita, luego fue todo bastante rápido. Se iba confirmando que los dos estábamos esperando a alguien así en nuestras vidas. Nos sentíamos genial el uno con el otro y nuestra relación empezó a ir a un ritmo frenético. Parecía que ambos teníamos ganas de recuperar tiempo perdido, y nuestras citas eran algo de lo más romántico. Empezamos a salir cada vez más de seguido y, al año y pico de conocernos, ya estábamos conviviendo en pareja. Alquilamos un piso un poco más grande que ese primer apartamento que tuve yo.

Aquellos primeros años de relación, transcurrieron como los de cualquier pareja normal. No creo que en el día a día nos diferenciásemos demasiado del resto de noviazgos que empiezan. Estábamos cada vez más enamorados.

Al segundo año, pasamos nuestra primera semana de vacaciones juntos: unos cortos días de verano en el pueblo donde viven unos tíos suyos. Y ahí, pude descubrir que la prima Erika de la que me hablaba Natalia era en realidad la misma que yo recordaba de años atrás, aunque ahora estaba físicamente un tanto cambiada y con novio.

De todos aquellos primeros años con Natalia, lo que más recuerdo, a parte de lo bien que nos llevábamos y lo mucho que nos amábamos, era la manera en la que yo la fui animando a vestirse de forma cada vez más sexy. Al principio, me sorprendía su excesivo, casi llegando a lo obsesivo, recato. No podía entender por qué siempre intentaba evitar vestirse con escotes pronunciados o con vestidos cortos. Parecía mostrar un extraño complejo por el tamaño de sus pechos. Pero, para mí, eran preciosos, una belleza… una joya preciada digna de admirar al mundo. Y la verdad, que cada vez me encantaba más que luciese esas tetas talla 100E de sujetador.

Así que, poco a poco, fui consiguiendo, a base de paciencia y comprensión, que se comprase ropa cada vez más sugerente…

Después del segundo año juntos, de repente, cuando ya conseguí que vestirse con escotes y ropa llamativa comenzase a ser mucho más frecuente en ella, ese enorme fetiche porque luciese ante los demás sus grandes y preciosos senos empezó a mostrarse en mí como una morbosa obsesión. Cada vez que salíamos de fiesta o a cenar, para mí era una diversión y una excitación enorme poder ir observando, tranquilo y disimulado, cómo los tíos no podían evitar mirarla. Me llenaba de morbo lucir a mi novia ante otros hombres. Me excitaba y enorgullecía a partes iguales.

Estando casi a punto de cumplirse los cuatro años de conocernos, Natalia y yo, después de dos años en los que no conseguimos coordinar bien nuestras semanas libres del trabajo, pudimos por fin tener nuestras primeras vacaciones en la playa.

Como destino, elegimos una pequeña localidad costera del norte de España. Queríamos algo tranquilo para pasar unos románticos días en pareja, y por los comentarios que vimos en varias webs de viajes, el lugar nos pareció idílico: Rocablanca del Mar se llamaba el pueblo.

Contratamos 6 noches en un hotel de esa villa y, después de allí, como el año anterior, teníamos previsto marcharnos a pasar otra semana más a casa de su prima Erika.

El plan era perfecto.

Yo, antes de partir, ya estaba obsesionado y como loco por llegar a conseguir que Natalia hiciese topless en la playa. Era mi morbo, mi obsesión. Pero ella todavía parecía muy reacia a hacerlo. Y eso aumentaba aun más en mí el morbo por lograrlo.

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