AURORA MADARIAGA

Capítulo 23
Nuada se refugió en la biblioteca de la agencia y cerró las puertas tras de sí. Se paseó de
un lado a otro por la estancia y rogó que a nadie se le ocurriera irrumpir. Necesitaba
soledad para pensar. Todo estaba ocurriendo demasiado rápido y fuera del alcance de
sus manos. Loreto estaba por fin fuera de peligro de muerte. Sus lágrimas de gratitud
calaron profundo en su corazón. Su propuesta y la lógica que había argumentado lo
pilló por sorpresa.
«¿Y si hubiera otra salida? Hace un mes atrás no sabía de la existencia de criaturas
mágicas ni mucho menos de los elfos viviendo a la par con nosotros en este mundo. ¿Y
si te presentaras al mundo como el Príncipe de los Elfos y negociaras una salida
pacífica para tu pueblo? El mundo entero quedaría igual de fascinado con ustedes que
yo, tendrías el apoyo de las personas si explicas la situación».
No supo si es que Loreto era demasiado ingenua o si de verdad los humanos tendrían
la grandeza de espíritu suficiente como para negociar de frente y sin trampas el retorno
de Bethmoora a la superficie. La idea no era mala, utilizar el poder sanador de los
semidioses del bosque para transar y negociar. Sin embargo algo en su corazón le
advirtió del riesgo. Las filas de guerreros en Bethmoora eran escasas, sin el Ejército
Dorado su desventaja frente al avance bélico y militar humano sería humillante. Sería
suicida. Nuada había visto la raza humana fallarse a sí mismos una y otra vez en la
historia como para creer que ahora actuarían distinto. Además, todavía ascendía al
trono como para ser él quien liderara las conversaciones. ¿Y qué transarían? ¿Un
pedazo de tierra cualquiera donde su otrora orgulloso pueblo viviera sin honor ni
dignidad? Por sobre todas las cosas necesitaban el lugar y el tiempo para sanar. Vivir de
pronto nuevamente sobre la Tierra los debilitaría hasta matarlos. Todas las criaturas
del reino, incluidos los elfos, habían sufrido las consecuencias de milenios de vida bajo
el suelo. Allí donde fuera que Bethmoora pudiera reconstruirse en la superficie,
necesitaría también igual cantidad de espacio subterráneo para alternar horas del día y
la noche en armonía con sus frágiles organismos. Los druidas podrían guiar el proceso
y quizás, si la voluntad existe por parte de ellos, los humanos especialistas también
podrían ayudar. El Príncipe detuvo los pasos. Perdió la mirada en la interminable
estantería de libros. ¿Por qué pensaba que los humanos querrían ayudarlos? Eran seres
egoístas, mezquinos, crueles. Loreto era humana también. Ella era todo lo contrario.
¿Cómo era posible? En su corazón habitaba una luz cálida y enceguecedora que lo
atrapaba cuando estaba en su compañía. El mero hecho que hubiera sugerido usar el
método de cura a su cáncer para poner a los elfos en una posición de poder y atractiva
para los humanos decía mucho sobre su nobleza. Ella ya estaba sanada del todo, ¿por
qué era de importarle el resto de humanos que muere día a día a manos de esa
enfermedad?
Las puertas de la biblioteca se abrieron e interrumpieron sus pensamientos. Nuada
volteó y encontró a Loreto bajando los peldaños hacia el centro. Sacó su aparato de
llamadas telefónicas portátil y mostró la pantalla hacia él. Dubitativo, lo tomó en las
manos y revisó. Eran fotos de un edificio en Nueva York. Le costó reconocerlo al
principio pero al pasar de segundos se percató que era el lugar donde Loreto tenía su
residencia. Las fotografías mostraban a un séquito de personas conglomeradas en las
afueras junto con decenas de cámaras y objetivos apuntando hacia su piso. Loreto le
quitó el móvil y se lo devolvió con otras fotos. Eran ellos dos caminando abrazados en
busca de un taxi esa madrugada cerca del amanecer.
—Mi representante me ha escrito. Las especulaciones están por todos los medios.
Especulan sobre quién es el hombre de las fotos, porqué parecemos tan cercanos y si es
que es él el culpable de mi desaparición—Loreto dijo con voz baja y se guardó el
aparato en el bolsillo trasero de sus pantalones—. No puedo volver a mi casa. No en
estas condiciones. Quiero tranquilidad…
—Vendrás conmigo entonces—Nuada dijo, tomó su mano y besó su dorso.
Llegaron a la bodega abandonada del puente Brooklyn escoltados por los agentes
especiales. Nuala y los druidas volvieron a casa junto a él. A regañadientes aceptó que
los agentes Krauss y Sapien tomaran muestras de la savia de los descendientes del
Elemental. Vio con gusto a su hermana reencontrarse con los hermanos elfos y
desaparecer en sus aposentos privados. Enseguida sus sirvientes la atendieron y
prepararon una cena para ella. Era pasada la medianoche. Solo entonces Nuada se
percató que no había ingerido alimento alguno desde la madrugada pasada en casa de
Loreto. Era hora de devolver su gesto de hospitalidad. Entraron en su morada y ordenó
a Arasne preparar un cena para dos. El hielo del otoño camino al invierno se sentía
penetrante entre los cimientos de las entrañas de Nueva York. El Príncipe gesticuló
hacia el sofá frente a su chimenea. Nunca había pensado recibir visitas en tal inhóspito
lugar por lo que debía improvisar. Loreto tomó asiento y se disculpó cuando se dio
cuenta que ese era su sillón. Uno de sus sirvientes se dio cuenta de la situación y rápido
arrimó una de las sillas de cabecera de su mesa junto a la chimenea. Se sacó la lanza de
la espalda, el cinturón con la espada y se sentó a su lado. Enseguida el halo anaranjado
de las llamas crepitando llegó a ambos y los envolvió de calor. Loreto estiró las palmas
de las manos en dirección al fuego y las sobó. De la nada la vio aproximarse hacia él
hasta quedar a milímetros de su boca. Nuada exhaló sorprendido por su súbita
proximidad. Loreto tocó su mejilla con la punta de la nariz. El escalofríos lo remeció.
Ella se rió y volvió a su asiento.
—Mis pies también están congelados—dijo y meneó las botas sobre el piso—. No me
mires así, no te voy a tocar con ellos. No te quiero convertir en cubo de hielo.
No pudo evitar enternecerse. Soltó la risa agolpada por milenios detrás de las cuerdas
vocales. La observó con detención. Las sombras danzarinas de las llamas dibujaban
caprichosas sus facciones. Era hermosa. Una diosa. Las ondas de cabello castañas
destellaban ínfimos rayos del fuego como purpurina sobre los mechones. Supuso que
así como sus ojos mutaban a verdes en el día, sus cabellos eran de brillar claros a la luz
del sol. Nunca la vería bajo la luz del día. Nunca vería el verde de sus ojos cambiantes.
El daño de milenios sobre la piel y ojos de los elfos tomaría la misma cantidad de
tiempo en revertirse. Loreto lo encaró y sin palabras le preguntó qué pasaba.
—Yo no puedo leer la mente como tú—dijo y estiró una mano hacia él—. Si no me
quieres contar, está bien, lo entiendo. Pero si quieres echar afuera lo que te atribula, te
escucho.
Nuada tomó su mano y entrelazó sus dedos con los suyos. Apretó y la miró a los ojos.
«Te quiero».
Loreto pestañeó contadas veces y ladeó la cabeza confusa.
—¿Me dijiste que me quieres?
—Si—el Príncipe respondió enseguida.
—No es posible que ya me quieras, apenas nos conocemos. No sabes quién soy. No
conoces mis traumas, mis heridas, mis dolores. No sabes qué espero de la vida ni cómo
veo el mundo. No sabes lo vanidosa y arrogante que puedo llegar a ser, no tienes idea
de qué me hace enfadar o qué me ofende. No sabes si somos compatibles, si tenemos
los mismos intereses, gustos…
Loreto habló alborotada. Se soltó de su mano y se sobó la cara y el cabello. Exhaló
fuerte hasta desinflar los hombros y se quedó mirando el fuego crepitar. Su rostro se
endureció. Nuada inspiró profundo.
—Así es como los humanos ven el amor—dijo con calma todavía con su mano estirada
hacia ella con la palma apuntando al techo.
Loreto lo encaró.
—¿Cómo lo ves tú entonces?—dijo con molestia en la voz.
—Veo lo esencial en tu corazón—el Príncipe se acomodó en la silla hasta encararla—.
Te equivocas, sí veo tus heridas. Eres un libro abierto, Loreto. Tu corazón carga con
cicatrices antiguas y otras nuevas.
Loreto bajó la mirada y se mordió el labio inferior. Nuada se irguió, fue hasta ella y se
puso en cuclillas frente a frente. Tocó su pecho a la altura del corazón y cerró los ojos.
El cinismo estaba ganando terreno en su interior. Sintió en ella una amargura
desesperanzada a la sola mención del amor. Nuada abrió los ojos y la encaró. Había
escepticismo y reticencia en su mirada. Un muro impenetrable de protección.
—Conozco demasiado bien el camino ante ti—el Príncipe dijo y tomó sus manos en
las suyas—. Las heridas no cierran si no las dejamos sangrar libres al intemperie. Si las
escondemos en la oscuridad llegará el día que tu corazón sea incapaz de reconocer la
luz frente a tus ojos. Créeme, esa ha sido mi vida por miles de años. Hasta que te
conocí. Loreto, tu eres la luz que sana mis heridas. ¿Puedo ser yo la tuya?

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