JUAN LUIS HENARES

La escena en esta soleada mañana es de ensueño: el viaje sobre el Auto Unión DKW Universal celeste —modelo 1963, herencia de papá—, el característico sonido de su motor dos tiempos sumado al aroma de la mezcla nafta-aceite, un serpenteante camino cubierto de hierba, el arroyo con pequeños peces de colores en sus cristalinas aguas, los pájaros en vuelo sobre las copas de los árboles y el concierto de sus cantos, la fragancia de las flores y la bella casa de madera junto al bosque de pinos.

Un paisaje soñado.

Don Miguel espera en la puerta de su casa. Entramos, descendemos al húmedo sótano. Abajo, el piso cerámico preparado para reemplazar al de madera, los consejos del anciano sobre la forma de colocarlo para que coincidan los dibujos, la radio a transistores con noticias sobre los misiles estadounidenses cayendo sobre Corea, la reacción de Rusia y China, el apoyo de los países de la OTAN a Estados Unidos. El informe  abruma, cambio de estación. En otra suena el tango Nada por Julio Sosa; muevo el dial y escucho LT10 de Santa Fe: el relator comenta por qué Colón no logra vencer a Unión. Junto a las paredes estanterías colmadas de antigüedades, repletas bibliotecas con amarillentos y húmedos libros, botellas de vino añejo. El plano del sótano, que no termino de comprender, señala un oculto túnel de salida que parece llevar al bosque.

¡Gol de Colón!

De pronto un sonido ensordecedor hace que mis tímpanos parezcan a punto de estallar; la casa tiembla, la luz se convierte en oscuridad. El calor casi no permite respirar, mis ojos se cierran para no soportar tanto ardor.

Despierto, silencio y oscuridad total; ¿pasaron segundos, minutos u horas? ¿O acaso días? La radio no funciona, mis movimientos son muy lentos, limitados por el cuerpo sin aire, el dolor en los oídos, la asfixia en mis pulmones. Prendo el encendedor —¡menos mal que fumo!—, diviso la escalera. Subo e intento abrir la puerta; me quemo las manos. Quito mi remera, las envuelvo en ella e intento nuevamente: está trabada, algo del otro lado no le permite abrirse. Trato de recordar el lugar en dónde el plano indicaba la entrada al túnel; creo que está detrás de la biblioteca. Empujo pero es demasiado pesada; vacío algunos estantes con libros, lo intento nuevamente, y al fin aparece la pequeña puerta. Tras ella, un estrecho y oscuro túnel se presenta ante mi vista; ingreso con dificultad, agazapado lo recorro: es más extenso de lo que imaginaba. Transito unos cincuenta metros —¿o serán cien?—; cuesta bastante pero consigo llegar al final. El portón de salida tiene una barra que lo traba; la retiro, pero no logro abrir. Me siento en el piso, y con mis piernas hacia adelante empiezo a patearlo; al fin cede.

La radiante claridad con la que me había recibido el bosque fue reemplazada por una opaca bruma que cubre el paisaje; respiro profundo, pero un olor a quemado invade mis pulmones: alrededor distingo ramas que aún arden. Los árboles se han convertido en fogatas, el agua del arroyo ya no existe —su lecho está seco y lleno de cenizas—, la tierra se encuentra negra y carbonizada. La casa de Don Miguel deduzco que está debajo de los humeantes escombros. Ya no se escucha el canto de los pájaros, solo una especie de trueno que proviene del espacio: miro hacia allí y alcanzo a divisar una formación de modernas máquinas que surcan los cielos. Es una escuadrilla de bombarderos, escoltados por aviones caza, que superan la velocidad del sonido y presurosos se dirigen quién sabe dónde a descargar su mortífero armamento.

Tras su efímero paso, regresa el silencio y el paisaje vuelve a ser desolador. Cierro los ojos e intento recordar la voz de Julio Sosa, el gol de Colón, el sonriente rostro de Don Miguel, el verde de la hierba sobre el camino, las piruetas de las aves al volar, el colorido de los peces en las aguas cristalinas, la suave fragancia de los bosques de pinos…

https://juanluishenaresescritor.wordpress.com/

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