GABRIEL B

Capítulo 7
Andrea

Estoy recostada sobre la cama, boca abajo. Hace calor, por lo que mi desnudez se siente agradable. La casa está silenciosa, más silenciosa que cuando Rubén todavía vivía. Es raro, pero es así. Es de esos silencios que hacen mucho ruido, que te obligan a conversar con tu consciencia.
Pero no quiero hacerlo. Ya derramé muchas lágrimas durante el último mes. Ya me sentí lo suficientemente culpable y asqueada de mí misma. Sí, a pesar de lo que decía la carta, así me siento.
Pero hoy no.
Hoy Joaquín se fue a pasar la noche con sus amigos de la escuela, y después se queda a dormir en lo de Ramoncito. Un buen chico Ramoncito. Ojalá todos sus compañeros fueran así. Pero la cuestión es que me quedo sola, y no quiero lidiar con mis fantasmas.
El fin de año se me viene encima. Joaquín ya está dejando la adolescencia, y yo descubro cada día nuevos surcos en mi cara. Son casi imperceptibles, pero ahí están. Y aunque no anuncien una prematura vejez, si evidencian el final de la juventud exacerbada, que, por momentos, absurdamente, creí que duraría para siempre.
Escucho el leve crujido de la puerta delantera. Le pedí que no hiciera ruido. Que aparezca como un delincuente y me tome por la fuerza. Pero supongo que le resultó imposible.
Hago de cuenta que no me percaté de su presencia, que no escucho los pasos, casi imperceptibles, dirigiéndose a mi cuarto. Muevo la cabeza. Ahora la mejilla derecha está apoyada en la almohada. Miro en dirección contraria a la puerta de la habitación, la cual está abierta. Mi pelo está suelto, y con una prolijidad innecesaria, cubre mi espalda, hasta la cintura. Mis nalgas y piernas, completamente depiladas. Flexiono una rodilla. Mi sexo ya húmedo siente en él una leve brisa que viene de no sé dónde. Se siente muy rico.
Ahora él entra al cuarto. No lo miro, no lo quiero ver. Es un intruso. Un Cuco. Si finjo que no está, quizá se vaya.
Dedos ásperos corren mi pelo a un costado y acarician mi espalda. Siento que mi cuerpo se estremece. Se me hace la piel de gallina. Los labios se posan en mi piel. Hacen un ruido de sopapa, y dejan una marca de humedad.
—Por favor, no me lastime. Tome lo que quiera, pero no me lastime. —Le suplico, sin mirarlo.
—¿Lo que quiera? ¿Puedo tomar lo que quiera?
—Sí, pero por favor no me haga daño. —susurro.
—Entonces voy a tomar esto. —dice, mientras sus manos se posan en mis nalgas. —Voy a tomar todo esto. —Reafirma. Recorriendo con la otra mano, todo mi cuerpo, a lo largo.
—Tome lo que quiera. Soy pobre y viuda. No puedo darle más que esto.
—Con esto me alcanza. — me dice.
Un dedo se mete entre mis nalgas. La punta se frota sobre mi ano. Se siente mojado. El masaje es agradable. Enseguida se entierra unos milímetros. Nunca me metí nada por ahí. Nunca le vi la gracia. Pero se siente rico. Ahora una falange es introducida por completo. Los dientes se cierran en mis nalgas, y luego una mano abierta me golpea en el mismo lugar.
—Por favor no me lastime. —Le suplico, aunque el mordisco se sintió como un delicioso beso envenenado, y la nalgada hizo vibrar mi sexo.
El dedo se entierra más y más. Creo que la segunda falange ya está adentro. El invasor hace movimientos circulares, mientras sigue profanado mi orifico trasero. De repente, la sutileza desaparece. De un solo movimiento, me introduce los centímetros que faltaban. Pego un grito, y me retuerzo en la cama. Y luego otro dedo empieza a hacerse espacio. Siento cómo mi carne se dilata. El dedo se mete una y otra vez adentro, hasta el fondo, mientras el segundo dedo ya casi puede emularlo. Grito de dolor, pero también de placer. Siento como sus extremidades se remueven adentro mío. No me preocupa que haya sorpresas desagradables, me estuve preparando para esto desde la mañana. Los dedos entran, con insistencia y violencia. El puño choca contra mis nalgas cada vez que se meten bien adentro. Ese golpe también me excita. Mi sexo está mojado. Me meto la mano en la entrepierna. Él sigue cumpliendo con su palabra, está tomando lo único que una mujer pobre y solitaria podrían ofrecerle: Mi cuerpo. Y está haciendo con él lo que quiere.
En mis piernas siento otro dedo. Más grueso. Mucho más grueso. Se siente cada vez más duro, a medida que viola mi ano con impunidad.
De repente deja de introducir sus delgadas extremidades. Ya me imagino lo que viene. Así que me preparo. Me arrodillo sobre el colchón, y me pongo en cuatro.
Él escupe sobre su mano, y la frota sobre mi culo, dejándomelo lleno de saliva.
Separa mis nalgas, como si no estuviesen ya lo suficientemente abiertas. Apoya el glande sobre el anillo palpitante. Se aferra a mis caderas, y ahora sí, un suave y corto movimiento pélvico.
La primera impresión es que no podré aguantar más que eso: la cabeza de su sexo avanzando apenas unos milímetros en mi interior. Pero en vez de retirarla, para volverla a meter, como esperaba que sucediera, empuja más.
Grito de dolor. Mi postura de perra no resistió. Quedo con el cuerpo extendido sobre la cama. Él se sienta en cuclillas sobre mí. Con una mano, agarra un enorme mechón de pelo y lo tironea. Mi cabeza se yergue. Mi cuero cabelludo duele. Con la otra mano, se ayuda a apuntar su lanza nuevamente sobre mi cueva. Se entierra otra vez en mí. Mientras sigue aferrado a mi pelo, como si fuera la montura de un caballo. El intruso me cabalga. Es un semental que no va a perder sus energías fácilmente. Se entierra cada vez más en mí. Es increíble que tremendo instrumento esté adentro mío. Duele. Duele mucho. Pero se siente fascinante. Grito y gimo de placer. Lo siento estremecerse sobre mí. Larga un gemido rabioso en mi oído. Su semen se eyecta adentro mío. Nunca lo sentí tan cerca. Retira se sexo, con cuidado. Quedo boca abajo, adolorida y sometida. Satisfecha y sedienta. Entonces me doy cuenta de que estoy llorando.

Pitu
Salió del baño, un toque seria. Estaba en pelotas y con el cuerpo medio mojado. Se recostó en la cama y yo la abracé.
—¿Estás bien preciosa? —le dije.
Le di un beso tierno en la frente. Era gracioso que después de estar escarbándole el ojete me hiciera del tierno, pero me salió así. Esa mina me produce una banda de cosas diferentes. Calentura, amor, miedo, desesperación… todo eso junto siento cuando estoy con esa mina. Y cuando no estoy también.
Apoyó la cabeza en mi hombro, y yo le acaricié el pelito.
—Eso me gusta. —me dijo.
—Entonces vamos a tener que vernos más seguido, para que pueda mimarte así.
Andrea se cago de la risa, pero fue una risa triste. Ya me estaba haciendo la idea de que iba a pasar una banda de tiempo hasta que ría de verdad. Pero bueno, ahí estaba yo para eso.
—¿Le hablás a tus amigos de mí? —me preguntó.
—Ni ahí, no quiero que se vayan de boca.
—¿Te tengo que creer?
Me ofendió un toque su comentario. Pero la posta es que tampoco lo mantengo oculto porque soy un santo. Tío Omar siempre me dijo que es mejor comer callado, y tiene razón. Si le cuento a los pibes, es cuestión de tiempo para que el chisme lo conozca todos los de la escuela, y se me terminaba la joda.
—Posta te digo. ¿Te pensás que soy gil?
—No pienso que seas un gil.
Me acarició el pecho y la panza, con la puntita de sus uñas. Fue bajando, despacito, hasta llegar a donde quería.
—Es muy grande. —me dijo, agarrando la verga muerta, pero que ya se estaba despertando de nuevo.
—¿Te gusta así de grande?
—Me gusta porque la sabés usar. Aunque recién fuiste un poco bruto.
—Vos dijiste que entre corte delincuente, y bueno, los chorros no piden permiso.
Andrea se rió, y casi casi pareció de verdad divertida.
—Me gustó lo que hiciste.
—La noche todavía es joven. —dije.
—Es cierto. —Andrea empezó a masturbarme. — ¿No te da pena que se haya suspendido el viaje de egresados? Entiendo que lo hicieron por Joaco, pero no deberían perderse esa experiencia.
—Algunos dicen que lo van a hacer el año que viene. Pero ni en pedo les va a salir. Ahora que terminan las clases cada uno hace la suya. Igual yo no pensaba ir.
—¿No?
—No, iba aprovechar para verte.
—¿Y vos que sabés si yo quería verte? —me dijo con maldad.
La agarré de la carita. Me quedó viendo con sus ojazos hermosos. Le comí la boca.
—No te vas a deshacer de mí tan fácilmente. ¿Te cuento un secreto?
—Contame.
—A veces imagino que sos mi mujer, y te llevo a todos lados de la mano.
—Eso no puede ser y lo sabés.
Le iba a decir que sí podía ser. Que ahora que su marido estaba muerto podíamos hacer lo que quisiéramos. Podíamos esperar un rato hasta que Joaquín se avive de como venía la mano, y después a hacer la nuestra. Pero en ese momento pensé que mejor no le decía nada de eso.
Mi pija ya estaba dura de nuevo. Puse la mano en su nuca, y la empujé para abajo.
—¿Qué querés?
—Vos bien sabés lo que quiero zorrita.
—Encima que no me hiciste acabar querés que te haga el favor, qué egoísta.
—Acordate que soy un chorro que agarra lo que quiere y listo. Además, ya vas a acabar después. Por fin tenemos toda la noche. Dale, chupala.
Andrea me la chupó. Yo me incliné para un costado, y le corrí el pelo, para ver bien clarito esa boquita que se devoraba mi verga. En un momento flashé que esa podía ser la última vez que vea esa imagen tan zarpada en hermosa. La agarré del culo y se lo acaricié, desesperado, tratando de memorizar lo rico que se sentía.
Acabé en su cara, y me hizo el favor de mostrarme cómo se tragaba toda mi leche. ¡Que mina zarpada en preciosa la Andrea! Pasaba de ser una minita llorona que necesitaba que la consuelen, a ser una puta que se tragaba todo el semen en un toque. Y yo estaba enamorado de todas esas partes de ella.
Nos revolcamos toda la noche, mientras Joaco estaba con los pibes del curso festejando el final de clases. Y yo festejaba con ella. Aunque no sabía si era el fin o el principio de algo.
El sábado se pudre todo, pensaba, mientras me la cogía por todas partes. Me faltó cogérmela por las orejas nomás. El sábado se pudre todo, pensaba a cada rato. Y un miedito traicionero se me pegaba como garrapata.
Pensé, medio loco, que a lo mejor a mí me tocaba estar en el paraíso antes de morir, y no al revés, como a los demás.

https://gabrielb2310.blogspot.com/

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