AURORA MADARIAGA

Capítulo 22
—¿Cómo es posible? ¿Qué han hecho conmigo? ¿Están seguros?—Loreto preguntó
angustiada y con esfuerzo se impulsó de la camilla y sentó en el borde.
De forma instintiva se llevó las manos al abdomen. Las cicatrices de la laparoscopia
seguían cerradas como antes, no tenía dolor ni molestias en su vientre. Solo el
constante pinchazo en el dorso de su mano derecha la incomodaba. ¿Cuánto tiempo
había estado inconsciente? El olor estéril de la sala le removió el estómago de
ansiedad. Todos los ojos estaban en ella. Nuada había llegado corriendo a la sala en
compañía de su hermana y un agente de traje y corbata. Los altos druidas se
mezclaban con los doctores de capa blanca y permanecían agrupados a los pies de la
camilla. Los agentes Sapien y Krauss estaban uno a cada lado de Loreto. El Príncipe
seguía a su lado. Se posicionó frente a ella cuan escudo protector encarando a los
demás.
—Respondan—desafió con su tono de voz autoritario—. ¿Qué han hecho con Loreto?
Uno de los doctores avanzó hasta el extremo contrario de la habitación donde Loreto
avistó una superficie de trabajo que le recordó a un laboratorio. Habían microscopios,
matraces, tubos de ensayo, trípodes, mecheros de alcohol y balanzas de dos platos. Se
puso guantes de goma, sacó una placa Petri honda desde dentro de un refrigerador
pequeño y se acercó al Príncipe y a ella. La mostró con la tapa cerrada. Loreto no supo
qué era mas una arcada aguó su boca de ácido al contenido dentro.
—Esto es una biopsia del adenocarcinoma que extirpamos de usted—el médico dijo—.
Acompáñeme.
Loreto intentó ponerse de pie mas por un segundo toda la habitación dio vueltas.
Nuada la atajó en sus brazos y la sujetó fuerte por la cintura. Se afirmó de él rodeando
su espalda con el brazo y ambos caminaron hacia la pequeña área de laboratorio. Los
druidas, el resto de los doctores y los agentes Krauss y Sapien se acercaron a presenciar.
El médico abrió la puertecilla de lo que parecía ser un híbrido entre caja fuerte y
congelador. Entró la clave y la puerta soltó un click. El humo gélido que emanó desde
el interior se expandió por toda la superficie hasta disiparse. Produjo una placa de
similares dimensiones. Por segundos fue imposible reconocer qué había en su interior
pues la condensación de la tapa de cristal impedía la visión. El médico la removió y
mostró a Loreto el contenido. Parecía un pedazo de musgo de intenso verde y
diminutos pelillos vegetales. El doctor diseccionó una muestra del adenocarcinoma y
tomó un trozo del musgo con pinzas largas. Licuó ambas muestras por separado y
succionó cada una con pipetas de vidrio. Sin palabras gesticuló a Loreto hacia el
microscopio, dubitativa, acercó los ojos a los oculares. El médico vertió un poco del
adenocarcinoma licuado sobre la placa y, acto seguido, añadió un poco del musgo en
estado líquido. Lo que Loreto vio le quitó la respiración. Las sustancias reaccionaron al
contacto, un ballet de pequeñas partículas provenientes de la segunda cantidad
rodearon a la primera a toda velocidad. Las formas difusas de la primera cantidad de
licuado mutaron hasta cambiar por completo su aspecto, luego como por arte de
magia, desaparecieron de la placa.
—Lo que ve ahora es el cambio celular—el profesional dijo a su lado—. Este musgo es
el resultado de la savia del Elemental. Cuando entra en contacto con el tumor maligno,
su ADN se copia para imitar las células cancerígenas y en cosa de segundos lo destruye
desde adentro.
—El agente Krauss ordenó tomar muestras del musgo que creció de la savia del
Elemental—el agente Sapien intervino y miró a su colega alemán.
—A juzgar por los análisis y pruebas que hemos hecho de la estructura molecular y
celular del icor del Elemental, me pareció lógico que pudiera combatir las células
cancerígenas y así ha sido—el agente Krauss dijo con solemnidad y exhaló por las
branquias mecánicas.
Loreto se irguió en cámara lenta. Boquiabierta, se abrió paso hasta llegar a la camilla.
Se dejó caer sentada en el borde. Interrogó a cada uno con la mirada. El dios del
bosque, el dador y destructor de toda vida, tenía en su savia la llave para erradicar el
cáncer de una vez por todas. El Príncipe le había contado que aquel que el agente
Hellboy disparó, era el último de su raza. Si no hubieran tomado muestras del musgo
que su savia produjo al morir… El Príncipe llegó frente suyo. La sala estaba en
completo silencio. Elevó su rostro por la perilla y la miró a los ojos. Las lágrimas se
agolpaban en las comisuras de sus ojos dorados. Loreto también sintió el llanto
invadirla hasta aguar su vista. Él había percibido la metástasis dentro de su abdomen
la madrugada anterior. La había llevado a toda prisa donde sus druidas y había
conseguido la ayuda de la agencia. Loreto apretó los ojos y trató con todas sus fuerzas
de tragar aire por la garganta cerrada. La presión en el pecho la hiperventilaba.
—Me has salvado la vida—sollozó en un susurro entrecortado.
Nuada la encerró en sus brazos hasta atraparla contra su pecho. Se arrimó a su espalda
y echó afuera el llanto. En la lontananza escuchó la voz ronca del agente Hellboy y la
de la agente Sherman preguntando qué pasaba. El agente Sapien les relató lo recién
sucedido. Loreto soltó la presión y se apartó del Príncipe para mirarlo a los ojos.
—Te debo la vida y no tengo cómo retribuirte—Loreto lloró y tomó sus grandes manos
en la suyas contra su abdomen—. Una vez me dijiste que estabas en deuda conmigo
por haberte ayudado a escapar de esta tortura—miró al agente Krauss y pasó la vista
por el resto de los agentes especiales—. Ahora soy yo la que está para siempre en deuda
contigo pero mi para siempre no es tan longevo como el tuyo—dejó caer la cabeza y
sollozó en silencio—. Si tengo suerte viviré hasta los cien años cuando sea una abuela
arrugada y encorvada llena de otras enfermedades y si para entonces no he podido
retribuirte siquiera en parte lo que has hecho por mí, ¿qué haré? No tengo el poder
para cambiar la situación de tu gente, ¡solo soy una cantante!
El Príncipe la volvió a abrazar, esta vez la envolvió con todo su cuerpo. Lo escuchó
sorber la nariz y sollozar entrecortado. Enterró la cara en su gabán oscuro e inspiró
profundo su perfume envolvente que como caricia protectora por un instante calmó su
angustia. Debía estar saltando de alegría y alivio. Tenía suerte. Demasiada suerte. Si
nunca se hubiera involucrado en la operación para darle caza, nunca hubiera conocido
a Nuada ni a su pueblo, los elfos. Nunca hubiera sabido de Bethmoora. Ahora estaría
bajo un invasivo tratamiento de quimioterapia perdiendo el cabello y peso hasta
quedar en los huesos por la ínfima esperanza de detener el avance de la metástasis.
¿Cuántas personas mueren de cáncer en una hora en el mundo? Nuada la apretó más
fuerte contra sí. Estaba leyendo sus pensamientos. Y de pronto recordó. Se separó de él
y lo encaró estupefacta.
—¿No me dijiste que los descendientes del Elemental, los semidioses del bosque,
tienen similares propiedades pero en menor intensidad?—Loreto dijo e interrogó con
la mirada al grupo de druidas y a la Princesa Nuala, también.
Los elfos se miraron entre sí y asintieron.
Loreto estalló en una risa como una epifanía. Avanzó al centro de la sala.
—¿No se dan cuenta lo que tienen en las manos? Los humanos darían lo que fuera por
la cura definitiva al cáncer. Su Alteza—se dirigió a la Princesa—, Nuada, tienen el
sartén por el mango. ¡Negocia el retorno a la superficie para Bethmoora con la cura del
cáncer como moneda de cambio!
Los gemelos se miraron y luego se dirigieron a los druidas. Los agentes especiales
también intercambiaron miradas y decidieron guardar silencio.
—Pequeña—el Príncipe susurró y con una triste sonrisa asimétrica en los labios
acarició su mejilla—, ¿qué detendría a los humanos de quitarnos a la fuerza nuestros
semidioses del bosque una vez que se enteren de sus propiedades y poderes?—dijo con
pesar en la voz—. Con el Ejército Dorado para siempre latente no tenemos cómo
defendernos de sus misiles y bombas. ¿Qué detendría a los humanos de oprimirnos
como lo hacen con los animales y tomar de nosotros lo que quieran?
—El mapa con la ubicación del Ejército Dorado—la Princesa Nuala dijo de pronto y se
acercó a ambos—. Solo aquellos de sangre noble pueden acceder a la cámara real de
Bethmoora. Podríamos trasladar nuestro bosque de descendientes del Elemental a las
entrañas de nuestro hogar original. El único aparte de nosotros que tendría acceso
sería Anung Un Rama por ser el hijo del Caído—dijo y miró al agente Hellboy.
El agente fue de pronto consciente de todas las miradas sobre él.
—Pasaré a visitar cuando esté por esos lados, supongo—Red dijo sarcástico y saludó
reticente con su mano de piedra.
—No sabemos si la savia de los semidioses del bosque producirá un efecto similar en
tejido canceroso humano como lo logrado hoy con el icor del Elemental—dijo uno de
los druidas.
—Con la venia de Sus Altezas, podremos tomar muestras de los espécimenes
plantados bajo Nueva York y traerlas acá para análisis, comparación y pruebas—el
agente Krauss sugirió.
—Drenar a los descendientes del Elemental de forma indiscriminada los terminará
matando—acotó otro druida.
—No sería necesario—el agente Sapien intervino—, pues nuestros científicos podrían
sintetizar su estructura molecular y celular.
El Príncipe se alejó de Loreto y caminó hacia la puerta de la habitación. Tomó la
manija en la mano y la abrió. Volteó una última vez.
—Antes que todo hemos de cerciorarnos que nuestros semidioses del bosque no
sufrirán sometidos a tales intervenciones—dijo con autoridad—. Solo si su icor puede
ser emulado artificialmente con las mismas propiedades y si actúa de similar forma
contra la enfermedad que casi mata a Loreto, actuaré acorde y consideraré esta idea—
la miró penetrante a los ojos—. Prefiero ver a Bethmoora desvanecer que sometida a
los humanos. No cometeré el error de mi padre. Conozco la raza humana mejor de lo
que se conocen ellos mismos. Si intentan subyugarnos para quitarnos lo último que
nos queda, no tendré piedad.

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