ANDER MAIS

Prólogo

La Vecina

Mi nombre es Luis y, para contar nuestra historia, debería comenzar por narrar lo ocurrido aquella aburrida tarde de domingo del mes de noviembre, unos tres años atrás. De aquella yo tenía 29. Esa tarde, una pequeña resaca resultado de la noche de juerga anterior me estaba haciendo el día realmente pesado. Tengo recuerdo de mi mismo tirado en el sofá, frente al televisor, pasando canales con el mando y sin saber muy bien cómo matar el tiempo.

Yo, de aquella, podría decirse que me consideraba un chico con cierto éxito con la mujeres. Pelo castaño; ojos marrones; estatura media (1,78), y complexión normal. Para nada es que fuese el típico “guaperas ligón”, ni mucho menos, pero siempre de una forma u otra me las había arreglado para tener chicas cerca. Yo creía que más bien por mi carácter simpático y amigable, que por mi atractivo físico. Siempre me había visto a mi mismo como al que suelen llamar“el típico resultón”, pero nada más.

Eso sí, desde que me había mudado a vivir solo, levaba meses dándome cuenta que la vida que llevaba de sábados de fiesta y de andar de flor en flor, ya me estaba cansando. Cada día sentía más presente la imperiosa necesidad de echarme de una vez una novia “de verdad”, o sea, con la que convivir y sentar la jodida cabeza. Y aquella tarde de dura resaca era otra inequívoca confirmación de que tenía que cambiar de hábitos de vida. Llevaba ya casi seis años sin una pareja, digamos formal, y sin llegar a nada concreto con ninguna de las chicas con las que había congeniado últimamente; casi todo rollos de discoteca y de una sola noche, dos a lo sumo…

Además, esa tarde estaba expectante por si volvía a oír llegar a la vecina: una, supuestamente, profesora madurita de poco más de 45 años que se había mudado recientemente al piso justo enfrente del mío. Tenía una tremenda curiosidad por descubrir algo más de ella. Llevaba unos dos meses fijándome en ella, saludándonos en nuestras escasas coincidencias por el rellano. Pero notaba en ella un cierto aíre pícaro y sugerente, sobre todo en sus miradas hacía mí. Eso, hasta el domingo anterior, donde había tenido un pequeño encontronazo con ella…

Hacía hoy justo una semana, me la topé a la entrada del edificio cargada de libros y de una pesada maleta que traía. Como decía, ya nos habíamos podido cruzar alguna que otra vez antes pero, hasta aquella tarde, no llegamos a conocernos ni a entablar una conversación. Fue justo en ese momento cuando descubrí que se llamaba Carmen, que estaba destinada temporalmente como sustituta en un instituto cercano y que vivía puerta con puerta conmigo…

Como chico educado, la acompañé hasta su piso para ayudarla con aquella pesada carga. Vivíamos en un ático, en el cuarto piso de un edificio sin ascensor. Subí con ella y, al dejarla en la puerta y terminar de posar sus cosas, sentí una extraña atracción. Creí ver en su mirada el deseo de invitarme a entrar. Pero, por desgracia, una llamada laboral que recibió nada más abrir la puerta hizo que nos despidiésemos. Nos fuimos cada uno a nuestro piso.

Pero, desde ese pasado domingo, quedó en mí esa impronta de que aquella mujer quizás querría algo más de mí. Tal vez solo invitarme a un café, o charlar un poco… Pero lo suficiente como para pensar que tal vez tendría alguna posibilidad de tirármela.

Entonces, sin dejar de pensar en ella y en lo ocurrido hacía justo una semana, sintiendo que tendría que estar al regresar a su piso, me levanté del sofá, donde llevaba ya media tarde apoltronado, y me fui a la cocina para hacerme un café que me espabilase. Mientras me lo tomaba tranquilo, escuché a alguien caminar haciendo bastante ruido por las escaleras y el rellano, arrastrando una maleta u otras pesadas cosas que traería consigo. Estaba clarísimo, aquella no podía ser otra que Carmen, la vecina profesora. Aquel ático sólo tenía dos apartamentos: el suyo y el mio.

Raudo, me acerqué a la mirilla de mi puerta, y así comprobé cómo efectivamente era ella; estaba agachada frente a la entrada de su piso, recogiendo sus llaves que seguramente se le habrían caído al suelo al tener que transportar tantos bultos. No pude dejar de fijarme en su cuerpo: era una mujer de sobre unos 44 o 45 años (como unos 15 más que yo, le echaría).

Aquella tarde traía una falda de punto bastante corta, que le hacía lucir unos bien torneados y estilizados muslos, bajo unas elegantes medias color cobre. La visión de aquellas piernas, arqueadas ahora sobre sus rodillas, me provocó la tentación de abrir la puerta y saludarla. Estaba claro que me ponía… y mucho.

“Tal vez quiera algo conmigo. O, al menos, podríamos llegar a conocernos un poco más”, pensé para mí en ese instante. Era el prototipo de madurita con la que todo joven fantaseamos alguna vez tirarnos, aunque sólo fuese una vez en la vida. Y para mí, aquella tía, algo me decía en sus miradas que tal vez yo también le atrajese a ella.

Sin más miramientos, me decidí a abrir la puerta, pensando fingir salir a tirar la basura y cogiendo en mi mano una pequeña bolsa que tenía ya preparada.

Ella, al sentir abrirse de golpe mi puerta, y justo antes de llegar a girar del todo la llave y entrar en su casa, se volteó hacía mí dando un pequeño respingo…

—¡Uyy! Hola, vecino… ¿Eres tú? ¡Qué sorpresa! Me has dado un susto y todo —exclamó nada más verme aparecer de golpe por el rellano.

—Sí… Carmen… bueno… yo sólo salía a tirar la basura. Lo siento. No quería asustarte —le contesté, con un tono tímido y entrecortado, más propio de un adolescente acobardado que de un chico ya rozando la treintena.

La verdad, que aquella situación, para mí era en cierto modo tensa. Estaba claro, que en el pensamiento de ambos flotaba el encuentro de hacía justo una semana, casi a la misma hora. Cada vez notaba más en su mirada que ansiaba pedirme entrar en su casa. O ella en la mía, quien sabe.

—Oye, Luis… El otro día… fuiste muy amable al ayudarme a subir con todos los trastos que traía. Creo que te debo al menos un café o algo, como agradecimiento… —me sugirió, con un tono bastante pausado y tranquilo, que chocaba con mi nerviosismo y apuro.

—Bueno… si eso, cuando suba de tirar la basura… te pico —dije, de forma nerviosa, mientras comenzaba a bajar las escaleras.

—Vale, eso… al subir entras y te tomás algo conmigo. Me apetece charlar un poco, que últimamente estoy tan sola aquí…

Bajé abajo y, durante todo el trayecto, un extraño cosquilleo me removía el estómago. ¿Sería cierto que querría algo conmigo? La verdad que me daba un morbo tremendo, poder follarme a la vecina misteriosa y buenorra.

Además, el otro día me había dicho que estaba de paso. ¿Qué tenía yo que perder? Aunque estuviese casada, su marido no se iba a enterar. ¡Estaba que me moría de ganas por subir!

Al llegar por fin de vuelta, al cuarto, a nuestro rellano, miré hacia su puerta y descubrí que estaba cerrada. Estuve a un tris de introducir la llave en la mía y volver a mi casa. Pero miré atrás, hacia la suya, y sentí su presencia espiándome tras la mirilla. No pude evitar quedarme mirando fijamente hacía allí… A los breves segundos, fue ella misma la que abrió su puerta. Sin ningún tipo de vergüenza, nada más asomarse y haciéndolo con una tranquilidad pasmosa, me llamó:

—¡Toma, Luis, ven!… Pasa, anda, que te preparo ese café que tenemos pendiente, guapo —me decía ella, dejándome la puerta abierta, y mientras la escuchaba desplazarse por el interior de su piso.

Me acerqué a la puerta y, cuando me quise dar cuenta, me vi dentro de aquel apartamento. Tímidamente, fui caminado hasta quedarme parado en el medio del pasillo. Al momento, la vi salir de lo que parecía su habitación. Se había quitado la chaqueta que llevaba, quedándose con una blusa de tirantes bastante escotada. Supuse para estar cómoda en casa… “O para provocarme a mí”, volví a pensar en mi mente calenturienta.

—Ahora preparo café. Dame un segundo —me dijo, retirándose al instante, decidida, recorriendo el largo pasillo que había hasta su cocina—. Y bueno… Tú, si quieres, ponte cómodo. Esperame en el salón. ¡Como si estuvieses en tu casa! —continuó diciendo mientras caminaba—. Por que supongo que no te importará que esta vieja te halla invitado a su casa… ¿no? —añadió, entre pícaras risas, ya desde la cocina.

La verdad, aquellas palabras de ella me dejaron ciertamente anonadado. En verdad no sabía qué responderle. La situación ya se me estaba tornando por momentos algo extraña.

—No… no, que vas a ser una vieja, si aún eres joven… — respondí, de un modo timorato, sin saber muy bien lo qué decir.

—Ya, bueno… ¡Qué me vas a decir tú! —Volvió a reír pícaramente—. ¿Lo quieres solo o con leche? —añadió, aún desde la cocina, manteniendo esa misma risa tonta que tenía desde que crucé la puerta de su piso. Parecía estar preparando café en una cafetera de esas de capsulas.

Me quedé unos segundos en silencio, sin saber cómo reaccionar, hasta que me volvió a insistir:

—¡Luis!… ¿el café….?, ¿si te gusta solo o con leche? O cortado quizás por lo que veo —Sus risas cada vez eran más explicitas. Estaba claro que algo buscaba en mí.

—¡Eeeeeh….! Solo, solo —respondí nervioso.

Yo no sabía qué hacer. Lo único que me se me ocurrió, después de aquello, fue sentarme en el sofá de su salón a esperarla. Al momento, según llegaba con las tazas y se sentaba a mi lado, me dijo con descaro:

—Y tú, ¿tienes novia? No se mosqueará si sabe que tienes una vecina casada que te invita a café… y aprovecha a tirarte los trastos.

Con esa pregunta se me hizo un nudo la garganta… No pude responderle con otra cosa que con la verdad:

—No… no…. Ahora mismo estoy solo. —Me temblaba el pulso al coger el café que me traía.

—Pues qué raro, ¿no?… Alguna tendrás que tener por ahí. No me puedo creer que un chico tan guapo como tú esté solo… y más teniendo un piso para ti solito. Seguro que lo tendrás como picadero.

—Pues, no… Novia, novia, no tengo… —dije y, viendo la situación, no pude evitar llevar mis ojos a su escote y devorarlo con deseo. Estaba realmente buena para su edad.

—Mejor… —comentó, acercándose cada vez más peligrosamente a mí—. Oye, sé que no nos conocemos casi de nada, pero quería preguntarte una cosa…

—¿Sí? —dije temiendo que en cualquier momento se lanzara a besarme.

—Tú tienes pinta de chico abierto, liberal… ¿Sabes lo que quiero decir, no? —continuó ella diciéndome, a la vez que una de sus manos se posaba en mi rodilla derecha.

—Bueno… sí, supongo… —El tartamudeo de mi voz debió sonar algo ridículo.

—Y yo… ¿Te gusto? —Carmen subió su mano por mi muslo, mientras cada vez acercaba más su boca a la mía.

Yo estaba atónito. Nunca me había pasado una cosa parecida. Yo pensaba que esto solo ocurría en las pelis porno.

—Sí… estás muy bien… —respondí mientras sopesaba si lanzarme ya a tocar sus pechos.

Pero, de repente, cuando creí que estábamos a punto de juntar nuestros labios, su móvil comenzó a sonar sobre la mesilla del salón…

—¡Joder, qué inoportuno! Le dije que me llamase en media hora… Espero que no esté ya de camino —comentó ella alcanzando su teléfono.

Yo me quedé inmóvil, expectante…

—Es Miguel, mi marido… —me dijo.

Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Estuve a punto de levantarme del sofá como un resorte y largarme de allí como alma que lleva el diablo. Pero no lo hice. La escuché contestar:

—Dime, cielo… ¿Ya has salido?

Se hizo un pequeño silencio incómodo mientras hablaba su marido al otro lado de la línea. Yo no le podía escuchar.

—Joder, pues es una pena —contestó Carmen mirándome—. Al final sí, el está aquí… conmigo. Sí, el chico del que te hablé.

Los pelos se me erizaron al escuchar eso. ¿Qué coño estaba pasando allí?

—No, aún no he tenido tiempo de preguntarle, justo se lo iba a comentar ahora… —siguió hablando ella con su supuesto marido, mientras a mí me miraba y me guiñaba un ojo—. Ahora te llamo. No seas impaciente.

Carmen colgó y se giró hacia mí para hablarme. La tranquilidad con la que lo hizo me dejó atónito.

—Bueno, lo que te comentaba, Luis, ¿si eres un tío liberal?.

—Carmen…. ¿Pero a qué viene esto? ¡No entiendo nada! —exclamé amenazando con levantarme de allí.

—A ver… sé que es difícil de entender para quien no sepa de qué va esto, pero no es tan raro… ¿Te importaría hacértelo conmigo mientras mi marido nos escucha desde el otro lado del teléfono? Creí que iba a venir pero a final creo que no va a poder.

—Pero, ¡¿qué cojones me estás pidiendo?!… ¡Me voy! Lo siento. Para vuestras locuras buscaros a otro.

Me levanté como un resorte mientras su teléfono volvía a sonar.

—¡No te vallas, Luis! Mirá, es mi marido de nuevo. Habla con él y te lo explica. No es nada raro. Solo un juego morboso. Algo inocente. ¡Vuelve!

Ni contesté. Salí pitando de allí. Sin dudarlo ni un mísero segundo más, abrí la puerta de aquel piso y salí lanzado hacia mi apartamento. Entré en él, cerré la puerta de golpe, coloqué bien el seguro y la cadena, y me fui hacía mi salón casi rezando para que a aquella mujer no se le ocurriese picarme de nuevo.

Durante un buen rato, pensé en qué coño pretendía esa mujer. Por momentos, incluso me rondó la idea de cambiarme de piso. No quería tener más problemas con aquella loca como vecina de rellano. Ni con su marido. A saber qué clase de tarados serían.

Por suerte, durante varias semanas después, no volví a ver ni rastro de ella. No me la encontré por la entrada ni tampoco escuché ruidos en su piso. Empecé a sopesar que posiblemente se hubiese mudado ya, que habría dejado el piso. Tal vez había finalizado la suplencia en el instituto al que estaba destinada.

Pero, un mes después, quedé con Alex, un amigo mío que pretendía venderme su Volkswagen Golf. Al regresar con él de dar una vuelta y probar su coche, aparcamos frente a mi edificio para así terminar de concretar algunos trámites sobre la transferencia y demás asuntos. Instantes después, cuando ya estaba a punto de marcharme pero aún continuábamos los dos dentro del coche, vi salir del edificio a Carmen, con unas maletas y unas bolsas. Hacía más de un mes que no la veía. Acompañándola, tras ella, venía también un hombre de unos 50 años; delgaducho, con gafas negras; vestía con traje. Pensé que tal vez ése podría ser su marido, el de aquel día.

Al momento, al notar claramente cómo me fijaba en ellos dos, mi amigo Alex me preguntó:

—¿Quiénes son? ¿Les conoces? Ella, para los años que parece que tiene, está buenorra, ¿eh? ¡Menuda madurita! Vaya piernas.

—Calla. Luego te cuento… —susurré entre dientes y emití un leve bufido—. Espera que se vallan.

Nos quedamos disimulando a que saliesen por completo a la calle. Luego, vimos que metían todo su equipaje dentro del maletero de un Mercedes negro, aparcado justo delante nuestro. Carmen, ese día, llevaba un vestido bastante corto de encaje rojo, con zapatos de tacón a juego y una cazadora oscura. Bajo ella, dejaba entrever morbosamente un bonito escote, que realzaba con descaro el tamaño medio de sus pechos. Iba vestida bastante llamativa.

Mi amigo, no se pudo reprimir al verla agacharse para guardar una de aquellas bolsas que traía, y exclamó haciendo un ostensible gesto con sus manos:

—¡¡Joder!! ¿Qué buena está, no? Tiene un polvazo… ¿Qué es vecina tuya?

Hubiese sido mejor haberme quedado callado, pero le respondí al instante:

—Shhhhh… —Le pedí que guardase silencio colocando mi dedo indice sobre mi boca—. Luego te cuento más… cuando se vayan… —Seguí, entre susurros.

—¿Te la has tirado? —me preguntó Alex al ver mi cara de apuro.

—No… pero algo parecido —le dije, metiendo la pata viendo lo que pasó al instante:

—¡¡No jodas, tío!! ¡Cuenta, cuenta!

Mi amigo, con su mano, hizo un brusco gesto sobre el volante, golpeándolo con fuerza y accionando sin querer el claxon del coche. Carmen y su acompañante, sobresaltados, miraron hacia atrás como un resorte, descubriendo así que nosotros estábamos allí.

Ella, al momento, después de comentarle algo a su compañero, se vino hacia nosotros a la vez que sonreía. A mí me empezó a entrar de nuevo el mismo nerviosismo de aquel día…

—¡Joder, tío! ¡La que has armado! No me jodaaaassss….. —Mirando al suelo del coche, inquieto, bufé al descubrir que ella venía directa hacia mí.

Llegó, se colocó al lado de mi ventanilla, y yo no tuve otra opción que bajarla por educación…

—¡Hola, Luis! —me saludó—. Ahora mismo hemos terminado de recogerlo todo y me vuelvo ya para mi casa… con mi marido. —Apuntó con un dedo hacia aquel tipo que la acompañaba, que por fin descubrí que era su marido—. Se terminaron mis clases aquí. Ya no me vas a tener que aguantar más, ni escapar de mí. Bueno, fue un placer conocerte como vecino… Aunque al final no nos diese tiempo a conocernos… un poquito…. ¡MÁSSS! —continuó diciendo, de un manera discreta, aunque recalcando claramente ese «más», con el que se refería seguro al episodio que tuvimos aquel día.

Me dio dos castos besos como despedida, a los que yo le respondí con un simple «adiós» como respuesta.

Al volver al lado de su marido, observé cómo le contaba algo con una gran sonrisa en su rostro, y luego, vi a aquel tipo darse la vuelta para saludarme de una forma amable, pero un tanto pícara y morbosa a la vez. Después, sin más, se metieron los dos en el coche y se fueron…

Yo me quedé unos instantes mudo, mirando a aquel Mercedes alejarse calle abajo hasta perderse de mi vista.

Al segundo, Alex rompió ese instante de tenso y cortante silencio:

—¡Jooodeer!… ¿De verdad te has acostado con esa tía? ¿Y está casada? ¡Vaya morbazo!, ¿no?

—¡Calla!… Que no me la he follado. Aunque ella sí que quería.

—¿Pues?… ¿Te la chupó?, ¿os besastéis? ¡Qué suerte tienes, cabronazo! —me dijo mi amigo mientras me animaba a hablar dándome un codazo en mi brazo.

—No, que va… Me da vergüenza hasta contártelo. Fue la experiencia más rara e incómoda de mi vida —le confesé, sin saber si aquello era algo para contar siquiera, me daba cierto coraje incluso recordarlo.

—¿Qué pasó?… Venga, tío, joder, ¡si hay confianza! —replicó Alex.

Bufé, todavía no repuesto por completo del agobio y de los nervios del momento.

—¡Calla! Un domingo me invitó a tomar café en su piso. Fue hace poco más de un mes. Pensé que querría algo conmigo. Pero al final tuve que marcharme despavorido de su casa. ¡Jamás había tenido que hacer eso con ninguna tía! —le reconocí con vergüenza—. Pues… no va, la tipa… y quería que me lo hiciese con ella mientras nos escuchaba su marido. ¡¡Por teléfono!!

Nada más terminar de contarle mi experiencia en el piso de Carmen, las carcajadas de Alex fueron inmensas; a mí me resultaron hasta cierto modo casi humillantes.

—¿No jodas, tío?… ¿Su marido? ¿Ése?, ¿el que la acompañaba ahora? —me preguntó, mientras no cesaba de cachondearse.

—Sí… joder… ése…. supongo. ¡Dios!… Si lo sé no te cuento nada —le recriminé por el cachondeo que se traía a mi costa.

—Serán una pareja de esas liberales… Vaya, ¡unos swingers de esos! —dijo de nuevo, aún entre risas.

—¿Unos qué…? —pregunté, sorprendido de su afirmación, aunque tenía mas o menos claro a qué se refería.

—Sí, hombre… el marido igual es uno de esos a los que no les importa que su mujer folle con otros; hacen tríos, intercambios de parejas… y cosas raras de esas. Busca información o vídeos porno en Internet sobre ese tema. Verás que hay mucho de eso.

Yo no sabía qué responderle, pero su conclusión sería, probablemente, la que más lógica pudiese tener para entender aquello.

Aun así, eché balones fuera:

—Na… Yo lo que creo, es que ésta no era más que una viciosa y estaba un poco loca. Nada más que eso. Y su marido, pues lo mismo.

—Bueno… pero perdiste la ocasión de follártela. Si soy yo tú… se iba hartar de cuernos el gafitas ese. Y si quería escuchar, pues que escuchase como chillaba la zorrita de su mujer mientras le doy a cuatro patas —Alex volvió a reír.

—Anda, calla… Déjalo ya. Que contado suena muy bien, pero tendrías que verte tú en mi lugar; sin ni siquiera saber quienes son ni qué coño buscaban en mí. Habrías hecho lo mismo —le dije, queriendo olvidar el asunto y hablar de otra cosa—. A ver, entonces, ¿dónde quedamos para hacer la transferencia y todo eso?

—Mira… yo hace poco tramité alguna que otra cosilla en la gestoría Alvez, cuatro portales más abajo de mi casa. Podríamos arreglar ahí todo el papeleo. ¿Sabes dónde está?

—Sí… la conozco, creo… —le comenté. Sinceramente me sentí aliviado al cambiar ya de tema.

—Vale… te llamo por la semana, y el viernes próximo te veo allí sobre las 4 para dejarlo todo arreglado. Si ves que por lo que sea yo aún no llegué, le das tus datos a Natalia, la chica que está allí en recepción. Ella sabrá a lo que vienes.

—Ok… Hablamos entonces…. —dije saliendo ya del coche. —Chao, Luis. —Alex se despidió de mí y se fue con mi futuro coche.

Lo que yo aún no sabía, y ni siquiera podría llegar ni a imaginar, sería que en aquella gestoría iba a encontrar algo más para mi futuro que un Volkswagen Golf de segunda mano.

Toda aquella experiencia con esa madurita, Carmen, me dejó intrigado toda esa siguiente semana. Y más, después de Alex comentarme eso de las “parejas swingers”. No pude evitar hacerle caso, la curiosidad me pudo, y me pasé toda aquella semana buscando y viendo vídeos en Internet sobre ese tema. Me sorprendió que mi amigo tuviese razón; en la Web, había cientos y cientos de vídeos porno de esa temática, e incluso páginas de contactos de gente que buscaba eso. Al principio, me excité e incluso me pajeé viendo alguno; imaginando ser yo el que disfrutase de la mujer de otro, o recreando lo qué podría haber hecho si hubiese conocido la realidad de lo que Carmen y su marido buscaban. Pero, después del visionado de alguno más, una extraña sensación hizo que me empezase a dar casi más morbo la fantasiosa idea de ser yo el que compartiese morbosamente a mi pareja con otros. Pero claro, yo no tenía…

Sin embargo, aquella curiosidad me duró unicamente esa semana, y se disipó por completo el viernes siguiente, cuando quedé con Alex pera formalizar la transferencia de su coche.

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