LOLA BARNON

1

Cenamos en un chiringuito cerca de los apartamentos. Yo seguía sin saber qué había sucedido en esas horas que pasaron entre que yo me fui del piso de Javier y las diez de la mañana en que regresó. Por alguna razón, me obligaba a no preguntar. Intuía que ella no quería hablar del tema, porque, desde que se despertó el sábado a eso de la una y media de la tarde, no había hecho el más mínimo comentario.

El trajín del viaje y la llegada a Ibiza, había ocupado casi todo nuestro tiempo. Ya en el apartamento de nuevo, salimos a la terraza sintiendo la suave brisa en nuestros rostros. Como siempre hacía, se sentó enfrente de mí y colocó sus pies para que se los acariciara.

En mi cabeza bullía la idea de que había estado toda esa noche follando y era imposible detener mi erección. Ella lo notó.

—¿No has tenido suficiente esta tarde? —Sonreía mientras con su pie derecho me tocaba mi entrepierna.

—Yo pensaba que sí…

Ladeó la cabeza, bebió un poco del té que habíamos hecho tras comprar algo de comida en el supermercado cercano. Se calló y detuvo el movimiento de su pie.

—No hemos hablado de la noche del viernes… —dije en un medio susurro esperando que no la molestase.

Ella me miró. Mantenía la sonrisa en la cara.

—¿Quieres hablar de ello?

Me encogí de hombros, mientras volvía a acariciar sus pies de uñas de roja escarlata.

—¿Qué hiciste toda esa noche? —pregunté con un ligero temblor en mi voz.

—Es obvio, ¿no? —abrió mucho los ojos mientras estiraba aún más la sonrisa de sus labios.

Su voz me sonó algo impersonal. Incluso neutra, alejada de ese tono de picardía traviesa de la que solía hacer gala en esos momentos.

—Bueno… sí. Lo tengo claro, cuando me fui estabais de nuevo liados.

Ella calló, bebió un nuevo sorbo del té y se recostó en la silla cerrando un poco los ojos y dejando que la brisa la moviera el pelo que ahora llevaba suelto. Pensé que estaba meditando una respuesta pero esta se demoraba. Pasaron unos instantes. Abrió los ojos y me interrogó con la mirada.

—¿Qué quieres saber? —me preguntó al fin.

—No sé… Si lo pasaste bien. Se incorporó en la silla. Retiró los pies de mi regazo y se sentó sobre ellos. Bebió de nuevo del té y me miró un segundo.

—Lo pasé muy bien. A fin de cuentas, Nico, estuve follando toda la noche…

—¿Toda? —mi corazón latía deprisa.

—¿No fue eso lo que me dijiste? Una noche, déjate llevar… y todo eso. ¿No?

Asentí un par de veces.

—No me lo esperaba… Pensé que habías dormido allí. —Mi nerviosismo me aceleró el corazón y supe que no me iba a gustar el resto de lo que me dijera.

No me contestó. Parecía estar un poco ajena, despreocupada de lo que yo estaba diciendo. Como si ya no tuviera la más mínima importancia.

—Nico… —meneó la cabeza—, ¿no era eso lo que querías? ¿Qué me follara a Javier? —Su tono me pareció algo neutro. Sin esa conexión pícara que yo deseaba que existiera entre ella y yo cuando estaba con otro.

—Sí, sí… —balbuceé—. Pero no sé… toda la noche. —Menee los hombros, intentando sonreír.

—Nico… me lo dijiste. Te pedí irnos, te dije que te quedaras… Me pediste que me dejara llevar, que era solo una noche.

—Ya, ya… si tienes razón. —Concedí atrapado con mis propias palabras—. Pero pensaba que dormirías algo. 

—No dormí mucho allí esa noche, la verdad… —sonrió abiertamente.

—Joder con Javier… ¿Es tan bueno? —Opté por aparentar tranquilidad a pesar de que mi corazón iba a mil y mi cabeza bullían los celos, la excitación y el morbo agitándose mutuamente.

—Sí, folla bien. Bastante bien —recalcó con total y absoluta tranquilidad.

—No me dio esa sensación…

—¿Qué follara bien? Tiene toda la pinta. A mí no me sorprendió, sinceramente.

—Me refiero a que aguantara tanto…

Mamen se rio en silencio, se colocó la melena volvió a erguirse en la silla, carraspeó ligeramente y se me quedó mirando.

—Nico… ¿estás molesto? Fuiste tú… —empezó de nuevo a decirme.

—No, no… Era tu noche. Bueno, nuestra, pero tuya al fin y al cabo…

—¿Seguro? —insistió—, ¿era esto lo que querías, no?

—Sí, nena… Esa noche era para hacer lo que te apeteciera… Sin problemas. —No sé si mi sonrisa me salió forzada y llena de intranquilidad.

Ella me miró. Sonreía. No abiertamente, pero lo hacía. Luego, carraspeó.

—También follé con Sergio.

—¿Con Sergio? —Tardé un segundo en reaccionar.

—Sí.

—¿Cómo que también con Sergio…? No estaba con…? —no me acordaba del nombre.

—Tania.

—Sí, esa.

—Sí. Bueno… se ven, quedan, follan. No están saliendo ni nada por el estilo —me dijo con completa normalidad.

—Joder… —me quedé sorprendido, con mi corazón acelerado y sintiendo que mi pene se erguía sin remedio a pesar de la sensación indiscutible de molestia.

La luz de alarma se encendió por esa excesiva —a mi entender— normalidad que mi novia empezaba a establecer en aquello.

—Se vinieron al dormitorio y empezamos a bromear… Una cosa llevó a la otra.

—¿Qué cosa llevó a la otra?

Mamen se carcajeó ligeramente, burlándose de mi cara de debía ser una mezcla de estupefacción, sorpresa, excitación, celos, molestia y morbo a la vez.

—Después de que te fueras, estuvimos charlando bastante tiempo Javier y yo, riéndonos de que Sergio y Tania estaban viendo una película en vez de estar al tema… —Sonreía recordando aquello—. Yo no me dormía, fui a buscarte y no estabas… —se encogió de hombros.

—¿Y…?

—Pues eso, que me enrolle con Sergio… Estuvo también Tania.

—¿Los cuatro os liasteis…?

—Bueno, yo con Tania no. No me gusta… ya lo sabes. Di por hecho que los cuatro habían terminado revueltos en alguna cama. La molestia de que se lo hiciera con Sergio se acentuaba.

—¿Hasta las diez? —intenté disimular mi sensación de fastidio.

—No, hombre… —seguía riéndose y mostrando una total naturalidad—. A eso de las seis y algo o las siete, yo al menos, me dormí.

—Joder…

—Surgió… —se encogió de hombros con total y absoluta naturalidad.

—¿Surgió…?

—Sí, lo de Sergio. No estaba en el guion —volvió a sonreír con osadía y algo de indiferencia—. Otro buen polvo… Mejor que el de Javier. —Asintió despacio.

Reí nervioso, a medias entre excitado y dolido. En verdad, bastante molesto.

—Joder… —repetí.

Soltó una gran carcajada.

—Venga, vamos a follar que te estás poniendo cachondo otra vez. Dejó la taza en la mesa, me tomó de la mano, me hizo sentarme en la cama, se despojó de toda la ropa y empezó a chupármela tragándose una buena cantidad de mi polla. Luego se tumbó en la cama y me hizo penetrarla en la postura del misionero. Cerraba los ojos, gemía y noté que se dejaba llevar.

Me corrí, sacando la polla y pajeándome en su pecho y tripa. Cuando terminé me quedé mirándola, esperando algo que ella no parecía percatarse.

—¿Pasa algo?

—A mí no me la lames… —noté que me salió un tono cercano al reproche.

—Claro que sí, cari. —E incorporándose, se tragó mi polla, lamiendo y succionando durante tres o cuatro segundos de gloria, los restos de mi semen. Se levantó a lavarse los dientes y cuando volvió se colocó a gatas, me señaló su húmeda vagina y su ano.

—Tu turno, cielo…

Obediente y dispuesto a satisfacerla, me apliqué en lamer, chupar y morder su clítoris y su ano. Metí un dedo, luego dos, noté la humedad de su sexo, sus ganas de disfrutar. Escuche sus gemidos, su lento movimiento de cabeza y como su clítoris y su culo recibían con avidez mi lengua y mis dedos. Intenté alargárselo para hacerla disfrutar al máximo y tras quince minutos de minucioso trabajo, conseguí que se corriera con un bufido ronco, largo y placentero.

Cuando terminé. Ella aun desnuda se tumbó a mi lado, sonriente, satisfecha y juguetona.

—Llevo una buena racha de polvos… —me dijo con un resoplido.

Apreté las mandíbulas. Dudaba si ella lo hacía para excitarme o porque algo había cambiado en Mamen. La notaba despreocupada, retadora, orgullosa casi de haberse follado a esos dos el último viernes.  Decidí hurgar en aquello que a la vez que me excitaba, dolía.

—¿Racha…?

—Desde ayer, me refiero…

—Deduzco que te gustó.

—Sí… me gustó.

—Volverás a verlos…

—No sé… —contestó con franqueza—. Sergio es muy majete. No sé qué decirte… ¿Quieres o no? —me miró intrigada.

Tragué saliva antes de contestar. Pensé mi respuesta. No, no quería que siguiera viéndolos porque intuía que se podía convertir en algo demasiado usual. Justo lo que no quería. «Algo esporádico, sin continuidad…» La alarma tronaba en mi cabeza. No era la misma que cuando Jorge, pero algo me decía que existía peligro.

—Preferiría que te enrollaras con otros…

—¿Y eso? —me dijo, volviéndose hacia mí y apoyándose con un codo en la almohada.

—No sé… por variar, supongo.

Se hizo un silencio incómodo entre nosotros. Ella cambió de postura y se recostó en la almohada y el cabecero. Seguía completamente desnuda, magnífica.

—¿Qué te pasa, Nico?

—Nada… —Ambos mantuvimos unos instantes de silencio.

—¿Te acuerdas de que antes de empezar, te dije que nos fuéramos a casa? —me dijo en voz baja.

—Sí… —me asaltó la culpabilidad.

—No quisiste… Preferiste verme follar con Javier. —No podía asegurar que aquella frase tuviera un punto de reproche, pero a mí me sonó así. Como un latigazo.

—Lo sé… —Te llamé para que te quedaras conmigo… Yo era consciente de ello.

—Nico… ¿entonces, qué es lo que te pasa? —Me miró con un interrogante en sus ojos. Y también, quizá un poco de reprobación—. ¿Qué es lo que quieres?

«Que folles con quien y cuando yo quiera…» me contesté. «Y que no me afecte».

—Me hubiera ido contigo a casa tranquilamente y ahora no estaríamos hablando de esto —añadió con mucha calma y voz pausada.

—Tienes razón… Pero, no sé cómo explicártelo. —Me incorporé en la cama y quedé sentado—. Sé que es muy difícil de entender. Me vencen las ganas de verte disfrutar con otro, pero esta vez me ha dolido saber que follaste también con Sergio. —Me callé un momento, tomé aire y continué—. Cuando pasaban las horas y no llegabas, tuve miedo. Mucho miedo, Mamen.

—¿Por qué tuviste miedo?

—Pasaste la noche fuera. Eso no me gustó. Y te noto extraña… —bajé la voz—. No sé si de verdad es así, pero es como si algo en ti hubiera cambiado. Con Jorge fue distinto…

—No lo entiendo —su tono de voz continuaba siendo una pizca distante, desajustado y ajeno a esa Mamen que yo conocía—. No me hiciste caso cuando te pedí irnos… Ni cuando quería que te quedaras. Me diste permiso… o al menos, así lo entendí yo. ¿Qué otra cosa quieres que piense?

—Lo sé… Sé que tienes razón. —Sentí que me invadía dolor y algo de angustia con sus palabras.

—Entonces, Nico, ¿qué problema hay con que me tire a un tipo si querías que me dejara llevar y que era una noche de… desenfreno? ¿Ahora te molesta? —me miraba con los ojos abiertos y con un semblante de incomprensión.

La miré. Cerré los ojos un segundo más tarde. Sí, tenía razón. De nuevo, mis sensaciones iban a la deriva por haberme dejado llevar por mis básicos instintos.

—No es molestia… O sí. No te lo pudo explicar. —Ni yo mismo sabía a qué atenerme—. O no sé hacerlo. El hecho es que cuando no llegaste hasta las diez, además de preocuparme, me sentí como excluido de ti. De nuestra fantasía… Hubo un escueto silencio entre ambos. De nuevo incómodo.

—Nico, no me digas eso. Sabes que no quise continuar después de que Jorge se fuera. Pero has insistido con este tema, muchos días, muchas veces. No sé qué pensar. A veces tengo la impresión de que quieres que me folle a cualquier que se cruce conmigo… Y solo para que tú te excites. Me siento utilizada…

—No quiero que folles con todos…

—Claro… ¿Preferirías que follara con quien tú me dijeras y cuando te apeteciera? —Me sonó a reproche. Se detuvo un instante mirándome con algo de dureza—. Pero eso no se puede controlar. O yo al menos no puedo. Me incitas, me empujas a hacerlo, te pido parar o que estés conmigo… ¿Y ahora no te vale? Aclárate, Nico…

—Es verdad… Te pido perdón —reconocí.

En eso, al menos, tenía toda la razón.

—No es eso, Nico. Yo también disfruto con esto. No te lo puedo negar. A fin de cuantas es follar… Pero hay veces que no sé exactamente lo que quieres. Me pides que siga, te vas… Y claro, me equivoco… Pero tú no me ayudas, porque no sé lo que quieres. —Se quedó en silencio. Parecía que se había desahogado. Respiró con profundidad y se colocó el pelo detrás de su oreja derecha—. Siento lo de ayer… No lo hice para fastidiarte, ni aposta. Salió así… Entendí que querías una noche de juerga, desenfreno… No sé cómo decirlo. —Se encogió de hombros y me cogió la mano—. Perdóname, cari.

—Es culpa mía, Mamen. —Pensé en lo que iba a decir ahora. Dudé si no debía dejarlo aquí y zanjar el tema, pero las palabras salieron despacio y en voz baja de mi boca—. Hay algo que…

—¿El qué, corazón? —Me seguía cogiendo la mano y me dio un beso suave en el hombro.

—Noto como si hubieras cambiado. El ejemplo que me resulta más fácil para explicarlo es justamente lo que está sucediendo ahora: hablas de esto como si fuera lo más normal del mundo. Antes te resistías, te excitaba decírmelo… Era como si lo compartiéramos. Sin embargo, este viernes me pareció que algo se rompió. Como si yo no participara de esto y fuera ajeno…

—Cari, eres injusto. Tú mismo estuviste allí, participando. Conmigo y con Javier… No quiero repetirlo, pero te pedí que te quedaras…

—Sí, ahí te doy la razón. Pero no me refiero a eso… Es más a tu actitud. Noto por tus palabras que te apetece seguir por tu cuenta. Que ya es algo normal entre nosotros. … Es raro de explicar…

—No te entiendo, Nico…

Volvió el incómodo silencio. En mi cabeza se debatían dos posiciones muy enfrentadas. Por una parte la inevitable excitación que me producía que Mamen follara con otros. Pero esta vez, más que cuando tuve aquella ligera preocupación con Jorge, era consciente de un peligro sordo y latente por ese cambio intuido en Mamen. Que fuera una nueva actitud, exponiendo todo con una sonrisa y total naturalidad.

—No sé… —dije al fin.

—¿Qué es lo que no sabes?

—No me siento cómodo…

—¿No querías que follase con otros…? —Me preguntó con un punto de sorna contenida. Ella también estaba molesta.

—No me gustó que durmieras fuera…

—Ya te he pedido perdón por ello. Y yo entendí que era lo que querías. —En sus palabras no veía afectación. Solo incomprensión—. Pero, bueno, sí, no debí hacerlo. Si te molestó, te pido de nuevo disculpas. No volverá a ocurrir.

—Creo que… no sé, deberíamos tomar un descanso. —¿Un descanso…? ¿Significa eso que ya no quieres que me acueste con otros? — El tono era serio, sin picardía.

—Estoy confuso… —Tardé algo en contestar.

—Ven cielo…

Yo bajé la mirada. Ella me atrajo y me abrazó. Me quedé echado sobre su regazo. No podía evitar, a pesar de sus palabras y sus caricias, sentirme mal, herido, como si me hubieran abandonado. Entendía que era algo poco racional, porque yo le había pedido que diera los pasos necesarios para cruzar un nuevo límite. Pero, por alguna razón, presagiaba un riesgo escondido y latente.

—Tú iniciaste esto… Otra vez —me dijo en voz baja a la vez que me acariciaba con dulzura y cariño.

—Lo sé. Y aunque me gusta, me atrae y me excita verte con otros, ahora tengo miedo.

Noté más fuerza en su abrazo. Luego un cálido beso en mi pelo revuelto.

—Dime que quieres que deje de hacerlo. Lo haré, no lo dudes.

Pero no dije nada y dejé que me abrazara, acariciándome la espalda. Me sentí mal por ella y por mí. Empezaba a pensar que me había equivocado.

—Si no quieres que me acueste con otros, esto se termina inmediatamente, Nico. Pero necesito saber qué es lo que quieres —insistió.

—¿Qué es lo que quieres tú? —dije casi en un susurro.

—Yo te quiero a ti, cari. Mucho —me apretó contra ella. Se hizo de nuevo el silencio. Un largo silencio—. No quiero verte triste, te quiero, cielo. Nunca lo olvides. —Volvió a besarme—. Pero dime las cosas claras.

—Entonces, ¿quieres que dejemos de hacer esto o no?

Yo, por respuesta, la abracé. Y me quede en silencio. 

______________________________

Los días siguientes en Ibiza fueron tranquilos. Nos despertábamos tarde, desayunábamos en la terraza o en algún bar de los alrededores. Nos bañábamos en el mar o en la piscina del complejo, comíamos en algún pequeño restaurante típico y de reconocida gastronomía, dormíamos una siesta, paseábamos por la tarde y tomábamos una copa en algún bar cercano.

Un par de noches, follamos. No volvimos a sacar aquella conversación. Ni yo hice por hacerlo, ni ella me dirigió la más mínima indirecta. Todo quedó en una noche de sexo desenfrenado, con cierto exceso a mi modo de ver las cosas, pero que debía asumir por haber sido el incitador de aquello. La penúltima noche salimos a un sitio de copas que estaba de moda. Nos arreglamos y Mamen se puso el vestido negro que le había regalado para su primera cita con Jorge, junto con el floreado —que fue el que se puso en aquella ocasión—, y uno de color claro que no había vuelto a ver.

La vi embutida en aquel vestido entallado, que se le pegaba a la piel y la estilizaba aún más de lo que era. Llevaba la melena suelta, una ligera sombra de ojos, brillo en los labios y la piel morena, tersa, suave. Preciosa, atractiva, sensual, cautivadora y fascinante. Calzaba una sandalias negras de tacón altísimo, de vértigo. Iba espléndida.

—Espectacular —la dije contemplándola con verdadera admiración.

—Gracias, cielo.

Me acarició la mejilla y me tiró un beso con los dedos. El taxista se quedó estupefacto cuando vio a Mamen montarse en su coche. Tardó en reaccionar, arrancando el coche unos segundos después de que le diéramos la dirección.

Llegamos al lugar. Era una especie de discoteca pequeña, no de las masificadas y famosas de Ibiza. Esta era más elitista, más sofisticada, o al menos pretendía serlo.

Cuando nos acercamos hacia la puerta, con algo de cola y dos porteros grandes y con pinta de rusos, decidiendo quién entraba y quién no, vi muchas miradas de hombres, jóvenes y no tanto, fijas en mi novia, recorriéndola el cuerpo con miradas de deseo.

Como he dicho anteriormente en alguna ocasión, Mamen no es exhibicionista y solía cortarse cuando era el centro de atención. Pero aquel día, sabiéndose observada, creo que disfrutó.

Los dos rusos, nada más ver a mi novia, abrieron el cordón rojo que guarecía la puerta del local y la franquearon la puerta, dudando si hacerlo conmigo. Finalmente, y ante la seña de Mamen, indicando que yo era su acompañante, me permitieron entrar igualmente.

El lugar era bonito. O al menos, todo lo bonito que una discoteca de una isla como Ibiza puede ser. Había una parte cubierta y una gran terraza. Dentro, y a pesar de todo, Mamen, ya no destacaba tanto. Seguía siendo una de las mujeres más atractivas y sensuales de las que pululaban por la discoteca, pero había alguna más que podía competir con ella. 

Nos sentamos en una de las barras de fuera. Ella cruzó las piernas y dejó colgado una de ellas de forma que los altísimos tacones quedaron a la vista perfectamente. No tardó en llegar un camarero. Ella pidió un gintonic y yo un ron con Coca Cola.

—Vaya fauna… —dije mirando en derredor.

Mamen no dijo nada. Observaba y sonreía. Se sabía observada, espectacular.

—Bueno… es Ibiza, cari.

—Sí, lo es…

Me acerqué a ella y la besé en una mejilla. Me sonrió y me dio un gracioso toque en la nariz con su dedo índice derecho.

—Eres muy mono, corazón.

Me lo tomé por un cumplido, una especie de piropo que me sentó bien. Nos trajeron las bebidas y comenzamos a beberlas. Charlamos con normalidad, nos reímos de alguna tontería y pasamos un buen rato. Yo me pedí una segunda y ella prefirió esperar. Llevábamos una hora allí.

—¿Quieres bailar?

Negué con la cabeza.

—Luego no te quejes…

—¿De qué?

—Si me tiran los tejos… —me lanzó un beso.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s