JESÚS FUENTES

 Nos vemos a las 12, a la una tendríamos poco tiempo para platicar, ya que tengo que trabajar. ¿Qué opina? ¿Puede? Ahí lo veo. Dije por teléfono, cuando el reloj marcaba las ocho con doce minutos, del 19 de Marzo. Sí, en Sanborns, afirmé.

Puntual, ahí estaba, me acerque a él, se me escapó una sonrisa. Un beso en la mejilla y un abrazo suave, cálido y tierno (así lo sentí). El día fresco, poco sol, un día todavía invernal, agradable.

En la cafetería, escogí un gabinete con vista al bulevar costero, junto al amplio ventanal, donde la luz bañaba nuestros rostros.  Ordenamos café descafeinado con esplenda y leche fresca para mí. Él, café americano regular. “Está bueno este, pero me gusta más, el que tú sirves en Vips”, comento. Por respuesta, sonreí. Y agregó: ¿Gustas comer algo?, vas a trabajar más tarde, ¿qué te parece, si pedimos? Cominos arrachera con huevo frito, chilaquiles rojos con queso gratinado, frijoles chinitos y tomamos jugo de naranja natural.

Sentía curiosidad de tratarlo, conocerlo, saber cómo era. Lo había comentado con mi novio, él, claro se opuso a esta cita (es mayor que yo, tú sabes que me gustan chavos, le dije para convencerlo), lo convencí y aceptó a regañadientes. Será solo un amigo, aseguré.

Recordé cuando lo conocí, esa tarde noche, cerca de Navidad, en Vips. Entró con una mochila negra colgada en su brazo izquierdo. Se sentó en un gabinete con vista al estacionamiento de la Macro plaza. De su mochila sacó un cuaderno de pasta azul, un libro y los puso en la mesa. Yo, estaba en el conjunto de servicio. Me acerqué al momento que habría el libro y le ofrecí café. ¿Desea ordenar algo más?, mencione. Apartó sus ojos del libro y los fijó en los míos, titubeó y “por el momento, café americano, por favor” dijo amable.

Le servía el café, cuando llego una mujer de unos cuarenta y tantos, lo saludó, se sentó frente a él. ¿Café?, le pregunto.  No, gracias. Hablaron. A los pocos minutos, ella se retiró. Él leía y de vez en vez, anotaba algo en su cuaderno, entre sorbo y sorbo a su aromático café.

Le ofrecí más café y en broma le pregunté que si a la mujer que estuvo con él, se la deschongaría más tarde.  Sólo sonrío y dijo: no, es una amiga, necesitaba un favor.

Varios fueron los días que lo vi llegar. “Americano y leche fresca, por favor”, ordenaba y lo endulzaba con mascabado. Así como lo tomo yo, solo que descafeinado. Una ocasión, a mediados de Febrero, llegó un poco más temprano, pidió su café y se puso a escribir en su cuaderno de siempre. Después de dos o tres cafés, me ordeno la cena: puntas de filete de res.

Eligió muy bien, están muy buenas, eso fue lo que comí, aseveré. En seguida pregunte: ¿qué escribe? Un cuento corto, contestó y remarcó, también escribo poesía. Me gusta más la narrativa. Yo también escribo, le comenté eufórica, aunque hace rato que no lo hago por temor. Soy dramática y asesina al escribir.

Sera agradable leer algo de lo que escribes, interesante, me gustaría leerte, dijo. Le di el número de mi celular. Mi nombre: “Alegría”, lo había leído, en el gafete que cuelga en la blusa blanca. Presuroso, inquieto, (imagine) anoto nombre y número, al pie de algo que escribía en una hoja de su cuaderno de forro azul.

 Atento, su cabello entrecano, se veía bien, me agradó su sencillez. Hubiese querido no ir a trabajar hoy. Estaba, de verdad, súper a gusto.

Mirándolo fijo a los ojos, pienso, siento que es una buena persona. ¿Sera un día apocalíptico?

Nos empezamos a comunicar por messenger; supe, viajaba constante por su trabajo. Me sorprendió sobre manera su mensaje: ¡Felicidades!, los primeros minutos del diez de Marzo, fecha de mi cumpleaños treinta y cinco. Nunca le había dicho que día era. ¿Cómo lo supo? Fue el primero en felicitarme. Me dio tanto gusto, lo confieso. Él, estaba en donde nací, en Culiacán.

Acordamos, para conocernos mejor y festejar mi cumple, encontrarnos hoy, (aquí estamos) día de San José. Hablamos, reímos, quién sabe de qué tanto. El tiempo un fluido. Me quedé con ganas de  seguir ahí, con él.

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