AURORA MADARIAGA

Capítulo 21
El operativo se llevó a cabo en completa coreografía rutinaria. Los agentes Hellboy,
Sherman, Sapien y Krauss viajaron junto a los gemelos elfos y a un puñado de agentes
humanos desde la agencia hasta Brooklyn en el aparente camión de basura. Entraron
en el mercado Troll y escoltados por el Príncipe, se abrieron camino por el concurrido
bazar subterráneo hasta llegar a sus aposentos. Cruzaron las instalaciones observando
curiosos la peculiar morada de Su Alteza hasta alcanzar el apartado donde los druidas
tenían a Loreto Clair bajo conjuro. Era una cueva alta bajo una angosta claraboya por
donde entraba la luz de los faroles de las calles en la superficie. Los agentes quedaron
boquiabiertos. El espacio era lo más parecido a un bosque miniatura en el medio de las
cloacas de Nueva York. Un jardín de invierno subterráneo. La oscuridad de las rocas y
cimientos de la ciudad contrastaba sobremanera con el verdor vigoroso del
concentrado lunar botánico. Incluso el aire normalmente viciado y húmedo de bajo
tierra se respiraba liviano y fresco en este lugar. Cinco elfos que superaban con creces al
Príncipe en estatura se aproximaron y cerraron el paso a los extraños. El anfitrión
explicó rápido quiénes eran y qué hacían allí. Los druidas hicieron una dramática
reverencia a ambos gemelos reales y guiaron entonces el camino hacia la plataforma
central. Los agentes humanos desplayaron la camilla plegable junto a la plataforma y
cuan paciente de hospital, tomaron a Loreto Clair entre todos por los brazos y piernas
hasta trasladarla. El Príncipe ordenó a los druidas empacar todo lo concerniente al
tratamiento de Loreto y acompañarlos a la agencia. Los sabios obedecieron confusos y
el grupo abandonó la residencia del Príncipe hasta abrirse camino por el mercado
Troll y salir a la bodega abandonada del puente Brooklyn.
Al llegar a la agencia, los agentes Sapien y Krauss guiaron a los druidas hacia el
departamento de medicina donde llevaron enseguida a Loreto. Seguía inconsciente. El
Príncipe caminó tras el grupo pero su hermana lo atajó por el brazo.
—Déjalos hacer su trabajo—dijo con suave tono de voz en su nativo Gaélico—.Ya has
hecho el tuyo.
Nuada se quedó en el mismo lugar a medio camino del pasillo principal mientras veía
al grupo de agentes empujar la camilla con ruedas donde Loreto iba. Desaparecieron
detrás de una esquina. Tragó saliva. Los agentes Hellboy y Sherman pasaron por su
lado y se retiraron a su estancia privada. Nuala avanzó hacia la gran biblioteca. Una vez
frente a la puerta, volteó. Su hermano seguía en el mismo lugar. Llamó su nombre y
abrió las puertas para él. El Príncipe pestañeó contadas veces como si quisiera
despabilar. Miró a su hermana y de forma mecánica caminó hacia ella.
La última y única vez que había estado en esa sala fue cuando Nuala entregó su pieza
de la corona a la agente piroquinésica. El pedazo de oro milenario forjado en las
entrañas de Irlanda del Norte no fue capaz de resistir el calor abrasador de sus llamas y
se derritió gota a gota sobre este mismo suelo. Reticente, Nuada caminó por la
biblioteca hasta llegar al centro junto a los sofás. Nuala parecía sentirse en casa. Fue a
una estantería y sirvió dos copas de vino. Le alcanzó una. La quedó mirando
extrañado, su hermana rara vez bebía alcohol.
—Anoche en la madrugada me desperté mareada. Supe que habías sido tú—dijo
divertida y chocó su copa con la suya—. Estabas con ella, ¿no es así?
Nuada la miró a los ojos. Recordó las horas en la morada de Loreto. Él tampoco bebía
con frecuencia ni en demasía. Los taninos del vino le habían pillado de sorpresa. La
había besado. Por un instante, embriagado de su perfume y sabor, enredado en sus
brazos y con los ojos sellados completamente, se había olvidado de todo. Del hecho
que Loreto era una humana, que Nuala lo había traicionado, que su padre había
muerto atravesado por el filo de su espada. Atrapado entre sus labios había olvidado el
dolor de los rayos de luz ultravioleta sobre su piel, la condena de vivir bajo tierra, la
agonía e injusticia de ver a su pueblo barrido hacia la berma de la historia, la ira de ver
a las criaturas mágicas de Bethmoora perder sus hermosos pelajes a la falta de luz
solar. Por pocos minutos pudo ser un elfo más sin el peso de la corona esperando a su
ascensión al trono. Loreto era un antídoto al veneno que lo carcomía por milenios. El
Príncipe bebió un sorbo largo de vino y se echó sobre el sofá con la copa entre las
manos y los codos apoyados sobre sus muslos. Su hermana tomó asiento frente suyo.
La encaró. No habían secretos entre ambos. Al segundo que hicieron contacto visual
Nuala supo qué pasaba en su corazón.
—Morirá—la Princesa dijo en voz baja—. No hoy, ni mañana. Se recuperará de esta
enfermedad, tengo la certeza. Pero un día, en un abrir y cerrar de ojos, se irá. Es
humana. La vida se les escurre por los dedos. Te quedarás solo y el tiempo pasará sin
piedad para ti y para mí hasta que la distancia sea tal, que la herida de su partida
sanará en tu corazón.
Su vista se aguó de lágrimas. Nuada pestañeó y las dejó rodar libres por sus mejillas.
Tragó saliva y apretó la mandíbula. Bebió de su copa hasta acabar el contenido. El
dulce seco del vino tinto le quemó la garganta apretada.
—Lo sé—balbuceó ronco—. ¿Recuerdas qué nos decía nuestra madre sobre el tiempo?
Nuala parpadeó sorprendida y esbozó una semi sonrisa en los labios. Su semblante se
contrajo de melancolía.
«El tiempo es irrelevante para la verdad del corazón. En el centro del ser habita la
brújula que ha de guiarlos por la vida. Su flecha muestra siempre el camino correcto y
en el momento oportuno. No obedece a la lógica por lo que es inútil luchar contra ella.
Hagan oídos sordos y ojos ciegos a su mandato, y volverá como las olas del mar una y
otra vez hasta lograr su cometido. Nunca cuestionen qué sienten en sus corazones sino
que honren sus latidos a consciencia».
—Padre ya no es más, ahora puedes comenzar tu familia y asumir el trono de
Bethmoora—Nuala dijo—. Una vez produzcas al menos un heredero de pura sangre
para el trono, yo podré comenzar la mía. Es la tradición.
—¿Qué tradición, Nuala? ¿Jurar mi vida por Bethmoora sobre una corona incompleta?
—Nuada masculló entre los dientes y de un impulso se levantó del sofá—. No hay elfa
en el reino que quiera darme un heredero. Me temen. Me he convertido en un
monstruo incluso para mi propia gente. No se dejarán reinar por el asesino del rey
Balor, Nuala. Esa es la realidad. Bethmoora se quedará como está. Sin rey y bajo tierra y
en eso ambos compartimos la culpa.
Su hermana se puso de pie e insistente se sobó las manos contra su abdomen. Dio una
vuelta por la estancia ensimismada. Se tocó la cavidad de su corsé donde por miles de
años llevó su pieza de la corona. Había jurado a su padre protegerla con su vida y
asegurarse que no cayera en las manos equivocadas. ¿No era eso acaso lo que había
hecho? Sin embargo, en el proceso había alterado para siempre el orden de su reino.
—Estamos en una situación única en la historia de Bethmoora—la Princesa dijo como
un pensamiento en voz alta. Encaró a su hermano al otro extremo de la biblioteca—.
No podía dejarte despertar al Ejército Dorado y librar la masacre contra los humanos
una vez más. ¿Cuál es el honor de reconstruir Bethmoora sobre montañas de cadáveres
y ríos de sangre? No somos asesinos. No es nuestra naturaleza. Somos protectores de
todo y todos. La Madre Tierra nos otorgó la inmortalidad para ser guardianes de la
vida, no para convertirnos en verdugos del opresor.
El Príncipe apretó los puños y dejó caer la cabeza. Nuala cruzó la sala hasta llegar
frente a él. Tomó sus manos en las suyas y se miraron a los ojos. Estaba dividido en dos.
Quería renunciar a todo y al mismo tiempo, no sabía qué hacer por salvar al reino.
—Quizás sea hora de reconsiderar nuestras tradiciones por el bien de Bethmoora—la
Princesa dijo.
Un agente humano irrumpió de pronto en la sala.
—La señorita Clair ha despertado—anunció con emoción en la voz.
El Príncipe le ordenó llevarlo donde ella. La Princesa se tomó el borde de su túnica y
trotando los siguió. Entraron en el apartado de medicina. Abraham, el agente Krauss y
un equipo de médicos humanos y druidas elfos estaban agrupados rodeando la camilla
donde Loreto estaba. Nuada corrió a su lado. Tomó su mano en la suya y besó su dorso
una y otra vez. Se miraron a los ojos. Loreto acarició su mejilla con la mano libre y
esbozó una débil sonrisa. El miedo y la incertidumbre todavía destellaban en sus ojos
pardos. El Príncipe reparó en el catéter intravenoso que tenía conectado. Se irguió e
interrogó al equipo. El agente Krauss dio un paso adelante.
—Lo hemos logrado—dijo triunfante.
Nuada miró a Abraham. «Díme que es cierto» le rogó telepáticamente.
—La señorita Clair está fuera de peligro. El cáncer ha sido erradicado.

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