ISA HDEZ

Le gustaba pasar por el lugar al morir la tarde, cuando estaban sosegadas tras el trabajo terminado de la jornada. Se sentaba con ellas y formaban el círculo. Cuando estaban todas comenzaban los relatos y cada una exponía sus anécdotas del día o las pesquisas ocurrentes de sus cabezas, guardadas en sus adentros desde tiempos inmemoriales. Las ingeniosidades y fantasías siempre acababan en risas y carcajadas, de tal impulso que les dolía el abdomen y se contagiaban unas con las otras, como si con ello quisieran apagar las vicisitudes acontecidas durante las labores y, se ponían de acuerdo en ello como un bálsamo que surgiera del crepúsculo y a todas las envolviera en el misterio que alejaba la pena, el sentimiento y el lamento. A veces atraían observadores que oían el júbilo de las mozas y acudían permaneciendo callados durante el tiempo que duraba la reunión; más de una apareó su vida con algún mozalbete que insistía en el romance terminando en el ara de alguna capilla, acompañados con el desfile de las chicas del corrillo. Hacían las celebraciones jubilosas al atardecer y proclamaban el juramento de encadenamiento cada día antes de separarse, para no romper el corrillo, como si la risa fuera para ellas el talismán de la fortaleza, la alegría y la vida. ©

Un comentario sobre “La risa

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