GABRIEL B

Capítulo 6

Pitu

Verla de nuevo, cogérmela, sentir su olorcito mientras se la metía por atrás, raspando con mis pendejos su cola suave, todo eso me volvió a la vida. Y la fantasía de volverla a ver, y de hacerla mi mujer, me convertían en un pelotudo feliz.
El jueves fui al médico, y como esperaba, el tordo me dio de alta. Se me había acabado la joda. Tenía que volver al cole, para cursar el último mes de la secundaria. Tenía que aguantar sólo eso y ya sería libre. Después a buscar un laburo piola con el tío Omar, y a seguir cogiéndome a la mami de Joaquín. Ya estaba hecho un señor casi jaja.
El viernes tenía que volver a la escuela, pero me hice la rata. Tenía cosas que hacer, además, por un día más que faltaba, a quién le importaba.
Se me ocurrió llamarlos al Brian, al leo y al Polaco para que me hagan el aguante, pero después quería pasar por la casa de la Andrea, aprovechando que el hijito estaba en la escuela, así que me las arreglé sólo.
A eso de las diez me fui para el lado de la escuela, sabiendo que los del turno tarde terminaban a esa hora la clase de educación física. Me quedé esperando en una esquina. Traté de no pensar en la paliza que me habían dado, porque me daba una bronca y una vergüenza terrible. Al retito veo salir a un grupito de logis con ropa de gimnasia. Entre ellos estaban el Mauri y el Turco. Los otros wachos del turno tarde no se la bancaban. Los que sabían pelear, a parte de esos dos logis, no estaban.
Los cagones se cruzaron de calle, haciendo de cuenta que no me habían visto. Yo me crucé de vereda y me puse frente a ellos.
—¿Qué onda Pitu? — me dijo el gordo Mauri. ¡Qué gordo hijo de puta! Pensaba para mí.
Ese forro no merecía que le conteste, pero quería sacarle información.
—¿Quién era el hijo de puta que estaba con ustedes el otro día?
—¿El que te cagó a piñas? —dijo el atrevido. Se estaba pasando de la raya.
—Eh Mauri, ya fue. —dijo el Turco, que por lo visto no quería bardo.
—Vos cerrá el orto. —le dijo a su amigo.
Me gustó que no estuvieran de acuerdo. El Turco siempre me tuvo miedo. Y el Mauri era un boludo que pensaba que, porque podía darle palizas a los wachines, iba a poder conmigo. Se creía más de lo que era, ese era su problema.
—¿Quién era ese hijo de puta? —pregunté, ahora hablándole al Turco.
—Eh Pitu, ese es un conocido del Mauri, de allá de Laferrere. Le dicen El Pantera.
—Así que de Lafe…
Lo miré al gordo Mauri. Se hacía el malo, pero se notaba que no quería pelear. Si hubiese querido pelear ya me estaría apurando.
—Esa vuelta estaba ranchando con nosotros y otros pibes—. Comentó el Turco — El Mauri le había contado de la vuelta que casi se agarran en el baño de la escuela… nosotros no queríamos pelear Pitu, si está todo bien con vos.
El mauri me miraba desafiante mientras su amigo hablaba, pero no negaba nada. Ya le estaba sacando la ficha a ese Pantera. No era ningún justiciero, ni nada. Ni si quiera era amigo de los de la tarde. El chabón quería una excusa para armar quilombo con alguien, y justo aparecí yo después de que el mauri le contara eso.
—Además fuimos nosotros los que te defendimos cuando no paraba de pegarte en el piso. ¿No cierto Mauri?
El gordo dijo que sí con la cabeza.
—Hasta nos terminamos peleando con el pantera. —siguió hablando el Turco.
—¿Y quien es ese pantera?
—Ya fue Pitu, ya fue. —dijo el Mauri. Ahí me di cuenta de que le tenía un miedo bárbaro a ese Pantera.
—Vende merca el pantera. Ya estuvo preso un tiempo. Es mejor que no te metas con ese. — me dijo el Turco.
—Me chupa un huevo que se crea el mas poronga del mundo. A mi nadie me pega. Y ustedes agradezcan que no los cago bien a palos acá.
Quería que el gordo Mauri se enoje. El chabón se la banca. Entre los dos me hubiesen hecho frente tranquilamente, pero el Turco no quería saber nada con agarrarse a piñas, y el Mauri sólo me miraba feo esperando a que yo empiece el bardo.
La dejé ahí nomás. Ya sabía suficiente. Ya me desquitaría con el tal Pantera. Fui a lo de Andrea. Tenía un par de horas de ventaja hasta que cayera el Joaco. Algún día la tendría una noche completa para mí, pero por ahora me tenía que conformar con eso.

Andrea
Lo había llamado el jueves a la tarde. No me pude contener. Me atendió su mamá. Me morí de vergüenza. Inventé que era la secretaria de la escuela, que quería saber cuándo volvía a tomar clases. Me pasó con él. Me contó que ya le dieron de alta. Me preguntó qué ropa vestía. Qué ropa interior tenía puesta. Le contesté, para complacerlo, y descubrí que yo también disfrutaba del morbo. Me aseguró que apenas escuchó mi voz, tuvo una erección, y que, mientras me hablaba, se estaba tocando. Yo dejé deslizar que el viernes Rubén estaría trabajando. Desde hacía unos días había comenzado a cubrir el turno mañana, para reemplazar a un compañero que se había tomado vacaciones.
Supongo que, en el fondo, se lo dije porque quería verlo. Pero no imaginaba que faltaría a clases para verme.
El viernes Rubén se quedó dormido y salió tarde al trabajo.
A las diez y pico llegó Pitu.
—Qué hacés acá pendejo. —le dije, disimulando lo contenta que estaba.
A esa hora suele haber movimiento por el barrio. Gente que va a hacer las compras, vecinos que arreglan la vereda, u otras cosas. Me di cuenta de que había al menos dos o tres vecinos que podían notar la presencia de Pitu. Lo mejor era actuar natural, que mi lenguaje corporal no me delate.
—Gracias por venir a ayudarme. mi hijo siempre se escapa cuando hay que hacer trabajos pesados. —dije, para que escuche quien quisiera escuchar.
Pitu puso cara de no entender nada, pero cuando le abrí el portón entró sin dudarlo.
Apenas entramos me empezó a pellizcar la cola. Yo me había puesto un pantalón de jean muy ajustado. Me abrazó y me dio un beso apasionado. El sabor de sus labios y de su lengua ya me resultaban familiar. Parecía que estuve con él muchas veces.
—Qué linda que estás. — me dijo. Su sexo duro se apoyaba en mi cadera. Me acarició la cara, y me miró a los ojos. Su expresión de enamorado me dio miedo, pero sus manos tocando mis senos me volvían loca.
—¿Qué hacés acá? —le pregunté. —¿No era que hoy volvías a la escuela?
—Vuelvo el lunes. — me dijo.
Me reí como una chiquilla traviesa. Fuimos al comedor. Me senté en una de las sillas que rodeaban la mesa. Él se paró frente a mí. Acaricié su verga. Me encantaba sentir su grosor a través del pantalón. Bajé el cierre. Pitu me corrió el pelo de la cara. Los pantalones cayeron hasta los tobillos. Se bajó el bóxer. Su instrumento se erigía sobre un bosque de pelo oscuro.
Se lo masajeé con dulzura, sin dejar de mirar sus ojos marrones repletos de lujuria. Un vello había quedado enredado en su glande.
—Qué cochino. — le dije. —Cómo se te ocurre que me voy a llevar esto a la boca.
Quité el vello con las uñas. Pitu se estremeció al sentir el leve pinchazo que le clavé a propósito, pero simuló no haberlo sentido.
Muchas veces, durante el día, pero más aún, durante las noches, me rompo la cabeza pensando a dónde iba a llegar esa relación que a todas luces parecía tener como final el fracaso. Me deshacía las neuronas pensando cuál era el mejor lugar para llevar a cabo mis traiciones, sabiendo que, ciertamente, mi propia casa era el peor de los lugares que podía elegir. Me preguntaba si realmente era posible que Rubén no se percatara de nada. Me hacía la cabeza pensando en eso y en mil cosas más.
Pero en ese momento, teniendo el sexo de Pitu en mis narices, no pude pensar en otra cosa que en llevármelo a la boca. Acaricié sus testículos, sintiendo el frondoso vello áspero en mis dedos. Me incliné. Él hizo un movimiento pélvico hacia adelante. La verga, con olor intenso y potencia juvenil entró en mi boca.
Pitu se las arreglaba para acariciarme las tetas mientras se la mamaba. Yo sentía sus erguidas nalgas en mis manos. Era la primera vez que acariciaba el culo de un hombre, y se sentía muy bien.
Entonces escuché el portón abrirse.
Pitu se levantó el bóxer y el pantalón. Yo me limpié la boca con la mano, más por un gesto instintivo que por otra cosa, ya que faltaba mucho para que Pitu acabe.
—¿Quién es? —Preguntó Pitu. Se lo notaba nervioso.
—Será Joaco que salió antes del colegio.
Fui hasta la entrada a interceptar a mi hijo. Necesitaba que se me ocurra con urgencia una excusa. Lo de que Pitu venía a ayudarme a hacer una tarea pesada, servía para algún vecino chismoso, pero Joaquín no se lo tragaría.
Estaba agitada, y el calor se había subido a mi cara. Tenía que tranquilizarme y disimular, pero no contaba con tiempo suficiente para ello.
—Hola.
Me sorprendí. El que había llegado no era mi hijo, sino Rubén.
—Mi amor ¿Pasó algo?
—Como llegué tarde me dijeron que vuelva a casa, que como no avisé que estaba en camino ya habían buscado un reemplazo.
—Ay no me digas que te van a suspender por eso.
—No creo, a lo sumo un apercibimiento. —dijo. La voz le salía rasposa.
—Sabés, vino Pitu, el compañero de Joaquín a…
—Sabés qué, voy a aprovechar para dormir unas horas. —me dijo, y sin prestarme más atención, se fue al cuarto.
No pude evitar sentir lástima por Rubén. Cada día estaba un poco más apagado. Cada vez las cosas parecían importarle menos. Su actitud apática se trasladaba a todos a los órdenes de la vida. No era solo conmigo.
Dos brazos rodearon mi cintura. Pitu me dio un beso en la mejilla.
—No Pitu, ahora no.
—Tranqui, ni siquiera entendió que yo estaba acá.
—Igual, así no quiero.
Sus manos se deslizaron hacia mis caderas. Sus labios bajaron hasta mi cuello.
—Esto está mal. —susurré.
Su respiración me hizo cosquilla. Su lengua estaba dejando un rastro de saliva en mi cuello. Sus dedos se cerraron sobre mis glúteos. Volvimos a la cocina.
Pitu se bajó el pantalón. Su verga saltó como resorte. Me pregunté qué pasaría si Rubén bajaba y nos viera. Por primera vez, ese escenario no me horrorizó. Quizá fuera lo mejor, pensé. Tal vez un golpe de realidad lo haga volver en sí.
Continué con lo que había empezado. Le hice un oral en el comedor de casa.
—Eso mi putita, eso. —susurraba Pitu mientras me la hacía tragar.
Acaricié sus pectorales, por debajo de su remera. Lo rasguñé, no muy fuerte, pero lo suficiente para dejarle una marca. Si se le ocurría coger con alguna de las pendejas de la escuela, ella vería que ya tiene dueño.
El líquido ácido y dulzón se eyectó en mi garganta. Lo saboreé y después se lo tragué todo.
—Todavía tenemos tiempo. — me dijo.
Me quitó el pantalón. Me bajó la tanga.
—Esta me la llevo de recuerdo. —dijo, guardándose mi ropa interior en el bolcillo de su pantalón.
No me opuse en absoluto. De hecho, me gustó que se la quedara. Me agradó imaginarlo, aferrada a ella, mientras me recordaba y se masturbaba.
Me quité la remera y el corpiño, quedando completamente desnuda. Si teníamos otra interrupción, no tendríamos tiempo de vestirnos. A lo sumo podríamos agarrar nuestras prendas y huir hacia el fondo. La situación, totalmente riesgosa, me producía una adrenalina adictiva.
Pitu me abrazó. Me agarró con ambas manos de las nalgas, y me levantó, para luego hacerme sentar sobre la mesa. Mi culo desnudo quedó ahí, donde normalmente se sienta mi hijo.
Pitu se puso un preservativo y se acercó. Yo abrí las piernas. Mi sexo, como de costumbre, ya estaba empapado.
Me agarró de las tetas, casi con violencia, y sin soltarlas, me penetró una y otra vez.
Intenté reprimir los gemidos, pero sólo logré hacerlo durante algunos segundos. Luego fue imposible. La verga gorda se metía en mí, y mi sexo, demasiado apretado para semejante instrumento, reaccionaba con deleite al sentirlo.
Me metí algunos dedos en la boca, y los mordí, suprimiendo así los ruidos que se agolpaban en mi garganta. Mi mano se llenó enseguida de saliva que se caía sobre las manos de Pitu, las cuales, caprichosamente, seguían masajeando mis senos.
Cuando sentí que ya venía el orgasmo, lo abracé. Rasguñé su espalda, y enterré mis dientes en su hombro, mientras mi cuerpo se retorcía sobre la mesa, y mis fluidos salían en abundancia.
Pitu se sacó el preservativo y comenzó a masturbarse. Su cara se transformó cuando ya no pudo más, y eyaculó. Su semen bañó mis pechos y mi pierna.
Agarré una hoja de rollo de cocina que estaba sobre la mesa y me limpié.
—Andate por favor. — le rogué.
Ahora que estaba satisfecha, la cordura volvía a mí.
—¿Cuándo nos volvemos a ver?
—No somos novios. —le dije. Noté que fui muy brusca y lo había herido, así que agregué. —No es fácil vernos. Y esto que hicimos hoy no se puede repetir. Pero te prometo que nos vamos a volver a ver.
—¿Cuándo? — me preguntó, mientras terminaba de vestirse.
—Pronto, te lo prometo. Pero vos tenés que prometerme que no vas a volver a aparecerte así. Y Pitu, una cosa más.
—Qué.
Lo abracé y le di un beso en la boca.
—Me encanta estar con vos.

Joaquín
—Es muy loco pensar que una etapa tan importante de mi vida está llegando a su fin. Un mes más y chau escuela. — dije. Habíamos salido de la escuela, y con Agustina caminábamos unas cuadras, como de costumbre. Yo estaba a la expectativa de si me invitaba nuevamente a su casa, pero estaba algo arisca. Cuando la agarré de la mano, se soltó. No le pregunté por qué lo hizo. Hice de cuenta que no me molestó y seguí hablando. —No tengo idea de qué voy a estudiar después, pero ya decidí tomarme un año para pensarlo. Seguramente me buscaré un trabajo de medio tiempo o algo así… ¿Y vos?
—Joaquín…— dijo ella. Me dio miedo que me llamara así. Ella siempre me dice Joaco. Solo me llamó así las pocas veces que se sintió molesta conmigo.
—Si mi amor.
Paramos en una esquina. Agustina tenía la cabeza gacha.
—¿Qué pasa Agus? —la agarré del mentón e hice que levantara la cabeza.
Sus ojos estaban brillosos, a punto de llorar. La abrasé, sin siquiera pensarlo, fue un instinto protector que surgió espontáneamente.
—¿Alguien te hizo algo?
—Joaco, yo te quiero.
—Yo también Agus. —le aseguré. Su cuerpo temblaba.
—Yo te quiero, pero no puedo estar más con vos.
—¿Qué? ¿Qué estás diciendo? Si nosotros nos llevamos rebien y nos queremos, ¿de qué estás hablando?
—Pero no alcanza con que nos queramos. Vos sos inteligente, y seguro que lo entendés.
—¿Me estás hablando en serio? —dije. No caía en lo que estaba escuchando. Aunque suene agrandado, sé que ella me quería igual que yo a ella. Siempre me buscaba con la mirada. Disfrutábamos del tiempo que pasábamos juntos, y ella aseguraba que no salía con nadie más a parte de mí.
Cuando me di cuenta de la determinación de sus palabras, me sentí terriblemente triste. Por primera vez sentí en mi propio cuerpo lo que supuse que sentía mi papá desde hacía tanto tiempo.
—Pero ¿Por qué? Decime por qué. Qué pasó. Qué hice mal. —exigí.
—Vos no hiciste nada malo. Vos sos un amor. El problema soy yo.
—¡No me vengas con esas boludeces! —grité, indignado.
—No son boludeces. Joaco, hay cosas que no sabés de mí.
—¿Qué cosas? —ella bajó la vista. —Mirame a los ojos. No hay nada que me haga dejar de quererte.
—No quiero hablar más de eso. No te puedo decir nada. Sólo quiero que me digas si podemos seguir siendo amigos. Si me decís que no, se me va a romper el corazón.
Agustina rompió a llorar. De repente pareció una niña. Me morí de ternura. Mi desilusión amorosa quedó opacada por el misterio que envolvía a esa chica a quien quería tanto, y a la ternura que me generaban sus lágrimas.
—Claro que podemos seguir siendo amigos. Yo te banco a muerte.
La abracé con más fuerza. En ese momento, mientras comenzaba a perderla como novia, me quedó claro lo mucho que la amaba.
Volví a casa, solitario y apesadumbrado. No estoy acostumbrado a este tipo de rompimientos. Normalmente mis problemas amorosos consisten en que yo no me animo a hablarle a la chica que me gusta, o que la mina en cuestión terminaba saliendo con algún conocido. Era la primera vez que me empezaba a ir bien con una mujer que realmente me interesaba, y ahora todo había terminado.
A pesar de esta situación, estaba seguro de algo: no dejaría en banda a Agustina. Estaría con ella cada vez que me necesitara.

Rubén
¿Qué es un autómata? Yo soy un autómata. Un hombre que anda por la vida, actuando más por inercia que por voluntad. Un hombre que ya no puede darle ningún consejo útil a su hijo. Mi vida anterior es como un sueño hermoso, que duele hasta el fondo del alma recordar.
No merezco la preocupación de mi hijo. No merezco la culpa de mi mujer. Yo la abandoné antes de que ella me traicionara. Lo peor ¿o será lo mejor? Es que no me duele, más bien me libera.
Escribí las dos cartas una y otra vez. Las hice un bollo y las tiré a la basura. Recién ahora encuentro las palabras precisas. Las escribo, tomándome mi tiempo. Uso el horario del trabajo para hacerlo. El edificio que cuido está en silencio a las dos de la mañana. Sólo se escucha el ruido de los autos deslizándose por la avenida. Autos y colectivos sombríos que me llaman.
Leo las cartas una última vez. No están nada mal. Queda claro que no es culpa de ellos. Espero que lo entiendan. Van a sufrir, pero ahora también lo hacen.
Dejo las cartas en el cajón del escritorio. Me pongo de pie. Camino unos pasos por el hall. Abro la puerta grande del edificio. Una brisa fresca me pega en la cara. Me paro en la vereda.
Espero. Espero. Espero.
A lo lejos veo el colectivo. Viene rápido. No se detiene en la parada. Doy dos pasos hacia adelante. La bocina suena fuerte, porque está muy cerca. Mis ojos se encandilan por las luces. No tengo miedo.

Continuará

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