GAMBITO DANÉS

La Tormenta

La tormenta azotaba con virulencia la casa de los Culleré, con truenos retumbando los cristales y el viento golpeando las contraventanas de la vieja casa. Esta era heredada de los padres de él, Jordi. Estaba en una ubicación inmejorable, en uno de los barrios más tranquilos y acomodados de Barcelona, pero los años empezaban a hacer mella en ella. La lluvia arreciaba aún más y los rayos iluminaban el salón con la familia reunida.

—¿A que es divertido? —preguntó el padre de familia intentando quitarle hierro al asunto, viendo que su hija pequeña parecía asustarse por momentos.

—Es solo agua cariño —la tranquilizó la madre acariciándole la mejilla.

Otro estruendo hacía vibrar cada centímetro de la vivienda. Jordi se puso a hacer el tonto. Absurdas imitaciones para hacer reír a la pequeña. Le acompañó con complicidad Emma, la mujer. Los ánimos parecían calmarse cuando el timbre de la puerta principal disparó los corazones de los tres.

—Ya voy yo, cariño —dijo el padre con una sonrisa.

La mujer decidió acompañarlo a una distancia prudencial. No eran habituales las visitas sorpresa, y menos un martes después de cenar.

—¿Marc? —Preguntó extrañado el padre al ver a su hijo mayor completamente empapado en el jardín—. ¿No estabas estudiando arriba?

El hijo no contestó.

—¿Marc?

El adolescente miraba fijamente, pero no al padre. Parecía estar mirando más allá- La madre, preocupada, se acercó hasta la puerta.

—¿Cariño, estás bien? —preguntó ella.

La hija pequeña se agarró a la pierna de la madre mientras observaba también a su hermano, chorreando agua y en trance.

—¡Hijo! —exclamó el padre zarandeándole con cuidado—. ¡Reacciona hombre! ¿Ha pasado algo?

Al fin los ojos marrones del muchacho se movieron, fijándose en el padre algo desconcertados. Jordi le abrazó y lo entró en casa.

—Estás calado, no entiendo que hacías en el jardín con la que está cayendo.

El cabeza de familia siguió con las preguntas mientras que Emma ya había ido a por unas toallas. Secaron al chico como pudieron, sin que este hiciera ningún gesto de entender la situación. Le ayudaron incluso a ponerse el pijama y lo arroparon en la cama como si hubiera hecho una regresión a la niñez. Saliendo de la habitación el marido le dijo a la mujer:

—No te preocupes, habrá tenido algún problema con una chica y ya sabes, a esta edad todo es un drama.

Emma

Por la mañana Marc desayunó con cierta normalidad. Los padres decidieron que lo mejor es que no fuera al instituto, argumentando que seguramente habría cogido frío, y acordaron también no ahondar más en el asunto de la noche anterior. Jordi fue a trabajar y Emma, después de llevar a la pequeña al colegio, se quedó en casa haciendo las tareas del hogar. Ese día, a la plancha, la comida, y demás quehaceres, se les sumaba la revisión de posibles desperfectos. Subida en un taburete abrió la ventana y examinó la persiana del comedor, que solía atascarse, curiosamente, después de una tormenta.

Los ojos castaños de su hijo la observaban desde un rincón sin que ella se percatara. Eran ojos profundos y analíticos, con pequeñas manchas de color café en su parte blanca. Un Nevus de Ota había sentenciado el médico años antes. Lo cierto es que su forma era caprichosa, formando lo que parecían unos minúsculos continentes en el océano níveo. Contemplaba a la madre como si la descubriera por primera vez.

Emma forcejeaba con el tubo de enrolle, intentando liberarlo. Sacando las hojas de los árboles y demás porquería regalo de la tormenta. A sus treinta y seis años seguía siendo una privilegiada. Ni los años la habían salpicado de arrugas ni los dos embarazos de estrías o demás marcas indeseadas. El viento que entraba de la ventana le levantaba la falda ligeramente, de manera casi fantasmagórica. Mostrando sus delicadas piernas haciendo equilibrios sobre el taburete.

—¿Cariño? No sabía que estabas aquí —dijo al darse cuenta de su presencia.

No contestó.

—Estoy intentando arreglar esta dichosa ventana, muy bonita la casa, pero se cae a trozos —se justificó ella.

Se dio cuenta de que algo no iba bien. Algo seguía sin ir bien. Su hijo no era el adolescente más sociable y extrovertido del barrio, pero tampoco se había mostrado nunca de una manera tan ausente y misteriosa.

—Bueno, ya lo mirará papá —sentenció dándose por vencida y bajándose del taburete.

Emma se acercó y le puso cariñosamente la mano en la mejilla, uno de sus gestos más empleados.

—Hijo, ¿Estás bien?

Marc pareció salir del ensimismamiento por un momento y contestó:

—Claro, mamá. Ayer cogí frío y no me encuentro demasiado bien.

La madre le puso la mano en la frente comprobando que no tuviera fiebre. Se alivió, eso sí, con la primera contestación normal del chico en veinticuatro horas.

—Vale. Hoy a descansar que mañana será otro día. Yo me voy a comprar unas cosillas que me faltan.

Se dio cuenta entonces de que su atuendo no era el más apropiado. Después de llevar al colegio a la niña se había puesto ropa cómoda para estar por casa. Una antigua falda de tela y una blusa azul celeste. Ya en el dormitorio se observó en el espejo de cuerpo entero. Soltó el pelo recogido en una coleta y se quitó la blusa. Aprovechó para fijarse en su cuerpo semidesnudo, tapado de cintura para arriba solo con el sujetador. Había pasado de tener complejo de plana de jovencita a ostentar una nada desdeñable talla noventa, fruto de los años y las lactancias. Le gustó lo que vio, opinaba que estaba en su mejor momento. Habría quedado en un inocente ejercicio de vanidad si no se hubiera dado cuenta, a través también del espejo, de que su hijo seguía observándola desde la puerta entreabierta.

—¡Marc! —exclamó sin saber la razón tapándose con la blusa instintivamente.

Él no se inmutó.

—Perdona, hijo —dijo algo avergonzada—. Menudo susto me has dado.

El muchacho siguió mirándola sin verbalizar nada. Ella, incómoda, volvió a descubrirse el torso en un forzado acto de naturalidad.

—¿Necesitas algo, cariño?

—No —contestó él después de unos largos e innecesarios segundos sin moverse de la puerta.

Rápidamente se puso un sweater más adecuado que ya tenía preparado sobre la cama. Por el rabillo del ojo oteaba el espejo y este le mostraba a su inalterable vástago. Viendo que no se iba siguió con el proceso de cambiarse de ropa, quitándose primero las zapatillas de ir por casa y luego la falda, mostrando su firme anatomía, pero cubriéndola rápidamente con unos vaqueros. Estaba pudorosa y a la vez avergonzada por sentirse así.

—Bueno, mi amor, me voy ya a la compra. ¿Necesitas algo?

Marc se fue sin contestar.

Emma II

A las ocho en punto la madre quiso cerciorarse de que su hijo estuviera despierto y preparándose para ir al instituto. Abrió ligeramente la puerta de su habitación y preguntó:

—Hijo, ¿todo bien? ¿Te has duchado ya?

—Sí mamá.

Aquellas dos palabras, tan sencillas y cotidianas la alegraron casi desmesuradamente. Por fin una interactuación normal con él desde la tormentosa noche.

—¡Vale! ¿Tienes ropa sucia? ¿Puedo entrar a buscarla?

—Claro.

Entró con una sonrisa en los labios, pero pronto se le borró al ver que su hijo, ya adulto, la esperaba completamente desnudo de pie en medio de la estancia.

—Es todo esto —dijo señalando un montoncito de ropa tirado en el suelo cerca de él, con el pijama y ropa interior.

Ella observó la situación cohibida, sin apenas levantar la vista. De reojo veía a su hijo, despojado de cualquier cosa. Su fibroso y formado cuerpo.

—Aquí lo tienes —insistió.

La madre, eligiendo el camino más largo, rodeó el cuarto y se agachó en busca de la ropa que esperaba en el suelo. Estaba aún más cerca de Marc de lo que parecía. Tuvo que abordarla desde el extremo más lejano para no rozarle. Ya con la ropa en su poder fue de nuevo hasta la puerta, pero el muchacho dijo:

—Ah, perdona mamá, falta esto.

Se dio la vuelta, incómoda. Vio que este señalaba unas toallas que estaban sobre la cama.

—Ah, ya… —susurró ella.

Los minutos parecían no pasar, como si el tiempo se recreara, diabólicamente, con aquella situación. Sintió como le ardían las mejillas y fue en busca de las toallas como el que recorre el camino de baldosas amarillas que le llevará a su muerte. Agarró las toallas y no pudo evitar observar de nuevo a su hijo. Su miembro parecía haber crecido, aun sin estar erecto. Quiso salir corriendo de allí, y con los nervios se le cayó el pantalón sucio del pijama. Disimulando siguió su camino, sin suerte:

—Mamá, que se te ha caído esto.

Ella se giró casi a cámara lenta. Allí estaba. El pantalón sobre el pie de su hijo y él con una extraña sonrisa en el rostro. Se acercó de nuevo sin levantar la vista del suelo y desde lo más lejos que pudo se agachó, estiró su brazo y recogió la prenda. Al levantarse vio, ahora sí, el falo de su hijo completamente erecto, casi como una ofrenda a los dioses. Como si se mostrara y a la vez se ofreciera. Lo miró fijamente, incapaz de disimular. Ambos sabían lo que estaba pasando. Marc parecía orgulloso, todo lo contrario que ella, que sintió como si algo se hubiera roto para siempre.

Jordi

No pasaron muchos días hasta que una nueva tormenta visitase la ciudad. Esta parecía menos violenta, pero un fortísimo estallido sobresaltó los corazones de la familia Culleré.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó la madre, asustada.

—Voy a ver —dijo el padre incapaz de disimular su preocupación

Ya en el jardín se encontró con el viejo magnolio pulverizado por lo que parecía haber sido un rayo. Apenas quedaba solo el tronco partido por la mitad y chamuscado. Humeante. El suelo estaba lleno de pedazos de madera, astillas y ramas calcinadas. La naturaleza había hecho acto de presencia con toda su fuerza y poder. Jordi no podía dejar de mirarlo. Recordó incluso cuando, de niño, su padre lo plantó. Treinta años de historia hecho añicos por el capricho de una descarga de electricidad estática. Siguió obnubilado durante un tiempo hasta que la mano de su esposa, posándose suavemente sobre su hombro, le hizo volver a la realidad.

—Un rayo, ¿no? —preguntó ella con pena.

La lluvia perdía fuerza, pero el cielo seguía coloreado en tonalidades que iban del gris al negro. Jordi intercalaba su mirada entre el árbol y su mujer, desconcertado.

—Lo siento cariño, sé que amabas a ese árbol.

Él seguía sin reaccionar.

—Plantaremos otro, será algo bonito que hacer en familia —intentó consolarle Emma.

Se posaron al fin los ojos del marido sobre la esposa, pero la respuesta no fue la esperada.

—¿Por qué últimamente vistes como una monja?

—¿Qué? —repreguntó ella absolutamente perpleja.

Jordi la repasó de arriba abajo, con aquella falda vaquera que le llegaba hasta los tobillos y un jersey algo grueso que le cubría el cuerpo desde el cuello hasta la cintura, liberando tan solo las manos por causa de fuerza mayor. Sobre él, anclado en su generoso busto, descansaba una fina cadena de oro con un crucifijo rescatado de su comunión.

—Vistes como una puta monja, ¿es que no te das cuenta?

—¿Pero qué te pasa? —se defendió ella algo ofendida.

—Y no solo vistes como una monja, es que actúas como tal. ¿Es que te ha captado una secta?

Emma pensó que estaba en shock y decidió darse la vuelta y volver a casa, pero él se lo impidió, abalanzándose sobre ella, manoseándole los pechos por encima de la ropa desde detrás y besándole la nuca y el cuello.

—Vamos nena, antes te gustaba…

La esposa intentó zafarse sin demasiado ímpetu, pero visiblemente dolida con su actitud.

—Vamos, va, para. Volvamos dentro.

Siguió besándole y metiéndole mano, apretujándole los pechos y el trasero como si fuera un animal en celo. Trastabillaron sus pies y cayeron al suelo, pero eso no le detuvo. Con la esposa boca abajo se colocó encima, excitado como nunca antes, y comenzó a subirle la interminable falda hasta ver sus apetecibles nalgas cubiertas solo por la ropa interior blanca.

—Mmm, te deseo, Emma —dijo presionándole los glúteos con su bulto.

—¡Jordi! ¡¿Es que te has vuelto loco?!

—Mmm, loco por ti mi pequeña novicia —respondió mientras sus lascivos dedos acariciaban su sexo por encima de las bragas.

—¡Para! ¿Es que las tormentas os vuelven locos a todos?

—Vamos cariño —insistió él— estoy tan cachondo…

—Para. ¡para! Aquí no. ¡No! Vayamos dentro.

—De eso nada —dijo el marido agarrándole las braguitas y bajándoselas con pequeños pero contundentes tirones—. En casa siempre hay niños y excusas. ¡Ahora!

Jordi nunca actuaba así. No había en él ni un atisbo de violencia o brusquedad y no se había mostrado tan pasional ni en sus primeros años de noviazgo. Confusa, con la falda por la cintura y sin ropa interior, Emma pensó que lo mejor era dejarse hacer. Supuso que aquello era una mezcla de dolor por haber perdido parte de su patrimonio familiar y la abstinencia propia de los matrimonios duraderos.

Le separó ligeramente las piernas y con la erección ya liberada le restregó el miembro por sus deseables muslos en busca de su madriguera. Después de un fugaz intento de colocarse en el ano, abortado rápidamente con un simple movimiento de caderas de Emma, la penetró vaginalmente como si fueran dos perros en el barro. Él gimió desde el primer momento, sintiendo como su sable avanzaba por el codiciado conducto. Ella no sintió nada, tan solo una ligera incomodidad y algo de desazón. Siguió entonces el marido con las embestidas, golpeando sus muslos contra las nalgas a cada acometida. Los gritos de placer de Jordi sonrojaron a Emma, inquita por si algún vecino les oía.

—Sí mi amor, sí, sí, me encanta. ¡Me encanta! Lo necesitaba, ¡¡mmm!!

Le agarraba las caderas para ayudarse con el movimiento, sentía algo animal fornicando con su mujer sobre el mojado y perfecto césped del jardín.

—¡¡Ohh!! Sí, mi amor, síi. ¿Te gusta? ¡¿Te gusta?!

La esposa no contestó. Solo notaba como su cuerpo se movía al son de las arremetidas, y de vez en cuando alguna de las impúdicas manos del marido que soltaba las caderas para apretujarle, patosamente, los pechos. Jordi siguió disfrutando del sumiso y sensual cuerpo de su mujer. Con ella en esa posición podía ver el crucifijo apoyado sobre la hierba, moviéndose con la pecaminosa danza y los vaivenes de la carne. Eso le producía aún más morbo.

—¡¡Ohh!! ¡¡Oh!! Cariño, ¡cariño! ¡¡Mmm!!

Eyaculó en su interior, impregnándola con su simiente entre fuertes espasmos de placer y retirándose al momento para descansar, exhausto, sobre el verde. Emma se retiró el pelo cobrizo y pegajoso de la cara, se adecentó la falda y buscó la ropa interior sin éxito. Alzó la vista en busca de nuevos horizontes, fue allí donde lo vio. Aquellos inconfundibles ojos salpicados de café observando desde la ventana más cercana.

Marc

Algo había cambiado en su interior. No solo la manera de ver el mundo o a los que le rodean, era más profundo. Una especie de despreocupación por lo que es o no correcto. Sentimientos contradictorios se entremezclaban, como el fuego y la apatía. El fuego que sentía al ver a su madre o la apatía frente a la vida o las posibles consecuencias.

Emma, sin duda, era ahora el centro de todo su mundo. La espiaba en su dormitorio, intentaba colarse en el baño con cualquier pretexto, la rozaba al pasar por su lado, la provocaba. Odiaba a su padre por poder disfrutar de ella en un exacerbado complejo de Edipo. Desde que les pilló en pleno acto en el jardín escuchaba cuando tenían relaciones, con la oreja pegada a la puerta. Recordaba cuando su madre le explicó, de niño, la declaración de matrimonio de su padre. Quiero que seas mi amiga, compañera y esposa, le dijo con tan solo veinte años, azucarando el ambiente con su cursilería. Ahora las cosas habían cambiado. Desde hacía unos días se había convertido en su chacha, su puta y su muñeca hinchable. No había día que no la utilizara como a un mero receptáculo del placer.

Él cada día más déspota y ella sumisa y comedida. Ni su actual look Sor Emma, conseguía atenuar la repentina y descontrolada libido del marido. A Marc le dolía el prepucio, irritado por las interminables sesiones onanísticas dedicadas a la madre. Su sensual y recatada madre, de nuevo una contradicción con la que lidiar. O era quizás su reciente puritanismo el que aumentaba, más aún, su morbo.

Marc había cambiado, y no era el único.

Emma III

Emma observaba atentamente la claraboya del baño, pero por esta entraba poca luz. Se oían las gotas de lluvia repicar contra el cristal y se veía la negrura de las nubes. Ya desnuda encendió la ducha, esperando a que el agua saliera caliente de la cabeza. La miraba en lo alto, fija en su pedestal. Se sentía algo mareada, incluso confusa. Una extraña y casi imperceptible melodía sonaba en lo más profundo del oído. El baño vibró un par de veces, como si un pequeño terremoto hiciera acto de presencia. Pensó que se iba a desmayar.

Se agarró como pudo y la cabeza de la ducha cayó al suelo, sintiendo ahora el agua caliente solo en sus pies. Aturdida miró fijamente los azulejos. Le pareció que la ducha se movía. No solo por el impulso que podía darle el agua saliendo a presión, el flexo parecía cobrar vida propia, serpenteando por el suelo como si se tratara de una culebra. Comenzó entonces a subir por su pierna, lenta y sensualmente, recorriendo el tobillo, la corva, el muslo. Escalando su anatomía para detenerse en su sexo, inundándolo con el chorro de agua caliente.

—¡Mm!

Emma siguió como en trance, dejándose hacer, seducida con aquella alucinación mientras oía de fondo como la lluvia se convertía en tormenta. Siguió trepando, peregrinando por el vientre, rodeando la cintura para ascender hasta los pechos y envolverlos trazando el símbolo del infinito.

—¡Mmm!

La culebra metálica volvió a descender, sin dejar de apretujar los pechos, rozando con el acero los pezones y deteniendo de nuevo la cabeza en el pubis.

—¡Mm! ¡¡Mmm!!

Mientras que con el borde de la esfera masajeaba el clítoris llenaba su sexo de agua caliente y obscena. Su cuerpo estaba rodeado con la serpiente, con todas sus partes erógenas atendidas de una u otra manera. Los roces y el ritmo de los tocamientos fueron aumentando, igual que el placer.

—¡¡Mmm!! ¡¡Mmmm!! ¡Mm!

Cerró los ojos para disfrutar de aquella locura, con su clítoris moviéndose circularmente y los pechos manoseados. Se corrió, como hacía meses que no lo hacía. Como su marido no conseguía con su patosería e impaciencia. Vibró, temblando hasta casi perder el equilibrio, con la respiración desbocada y el pulso acelerado.

Relajada abrió sus ojos, sentía aún la presión de sus senos y tocamientos en la entrepierna que empezaban a perder intensidad. Alzó la vista y vio la ducha, en su sitio, con la cabeza apuntándole desde lo alto. Giró entonces la cabeza y le vio, de reojo, forzada. Saliéndole casi los ojos de las órbitas. Su hijo le agarraba los pechos, apretujándolos con el brazo y la mano mientras que con la otra le acariciaba, hábilmente, el clítoris con el pulgar y la penetraba ligeramente con el índice y el corazón.

Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Presionando sobre su nalga desnuda y mojada notaba la exagerada erección de su propio hijo, que vestía solo con un bóxer negro. Se quedó inmóvil, experimentando aún con culpa los placeres del orgasmo. Marc la empezó a soltar, despacio, a disgusto. Separando las manos de su anatomía como si fuera un castigo hasta irse del baño sin mediar palabra. Emma volvió a mirar la claraboya, comprobando que el cielo comenzaba a despejarse. Tragó saliva, cerró los ojos y apoyó la cabeza sobre la pared de la ducha, desconcertada.

Marc II

Los Culleré miraban la televisión en familia en el salón. Era después de comer, la hora perfecta para la siesta. La primera en caer fue la pequeña, con la cabeza sobre el regazo del padre. Jordi fue el siguiente, completando el viaje a tierras de Morfeo de uno de los sofás. El otro lo ocupaban Emma y Marc, guardando el máximo de distancia posible la madre del hijo, aun siendo el mueble de dos plazas.

Ella iba, como era habitual, vestida de lo más decorosa. Con un vestido de estar por casa de color blanco y azul, sin escote y terminado en las rodillas. Pero al estar sentada durante un rato este se había ido subiendo, inocentemente, hasta la mitad de los muslos. Hecho que no había pasado desapercibido para el adolescente, que miraba la parte descubierta de la anatomía hasta quedarse bizco. Las delicadas, firmes y torneadas piernas.

La progenitora parecía estar rindiéndose al cansancio, parpadeando cada vez más y más lento, mientras el vástago la observaba ya sin disimulo. Sus sensuales muslos, separados por una pequeña apertura, probablemente, del tamaño justo para que pudiera colarse una mano. Marc quería explorar la grieta, infiltrarse entre la carne y avanzar por dentro del vestido, rumbo al jardín prohibido. Su miembro creció con aquella imagen, convirtiendo la bragadura del pantalón en un tipi.

Recordó la nula resistencia de la madre en la ducha hacía pocos días y se lanzó, colocando delicadamente su zarpa sobre la extremidad, acariciando el muslo por encima y por la cara interna. Emma apenas reaccionó, vencida por el sueño y una digestión algo pesada. Subió con sus juguetones dedos, apartando a su paso el vestido, hasta quedar atrapado entre las piernas. Se dio cuenta de que había calculado mal las distancias, incapaz de seguir avanzando a escasos centímetros de la ropa interior.

La madre se despertó de golpe, sobresaltada, notando el impúdico tocamiento. Estuvo a punto de gritar, pero se controló al ver, a escasos metros, a su marido y la pequeña durmiendo. Apretó los muslos con fuerza, aprisionando la mano en una inequívoca señal de desaprobación, mirándole fijamente a los ojos como hacía días que no osaba. Enfadada y algo confusa le agarró finalmente de la muñeca y retiró la mano con cierta brusquedad. El vestido estaba tan mal puesto que dejaba entrever la ropa interior, braguitas blancas, impolutas. Marc supo entonces que no podía parar.

Contratacó, agarrándole un pecho por encima del vestido a la vez que intentaba hacer lo mismo con la nalga, desplegando sus tentáculos sobre el cuerpo de la madre. Ella intentó protegerse, angustiada por si Jordi o la niña abrían los ojos y los encontraban en tan bochornosa situación, pero el hijo no se daba por vencido. Si le retiraba una mano del pecho, le agarraba el otro, si le apartaba la otra del trasero intentaba esta colarse en la entrepierna. Se dio cuenta de que estaba perdiendo el macabro juego de equilibrios y decidió zanjar el asunto soltándole un bofetón.

—¡Au! —se quejó Marc.

Emma miró a su alrededor, comprobando que el resto de la familia siguiera durmiendo antes de decir:

—Si vuelves a tocarme te echaré de casa.

La Pequeña

La pequeña de la casa jugaba con su muñeca preferida, siempre cerca de la madre. Correteaba por el parqué haciéndolo crujir, golpeándolo al trote con sus manoletinas. Se encontró con las escaleras que iban al sótano. Normalmente le daba miedo bajar, pero esa mañana tuvo la irresistible tentación de hacerlo. Agarrada a la gastada barandilla empezó a descender escalón a escalón. Estaba igual que la última vez que había ido con su padre, desordenado y lleno de polvo. Apoyó la muñeca en uno de los escalones y se dispuso a investigar.

Una bicicleta antigua, balones de futbol y cajas con ropa eran solo algunas de las reliquias que se guardaban debajo de la casa. En una de las esquinas, tapado con una manta andrajosa, encontró un viejo baúl de madera. Creyó que estaba cerrado, pero se alegró al comprobar que podía levantar la tapa. En él había un par de libros antiguos, arcaicos incluso, y una extraña figura. La pequeña la agarró y la sostuvo entre sus manos. Parecía hecha de hueso y pintada a mano.

Era una especie de humanoide con cara de reptil, en su mano izquierda sostenía un rayo y el pie era una nube tenebrosa. Un escalofrío recorrió su médula espinal y la soltó de golpe. Con los ojos vidriosos, corrió escaleras arriba reclamando a su madre, asustada sin saber la razón.

La Familia

El estallido del cielo despertó a Emma, regalándole de paso una salvaje taquicardia. No recordaba que ningún año hubiera llovido tanto, y menos de manera tan violenta. Giró la cabeza y comprobó que el marido no estaba a su lado. Abrió las persianas y le pareció verlo en la negrura de la noche, oculto tras la cascada de agua. Bajó a toda prisa las escaleras y abrió la puerta principal.

—¡¿Qué haces?!

—Se está inundando el Jardín —dijo Jordi con una extraña templanza.

La esposa miró desde la puerta y vio que había, por lo menos, dos palmos de agua. Apenas se veían las cinco escaleras que separaban el césped de la entrada. Vestida solo con el camisón, descalza incluso, se adentró en el improvisado pantano y fue en busca del esposo. Sentía el frío hasta casi la rodilla, avanzaba con dificultad, alucinada de que el terreno no fuera capaz de drenar toda el agua.

—¿Y la niña? —preguntó preocupada.

—Duerme.

—¿Y Marc?

—De Marc sueles saber más tú que yo —respondió el marido de manera misteriosa.

Emma no le entendió, o no quiso hacerlo.

—¿Y qué hacemos?

Jordi la miró fijamente, ambos chorreaban, empapados.

—Quería llegar al desagüe y quitar la tapa para que tragara mejor, pero es inútil.

—¡¿Inútil?! ¿Por qué? —preguntó a gritos la mujer, ensordecida por el ruido de la tormenta.

—¡¡Ya está todo!! No podemos hacer nada.

Mientras reflexionaba sobre la respuesta, Emma notó la presencia de su hijo detrás.

—Cariño, vuelve a casa —le dijo.

Marc la miró fijamente, como era ya costumbre en las últimas semanas.

—¡Marc! ¡¡Que te vayas a casa te digo!! —insistió.

Pero él seguía inmóvil, con la vista clavada en su busto. La madre se miró a sí misma, vio entonces como el camisón se le había pegado completamente sobre la piel, ciñéndose a su cuerpo y transparentándose. Parecía precintada en plástico más que vestida, y sabía perfectamente que su hijo le miraba impúdicamente los pechos. Pechos generosos con pezones en punta por el frío.

—Marc… —repitió con paciencia.

Sintió entonces como el marido subía sus manos por la cintura hasta agarrarle ambos senos. Le horrorizó pensar que Jordi era capaz de hacer eso delante de su propio hijo, le cogió con fuerza las muñecas para intentar zafarse, pero no lo consiguió. Le magreó los pechos impúdicamente, soportando los tirones de la esposa que intentaba defenderse.

—¿Pero…qué haces…?

Un rayo iluminó el cielo entero, cegándolos como el potente flash de una cámara. Cuando Emma volvió a ver se dio cuenta de que ya no llovía. El agua acumulada en el jardín había desaparecido también, se había evaporado como por arte de magia. Reflexionó sobre lo que estaba pasando durante un interminable minuto en el que su esposo no dejó de manosearle los pechos desde detrás. El hijo, sin mediar palabra, dio un paso al frente para acercarse e incrustó una de las manos en la entrepierna, acariciándole el sexo con sus libidinosos dedos por encima del empapado camisón y las braguitas.

—¡¡¿¿Qué??!!

Emma no daba crédito a lo que estaba pasando, se había convertido en la carnaza de un improvisado emparedado. Mientras uno sobaba sus mamas desesperadamente, acercándose hasta poder notar el bulto del pijama presionando sobre su nalga, el otro le metía mano desde delante, ambos perfectamente coordinados.

—¡Parad! ¡¿Estáis locos?! ¡¡¡Parad!!!

—No te resistas cariño, la lluvia no entiende de mojigatas. Quiere lo que quiere.

El cielo estaba negro, pero eran escasas las gotas que caían de él. La madre de familia estaba confusa y asustada, resistiéndose cada vez menos a lo que no lograba comprender. Al momento vio al hijo desnudo, no entendía cómo podía haberlo hecho sin dejar de sobarla ni un momento. Marc se tumbó en el suelo, mostrando su erecto y dispuesto falo mientras que Jordi abandonaba por fin los pechos, le agarraba la goma de las bragas y se las quitaba hábilmente.

—No, por favor… —susurró ella.

El marido le puso una mano en el hombro y otra en la corva, mostrándole como debía ponerse, arrodillándola sobre el césped para ponerla en pompa como a una perra. En esa nueva posición el hijo, incorporándose ligeramente, la agarró del pelo y le llevó la cara hasta el mástil, rozando sus labios con el glande. Jordi se ponía también de rodillas y le abría ligeramente las piernas, restregando el pene contra sus nalgas mientras que con los dedos comenzaba a frotarle el clítoris desde detrás.

La madre y esposa estaba ya completamente ida, vencida. Después de algo de insistencia y un mínimo forcejeo abrió la boca y se dejó introducir el miembro del hijo, sin que este le soltara el cabello ni un momento. Simultáneamente notaba al marido colocándole la punta de la bayoneta en la entrada de su vagina para enseguida penetrarla de un fuerte empujón.

—¡Mm! ¡¡Mm!!

Jordi comenzó a moverse, adelante y atrás, golpeándole con las caderas. Emma sentía todo su cuerpo zarandearse, con el pedazo de carne en la boca esperando lo suyo, con su propio hijo moviéndole la cabeza para animarla. Finalmente cerró la boca, atrapando el miembro viril con los labios y comenzando la forzada felación.

—¡Oh! ¡¡Oh!! ¡¡Mm!!

Sentía las acometidas sin dejar de succionar el falo del hijo, oyendo los gemidos de padre e hijo mezclados con el clap-clap de los muslos del marido al rebotar contra sus glúteos.

clap-clap clap-clap clap-clap clap-clap

—¡¡Oh!! ¡¡Oh!! ¡Mm! ¡¡Mm!! ¡¡¡Ohhh!!!

clap-clap clap-clap clap-clap clap-clap

Sabiéndose utilizada, era incapaz de sentir nada, ningún tipo de placer. Jordi aumentó el ritmo de las embestidas, cogiéndole las caderas con fuerza para penetrarla más duramente, agitándola tanto que el falo del hijo se escapaba de la boca de vez en cuando. Este, asqueado por el ímpetu del padre, le retiró la cabeza a la madre incapaz de concentrarse en la fallida mamada. Al darse cuenta el padre salió del interior de su esposa y, con cuidado, pero con firmeza, la tumbó sobre el hijo. Cuando el sexo de Emma rozó el miembro aún erecto de Marc suplicó entre dientes:

—No, por favor, eso no.

Pero entre la desgana y la confusión su petición no fue atendida. El vástago la agarró por las deseables nalgas y le ayudó a colocarse, penetrándola, abriéndose paso en su interior.

—¡Mm! Eso es, eso es mamá, ¡¡mm!!

Emma aguantó en esa postura incómoda, levantada de cintura para abajo tres palmos del suelo, con las rodillas clavadas en el césped mientras que su propio hijo se movía, arremetiéndola desde debajo, retirando el pene hasta el glande para volver a penetrarla. Haciendo el recorrido lo más largo y profundo posible.

—¡¡Mmm!! ¡¡¡Mmmm!!!

Se incorporó entonces el marido, tumbándose sobre ella haciendo que con su peso quedase completamente ensartada sobre el falo del hijo y buscando con el suyo un nuevo orificio, la entrada de su ano. La esposa estaba con los pechos apretujados contra el adolescente y el sexo completamente colmado por su erección cuando notó como Jordi presionaba con fuerza para hacerse camino por el nuevo e inexplorado conducto.

—¡¡Ahh!! ¡¡Ahh!! ¡¡Oh!! —gimió Jordi mientras, con dificultades, conseguía penetrarla del todo.

Ahora gemían los tres, una mezcla de esfuerzo, dolor y placer.

—¡¡Ohh!! Mm. ¡¡Mm!! Cariño. ¡¡Cariño!! ¡Siempre te había querido dar por el culo mmm!

Los hombres de la casa siguieron con aquella doble penetración, aumentando el ritmo e incluso acompasándose hasta conseguir el mismo tempo de las embestidas.

CLAP-CLAP CLAP-CLAP CLAP-CLAP CLAP-CLAP

Algo cambió en el interior de Emma. Sintió el fuego. Casi en contra de su voluntad, avergonzada, ultrajada incluso, pero no pudo evitar excitarse. Los tres se movían como animales en una especie de revoltijo de carne, sudor y flujos.

—¡¡Ahh!! ¡¡Ohh!! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡¡¡Ohhh!!!

Estaba tan aprisionada que le dolían las tetas clavadas contra el pecho de su hijo, restregadas con los vaivenes de las, cada vez más contundentes, acometidas. Había pasado de dejarse utilizar por una especie de bien común a ser la que más gritaba de los tres, incluso el dolor del ano al ser penetrado por primera vez le gustaba, descubriendo una nueva y escondida faceta suya.

Marc fue el primero en correrse, descargando toda su simiente en el placentero y acogedor interior de la madre, desparramándose entre espasmos y un potente orgasmo. Aquello pareció animar al padre, que eyaculó también agarrándola fuertemente de las caderas y penetrándola hasta las entrañas. Exhausto, Jordi se retiró y se dejó caer a un lado. El hijo estaba también agotado, pero la madre movía ligeramente las caderas, insatisfecha y frustrada.

Emma notó como el tamaño del pene de su hijo disminuía, pero se resistía a retirarse, aumentando los movimientos para optimizar el roce contra la erección en retroceso. Marc miró a la madre sorprendido, pero esta se incorporó hasta ponerse a horcajadas y siguió moviéndose, cerrando los ojos sin dejar de cabalgarle.

—¡¿Me vas a dejar así?! ¡Cabrón! Vamos. ¡Vamos! ¡¡Vamos niñato!!

El falo del adolescente reaccionó ligeramente con la nueva actitud de la madre, consiguiendo el tamaño y la dureza suficiente como para que no se saliera.

—¡Agárrame las tetas joder! —ordenó ella moviéndose sin parar.

El muchacho obedeció, manoseando los impresionantes pechos mientras que su madre se aliviaba con él, como si de un consolador se tratase. Finalmente consiguió correrse, gritando como un animal y disfrutando cada segundo del agónico y ansiado orgasmo, abofeteándole cada vez que le alcanzaba una ola de placer hasta dejarle los mofletes enrojecidos.

—¡¡Ahh!! ¡¡Ohh!! ¡¡Mmm!! ¡Ahh! ¡Ohh! ¡Mmm! ¡Ah! Oh. Mmm…

Con el cuerpo contraído aún por el placer, se tumbó en el jardín y observó el cielo. No había ni rastro de nubes y se veían las estrellas, mucho más de lo habitual. De fondo, no se oían truenos, tan solo las desbocadas respiraciones entrelazadas de los tres amantes. Emma quiso decir algo.

Pero no lo hizo.

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