LOLA BARNON

Eran las cuatro y media de la mañana y Mamen no regresó hasta casi las diez. Dormí mal, despertándome cada poco y comprobando que el lado de la cama donde dormía ella, seguía vacío. Me consumía una sensación extraña. Por un lado placentera y morbosa: había conseguido que Mamen se acostara con Javier y me sentía excitado con un casi permanente empalme. Por otro, notaba una sensación extraña, nueva. Algo que me era complicado de definir.

En sí, no había variado apenas nada la experiencia de ayer de la tenida con Jorge cuando hicimos aquella especie de trío y donde la vi, por primera vez, lamer un pene recién corrido buscando el semen allí aun depositado. Pero no me encajaba lo de la noche fuera. ¿Se había quedado dormida? Desde luego, un segundo polvo habían echado. De eso estaba seguro. Pero ¿habían seguido follando hasta las diez?

Sentía una quemazón rara y desconocida por dentro. Y sobre todo, me quemaba una pregunta: ¿cómo podía culparla cuándo era yo el que se había ido aunque ella me llamara y me incitara a unirme de nuevo? Escuché la puerta abrirse y me fui a ella. Iba seria, sin apenas expresión en su cara. La abracé y ella recostó su cara en mi hombro.

—¿Estás bien? No me dijo nada. Callaba y yo notaba su respiración, pausada, lenta.

—Sí… estoy bien. ¿Por qué te fuiste? —me dijo mientras se refugiaba en mi abrazo.

—Una noche, nena… Era solo una noche. Me miró y meneó un poco la cabeza.

—¿Esto es lo que quieres? —Su voz era un susurro. Algo ronco y dubitativo.

—No le des vueltas… Se trataba de una noche Mamen. Todo está bien. —La abracé, sin estar seguro de lo que yo mismo decía.

—¿Seguro?

—Totalmente preciosa… Me gusta lo que has hecho. Cerró los ojos y asintió despacio.

—Nico…

—No digas nada. Nos vamos mañana a Ibiza. Esa semana será para nosotros. —La besé y ella me abrazó.

—Me quiero duchar… —dijo Mamen en un hilo de voz. Se separó de mí y se fue al dormitorio. La vi subir despacio, sin decir nada. Escuché abrir algunos cajones y al poco el agua caer. Esperé en el salón a que ella bajara. Me hice un café y me senté. Pero pasó el tiempo y Mamen no apareció.

Hacía un rato que la ducha ya no sonaba. Subí, entré al dormitorio y la vi dormida. Me recorrió se nuevo esa sensación tan extraña. Celos, ganas de sexo, morbo a raudales y excitación. Tenía un buen empalme, y no sabía aún si había estado follando buena parte de la noche o se había quedado dormida. Pospuse aquella duda.

«Una noche…»

Tragué saliva y con esa extraña comezón, me quedé quieto, sin saber muy bien en qué pensar, mientras mi pene, ajeno a mis tribulaciones, casi me dolía de lo estirado que estaba. Indudablemente, estaba excitado, con el corazón a mil por hora. Queriendo saber qué había pasado, los detalles de aquella noche de sexo completo. Y también me sentía mal, con una sensación de peligro y de haber perdido el control, a pesar de todo. En ese momento no vi por completo las alarmas que se encendieron. Poco tardaría en escucharlas… A las cuatro, salía nuestro avión para Ibiza.

Ibiza

Nos fuimos a Ibiza ese mismo día. No sé por qué, quizás por un miedo a conocer detalles que no me gustaran, no comentamos nada de aquello hasta pasados unos días. Ella, extrañamente, no hablaba del tema y yo, por no presionar, tampoco lo saqué. Pero, en cambio, el resto de las conversaciones de ella fueron normales, absolutamente relajadas, como si no hubiera pasado nada.

La situación empezaba a no cuadrarme… Aquella sensación de que algo extraño se había asentado entre nosotros seguía estando allí. No sabría definirlo, pero era patente que Mamen había cambiado o al menos, no se comportaba igual que los primeros días de julio, una vez que Jorge salió de nuestras vidas.

Llegamos a nuestro apartamento alquilado de Ibiza el mismo domingo por la noche. Lo ocupamos, fuimos un rato a la piscina a refrescarnos, y nada más subir de nuevo, Mamen empezó a colocar la ropa en cajones y armarios. No había demasiado espacio, por lo que la distribuimos en los dos dormitorios. A mí me tocó el segundo, donde dejamos también las maletas.

Mamen, como pasaba habitualmente, se quedó con los armarios del dormitorio que íbamos ella y yo a ocupar. Miré por la ventana. Hacía un buen atardecer, con una ligera brisa y el sol ya se ocultaba, reflejándose en el mar. Llegué hasta ella y la abracé por la cintura. Llevaba puesta una camiseta sobre un biquini blanco y su moreno quedaba más realzado. Iba descalza y una coleta se movía al ritmo de sus pasos. Estaba preciosa. La besé el cuello y la acaricié el vientre plano, terso y de finas y sinuosas líneas. Ella pasó su mano por mi antebrazo.

—Déjame que termine de colocar la ropa —me dijo luego besándome en mi mejilla.

—No sé si voy a poder…

—No te preocupes que en cuanto termine, vas a follarme —susurró al lado de mi oreja excitándome—. O yo a ti… —me sonrió sacando unos zapatos de la maleta.

—No tardes, preciosa, no me voy a poder aguantar…

—Ya te veo… —pasó una mano por mi polla que estiraba con fuerza la tela de mi bañador.

—¿No te apetece?

—Sí, claro que me apetece follar… —su respuesta, aunque guardaba esa picardía habitual en ella, no era exactamente igual que la de tres o cuatro días atrás.

—Te quiero… —la dije con dulzura.

Con tranquilidad me separó y continuó con la colocación de su ropa y sus zapatos. Cuando pasó de nuevo a mi lado, me besó en los labios, pasó una mano por mi entrepierna y me guiñó un ojo.

—Aguanta un poco…

Follamos treinta minutos después. Ella vino a mi completamente desnuda y espléndida. Me quité el bañador, mientras la miraba embobado. Observé su figura, su tipazo, sus tetas erguidas, firmes y redondas, operadas, pero sin exageración, sus piernas largas, espigadas, su cintura, su vientre liso, su piel morena, su pelo castaño y sus ojos color miel. Sin decirme nada, se sentó en mis piernas y empezó a besarme, introduciendo la lengua en mi boca hasta casi la garganta, jugando con la mía.

Me quitó la camiseta, y colocó su pezón derecho a la altura de mi boca. Jugaba a acercármelo y a alejarlo mientras me miraba divertida. Mientras, yo estimulaba su clítoris con mis dedos. Luego, con destreza y decisión, agarró mi polla y sin dejar de mirarme, se la introdujo hasta el fondo comenzando a cabalgarme despacio y profundo. Subía y bajaba, mientras emitía suaves y continuos gemidos. Me lamía los labios, me los mordía, me besaba y se alejaba…

Me volvía loco aquel juego tan excitante. Y ella seguía subiendo y bajando con lentitud de maestra, absolutamente dueña de la situación, controlando todos y cada uno de sus movimientos y los míos. Aceleraba o ralentizaba cuando la apetecía, buscando mi excitación y su disfrute. Gemía de puro placer, no me besaba ni era tierna, como otras veces. Simplemente, estábamos follando como locos.

En un momento dado, decidió acelerar y hacer más intensos y fuertes sus movimientos de cadera abarcando mi polla con su vagina. Las paredes húmedas y calientes de su sexo abrazaban mi pene con fuerza. Ella empezaba también a excitarse y tenía los ojos entrecerrados, respiraba con una pequeña aceleración y enredaba sus dedos en mi pelo. Tardé menos de un minuto en correrme dentro de ella. Intente sacarla, pero no me dejó.

—No la saques… —me susurró—. Sigue y haz que me corra…

Yo, aún con mi pene allí, la introduje el dedo anular en su ano y gimió de placer con un suspiro largo, e intenso. Echó el cuerpo para atrás y se dejó hacer cerrando los ojos. La froté sus labios vaginales, hinchados, abiertos, pero en esa postura no podía alcanzar su clítoris.

—Déjame que la saque, preciosa…

Ella se irguió y salieron de su vagina dos regueros de mi semen que quedaron colgando de su vulva. Mi polla salió de ella y la estimulé el clítoris con un dedo mientras ella se abrazaba a mí. Sentí su humedad y su disfrute. Poco después de que yo eyaculara dentro de ella, conseguí que se corriera. Me sonrió con lascivia y me volvió a besar.

—Me gusta follar contigo —la dije.

—Me doy cuenta —me dijo divertida, manteniendo la sonrisa y besándome ligeramente—. ¿Salimos a cenar?

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