AURORA MADARIAGA

Capítulo 19
Su corazón se rehusaba a ralentizar su terremoto constante. Golpeaba contra su pecho
amenazando con quitarle la respiración. El nudo que lo ahorcaba por la garganta tenía
a Nuada al borde de las lágrimas. Su piel comenzó a arder. La madrugada llegaba a su
fin. Tímidos los rayos de luz del nuevo día se abrían paso en el cielo azulino. Abrazó a
Loreto fuerte bajo su brazo y apuró el paso. Los humanos le observaban al pasar.
Algunos le quedaban mirando como si fuera una aparición fantasmagórica mientras
que otros gritaban obscenidades e insultos propios de su ignorancia. Al salir de la
residencia de Loreto, no hubo tiempo para recitar el conjuro que camuflara su aspecto
real. El tiempo se escapaba por las manos. El cáncer estaba consumiendo a Loreto por
dentro, lo sintió en la palma de las manos cuan parásito hambriento carcomiendo sus
órganos. Tragó saliva por la garganta apretada. Loreto hizo parar un taxi y ordenó
viajar hasta el puente Brooklyn. Nuada no sabía si sus druidas serían capaces de
ayudarla pero no podía quedarse de brazos cruzados mientras la vida la abandonaba.
Algo en su pecho se remeció de horror a la mera idea de perderla. Nunca había querido
involucrarse con una humana de esta forma. Su expectativa de vida, en el mejor de los
casos, sería apenas un soplo en la suya. No recordó la última vez que su corazón había
sido tocado por el calor y la luz del amor. El odio y cinismo de milenios lo había
convertido en piedra fría. Hasta hoy. Quizás fuera porque nada más le quedaba. Había
asesinado a su padre con sus propias manos y su hermana gemela le había clavado la
estocada por la espalda. Si conocía a su pueblo bien, sabía que no aceptaría ser regido
por él. Había matado, robado y empujado a la Princesa, su hermana, al exilio. Toda su
vida creyó que sin Bethmoora su existencia no tendría sentido. El otrora orgulloso
reino se desmoronaba como el cadáver de piedra arenosa de su padre. Tal vez sí
estaban destinados a desaparecer como la última raza milenaria sobre el planeta.
Nuada cerró los ojos y sacudió la cabeza. Loreto se arrimó a su pecho en el asiento
trasero del vehículo. Sollozaba. Besó su mollera e inspiró profundo el perfume de sus
cabellos.
Alcanzaron la puerta de acceso al mercado Troll cuando las luces del día ya habían
dejado atrás la silueta de la luna en el cielo. Su piel expuesta se resintió al breve
contacto con los rayos de sol por los pocos metros que debieron caminar hasta la
bodega abandonada. Sintió millones de agujas filudas y diminutas perforando su
cuerpo al unísono. Inhaló por entre los dientes en silencio. Loreto no pareció notar.
Tan pronto adentrarse bajo tierra un grupo de Bogarts salieron a su encuentro
chirriando al pasar. Las hadas de los dientes volaban de un lado a otro produciendo un
zumbido general con su aletear veloz. Los locatarios se ocupaban de su mercadería
distribuyendo, cortando, pelando y almacenando. Todo continuaba igual que siempre
allí bajo tierra. Loreto iba abrazada a su cintura, miraba a sus alrededores con recelo o
miedo. Para él todas las criaturas de Bethmoora merecían tanto vivir sobre la
superficie del planeta como los elfos reinantes. A los ojos de Loreto, tal vez todo este
mundo subterráneo era motivo de repulsión. Hubo un día en el pasado de antaño que
estos seres caminaron dignos por la Tierra como otros integrantes más de la diversidad
de razas en el planeta. Tanto como los elfos, aquellos habitantes de las urbes
subterráneas de Bethmoora también habían sufrido la evolución de sus organismos
para adaptarse a la falta de flora y luz solar.
Luego de cruzar el mercado y entrar en su morada, el Príncipe guió el camino hasta la
cámara de estudios y práctica de los druidas elfos. Los sabios se sorprendieron de verlo
llegar nuevamente en compañía de la humana. Los puso al tanto del cuadro médico de
Loreto. El druida extendió ambas manos en su dirección y con los ojos cerrados
percibió su energía de la cabeza a los pies y de vuelta. Loreto apenas había
pronunciado una palabra. Había pavor en su mirada. Y un ruego mudo por auxilio.
—Eldar—se dirigió a uno de los druidas—, te hago personalmente responsable por
ella.
Los cinco sabios hicieron una reverencia al unísono. Uno de ellos se dirigió a Loreto y
gesticuló hacia el interior de la cámara. Nuada tomó su mano y la besó en el dorso.
«No me dejes sola» gritó en sus pensamientos. «Estarás en buenas manos. No estaré
lejos» le respondió mirándola a los ojos.
Reticente, se alejó de ella y soltó su mano. Parecía una niña pequeña entre los druidas.
Incluso él debía elevar la vista para encararlos. Entró en su morada y se desplomó
sobre el sillón frente a la chimenea. Arasne llegó a su lado, hizo una reverencia y
preguntó si deseaba comer o beber algo. El Príncipe apenas negó con la cabeza y la
despachó. Tenía el estómago cerrado. No supo por cuánto tiempo se quedó mirando
las llamas crepitando. Entró en trance. Supo que si los druidas no lograban ayudar a
Loreto, caería en picada al abismo y desde allí no habría nada ni nadie que lo salvara.
Ella era el último débil halo de luz que por entre una fina grieta de su corazón estaba
logrando colarse dentro con todas sus fuerzas. Fuerzas era lo que no le quedaba en su
frágil cuerpo de humana. ¿Por qué existía su alma bondadosa dentro de tan
susceptible anfitrión? No tenía sentido. Se vio colgando del vacío afirmado del borde
con los dedos cansados de ejercer tal presión. Se resbalaba y el vacío infinito a sus pies
lo llamaba como imán.
Despertó en un abrir y cerrar de ojos. Se puso de pie y fue hacia la cámara de los
druidas. ¿Cuánto tiempo había estado en trance? Gaelin acudió a su encuentro. Su
semblante no auguraba buenas nuevas. Le informó que habían administrado una cura
de savia de un semidiós del bosque junto a una infusión de extracto de diversas plantas
medicinales. Nuada entró en el apartado y suspiro entrecortado al ver a Loreto
inconsciente sobre la plataforma en el centro. No debería haberse sorprendido, pues
no era la primera vez que la sometían al hechizo para producir la pérdida de
consciencia. Además, tanto él y todos los elfos pasaban por el mismo procedimiento
en las manos de los druidas. Así como ella le había contado que los médicos humanos
la habían inducido a un estado de coma para acelerar su recuperación, los druidas elfos
realizaban un procedimiento similar a base de conjuros para asegurar que el cuerpo
inerte se regenere fuera de la influencia de la consciencia.
—Es recomendable que Su Alteza Real regrese a sus aposentos privados—Gaelin dijo
en voz baja y gesticuló con solemnidad hacia la salida—. Esto tomará tiempo.
—¿Por qué? Dime qué necesitas—Nuada insistió y no se movió del lado de Loreto.
—No estamos familiarizados con la anatomía humana, señor—el druida dijo e hizo
una reverencia con la cabeza—. Esto es distinto a la extirpación de la bala, Su Alteza.
Idealmente, consultaríamos a un humano letrado en la biología de su estirpe. Sus
cuerpos están contaminados con el producto de su toxicidad y modernidad. Quizás
nuestras curas no surtan efecto donde la mano del hombre ha cerrado el paso al poder
de la naturaleza.
Nuada apretó el ceño y concentró la mirada en Loreto. Dormida e ida como cuando la
encontró desplomada en el pasillo del Gran Teatro. Un escalofríos atacó su espina
dorsal y se anidó en su centro con el frío de la desolación. «Un humano letrado en la
biología de su estirpe». El Príncipe giró veloz hacia la salida y abandonó la cámara a
trancadas amplias. A sus espaldas escuchó al druida preguntar dónde se dirigía.
Rápido pasó por su morada y vistió sus protecciones, se calzó la lanza a la espalda y el
cinturón con su espada a su cintura. Arasne consultó su reloj y preocupada advirtió
que el sol no se pondría sino dentro de dos horas más.
—Tiempo es lo que no tenemos—el Príncipe balbuceó a la par que lazaba su cinturón
de seda—. Piensa en mí, Arasne. Si los dioses están conmigo, lograré conseguir ayuda
para Loreto y traeré a la Princesa de vuelta a casa.

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