JUAN LUIS HENARES

Hoy fue un día maravilloso: tras siete años de grandes esfuerzos se recibió Javier, mi hijo mayor. Por la noche, después de festejar con amigos en la facultad, encontró al regresar la lustrosa placa dorada que lo esperaba en el frente de casa:

Javier Domínguez. Abogado.

Prefirió que no fuéramos a verlo rendir la última materia:

—Me voy a poner más nervioso —nos dijo unos días atrás; por lo tanto le organizamos una fiesta sorpresa; al llegar lo esperaba toda la familia.

Que orgullo sentí, se me cayeron las lágrimas, mi hijo el Doctor…

Mañana, sin perder un solo día, empieza a trabajar; le conseguí un puesto en el estudio jurídico más prestigioso de la ciudad: Berazategui y Asociados. Es el estudio de Carlos, mi compañero de aventuras en la escuela secundaria, con quien comencé a estudiar abogacía hace tantos años. Él se graduó con notas brillantes, pero yo no pude terminar, pues pronto entré a trabajar de empleado en una tienda y el horario no me dejó tiempo libre para la carrera. Necesitaba el sueldo, ya que me tuve que casar al quedar Marta embarazada; cuando nació Javier me prometí que haría hasta lo imposible para que él sea lo que yo no pude ser. Y desde pequeño lo entendió: sería abogado.

Siempre lo tuvo en claro, salvo cuando los amigos hippies que conoció en los primeros años de universidad lo hicieron dudar entre seguir Leyes o pasar a la carrera de Arte. Gran bronca me agarré… Hasta —en cierto modo me avergüenzo al recordarlo— tuve que pegarle una cachetada para que entendiera que su futuro era ser abogado, no artista. Comprendió, pero nunca olvidaré su cara de tristeza de ese momento; la misma que muchas veces, cuando lo tomo por sorpresa, está presente en su rostro. Tristeza y melancolía… pero ni bien nota mi presencia vuelve a ser el mismo Javier de siempre. Mañana será otro glorioso día.

Me levanté temprano para prepararle el desayuno, pero ya no estaba. Indudablemente la ansiedad por su primer día de trabajo fue más fuerte que el cansancio; ojalá haya dormido algo, sino sus nuevos compañeros habrán notado las ojeras y puede que se burlaran. Esperé un rato y, emocionado, lentamente caminé las cuadras que separan nuestra casa del estudio; lo imaginaba muy serio con su traje reluciente y sus zapatos italianos sentado en la oficina, rodeado de libros de leyes. Javier, mi hijo, el abogado.

Al entrar me pareció que todos evitaban mirarme, percibí algo en sus rostros. La secretaria me dijo:

—Señor Domínguez, el Doctor Berazategui necesita hablar con usted.

Pronto entré a su oficina; el ambiente estaba invadido por el exquisito aroma del café recién preparado, y si no hubiese sido por mis nervios gustoso habría aceptado tomar uno. Luego de darnos un abrazo y sentarme en un cómodo sillón, me comentó que Javier pasó muy temprano. Charlaron, y aunque me aseguró haber deseado convencerlo, mi hijo tenía la decisión tomada: no aceptó la oferta de trabajo. Carlos intentó explicarme los motivos que expuso Javier, pero me sentí tan mal que le pedí disculpas, y algo mareado me retiré de la oficina.

Caminé horas sin rumbo, vaya uno a saber por dónde, hasta que decidí regresar a casa. De pronto lo vi en el centro de la plaza, junto a unos artesanos en los puestos de la feria que se arma de viernes a domingo. Llevaba alpargatas, pantalón amplio de color rojo, camisa multicolor en la que resaltaba el amarillo, un habano en la boca y boina negra en su cabeza; junto a él, una morocha con ropas similares lo abrazaba y besaba alegremente. Sentí mucha rabia, comprendí que sus amigos hippies me estaban por ganar la partida; así que fui por la diagonal de la plaza directo hacia él, decidido a —si era necesario— llevarlo a la rastra a la oficina. Entretenido con sus juegos amorosos no me vio, pero al acercarme noté un cambio: este era otro Javier, se lo notaba alegre, y por su expresión me di cuenta que ahora era feliz.

Di media vuelta y me alejé con una resignada sonrisa en el rostro.

https://juanluishenaresescritor.wordpress.com/

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