ROCÍO PRIETO VALDIVIA

Había pasado mucho tiempo sin saber de él; de pronto recordé que tenía la excusa perfecta, meses antes hablamos sobre las tarjetas de literatura, producto un buen proyecto que él tenia, sin más preámbulo le hablé en la tarde después de salir de mi trabajo. Le pedí un juego para verle de nuevo, y descifrar sus ojos ese no se qué, aún sigo sintiendo al verlo  y sentir sus abrazos.
He imaginarnos  bailar un par de estrofas de su canción favorita, juntos.  Fue aquella mañana cuándo, después, de mucho tiempo le acepté una cita. 
Sabía que le gustaba, lo pude sentir, la tarde en que no dejará de mirar hacia dónde estaba, en esa gran sala repleta de imágenes, las paredes recién pintadas, el techado con aquellas viguetas antiguas, ocho filas de sillas impedían que tocará mi mano, lo vi llegar justo en el momento en que buscaba mi lectura. Enseguida captó mi atención con su chaleco tipo cazador, su barba un poco crecida, su maletita de mano, sus Jeans deslavados,  y los tenis modernos, sus lentes tipo Ray Ban. Portaba el conjunto perfecto para esa escena que se incrustada en mi mente, hasta  olvidé  por un momento, que muchas miradas centraban la atención en la mesa donde me encontraba sentada, opté por cerrar los ojos, unos instantes, lo imaginé a mi lado. Yo le Leí con tal devoción cómo si fuera una plegaria para él; recorriendo su piel, en cada pausa lo podía sentir vibrando en mi ser, que se estremecía con tal plenitud; fueron únicamente 6 minutos, los más placenteros de mi vida. Al terminar hicimos un receso , él  se me acercó para saludarme, lo noté nervioso, ensimismado en algún universo ajeno al que yo imaginé esa tardé. Pero no era así al llegar a casa tenía, 6 llamadas perdidas de su número celular, entonces aparecieron tres escenas distintas, tres noticias, tres tres frases. Era tanto mi entusiasmo que en un arranqué de soledad intenté llamarle, su teléfono sonó cinco veces, ring, ring, ring, ring, ring, ring, casi me arrepiento pero me salvó el apagón de luz de esa noche. Tres horas más tarde cuando  regresó la electricidad ; pude conectarme a esa red social en la cual aún somos amigos. Me envío unos mensajes de voz yo le envié otros tantos, los días siguientes éramos cómplices. No sé cuánto, duró esa incertidumbre de desear un instante en sus brazos o si el sentía lo mismo. No sé cuántas otras.
Habremos recorrido las mismas calles, visitado los mismos supermercados y coincidido en las reuniones con los mismos amigos. Ni cuántas veces la calle Rayón, la Miramar o incluso la Catedral nos vieron derramar alguna lágrima, o gota de sudor.
En ese tiempo transcurrido de mutua complicidad. Formé una barrera deje que sanará su corazón herido, mientras el mío le pertenecía en medias a Alonso; quién había dejado de alimentar con detalles ese querer  que había germinado en octubre del 2012, nuestro nido de amor estaba a unas cuadras del pequeño departamento de Ernesto. El cuál visité esa mañana de agosto mientras la pena por el rompimiento con Alonso, en mayo, hacia mil añicos mi corazón, éramos dos tristes, almorzamos, platicamos, leímos, bailamos. Y lo demás es solo para recordar cada Agosto por el restó que me quede de vida. Aun puedo recordar la estufa, el aroma del ajo perfumando, la machaca, su llamada desde el oxxo de la calle Juárez; para preguntarme si quería algo. Fueron 5 horas a su lado, las mejores 5 horas de todas, las que he vivido en ésta mi vida. Es por eso que hace dos días argumenté éste pretexto de las tarjetas para verle de nuevo aún que sé que ama a Rebeca, quise verle para saber que era feliz.
Sabía que Rebeca era su pareja, se les podía ver juntos en las reuniones a las cuales evitaba ir para hacerme nuevas heridas, es bonita con esa cara tan angelical, sus ojos color esmeralda mirándolo fijamente en cada fotografía dónde salen juntos, mientras que yo continuó mi vida, entre las mañanas de escuela  y las salidas a recorrer está preciosa ciudad, el puerto de Ensenada el cual nos saluda con la brisa matutina cada mañana.

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