AURORA MADARIAGA

Capítulo 18
El Príncipe terminó su comida con una sonrisa en los labios. Se había sacado sus
protecciones del pecho y los antebrazos. Vestía un gabán azul oscuro casi negro con
pantalones a juego y la sección media de color dorado con el símbolo de Bethmoora
como sujetador de su cinturón de seda del mismo color. Todos sus atuendos lucían
como si hubieran sido zurcidos sobre su cuerpo. Se alineaban perfecto a su silueta
esbelta y alta. Bebieron el resto de la botella de vino y abrieron otra. Eran pasado las
cuatro de la mañana mas el tiempo se había detenido dentro de su departamento. No
mostraba señal de cansancio. Esta hora, la madrugada, era su día. Loreto, en cambio,
luchó contra el bostezo inminente. No quería que la noche acabara. Estaba
embelesada escuchándolo. Aprovechó de preguntar qué o quién había producido el
remezón telúrico horas antes de su primer concierto de residencia en el Gran Teatro.
Le contó sobre el origen del dios del bosque, el Elemental. Aquel que el Príncipe había
liberado esa noche era el último de su especie. El agente Hellboy lo había matado con
tres disparos certeros. Nuada no fue capaz de ocultar su dolor al recordar.
—Los Elementales dan y destruyen toda vida sobre el planeta. Su savia alimenta de
verdor hasta el inerte pavimento—dijo con orgullo en la voz y la mirada perdida en un
punto cualquiera al frente—. También tienen el poder de sanar a cualquier criatura de
la Madre Tierra.
Estaban sentados en su comedor. Loreto dejó que Nuada tomara la cabecera a su
izquierda. No le importó. Se notaba por fin relajado. El vino había logrado hacerlo
olvidar, aunque fuera por unas horas, el dolor que cargaba consigo. El CD llegó a su fin,
Loreto tocó entonces la continuación de la compilación «For Lovers»: Ella Fitzgerald y
Louis Armstrong.
—¡Deberías haberlo visto, Loreto!—alzó la voz emocionado y la encaró—. Incluso en
su hora final, las esporas del Elemental convirtieron la calle y edificios aledaños en el
suelo del bosque. Llovía polen, avanzaba el musgo por el asfalto y por un momento,
esa esquina de la ciudad olió a tierra fértil.
Sus ojos ámbar brillaban. A la luz tenue de la lámpara de pie apenas se distinguían por
debajo de su prominente ceño carente de cejas. La sombra que producía se mezclaba
con la piel oscura de sus párpados y por debajo de sus ojos. Destellaban en las sombras
como la mirada concentrada de un cazador felino en la noche. Podría haberlo
observado por horas. Sus facciones parecían el resultado del cincel de un artista
renacentista sobre el bloque de mármol. La fuerte nariz con un puente ligeramente
curvo, los labios delgados de piel oscura como la de sus párpados, los pómulos
marcados y soberbios, la línea de la mandíbula fuerte, la frente ancha y alta. No había
rastro de barba o bigote en su rostro. Loreto sacudió la cabeza. El vino la estaba
desinhibiendo. El Príncipe se percató cómo lo miraba. Sonrió a media boca y bebió el
el último sorbo de su copa.
—E-e-entonces ya no existen en el planeta—Loreto balbuceó y se secó las palmas
sudadas sobre su pantalón de estar por casa—. ¿No quedan al menos otras criaturas
igualmente poderosas bajo el comando de los elfos?
—Los semidioses del bosque—respondió de inmediato—. Su poder destructor y
sanador no es tan grande como el del Elemental, pero de ellos depende en gran parte
nuestra salud. Para nuestra sorpresa, cuando construimos las distintas urbes
subterráneas de Bethmoora a lo largo y ancho del mundo, los descendientes del
Elemental pudieron crecer y florecer bajo tierra a pesar de la escasa luz solar
disponible—. El Príncipe bajó la vista y se peinó los cabellos hacia atrás con los dedos.
Exhaló agotado hasta desplomarse contra el respaldo de la silla—. Mis druidas temen
que la biología de los semidioses del bosque también haya evolucionado como la
nuestra para adaptarse a la vida subterránea y que ese cambio haya debilitado sus
propiedades.
Se puso de pie de repente y fue al sofá. Se dejó caer hasta sentarse casi acostado con la
espalda contra el respaldo y las piernas ancladas al suelo. Loreto dejó todo en la mesa
como estaba y tentativa fue a su lado. Se sentó a su derecha de piernas cruzadas y le
observó en silencio. El Príncipe cerró los ojos encarando el techo. Buscó su mano y la
cubrió con la suya.
—Gracias—dijo como un suspiro cansado y apretó su mano. Entrelazó sus dedos con
los suyos y rezongó un risa sarcástica—. Nunca pensé que tendría una amiga humana.
Nunca se deja de aprender.
Loreto sonrió mientras le observaba fascinada.
—Si tú con miles de años en el cuerpo dices que nunca se deja de aprender, ¿qué queda
para mí entonces?—masculló divertida con un dejo de ironía y abrazó la mano del
Príncipe sobre la suya.
Nuada abrió los ojos. Se sentó frente a ella y se acercó hasta quedar cara a cara. Loreto
tragó saliva e inspiró profundo. Emanaba un perfume crudo y cálido desde su cuello.
Quiso enterrar la nariz en su piel y sentir su calor en sus labios. Loreto se mordió el
labio inferior y aguantó en silencio la deliciosa cosquilla que remeció su vientre bajo.
La miró directo a los ojos.
—Tienes el tipo de color de ojos que cambia a la luz del sol—susurró gutural—. ¿Cuál
es su color real?
Loreto atinó a acariciar su mejilla. Se permitió rozar la marca que dividía su rostro de
pómulo a pómulo con la yema de su índice. Luego siguieron aquellas circulares en sus
sienes. El Príncipe esbozó una semi sonrisa y cerró los ojos. Disminuyó la distancia. Su
corazón latió fuerte golpeando atolondrado en su pecho y zumbando en sus oídos.
—Pardos—Loreto logró susurrar. Se lamió los labios y se esforzó por sostenerle la
mirada. Podía degustar su aliento a tal corta distancia—. Castaños en la noche, verdes
en el día. Tristes en invierno…
—Luminosos en verano—Nuada susurró entrecortado contra su boca y acarició su
mejilla.
Ardía. Cada célula de su cuerpo se incineraba a fuego lento. Trató en vano de ralentizar
su respiración agitada. El Príncipe se acercó hasta rozar su rostro con el suyo. Llegó
hasta su cuello e inspiró profundo contra su piel. Loreto no fue capaz de controlar el
volumen del gemido que se escapó desde sus cuerdas vocales. Sintió sus labios
entreabiertos rozar su cuello, subió a su oreja, avanzó por la mandíbula. Loreto cerró
los ojos. El roce leve de su piel con la suya erizó sus poros allí donde fuera que lo
sintiera. Su perfume natural estaba robando su último ápice de autocontrol. Su vientre
bajo comenzó a derretirse de calor. Se permitió imitarlo. Rozó su cuello y mejillas con
los labios entreabiertos. Lo escuchó suspirar entrecortado a su oído. Enredó sus largos
dedos entre la melena suelta de Loreto y jugó con los mechones entre remolinos y
masajes a su cuero cabelludo. Respiraba controlado y estable a su oído. El escalofríos
nació desde la nuca y se expandió por la espalda hasta remecerla completa. Loreto
entrelazó sus dedos en sus largos cabellos lisos oxigenados y calzó su mano en la fuerte
línea de su quijada. Se apartó de él lo suficiente para encararlo. Sus iris dilatados
dentro de sus pupilas ámbar oscurecieron aún más su mirada. Respiraron en sus bocas
como un solo ente.
—Dime cómo eran tus ojos—Loreto jadeó con un hilo de voz.
—Ópalos y esmeralda—Nuada susurró entrecortado.
—¿Y tu piel?
—Pálida y rosada en invierno, trigueña en verano.
—¿Y tus cabellos?
—Dorados como los rayos del sol.
El Príncipe agachó la cabeza y exhaló fuerte. Volvió a encararla y tomó distancia.
—Me he convertido en un monstruo—su voz se oscureció—. A tus ojos he de
parecerlo al menos. Disto tanto de la apariencia de los hombres. Disto demasiado de
quien solía ser cuando todavía había ilusión en mi corazón.
Loreto se abalanzó sobre su cuello y lo encerró en sus brazos sin escapatoria. Lo atrajo
por la nuca hasta anidarlo contra su cuello. Nuada correspondió su abrazo con
reticencia al principio, luego la estrujó contra sí. Loreto buscó su boca y suave besó sus
labios. Cerró los ojos y tomó su rostro de mármol en sus manos. El Príncipe dejó
escapar un suspiro gutural y correspondió su beso. Sus labios oscuros eran suaves y
cálidos. Temblaban. Se apartaron. Nuada buscó en su mirada el significado. Su
semblante gritaba escepticismo. Loreto sonrió y acarició su mejilla.
—No eres un monstruo—Loreto susurró dentro de su boca—. Eres el ser más hermoso
que he conocido.
Nuada la besó de vuelta hasta abrirse paso en su boca. Había desesperación en su
toque, una urgencia, un imperativo categórico. Loreto se colgó de su cuello y lo atrajo
hacia sí. Sabía a vino y calor húmedo abrasador. Colapsaron amalgamados sobre el
sofá. Loreto enredó sus piernas con las suyas y lo abrazó por la ancha espalda. El
Príncipe la atrapó bajo suyo con todo el peso de su cuerpo y la besó profundo y lento
como quien tiene todo el tiempo a su haber. Sus grandes manos partieron curiosas a
recorrer su cuerpo, aventuró una bajo su polera. Loreto gimió abandonada al contacto.
El Príncipe bajó besando su cuello, la clavícula, su pecho y levantó la polera hasta
exponer su abdomen desnudo. Presionó la cara contra su piel e inhaló profundo. Dejó
una seguidilla de besos por su piel mientras acariciaba su vientre con las manos. De
pronto se detuvo en seco. Elevó la cabeza y la miró. Loreto abrió los ojos y lo encaró.
Una ola de pavor expansiva la recorrió al leer sus facciones. Nuada posicionó ambas
manos abiertas sobre su abdomen y, concentrado, perdió la mirada en un punto
cualquiera. Se reincorporó en el sofá e irguió en un solo movimiento. Ofreció sus
manos hacia Loreto. El mal presagio se anidó en la boca de su estómago. Dubitativa,
Loreto las tomó. Tiró de ella sin esfuerzo alguno hasta elevarla en sus pies.
—¿Qué pasa?—Loreto susurró apenas y se bajó la polera de pronto cohibida frente a él.
—Vamos a Bethmoora. Debo llevarte donde mis druidas—dijo mientras rápido vestía
sus protecciones, se encajaba la lanza en su espalda y se ponía el cinturón con la
espada. La encaró y abrazó fuerte contra su pecho—. Me temo que tu cáncer ha vuelto
—susurró entrecortado contra su mollera.

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