AURORA MADARIAGA

Capítulo 17
La Princesa Nuala había terminado de hacer lo que consideraba correcto. Había
destrozado la última pieza de la corona de Bethmoora frente a los ojos de su hermano.
—He sido traicionado por sangre de mi sangre. La herida nunca cicatrizará—el
Príncipe dijo con la voz temblorosa a punto de quebrarse.
Por todo su poder, destreza y sabiduría milenaria, quien estaba sentado a su lado
izquierdo era un hombre, más bien un elfo, abatido. Seguía en la misma posición. Los
antebrazos sobre los muslos, las manos entrelazadas, la mirada al frente. Loreto
apenas podía distinguir su perfil por entre la cortina de sus largos cabellos lisos
oxigenados. Estaba en shock.
—Maté a mi padre en vano. No soy digno de ser su sucesor. La corona permanecerá por
siempre incompleta. Bethmoora se quedará sin rey y para siempre bajo tierra.
¿Qué podía decir Loreto para animarlo? Decidió callar. Quiso consolarlo de alguna
forma pero todo lo que cruzaba por su mente incluía un tipo de contacto físico que no
estaba segura le gustaría al Príncipe. Desconocía cómo los elfos lidiaban con este tipo
de dolor. No sabía si solo quería ser escuchado o si esperaba algo más de ella.
—No recuerdo el verde brilloso de las hojas de los árboles bajo los rayos del sol ni su
caricia de calor sobre mi piel—susurró entrecortado y, todavía ensimismado, bajó la
mirada hacia la alfombra—. El destello del día sobre la nieve fresca, las aguas
transparentes de algún canal, la marea baja a temprana mañana en la costa de
Bethmoora y la alta, al atardecer. Los caballos cabalgando libres por los prados, los
pájaros cantando perdidos en lo alto del bosque. No recuerdo los colores de un arcoíris
—pronunció y su voz se quebró.
El Príncipe cerró los ojos. Las lágrimas rodaron por sus mejillas pálidas y colgaron de la
fuerte línea de su quijada hasta aterrizar sobre sus botas. Loreto tragó saliva por el
súbito nudo en su garganta. Aventuró la mano en su dirección, con delicadeza enredó
los dedos entre sus cabellos y los apartó detrás de su oreja. El Príncipe giró la cabeza
hasta encararla. Solo entonces se percató de la discreta punta de su oreja y las
cicatrices circulares en su sien. No parecían cicatrices. Estas y la que cruzaba su cara de
pómulo a pómulo eran de ser marcas de nacimiento. Atajó sus lágrimas con el pulgar y
acarició su mejilla con los nudillos apenas levitando por su piel. Era aspera y porosa.
La miró a los ojos con los suyos ámbar inundados de llanto.
«Estoy extenuado. No quiero luchar más».
Su voz dentro de su mente ya no era motivo de pánico. Loreto acercó su mano
izquierda hacia la suya derecha. La acarició y tomó en la suya. Era grande y de piel
áspera. El Príncipe contempló anonadado como Loreto entrelazaba sus dedos con los
suyos y acariciaba su dorso con el pulgar. Se la llevó contra su boca y depositó un beso
mudo. Nuada la observó boquiabierto.
—Te puedes quedar aquí esta noche si quieres—Loreto susurró y tomó su gran mano
en ambas suyas contra su mejilla.
El Príncipe alternó la mirada incrédula entre su mano atrapada en las suyas y su rostro
como si tratara con esfuerzo de entender. Se fijó en los ventanales frontales. Las
persianas metálicas externas estaban recogidas y el perfil de Nueva York de madrugada
se dibujaba a lo lejos desde el otro lado del East River.
—El sol brillará con fuerza al amanecer—pensó en voz alta con la mirada puesta en las
afueras.
Loreto se puso de pie y buscó el control remoto de las persianas. Apretó el botón y las
bajó por completo. El salón quedó en penurias. Encendió una lámpara de pie y reguló
la luz hasta dejar su intensidad similar a la de un candelabro.
—Diseño alemán. Apenas las vi en Alemania quise instalarlas aquí. No entra un rayo
de luz durante el día, te lo prometo.
El Príncipe esbozó algo semejante a una sonrisa asimétrica.
—¿Tienes hambre? ¿Sed? Podemos llamar por comida vegana para ti—Loreto ofreció
con su mejor tono amable.
El Príncipe ladeó la cabeza y frunció el ceño.
—Hay muchos restaurantes de comida vegana cruda y cocida en Nueva York—Loreto
dijo y rápido fue a por su computador portátil y el teléfono de casa a la habitación.
Al volver al sofá, Nuada seguía igual de confundido. Su completo despiste sobre el
mundo moderno de los humanos la enterneció. Loreto buscó rauda un restaurante
afín y pidió dos porciones de su menú más completo.
—Cuarenta minutos—avisó y se sentó de vuelta en el sofá a su derecha.
El Príncipe se puso de pie de repente.
—Debo volver. No quiero importunar—dijo seco y alcanzó el cinturón de su espada del
suelo.
—¿Qué es eso tan urgente que debes hacer? ¿No me recibiste tú acaso en tu hogar?—
Loreto dijo y se irguió frente a él. Debió mirar hacia el techo para encararlo. Se subió al
sofá y lo volteó por los hombros. Logró sacarle una pequeña sonrisa al verla al fin a una
altura similar—. Déjame mimarte. Comemos algo, escuchamos música, charlamos,
bebemos vino. Te sentirás un poco mejor. Es lo que los humanos hacemos cuando
queremos acompañar a un amigo que está triste.
El Príncipe sonrió. Sus ojos destellaron por primera vez desde que lo conocía. Un calor
expansivo nació desde el pecho de Loreto y la recorrió de pies a cabeza. Quiso arrojarse
a sus brazos y estrecharlo con todas sus fuerzas. No quería abrumarlo. Tomó sus
manos en las suyas.
—Me dijiste que era tu amiga por haberte ayudado a escapar de la agencia. Bueno,
cuando un amigo mío sufre, aquí estoy para escucharlo, abrirle las puertas de mi casa y
darle todo mi tiempo y atención.
Nuada la interrogó con la mirada como si todavía le costara trabajo confiar en ella o
creerle. Rezongó una risa tímida y se quitó el cinturón de la espada. Loreto se bajó del
sofá y sirvió dos copas de vino. El Príncipe la aceptó reticente. No sabía si bebía alcohol
ni, para qué decir, brebajes humanos alcohólicos. Este en particular era de una
pequeña viña orgánica en Italia. Loreto se había traído un par de botellas desde su
último concierto en el país del sur de Europa. Cuando vio al Príncipe oler sospechoso
el contenido quiso aclararle que en realidad era un vino estrictamente vegano y
biológico, pero no fue necesario.
—Ya lo sé, ya te oí—dijo divertido y apuntó la frente de Loreto con su índice.
Ambos rieron y chocaron las copas. Lo observó intrigada a su reacción. El Príncipe
bebió un sorbo corto con la mirada perdida en el piso. Masticó el sabor cuan catador
profesional y dio otro sorbo.
—No está mal—fue su veredicto.
Loreto se echó hacia atrás en el sofá y subió los pies hasta abrazarse las rodillas. El
Príncipe se sentó con las piernas cruzadas como si meditara. La espalda siempre recta
y el mentón en alto. Comenzaba a lucir otra vez como el Príncipe lleno de orgullo y
dignidad que había conocido.
—¿Cómo conoces mi música?—Loreto preguntó de repente—. La agente Sherman me
dijo que te gustaba mi música pero no me recuerdo haber visto ninguna radio,
televisor ni computador en tu morada.
—No es necesario. Nada supera el sonido en vivo de un teatro—dijo y bebió de su
copa.
Una gota de vino quedó anclada a la comisura de su boca oscura. Loreto aguantó las
ganas de secarla con el pulgar.
—Entonces de verdad estuviste presente en el primer concierto de mi residencia en el
teatro. ¿Utilizaste algún conjuro para mimetizarte entre el público como lo hiciste
ahora para llegar aquí?
—Estaba en el ático.
Loreto abrió los ojos en sorpresa.
—¿Y no te pillaron?—preguntó intrigada y se sentó con las piernas cruzadas como él
encarándolo.
El Príncipe negó con la cabeza.
—Nunca nadie sube allá arriba. Los áticos son como las cloacas. Siempre abandonadas
y reducidas a un mero botadero. Hay un montón de aparatos en desuso, polvo,
oscuridad y arañas.
Loreto se remeció con asco. Nuada sonrió divertido.
—Apuesto que las arañas te reconocen al pasar. Eres su Príncipe después de todo. El
Príncipe de todos los animales y la naturaleza. ¿No te hacen una reverencia
equilibradas en sus patitas traseras y con las seis restantes alabándote?
El Príncipe se carcajeó y negó con la cabeza.
—No entiendo porqué los humanos temen a los insectos, se comen algunos animales y
mantienen otros en casa como miembros de la familia. Todas las criaturas son iguales.
Los insectos tienen su razón de existir. Las arañas se comen a las moscas, los sapos se
las comen también.
—A nadie le gusta las moscas. Tienen demasiados ojos. No confío en las moscas.
Nuada rió otra vez y negó con los ojos cerrados. Su risa era ronca, exquisita. Loreto lo
observó. Por un instante se olvidó que quien la acompañaba no era humano. A un
nivel básico universal, todos los seres, independiente de su origen, naturaleza o edad,
deseaban vivir en paz. La comunicación era posible si se trata. Su hermana había
hecho lo correcto pero en el proceso le había roto el corazón.
—¿Qué otros músicos humanos te gustan?—Loreto preguntó y bebió un sorbo de vino
de su copa.
Nuada elevó el ceño y perdió la mirada en el techo.
—Tantos que no los recuerdos a todos—bebió un sorbo de vino—. A fines del siglo
XVI me gustaba escalar al ático de la Oude Kerk de Amsterdam y escuchar los coros de
Jan Pieterszoon Sweelinck. Nunca los he podido olvidar. Me fascinaba la capacidad de
crear sonidos perfectamente armoniosos con las voces humanas. A principios del siglo
XVIII pasé una temporada en Leipzig solamente para escuchar los conciertos de
órgano de Johann Sebastian Bach. Tocaba en distintas catedrales de la ciudad. Un
hombre muy laborioso. Se movía de un lado al otro con diligencia. Siempre cargaba
con una carpeta bajo el brazo. Finales del siglo XVIII en Viena fue interesante con las
óperas que Wolfgang Amadeus Mozart estrenaba. Una tras la otra. Para asistir debía
usar el conjuro para alterar mi aspecto pues los áticos de los teatros en ese tiempo no
estaban tan abandonados como hoy. Al contrario, los usaban como centro de
operaciones mecánicos para la escenografía.
Loreto quedó boquiabierta.
—¡¿Asististe a los estrenos de las óperas de Mozart?!—dijo fascinada.
El Príncipe la observó divertido. Acercó su mano e hizo el ademán de atajar algo justo
en frente de su mirada atónita.
—Tienes estrellas en los ojos—dijo sonriente sin quitar la mirada de la suya.
Fue incapaz de controlar el rubor que la atacó. El Príncipe hizo como si soltara las
estrellas en el aire con un soplido y la miró sonriente.
—Si—respondió y bebió de su copa—. Tu voz me recuerda a la de Ella Fitzgerald. Su
canto llenaba toda la sala y más allá. Su voz se parecía a esta copa de vino—contempló
la suya en su mano—rojo sangre y llena de dulce amargo en el paladar. Su corazón era
puro como el tuyo.
—¡¿La conociste?!—Loreto estalló y casi se abalanza sobre el Príncipe.
Sonrió divertido a su entusiasmo.
—Actuaba en el Gran Teatro en la década de 1940.
Loreto se impulsó del sofá y fue a su alta repisa de CD. Sacó la compilación «Ella For
Lovers» del 2003 y la tocó en su estéreo. Volvió al sofá junto a Nuada. Lo vio cerrar los
ojos y echar la cabeza hacia atrás. Totalmente perdido en la música. Loreto sonrió. Por
primera vez lucía relajado, distendido. Con cuidado se arrimó al respaldo y lo imitó. La
voz de doña Ella inundaba como denso jarabe sus oídos a los románticos acordes del
piano. Loreto chocó su copa de vino con la suya. Lo sacó de su trance musical. Esbozó
media sonrisa.
—¿Por qué te gusta la música de los humanos? Pensé que nos despreciabas a todos por
igual—Loreto dijo tentativa a sus palabras.
—La música es luz. Llevo más de la mitad de mi vida tratando de volver a la luz.
Ilumina el corazón, sana heridas del alma, transciende más allá del entendimiento.
Enamora—Bebió de su copa y mató el último sorbo—. Nuala se equivoca, sé qué
piensa y siente de mí sobre de mi período de auto exilio. Siempre quise volver a
Bethmoora pero me era imposible aceptar la humillación de vivir bajo la tierra siendo
el príncipe de los Hijos de la Tierra. Odié a mi padre por demasiado tiempo hasta
envenenarme el corazón con su mero recuerdo. Si he sobrevivido todo este tiempo sin
perder mi sanidad mental, es por la música y aquellos que como tú dedican su vida a
regalar su don al mundo.
Una sensación de modestia abrumadora envolvió a Loreto. Comparada con los
gigantes de la música de todos los tiempos, ella no era más que una niña mimada y
afortunada. Todo lo que escribía y componía era para ella. Algunas canciones eran
historias personales mientras que otras, pensamientos sueltos en un intento burdo de
poesía que calzaba con los acordes lo suficiente para convertirlos en un tema musical.
Expresar solamente a través de un instrumento o una orquesta y lograr decir lo
esencial con lo mínimo, esa era la verdadera meta. Demasiadas palabras y rimas
enredaban el mensaje, progresiones armónicas a las que Chopin se remecería de asco.
—No te hagas eso—el Príncipe dijo de pronto y tomó su cara en ambas manos.
Por un mili segundo olvidó cómo respirar. No pudo evitar mirar su boca oscura
entreabierta de labios finos. Los taninos del vino comenzaban de a poco desinhibirla.
La voz terciopelada de doña Ella Fitzgerald sonando desde el estéreo en la lontananza
también contribuyó a embriagarla aún más. El Príncipe se apartó de ella y se arrimó
hasta descansar la espalda contra el respaldo del sofá y la pared.
—Tu voz es un don, Loreto—el Príncipe dijo con la cabeza apoyada contra la pared y
los ojos cerrados—. Cuando el dolor en el pecho ya no tiene grieta por donde escapar,
en esos momentos que la oscuridad total ha pesado toneladas sobre mis hombros,
cuando he buscado desesperado una razón para seguir con vida, ha sido la música la
que ha estirado su mano dentro del pozo hasta elevarme. Y desde el comienzo del
nuevo milenio has sido tú quien me ha emborrachado con tu voz—el Príncipe dijo,
abrió los ojos y fijó la mirada en su copa de vino—. Los breves momentos
escuchándote en vivo desde el altillo de algún teatro me han llenado el corazón de paz
y luz. En una existencia solitaria e inmortal en las sombras, he aprendido a apreciarlos
como escasos oasis en el desierto vasto. Eres como una compañera con quien conversar
en las noches a los acordes de tu piano y voz. El mundo entero cierra los ojos y respira
en paz cuando te escucha cantar, y yo también.
Se sonrojó nuevamente y esta vez el Príncipe lo notó. Loreto bajó la mirada envuelta
en un súbito manto de cohibición poco común en ella. Lo miró a los ojos y trató de
buscar la veracidad de sus palabras. Él le correspondió la mirada y pestañeó una vez
para pronto fijarla en su copa. Bebió el resto de su contenido de un solo sorbo y se
concentró en frente como si tratara adrede de evitar el contacto visual. Era la cosa más
linda y emotiva que nadie había dicho sobre su música. Loreto nunca se imaginó
significar tanto para alguien sobre la faz de la Tierra.
Observó a Nuada a corta distancia en el sofá. No había nadie más en el mundo
remotamente similar a él. Ni en sus facciones, su naturaleza, su vida, su origen. Era
único. El último príncipe de su raza. Sintió el imperativo de protegerlo, ayudarlo,
acurrucarlo contra su pecho, abrigarlo del frío, cuidarlo de la luz. Acompañarlo. No era
primera vez que su pecho experimentaba tal emoción, mas todas las veces que la había
albergado en el corazón fue en vano y por personas que no merecían todo lo noble y
bueno que Loreto sintió por ellos. El amor se desgasta, o quizás el corazón se cansa de
ilusionarse para solo recibir dolor de vuelta. Sin embargo, ahora latía fuerte y
esperanzado con fuerza nueva como una adolescente sin experiencia de vida. Era
absurdo. Ya no era una niña, Loreto era una mujer hecha y derecha con la vida armada.
Era absurdo siquiera considerar tales sentimientos por un ser como el Príncipe Nuada.
Un ser que se debía a su estirpe y con una disyuntiva de peso en las manos como las ha
habido pocas en la historia de la Humanidad. Si algo había aprendido en las últimas
semanas es que la vida es demasiado corta. Cualquier día puede ser el último. ¿Por qué
cuestionamos tanto lo que sentimos con todo tipo de criterios aprendidos a la edad
que el cinismo ya ha ganado terreno en el corazón? Loreto bebió el resto de su vino,
dejó la copa en suelo y buscó una mano de Nuada por sobre el sofá. Él bajó la mirada
desde el horizonte y quedó mirando su gesto. La apretó en la suya. Si leía su mente tal
vez ya estaba enterado qué estaba sintiendo Loreto. Si ella era un libro tan abierto para
él, no había siquiera necesidad de arruinar su latir con intentos de explicación donde
el lenguaje no alcanza a expresar su dimensión ni peso. Nuada rodeó sus dedos con los
suyos y los estrechó. Se miraron a los ojos. El abismo de sus iris dilatados enmarcados
por sus pupilas doradas destellaban en el salón a la luz tenue de la lámpara de pie.
Parpadeó lento y exhaló como un suspiro agotado. Su pecho se inundó hasta agolpar la
garganta y los ojos de un océano avasallador de sentir. ¿Por qué? No tenía sentido. Ya
era demasiado tarde para buscar explicación. Demasiado tarde para volver atrás.

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