Mª DEL CARMEN MÚRTULA

Mientras estuve trabajando en Tierra Santa en las distintas bibliotecas de La Misión Pontificia, todos los veranos pasaba mis vacaciones de agosto en Alicante con mi familia.

Hoy os voy a contar las aventuras que pasé en uno de esos viajes.

Acabábamos de despegar, cuando pasó la azafata con el carro de la prensa del día. Yo le pedí el “Jerusalem Post” y me dispuse a leerlo.

A mi lado iba un joven de unos pocos cuarenta años, que por la pinta parecía del gremio de los ortodoxos judíos. A mí ya me pareció raro que aceptara mi compañía, pero pensé que estaba bien que hubiera gente con mente más abierta y aceptara a una infiel a su lado.

En la portada del periódico venía la foto de una frontera palestina, una madre árabe gritaba alzando a su bebé mientras tres soldados israelíes la miraban con indiferencia, el niño estaba muerto y mi compañero de viaje dijo en perfecto inglés:

– ¡Qué bien, un terrorista menos!

Yo indignada le contesté:

 – ¿Quién sabe? Quizás hubiera sido un líder de paz y no le habéis dado la oportunidad de cumplir su destino.

Él no dijo nada, pero al minuto se levantó y ya no le volví a ver en todo el viaje.

Llegamos a Madrid con el tiempo justo para hacer trasbordo y tomar el avión con destino a Alicante. Tenía media hora escasa para hacer el desplazamiento y sin más me lancé por el trayecto que recorría cada año.

Cual sería mi sorpresa cuando me encontré en una boca del metro.

¿Cómo me he extraviado?… ¡Y ya no me queda tiempo!… ¿Qué hacer si no llego a embarcar?…

Todo esto pensaba a la par que volvía sobre mis pasos y … corriendo me encomendé a mi ángel de la guarda. ¡Solo él podía ayudarme!

Llegué a la ventanilla de información dispuesta a pasar la noche donde me indicaran, pues no había otro vuelo hasta la mañana siguiente, Había delante de mí dos personas y el reloj avanzaba, el avión debería haber salido hacía diez minutos y ¡mi maleta llegaría a Alicante sin nadie que la recogiera!

-Buenas, he perdido mi avión y no sé qué hacer.

-A ver. Enséñeme el billete.

Se lo entregué toda nerviosa.

-Su avión aún no ha despegado, -dijo la empleada comprobando en un ordenador los vuelos- deben de estar esperando a un pasajero importante. Pase por aquella puerta, numero 5 y yo avisaré desde aquí que usted está llegando.

Casi sin darle las gracias salí disparada y llegué sin aliento al avión, media hora tarde.

Aún no me había abrochado el cinturón cuando despegábamos.

¿Dónde estaba el pasajero importante?… ¿No habría sido cosa de mi ángel de la guarda?

Como tantas veces, terminé relajándome y agradeciéndole que me hubiera sacado de otro apuro.

Y sin más, aunque con algo de retraso, llegamos a Alicante.

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